6

Plan alternativo

Me levanté de la cama. Hacía algo de frío, así que aproveché para vestirme rápido sin hacer el más mínimo ruido. Len parecía dormitar tranquilamente, así que, en un acto de extrema generosidad, la arropé todo lo que pude con la manta y me dispuse a bajar las escaleras.

- Ghen... mmmmñee... ¿qué horas es?

- Es hora de que sigas dormida. - contesté sonriente. Debería dejar mi escapada para otro momento.

- Mmmmmh... ven aquí...

Se sujetó la manta a la cintura y me arrastró de nuevo a la cama.

- ¿Qué mimosa estás hoy, no? Te recordaba con más mala ostia.

- Anda, cállate tonto. Mmmmmh…

- Anda marmota, levanta. - empecé a hacerle cosquillas.

- ¡Ay, nooo, para, para!

Entre risas y patadas, la cama casi se desmonta. La sábana por un lado, la colcha por el suelo… parecía la típica fiesta de pijamas en la que a las jóvenes adolescentes les da por golpearse unas a otras con las almohadas mientras chillan. Después de un buen rato, acabó aún más cansada que yo.

- Anda, ven aquí... - le susurré.

Ni corta ni perezosa se apoyó en mi pecho, tiempo que aproveché para acariciarle el pelo muy suavemente con mi mano derecha.

- Lo de anoche estuvo genial. - dijo muy tímidamente.

- Sí, habría que repetirlo. - añadí mostrando una sonrisa de oreja a oreja.

- Oye Ghen...

Parecía que venían problemas a la vista.

- ¿Qué pasa?

- Cuando todo esto termine... ¿podremos dejarlo?

Me quedé callado durante unos minutos, cavilando una respuesta que ni yo mismo conocía en ese instante, pero que al final salió de mi boca como si tal cosa.

- Por supuesto, y nos iremos a vivir a una casita en el campo, ¿qué te parece?

Por unos momentos Len bizqueó.

- ¿Lo... lo dices en serio?

- Claro, siempre he querido tener una casita en el campo, con su jardincito, el perro, los niños correteando por el terreno...

- Espera, espera... ¿los niños?

La cara de ilusión de Len había desaparecido, dejando tras de sí una mueca entre la sorpresa y el miedo. Me quedé mirándola fijamente, esperando alguna respuesta.

- Hablando de eso...

- ¿De qué? Mmmmh, ahora que lo dices sí que me apetecen unas tostadas.

- No hablo de eso, tonto...

Me abrazó con más fuerza, como si sintiera pánico de lo que me fuera a decir.

- Anoche... ¿tomaste precauciones?

- ¿Precauciones? - puse mi mano en su vientre. - ¿Te hice daño? Podrías haberme dicho algo, ¿estás bien?

- ¡No, idiota! ¡Me refiero si te pusiste el... el…!

- Aaaaaaaaaaaaaahh. - dije como si acabase de descubrir oro. - Mmmmh, no, ¿y tú?

- ¡¿Cómo que "y tú"?!

Lenhyra se había puesto furiosa y ahora me golpeaba con la almohada.

- ¡Y si me quedo embarazada qué, eh!

- ¿Embarazada? – lo dije como si no supiera lo que significaba esa palabra.

- ¿Qué pasa, no pensaste en eso? ¡Pues es algo muy importante, ¿sabes?! ¡Yo no estoy preparada para eso!

- ¡Tranquila!

La sujeté por las muñecas y la abracé. Tenía rodeada entre mis brazos a una mujer derrotada, a una mujer confusa. Y ya se sabe que no soy muy bueno con estas cosas.

- Cálmate, ¿quieres? En el caso de que... - había enmudecido, ni siquiera creía que le llegarían mis palabras. - En el caso de que estés embarazada siempre podemos tenerlo... ¿no?

- ¿Tenerlo cómo, Ghen? ¿Siendo asesinos? ¿No sabiendo si cuando vuelvas de una misión seguirás vivo o muerto? ¿Ésa es la clase de vida que quieres darle a tu hijo?

Recapacité por unos instantes.

