7

La bienvenida del Warchief

Justo cuando conseguía dormir un poco, el traqueteo del zeppelín me desveló de nuevo.

- ¡Tranquilos, tranquilos! ¡Esta vez no nos estrellaremos! – se oyó desde cubierta.

"¿Esta vez?", pensé horrorizada.

Desde la bodega donde nos habíamos acomodado se veía amanecer a través del gran espacio abierto que dejaba la maquinaria. El sol centelleaba despuntando sobre el horizonte, y los reverberos del mar creaban destellos hipnotizantes. Me incorporé y me quedé sentada mirando el paisaje. Logré relajarme por unos instantes entre todo aquel bucle de situaciones inconexas.

- Ya casi estamos llegando.

No me había dado cuenta de que Ghen también se había despertado y ahora estaba sentado a mi lado.

- Nos van a linchar en Orgrimmar… - suspiré.

- No seas dramática. Las noticias no cruzan el charco tan rápido.

- ¿Pero por qué tenemos que ir a la capital? Deberíamos desaparecer del mapa, no meternos en la boca del lobo.

- La sede de la Shattered está allí. Es al único lugar donde puedo ir a reclamar.

- ¿Reclamar qué, Ghen? Casi nos matan a los dos.

- Eso entra en el contrato. Lo único que quiero es que me paguen lo que me prometieron…

El asesino se calló por un momento y miró el mar. Sé que no quería el dinero para él. A pesar de todo, seguía pensando en dejar toda la vida que había conocido para brindarme algo cercano a la felicidad.

- Deberías dormir algo. Necesitarás fuerzas para cuando lleguemos. – dijo.

Acto seguido, me rodeó con el brazo y me estiró en el trozo de suelo que habíamos improvisado a modo de cama.

- No has dormido nada. – concluyó.

- Pues tú dormías como una marmota.

- Te equivocas. – añadió con los ojos cerrados. – No puedo dormir si me miras.

Creo que entonces me ruboricé un poco. Sonreí, y algo más calmada, intenté conciliar el sueño.

- ¡Señores viajeros, próxima parada: Orgrimmar!

No sé cuánto tiempo pasó desde que me tumbé hasta que me despertó la voz impertinente de uno de los goblins de la tripulación. Había dormido del tirón, y sentía un dolor horrible en mi hombro al haber permanecido todo el tiempo en la misma postura.

- Vamos, espabila o irás de vuelta con los amigos undead.

Ghen ya estaba en pie y listo para partir. Me desperecé un poco y cogí mi pequeña bolsa de equipaje.

- ¿Lista? – preguntó el asesino con una sonrisa.

- Lista.

Tras esto, nos fundimos entre las sombras y salimos de la bodega sin hacer el más mínimo ruido.

- Llegamos tarde... ya deberíamos estar allí.

- ¿Qué dices, Ghen?

Lo que oyes, nos están esperando. Bueno, a ti no. - me reí un rato ante el semblante cabreado de Len.

- A mí no me hace ninguna gracia... ¿cómo piensas entrar sin que nos vean?

Me tomé mi tiempo para pensarlo. La pelirroja me acababa de estropear toda la diversión. Entrar en Orgrimmar, la ciudad más protegida del mundo, guardada por orcos sedientos de sangre...y de cerveza. Se me iluminó la bombilla: recordé haberme colado tiempo atrás por una entrada secundaria, la cual pasaba por el río y no presentaba mayor dificultad que dos guardias apestosos. Le comenté la idea a mi amiga, y, aunque insegura, aceptó.

- ¿No tenemos un plan mejor, verdad? ¿O pretendes esperar a que se mueran de aburrimiento?

- También es una opción... seguro que se van a comer, o algo así...

- Claro, y te crees que sí dejasen la puerta sola no los cocinarían con salsa picante.