- No, claro que no... Por eso quiero terminar con esto. Cuando me den el dinero, podremos retirarnos si queremos, y formar una familia... aunque realmente no sé sí la Shattered...

- ¡Esto es de locos! - Len se hecho a llorar a un lado de la cama.

Creo que ésta fue una de las pocas veces en mi vida en las que no sabía que decir. O sí lo sabía pero no estaba completamente seguro de ello, con lo cual prefería quedarme callado y mirar cualquier cosa que pudiera distraerme de aquel complejo tema sin aparentes respuestas. De repente, se levantó de la cama.

- ¿A dónde vas? Vas a coger frío…

- ¡A asegurarme de que no nazca el niño!

De un bote la detuve.

- ¿De qué coño estás hablando?

Len no me miraba a la cara. Todavía tenía lágrimas en los ojos. Por unos instantes, pensé que realmente me odiaba.

- Tengo unas hierbas abajo que sirven de anticonceptivo. Ya que no has hecho nada… - me fulminó con la mirada – voy a hacerlo yo.

- ¿Tanto te duele tener un hijo conmigo?

La reacción de Len me molestó muchísimo.

En ese momento, vi el reloj que marcaba las once y media de la mañana. Volví a la cama y me vestí tan rápido como pude.

- ¿A dónde vas? – preguntó con la voz quebrada.

- A trabajar, cariño, no volveré muy tarde.

- Voy... voy contigo. – empezaba a cambiar extrañamente de actitud.

- Será mejor que te quedes en casa. - a estas alturas ya estaba vestido y casi bajando por las escaleras. - No puedo asegurar que no te pase nada, es bastante peligroso.

- ¿Pero entonces, qué va a ser de mí, Ghen? ¿Y del niño? ¿Es que no te importo?

- Por eso mismo... porque me importas... - me dí la vuelta y bajé las escaleras tan rápido como pude.

Lo último que pude oír fue a una histérica Len gritando algo así como "¡Si tú no quieres al niño yo tampoco lo quiero!".

Ya en la calle, busqué la bolsa donde guardaba el disfraz que me ayudaría a cruzar la corte real en pos de usar el translocador. Me metí en un callejón, me aseguré de que no venía nadie y empecé a desvestirme. Me coloqué el sombrero de granjero y me subí bien el pantalón, dejando ver mi nuevo conjunto de calcetines blancos y sandalias. "Ni el tonto del pueblo lo hubiese hecho mejor", pensé para mis adentros.

Escupí en el suelo antes de entrar por el gran corredor que llevaba a la sala magna del concilio. Caminé un rato hasta que un guardia se despertó de su nube y bajó a ponerme la lanza en los morros.

- ¡Alto! ¡A dónde te crees que vas!

- ¡Weheee! - contesté con un perfecto acento pueblerino.

- ¿Cómo?

El guardia me miró como el que observa perplejo a un murlock con fular haciendo la danza del vientre.

- Eh... ¿se puede saber a dónde va usted?

- ¡Tengo que ih a llevá etoh fileteh ar cosinero, chacho! ¡Que tienen que comeh loh invitaoh!

Supuse que la excusa sonaría totalmente estúpida, cuando para sorpresa mía, el guardia, totalmente intrigado, me dejó pasar. Supongo que lo hizo porque no aparentaba ser peligroso.

- Bueno... date prisa, la cocina está por allí.

- ¡Oío, cocinaaaa! - añadí mientras me escabullía por el camino que me había indicado.

Me deslicé entre las columnas del aula contigua, donde el actual regente de Silvermoon mantenía una acalorada discusión con un ranger con pintas de sarasa y un mago con malas pulgas. Infiltrarse en cuestión dentro de la sala del orbe iba a suponer algo más fácil de lo que esperaba. Parecían discutir sobre el robo del Naaru. El mago en cuestión se reía del ranger echándole en cara la falta de agudeza que habían tenido, pues el cuartel de cazadores estaba al lado de la entrada a la prisión del bicho- faro de luz. Ofendido por el suntuoso hechicero, cogió su arco y disparó una flecha que me peinó. Sudaba, sudaba como nunca lo había hecho. Un poco más y podría resbalar con mi propio sudor, que goteaba cual grifo averiado. Palpando el mármol y con el culo en la pared para no perderles de vista logré introducirme por la última puerta.

Por unos instantes, quedé cegado por una luz roja que me quemaba la retina. Me quedé embobado mirando el orbe escarlata, como un niño que se queda mirando fijamente al sol, mientras pensaba en cuánta pasta debería de valer aquella gema.

- Vamos, estás aquí para usarla, no para robarla. - me dije a mí mismo mientras intentaba contener las inmensas ganas de llevármela conmigo.

Miré a un lado y a otro: todo despejado. Para ser algo tan importante parecían protegerlo con pocas ganas. Me puse mi traje en un rincón y dejé allí las ropas de chino farmero. Simplemente me acerqué y lo toqué. En un primer instante pensé que no pasaría nada, pero, a los pocos segundos, reaccionó, y empecé a sentir como si flotase. Era ligera, suave... como una nube, como una compresa. De repente, todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor, hasta que me golpeé la cabeza con algo duro. Había llegado a Undercity.

- Joder... pero qué... coño.

- ¡Eh, tú!

Podía escuchar una voz mezquina detrás de mí.

- ¿Quién, yo? – dije haciéndome el despistado.

- Sí, tú.

- ¡Yo no fui!

- ¿Entonces quién?

- Espera… espera un momento... ¿de qué diantres estamos hablando?

El hombre, que por cierto llevaba una túnica enorme que le cubría todo el cuerpo, carraspeó, para después añadir en tono burlón:

- ¿Eres tú el famoso mensajero que nos traería "aquello"?

Quemado por la presuntuosa estupidez de aquel hombre, agarré mi bolsa y sin abrirla contesté:

- Sí, mira, aquí traigo dos kilos de patatas, uno de acelgas, una lechuga... y tomates no porque se han acabado.

- Muahahaha. - se rió como solía reírme yo a primera hora de la mañana, así que, encantado, sonreí.

- Muy ingenioso… ¿Traes el Naaru?

- No, he venido ha hacer turismo, me han dicho que tienen unas playas geniales en Undercity.

Le lancé la bolsa con bastante fuerza y el pobre estúpido la dejó caer al suelo.

- Ten cuidado, amigo, si lo rompes lo pagas. - añadí mientras me encendía un cigarro.

De repente, un ruido ensordecedor saturó mis oídos, algo así como tirarse un pedo en un micrófono conectado a unos altavoces a todo volumen. Me llevé las manos a la cabeza, pero cuando me quise dar la vuelta, ya me habían golpeado y andaba besando el suelo de aquella tierra santa.

- Ugh... qué dolor de cabeza... ¿Dónde…?

- Hola, guapo. ¿Has dormido bien?

Una voz de ultratumba consiguió erizar todos los pelos de mi cuerpo. Abrí los ojos muy despacio, como si no quisiese ver lo que se me iba a mostrar en unos segundos.

- Tú... ¿Quién coño eres? ¿Dónde estoy?

- Vamos, tranquilo hombretón. Estás en la cárcel.

"¡¿En la cárcel con una tía muerta?!", pensé. Miré a mi alrededor y pude corroborar la versión de la undead. Posiblemente me habrían traído allí después de aquel golpe. Mi estómago rugió como nunca lo había hecho. A decir verdad, no había desayunado nada, y debía de ser entrada la tarde, aunque me era imposible calcular el tiempo: no sabía cuánto había estado fuera de juego. La "chicha" se percató de que tenía hambre. ¿Y quién no, con semejante ruido?

- Hmmm…oye, ¿y tú por qué estás aquí? – intenté entablar algo de conversación.

- ¿Te apetecen unas setas? - contestó ella.

¿Estaba sonriendo o es que se le había desprendido un trozo de mandíbula? La miré a... las... cuencas de los ojos, y contesté con voz temblorosa:

- ¿Se…setas? ¿Tienes comida?

Dicho y hecho. No sé cómo ni de dónde, pero apareció una bolsa de níscalos delante de mí, y a decir verdad, parecían bastante apetitosos.