Caminamos hasta el río, y en efecto, allí estaba el puente que lidiaba con la llave de nuestro siguiente paso. A simple vista sólo se veían cuatro guardias, dos de ellos discutiendo acaloradamente sobre si el kebab de gnomo era una receta mejor que las mollejitas de enano. Pasamos sigilosamente sin ser vistos, pero los otros dos iban a suponer algo más de esfuerzo. Los atontamos unos segundos, lo justo para pasar desapercibidos y para que cuando volviesen en sí se creyeran que les había dado una insolación, o algo así. Los orcos no son gente que se preocupe mucho por esas cosas. Antes de llegar a la parte oscura de Orgrimmar, tuve que salvar un par de veces a Len antes de que acabase partida en dos y no precisamente de la risa.

La luz empezó a desvanecerse a medida que nos adentrábamos en "la otra Orgrimmar", un rincón oculto entre las sombras para aquellos que no querían ser vistos, o que no querían que sus prácticas saliesen a la luz. Hice a Len un gesto con la mano para que se quedara esperando mientras yo entraba en una pequeña choza situada en la zona superior.

- ¿Hola?

- Hoooola, tíio.

- Yog, ¿eres tú?

El troll se abalanzó y me abrazó con tanta fuerza que casi me rompe una costilla. Si alguna vez os cruzáis con alguno os recomiendo que no le estrechéis muy fuerte la mano. Tienden a quedar por encima y si te aprietan probablemente acabes manco o algo peor.

- Cuánto tieempo, tíiiooo, ¿qué haces por aquí? ¿Vienes por trabajo?

- De eso mismo he venido a hablar...me han vendido, Yog, esto es algo muy serio.

- Reláaajate tío, cuéntale a Yog, yo ayudarte a ti.

Aquella conversación llegó al punto de desquiciarme. Tardé cerca de dos horas en terminar mi relato, y lo único que escuchaba eran frases poco coherentes de alguien que sabía que me entendería a cachos.

Alakor, coordinador de la Shattered en Orgrimmar, me recibió tiempo después con cara de malas pulgas, la que solía tener siempre. Un parche en el ojo, la piel más oscura que la de un orco convencional, y con abundantes canas que le daban a su rostro un aire aún más terrorífico.

Prometieron darme una respuesta enseguida, pero primero debían realizar un par de contactos. Así que, Len y yo nos acomodamos en lo que parecía un bar lleno de cucarachas o algo peor.

- ¿Desde cuándo las cucarachas son tan grandes? - preguntó Len con tono asustado.

- Ni idea, quizás sean alguna nueva raza de supercucarachas demoníacas.

- ¡Ghen, no juegues con esas cosas!

Me reí un rato mientras el tabernero venía a atendernos. Con el rostro medio tapado, un troll con cara de pocos amigos nos preguntó qué deseábamos tomar. Después de un buen rato, cuando logramos decidirnos si tomábamos cerveza o cerveza, aquel oscuro individuo se fue mientras escupía esputos del tamaño de mi puño en las mesas. Cuando Len terminó de hacer arcadas, me apoyé canturreando en el respaldo de la silla.

- ¿Y ahora qué tenemos que hacer?

- Tan sólo esperar. Puedes hacerlo, ¿verdad?

- Sí, supongo que sí, sólo que me saca de quicio.

- Ya somos dos, esto no me gusta nada.

La pelirroja miraba preocupada en todas direcciones mientras yo intentaba no pensar en la mierda de día que había tenido.

- Oye... ¿y si no pueden hacer nada por nosotros?

- Pues entonces los matamos a todos. - contesté más animado.

- Vamos Ghen…hablo en serio.

- Ah, ¿y yo no?

Tuvimos que aplazar la conversación, pues el tabernero había vuelto. Miré de reojo y me di cuenta de que no traía nada consigo. Aquel tipo se acercó a nosotros y cuando estaba justo a mi espalda imaginé cómo uno de sus dedos sustraía algo, obviamente un cuchillo, de uno de sus bolsillos. Carraspeó una última vez y dijo:

- No nos quedan cervezas, pero sí tenemos...

Lo interrumpí, clavando una de mis dagas en el respaldo de la silla. Le atravesé el hígado y probablemente algo más.

- Oh, tranquilo, déjelo ahí y quédese con la vuelta.