- ¿Comemos? – me propuso.

- Mmmmh...

Después de observar a la acusada al más puro estilo fiscal del distrito, le arranqué literalmente la bolsa de las manos, llevándome un par de dedos.

- ¡AGGHHH! – grité asqueado.

- Vamos, querido, sé que te mueres por mis huesitos…

La undead en cuestión comenzó a reptar hasta donde estaba yo. Me aparté todo lo que pude mientras profería gritos como "¡quita biiiicho!",
"¡tuuuuxooo!", "¡vais, vais!"
, hasta que me dejó tranquilo y pude comer a dos carrillos aquellas riquísimas setas.

Cada vez veía todo más oscuro. Las setas alucinógenas que me había tomado eran realmente buenas, o al menos eso parecía. Creí ver taurens de cara plana, morsas montadas en tortugas, e incluso un tío muy raro que me decía no estar preparado. Creí caminar por el agua en busca de un barco perdido, pero contra más intentaba acercarme a él, más se alejaba. Y entonces me di cuenta de que no estaba solo. "¿Dónde coño se habrá metido aquella... ?". Un ruido ensordecedor me despertó de mi resaca. ¿Por qué había tanta gente? ¿Estarían de fiesta como yo, o sería un funeral? Por la cara huesuda de mis nuevos amigos diría que era un funeral. Por los gritos que pegaban, diría que estaba a punto de pasar algo gordo. ¿Me animaban a mí? Todavía bajo el efecto de las setas, me levanté y, saludando como si fuera un rey o un noble, grité:

- ¡Gracias pueblo! ¡Gracias por venir! ¡A la salida firmaré autógrafos!

Me sentía raro, el suelo empezaba a temblar bajo mis pies. Lo primero que pensé fue que me había pasado realmente con los níscalos, pero cuando vi aquella monstruosidad delante de mí, supe que no venía a por mi firma precisamente.

- Bonita hacha…- dije - Y deberías darte una ducha. – añadí en mi tono más sincero.

Mi intento por entablar una conversación amistosa con aquella cosa fue un intento tan fallido como cuando la Alianza intentó entrar en Orgrimmar. Con un movimiento casi tan torpe como el suyo, conseguí apartarme de su brazo superior izquierdo. Deslicé mi mano para buscar una de mis dagas, pero no encontré nada.

Allí estaba yo, pensando en algo realmente extraño. "¿Se habrán caído mis dagas en el mar? ¿Estarán en el barco? ¿Por qué este tipo lleva las tripas por fuera? ¿Habré apagado las luces antes de salir de casa de Len?". Escogí una pregunta al azar e intenté contestarla. Era un tanto cómico verme correr en círculos con la mano en el mentón y seguido por aquella cosa. Los espectadores empezaban a aburrirse, así que intente golpearle en uno de los costados. Ni surgió efecto ni me dejó un buen olor de manos. ¿Habéis pegado alguna vez a una vaca muerta? Mejor no he dicho nada, olvidadlo, pero la sensación es muy parecida. Por un instante pensé que no lo contaba. En el último segundo, extraje la mano del amasijo de carne podrida y me deslicé por debajo de su torso. El muy torpe se clavó su propio gancho,y derramó un montón de casquería barata por el suelo. Se partió. Y yo me partí el culo de risa al ver su único ojo girando en círculos concéntricos. Aquél estaba muy lejos de ser el golpe definitivo que lo destruiría, así que chasqueé mis dedos y le incité a atacarme.

- ¡Vamos, ven a por mí si puedes!

Estaba totalmente confiado con mi nuevo plan. "Espera un momento…", pensé, "¿Qué plan?". Entonces, una mano me agarró por la chaqueta y me impulsó hacia atrás.

- ¡Eh, dos contra uno es jugar sucio!

- ¡Soy yo, idiota! Mejor será que corramos.

Esa voz me sonaba familiar.

- ¿Cel?

- Esta no te la perdono. - la encapuchada me fulminó con la mirada desde el interior de su abrigo.

- ¡Ahhh, eres tú! ¿Por qué has tardado tanto?