La chica se sobresaltó cuando el troll pegó un alarido de dolor, para poco después desplomarse en suelo.

- ¿¡Po…Porque le has matado?!

Suspiré hondo y me levanté de la silla.

- ¿Es que tengo que explicártelo todo?

Propiné una patada al enorme cadáver del troll y cuando giró dejó ver un cuchillo de cocina del tamaño de mi brazo, más afilado que los dientes de Spike.

- Un asesino tiene que tener ojos hasta en la nuca, y si no, usa el del culo.

Len rodeó el cuerpo intentando no tocarlo y con una visible cara de asco.

- Tranquila, no creo que vaya a morderte. - me reí.

- Sí, tú ríete pero casi nos mata.

- Bueno, mientras se quede en el casi… - añadí.

Al salir de la posada nos encontramos con Yog, el cual, tan oportuno como siempre, nos advirtió que no entráramos en aquella taberna porque la regentaban un grupo de ladrones de tres al cuarto. También me dijo que Alakor me estaba esperando y que tenía buenas noticias. Cuando llegamos, mi intriga creció exponencialmente. ¿Por qué ese maldito orco sonreía de aquella manera? Jamás le había visto así. Me dio un par de palmaditas en la espalda que casi me desmontan.

- Amigo, vas a tener el honor de hablar con el Warchief.

- ¿Con el quién?

Los ojos del orco se llenaron de incredulidad y después de ira.

- ¡Con el mismísimo Thrall!

- ¿Quién es Juan? ¿Tú le conoces, Len?

- ¡Pero si es el jefe de la Horda! - contestó ella.

Yog tuvo que sujetar a Alakor, el cual había cogido un hacha y se disponía a partirme por la mitad.

- ¡Ah! Ya decía yo que me sonaba.

- Será mejor que os vayáis ya, tíiiiio. - dijo Yog haciendo un último esfuerzo por no soltar al forzudo verde.

Pedimos indicaciones a un guardia y nos plantamos delante de la casa del jefazo.

- Para ser el jefe de la Horda tiene una mierda de casa.

Len súspiro.

- Anda, vamos...

Casi me lío a ostias con los guardias, pues no se creían que un tío tan guay como yo pudiese codearse con un orco como Frall. Pero ahí estaba, amigo, reunido con la jet set de la guerra. Un troll muy amable salió a recibirnos pocos minutos después de haber topado con la élite Kron. Parecía algo cansado, debía de ser que allí dormían poco por todo eso de preocuparse por cada miembro de la Horda y tal. El troll en cuestión se llamaba Vol'jin, y tras haber entrado en la última cámara, llamó a Len y la invitó a unas pastas para que yo pudiera hablar más tranquilamente con Flan.

No parecía tan grande como me lo imaginaba, ni tan feroz. Aquel tipo tenía el rostro serio y parecía bastante pacífico. Me hizo un gesto con la mano para que me adelantara.

- Acércate, amigo. ¡Lok Thar Hogar, hijo de la horda!

- Eh… ¡hola, buenas jefazo! - me puse recto como un palo y saludé con la mano.

Pensé que intentarían matarme de nuevo, pero Gall hizo un gesto con la mano y todos los guardias volvieron a sus puestos.

- Hijo, tengo entendido que has tenido problemas últimamente.

- Ni se imagina cuantos, oiga, así se lo digo. Sólo falta que me roben los épicos.

Manteníamos una conversación de tú a tú pero con respeto, porque los elfos siempre han sido muy respetuosos con sus superiores y más con las otras razas de Azeroth. Phrall se acercó a mí y comenzó a andar en círculos bastante preocupado.

- Verás... aquel Naaru que robaron... mucho me temo que ha caído en manos equivocadas.

- Bueno, eso ya me lo imaginaba yo, cuénteme algo que no sepa.

Sus ojos desprendieron un par de chispitas y me acojoné vivo. El amigo Hall no se andaba con chiquitas.

- Como te decía... ahora el Naaru está en poder del príncipe Kael'thas.

- ¿Cococococómo?

Todavía no podía creérmelo. El príncipe, MI príncipe, el que había llevado a mi pueblo por sendas oscuras, buscando una cura para nuestra adicción a la magia, había conseguido una fuente de poder que muy posiblemente, alimentaría su codicia y su sed de magia más allá de los límites de lo inimaginable. "Perfecto", pensé.

Jrall me dio todos los detalles sobre el asunto, me explicó que asesinaron a un mensajero de la Shattered y que, poco después, un sirviente de Kael'thas había ocupado su lugar sin que nadie se diese cuenta. Aquel hombre fue el encargado de filtrar la misión que más tarde me fue asignada.

Cuando terminamos de hablar, me despedí de él y me dirigí a buscar a Len, la cual charlaba animadamente con el Vol'jin.

- ¡Hola, Ghen! ¿Qué tal te ha ido?

- Bien, me alegro de que tú también te lo estés pasando en grande jugando a las... en fin. - suspiré. - Vámonos, tenemos mucho por hacer. Yrall nos ha conseguido una casita para que podamos pasar la noche. Al menos espero que tenga servicio...

- Es Thrall.

- Sí, eso mismo, Quall. - respondí sabiendo que yo tenía toda la razón del mundo.

Se hacía tarde, así que nos dirigimos siguiendo las indicaciones de un pequeño mapa que nos había proporcionado el amable señor troll.

- Debe de ser aquí.

Señalé el mapa y después volví a mirar a la casita que se encontraba delante de nosotros.

- Parece cuca. - respondió Len.

- Tú si que eres cuca. - añadí en tono sarcástico.

Entramos en la casa y caímos rendidos en la cama tamaño familiar que tenían preparada. Todavía no habíamos tenido tiempo de descansar después de que llegamos a Orgrimmar, y el sueño y el agotamiento estaban empezando a pasar factura. Después de hacer una pequeña cena improvisada a base de chuletas de jabalí y sardinas del estanque, nos sentamos a charlar un rato. Hablamos de mil y una cosas, nos reímos, nos tiramos los jarrones a la cabeza, y más o menos todo lo que puedes hacer en una noche de borrachera. Recuerdo que Len se puso bastante cariñosa, y al final acabamos durmiendo abrazados en la cama. Refunfuñó una vez más antes de dormirse. Susurró algo, me dio un beso en la mano y se quedó dormida. Me quedé mirándola un buen rato. Estaba cansado pero no podía dormir, demasiadas emociones en muy poco tiempo. Dejé los malos espíritus para otro momento, me giré, la di un beso en la mejilla y me quedé pensando en qué haríamos después de que hubiese pasado todo esto. Por aquel entonces fue la primera vez que pensé en comprarme una casa en Eversong Woods. "No estaría mal", pensé. Y unos instantes después me quedé dormido.

Pasamos casi un mes en la ciudad, aunque realmente sólo hicimos turismo el primer día, pues la ciudad tampoco ofrecía muchas diversiones. También me reuní con el Warchief en varias entrevistas, en las que planificamos cuales serían las mejores opciones para pasar desapercibidos después de tan sonado altercado. He de añadir que jamás nos pusimos de acuerdo, así que concluimos en aplazar la decisión y que Len y yo nos tomásemos algo de tiempo libre mientras se decidía qué hacer. En ese momento me planteé volver a Silvermoon.

Cuando llegué aquella noche, Len me estaba esperando con la cena preparada.

- ¡Mira que repollos más tiernos he encontrado en el mercado!

- Oh, genial... y de postre que, ¿espárragos trigeros?

- Pues si no quieres no cenes, allá tú. - contestó más animada.

Resignado, me senté en la silla y cogí el plato que me tenía preparado. Le comenté que volveríamos a Silvermoon a la mañana siguiente. La idea le gustó, pues durante toda la cena se dedicó a contarme todas y absolutamente todas las cosas que haría cuando volviésemos a Silvermoon.

- Poc poc. Tierra llamando a Len. Creo que te has olvidado de qué y quié eres ahora.

- Bueno... pero algunas cosas sí que las podré hacer... ¿no? - dijo con voz triste.

- Sí, supongo que sí. - concluí.