No podía parar de reírme, aquella situación era totalmente surrealista. Len había saltado dentro y ahora escapar se estaba poniendo aún más difícil.

- ¡Toma, rápido!

Me cedió una de mis dagas. Primero pensé en matarla por tenerlas ella, pero no había tiempo para bonitos reencuentros ni collejas por posesión ilícita, así que simplemente la besé con fuerza y corrí como un loco hacia la abominación. Me sentía más ligero, como si me hubiese tomado una bebida energética. Los efectos de los alucinógenos iban desapareciendo por momentos. Esquivé sus golpes con algo más de soltura y de un buen tajo le corté la cabeza sin ningún remordimiento.

- ¡AGGGHH! – grité.

Len se dirigió a mi bastante asustada.

- ¡Ghen, qué te pasa!

- ¡Mierda, me he manchado el traje, y la sangre no sale!

Me sujetó la mano y echó a correr en dirección opuesta, el público empezaba a cabrearse, incluso algunos habían saltado a la arena y se acercaban hacia nosotros al más puro estilo película de zombies de serie B.

- ¡Vamos, ayúdame a saltar!

- ¡A sus ordenes, mademoiselle!

Le dediqué una floritura con la mano y le cogí el pie para impulsarla. En ese momento tuve pensamientos obscenos, lo reconozco, todos somos humanos y cuando tienes el cu... el cuchillo de un undead próximo a tu chepa tu instinto te dice que es momento de sacar tu culo de allí. Me agarré al brazo de Len y apoyándome en la pared me impulsé para salir de aquel agujero. Decenas de espectadores cabreados venían hacia nosotros con la idea de cobrarse la entrada aunque fuera en carnes, y nunca mejor dicho.

- ¿Ahora por dónde?

Miré alrededor y sólo encontré una respuesta: la infecta cloaca que hacía de desagüe para la ciudad. Al grito de "¡Al agua patos!" me lancé, tapándome la nariz, dentro de la brillante y humeante agua verde. Tras dudarlo unos segundos y cavilar si era mejor el charco de mierda que las hachas afiladas, ella también saltó.

Un postre de gelatina Royal era menos espeso que aquella sustancia. Di un par de brazadas intentando aguantar todo lo posible la respiración mientras me preguntaba si Len habría tenido la misma suerte de nadar en mi misma dirección. Salí al rato, tomando una gran bocanada de aire fresco (todo lo fresco que pudiera estar el aire de Undercity) mientras reptaba por las escaleras más cercanas para ponerme en una posición más disimulada. Al rato, vi unas burbujas bastante sospechosas que se dejaban ver en el agua. Me acerqué y pesqué por la chaqueta a mi compañera.

- Cof cof cof.

- Espero que no hayas tragado mucha caipirinha.

Me reí a mandíbula batiente mientras Len se sacudía como un chucho, entre otras cosas para ver si podía salpicarme un poco más.

- ¡No es nada gracioso, pero nada!

- Si tú lo dices… - dije con tono burlón.

Nos escondimos detrás de de una columna justo en el momento en que pasó una patrulla.

- ¿Ves esa puerta de allí? - señalé con la mano una pequeña obertura en la pared superior del edificio de enfrente.

- Sí, ¿es la salida?

- No, ¿por qué? - la miré con cara de circunstancia. - Habrá que averiguarlo. Sígueme y no hagas ruido.

- Sí, señor... lo que usted diga, señor. - dijo con rintintín.

Cuando cruzamos el umbral de la puerta, sólo había un estrecho pasillo que conducía hacia arriba.

- Mmmm, creo que es por aquí.

Caminamos un rato con la cabeza agachada por la estrechez de lugar. Olía a cerrado, a rata muerta y a queso podrido. La humedad rezumaba por los muros, al igual que otro tipo de cosas que prefiero no pensar.

- Ghen... no me gusta este sitio…

- ¿En serio? A mí me encanta, es el sitio ideal para abrir una hamburguesería, tienes carne por todos lados.

En ese momento, una rata atravesó el corredor y pasó entre las piernas de Len, quien profirió un casi inaudible grito.

- ¡Psssss! - le hice un gesto con el dedo en señal de silencio.

Parecía que unos metros más alante se acababa la cañería y dejaba paso a un corredor con antorchas. Mis pulmones se resentían, me faltaba nicotina en sangre. ¿Cuánto hacía que no me fumaba un cigarrillo? Algo iluminó mi cabeza.

- Len.

- ¿Qué? - dijo algo asustada.

- Tú tienes mi tabaco, ¿verdad?

Me brillaron los ojos en la oscuridad.

- Sí,sí…pepepero... no...

- ¡Aghh, lo sabía! - la euforia inundó mi cuerpo.

- No deberías fumar.

- ¿Cómo? - la sonrisa que se dibujaba en mi cara desapareció bruscamente.

- No deberías fumar...

Len se hizo la loca y miró para otro lado. Es una típica reacción de mujer, así que tragué saliva y me limité a pedir de nuevo educadamente mi paquete de tabaco.

- ¡Que me des mi puto tabaco, joder!

- ¡Pero Ghen!

Me senté en el suelo y apoyé la cabeza contra la pared más cercana, totalmente enojado, como si fuera un niño chico al que le han quitado los caramelos, o un viciado del WoW al que le han cortado la conexión a Internet.

- No tengo fuerzas para continuar, necesito mis espinacas. ¡Hum! – me puse de morros.

Len, resignada, se limitó a tirarme el paquete a la cabeza.

- ¡Wii, gracias!

- Haz lo que te salga de...

Por aquel entonces ya me había encendido el cigarro

- Por cierto, si tanto te quejas no haberte fumado la mitad de mi paquete. – le dije, punzante.

Me terminé el cigarrillo deprisa y corriendo y me incorporé totalmente renovado.

- Bueno, vámonos... echemos un vistazo.

Tan sólo una abominación nos cortaba el paso hasta la salida. Aunque realmente quedaba un poco lejos, podía verse cómo la luz entraba por un hueco en la piedra.

- Necesitamos algo para distraerlo... ¿pero el qué?

- Tírale el paquete de tabaco. - dijo Len.

- Antes que eso te tiro a ti. - respondí con aún más sarcasmo.

Miré a mí alrededor y cogí algo del suelo.

- De verdad... ¿vas a tirarle eso?

- Sí, ¿por qué no? A lo mejor se lo come y todo.

Lancé la rata con todas mis fuerzas hacia el otro extremo del túnel, cuesta abajo. Por unos momentos pensé que no iba a hacer efecto, pero a los pocos segundos, el guardia corría sobresaltado por los chillidos de desacuerdo del animal.

Corrimos como alma que lleva el diablo hasta que por fin alcanzamos la salida y pudimos descansar en unos matorrales cercanos.

- Ufff, por los pelos.

- No ha estado mal. - añadí.

- ¿Siempre tienes que hacerlo todo así? - preguntó Len arqueando la ceja.

- ¿Así como?

- Déjalo...

- Como quieras… - dije mientras cruzaba las piernas y ponía los brazos detrás de mi cabeza.

- ¿Crees que nos seguirán?

- Probablemente.

- ¡Estoy harta, harta de que te comportes así porque... !

Zas. La besé.

Por un momento nos quedamos callados. Yo no sabía qué decir, y ella parecía estar pensando en algo realmente importante.

- ¿Lo ves?

Miré a mi alrededor, pero allí no había nada. Me crucé de brazos y arqueé los hombros.

- A eso me refiero... snif... siempre haces lo mismo... yo... no sé... no sé qué quieres, Ghen...

- Para empezar quiero que salgamos los dos de ésta... y después... - la cogí en brazos mientras andaba en dirección sur. - Después quizás tengamos la casita en el campo, con un jardincito y una piscina. ¿Qué te parece? – siguió un silencio. - Bueno, si te parece mal podemos suprimir el jardincito, porque la piscina ni tocarla. - sonreí un poco.

- ¿Hablas en serio?

- Yo siempre hablo en serio... aunque a veces sea un poco capullo, ¿no? - le dí un beso en la frente mientras seguía caminando.