Pasaron las horas y se hizo tarde. En una de tantas me acerqué a su escritorio para dejar no me acuerdo qué, y sin quererlo encontré una joya que, extrañamente, me resultó familiar. El diseño era bastante antiguo, yo diría que de haría unos cien años. Un par de lunas de plata grabadas a ambos lados de un gran zafiro perfectamente tallado acompañados de una reluciente cadena de plata.

- De dónde cojones...

- ¡Deja eso! ¡Es mío! - me lo quitó corriendo de las manos.

- Es un colgante de nightelf, ¿se puede saber de dónde lo has sacado?

Se sobresaltó.

- Cómo sabes...

- Hace muchos años fui joyero. Me aburría y como no sabía qué hacer con tanta piedra preciosa decidí invertir en algo. Ya sabes.

- Era de mi madre... o al menos eso dijo mi padre.

- ¿Tú madre era una nightelf? ¿QUÉ?

Estábamos en el momento ideal para encendernos un cigarrillo.

- Sí... mi padre sólo sabía echar pestes de ella... decía que era una nightelf, es lo único que sé... bueno, eso y el colgante. Tengo un antojo en forma de luna en el brazo izquierdo.

Recordé haber pasado por alto ese detalle, pensando que simplemente era un lunar bastante grande. Pero ahora que lo decía, cuadraba bastante. Decidí creerme su historia a regañadientes conmigo mismo. La miré. Me miró. Era obvio que no quería seguir charlando sobre el tema, así que simplemente añadí un:

- No hace falta que lo cuentes si no quieres, comprendo que no sea muy agradable.

A lo cual ella respondió:

- No... no es eso, es que tampoco sé mucho más... ni siquiera sé cómo se conocieron.

- Comprendo. - dije por decir algo.

Esa noche Len no dejó de dar vueltas, y por consiguiente yo tampoco pude dormir. Parecía muy turbada por el tema del colgante, además de confusa por no saber siquiera qué pasaría con su nueva vida o a dónde iría. Bueno, de momento a Silvermoon.

Mantuvimos una charla a altas horas de la noche debajo de las sábanas, y luego encima de ellas.

- Ghen...

- ¿Sí?

- Yo... tengo que decirte algo muy importante.

Me mordí la lengua para no hacer ninguna broma coñosa en un momento como aquél.

- Qué pasa, ¿es por lo de tus padres?

Se acurrucó en mi pecho sin apenas poder hablar, así que susurró con un hilo de voz:

- No... no es eso... es... verás... las hierbas para abortar... las vomité y...

Reconozco que en ese momento no me esperaba algo así. Noté cómo un sudor frío recorría mi espalda y luego intenté retomar la compostura para que ella no se sintiese mal por lo que le había pasado.

- No pasa nada...

- ¿Cómo que no pasa nada, Ghen? ¿Y si tenemos un niño? ¿Qué pasará con él? ¿Quieres que tenga nuestra misma vida?

Allí venía una mujer histérica. Había pasado del más grande de los silencios a la más pequeña de las corduras.

- No... claro que no. Yo sigo queriendo esa casita en el campo, con piscina... un huerto... y un perro en la puerta, aunque con Spike me conformo.

- Lo... lo dices en serio, ¿Ghen?

- Por supuesto. - asentí con la cabeza.

En ese momento rompió a llorar, así que en esas ocasiones, amigos, lo mejor que puede hacer uno es abrazar fuerte a su pareja e intentar calmarla. Sabía que lloraba de felicidad, pero aún y así, me irritaba sobremanera que llorase tanto. Al cabo de un rato se calmó. Me dió un beso y me susurró un te quiero antes de quedarse dormida. Respondí diciéndole que yo también la quería y que no se preocupara, si tenía que nacer el niño, nacería, que yo estaría allí como padre suyo que era.

Dormimos hasta tarde, y cuando nos levantamos recogimos todo y despidiéndonos del jefe y los miembros de la Shattered en Orgrimmar, nos fuimos en el zeppelín de vuelta a Undercity, donde por fin podríamos volver a Silvermoon con el translocador.