Por unos momentos se quedó callada, como si intentase ordenar algo en su cabeza, como si no lograse terminar el puzzle de sentimientos y emociones de los últimos días.

- ¡Eh, pero bájame!

- ¿Eh? Bueno, ya me estaba empezando a cansar así que... a ver si adelgazamos un poco, ¿eh?

- ¡Serás…! - parecía dispuesta a pegarme, pero en el último instante simplemente me besó para después sonreír dulcemente.

- No te acostumbres. – sonreí, ya que con el comentario volvió a cabrearse como un enano sin cerveza.

- ¿A dónde piensas ir ahora? ¿Algún brillante plan?

- Claro, a Orgrimmar.

- ¿Qué? ¿Estás loco? ¿Pretendes infiltrarte en la ciudad más importante de la Horda?

- Y pretendo hacerlo por la puerta grande. - añadí.

- Y un huevo de hawkstrider. - inquirió Len.

- Para huevos los dos míos.- susurré mientras me encendía un cigarrillo.

- Si pretendes que cruce el océano a nado lo llevas claro.

- No, tranquila, tengo los patitos de goma y los bañadores justo aquí al lado, además te he comprado un bikini muy sexy, cariño. - ante la asesina mirada de Len sólo pude señalar una torre cercana y dejar las coñas jocosas para otro momento. - Vale, está bien, ahí está la torre del zeppelín, sólo hay que evitar a los guardias y...

Ante mi sorpresa, la pija con mal humor ya se había puesto manos a la obra.

- Así me gusta, una tía decidida. - le susurré.

- Tú calla y démonos prisa, salgamos de aquí cuanto antes.

- Sí, buana.

Pasamos delante de los dos guardias undead que se encontraban vigilando la entrada, asegurándonos de haber pasado el cepillo de la colecta por sus bolsillos, aunque lo único que era aprovechable de entre lo poco que encontré era una rata muerta y un montón de pelo, no preguntéis para qué.

No aseguramos de que no había nadie, aunque pensándolo bien, a esas horas de la noche sólo cazadores furtivos y elfos de dudosa orientación sexual se movían en transporte público. Ante el estado de nerviosismo de Len, me encendí un cigarrillo y le ofrecí uno.

- Tranquila hija, aquí no hay nadie, ya lo hemos revisado tres veces. Tan sólo relájate y esperemos.

Me senté en el borde del embarcadero, dejando mis pies colgando. Mientras, Len hizo lo mismo con un pequeño vaivén.

- Como te caigas no creo que puedas volver a subir.

- Me da igual.

- ¿Enserio? - pegué una calada honda al cigarro. - A mí no me da igual, no me he traído la espátula, y dejarías todo hecho un asco.

Dejé caer la colilla todavía encendida sobre la cabeza de uno de los pobres guardias situados debajo de nosotros.

- ¡AGGGGHHH!

- Vaya, pues no estaba tan muerto como parecía.

Len se llevó la mano a la boca en señal de susto. Los guardias empezaron a subir por la escalinata, pero fue demasiado tarde. El zeppelín ya había llegado, y nosotros estábamos dentro disfrutando de las maravillosas posibilidades que nos ofrecía la bodega.

- ¿Qué clase de gente lleva granadas a bordo?

- Goblins, gnomos, elfas histéricas…

Me observó perpleja sin dar crédito a lo que le decía.

- No todos tenemos el mismo tipo de... admiradores. - añadí mientras cogía un par.

- Ni de neuronas. – añadió.

- Bueno, al menos me alegro de que las tuyas vayan apareándose… Créeme, me encanta.

Sin querer queriendo empujé a la pelirroja armando un ruido de mil demonios. Los poco avispados tripulantes ni se inmutaron.

- ¿¡En qué coño pensabas!?

- Nadie se ha dado cuenta. Tendremos suerte si salimos vivos de ésta.

Me reía como hacía tiempo que no lo hacía. Tenía una pelirroja explosiva, un zeppelín lleno de locos y un cargamento entero de granadas, los ingredientes necesarios para una buena mezcla. Así que, encendí mi último cigarro en señal de duelo.