8

De vuelta al pasado

- De vuelta a Silvermoon. Hogar, dulce hogar... - dijo Len sonriendo.

- Si tú lo dices…

Me crucé de brazos y me senté en el primer banco que se cruzó de camino a su casa.

- ¿Qué haces, Ghen?

- Disfrutando de mi hogar, ¿no lo ves?

Me tomé mi tiempo para reflexionar sobre el siguiente paso. Era muy obvio que todavía no teníamos tiempo para estar jugado a las casitas, por mucho que a Len se le metiera en la cabeza la idea de una familia feliz con casa, perro, dos niños y una piscina. Estaba divagando cuando me di cuenta de que Spike, por mucho que fuera un perro grande, no sería la mejor mascota para mis hijos. Me levanté del banco con la idea de hacer una visita a Nerisen, el cual, según Yog, había tenido infinidad de problemas después de haber sido amonestado por el fracaso de la misión. Pobre hombre, encima tendría él la culpa de aquellos entramados y trapicheos ilegales. Sin darme cuenta había comenzado a andar en dirección al cuartel de la Shattered.

- ¿A dónde vas ahora? – dije al ver que Len echaba hacia otro lado.

- Quiero ir a casa a cambiarme, ¡apesto a Goblin!

- ¿Ah, sí? Ni lo había notado. - sonreí.

Mientras refunfuñaba llegamos al callejón oscuro de siempre. Piqué varias veces en la puerta de la Shattered y dejé a Len esperando allí mismo. Tampoco quiso entrar, así que supuse que no quería volver a ver a su amiga Cel. Ésta estaba entrenando a un grupo de jóvenes asesinos en prácticas, cosa habitual en ella. Tuve suerte de pasar desapercibido ante sus ojos.

Ya dentro del despacho de Nerisen, me senté en su silla, crucé los pies por encima de la mesa y me encendí un cigarrillo. Recordé que la primera vez que llegué allí hice lo mismo, ante el claro enfado de mi amigo, el cual amenazó con cortarme el cuello si no me moderaba.

La puerta se cerró de golpe.

- ¡Shin!

- ¿Quieres hacer el favor de bajar el tono, canalla? No me gustaría que la ninfómana se enterase de que estoy aquí, espero que me comprendas.

Mi amigo se rascó la cabeza para después dejarse caer sobre una de las sillas.

- Dame un cigarro.

- ¿Un cigarro? Qué te has pensando, ¿que soy el estanco de Silvermoon? Además, ¡si tu no fumas!

Nerisen dejó salir un suspiró antes de ponerme en materia.

- Las cosas van mal, Shin. Desde lo del Naaru, las principales capitales nos han estado atosigando con preguntas de todo tipo, cuando nosotros sólo sabemos lo que se nos ordena y lo que cobraremos…

Sopesé las palabras de Nerisen durante unos instantes. Prefería dejar pasar aquel tema por no echar más leña al fuego.

- He venido a por el trabajo de Len, la verdad es que ha sido una sorpresa que le hayas encargado algo así teniendo en cuenta sus…habilidades. - suspiré.

- Eso ya lo he tenido en cuenta, pero sabía de sobra que la acompañarías, así que…

- Maldito cabrón…

Me reí en voz alta y con tanto ruido alguien familiar picó a la puerta. Debía de ser Cel, así que ni corto ni perezoso me deslicé por debajo de la mesa y me quedé allí sin hacer el más mínimo ruido para que la asesina no se percatase de mi presencia.

- Adelante, adelante. - dijo con tono inquisitivo Nerisen antes la efusividad de los golpes.

Como alma que lleva el diablo, la elfa entró en la sala de reuniones quejándose de los nuevos aprendices, cosa totalmente habitual en ella y que hacía constantemente, consiguiendo que su jefe llegase al punto de querer pegarse un tiro en la cabeza o arrojarse a un pozo lleno de murlocks furiosos.

- A ver… qué pasa ahora, Cel… - suspiró Nerisen resignado.

- ¡Que son una panda de mancos! ¡Ni siquiera saben cómo coger un cuchillo!

- Ya será para menos…

- ¡No, no y no! Me niego en rotundo a seguir enseñándoles, que me destinen a otro sitio porque ya estoy harta.

- Pero Cel… ¿quién mejor que tú para enseñarles? Míralo por el lado bueno, si algún día llegan a ser algo será sólo gracias a ti.

Aunque mi amigo se deshacía en halagos no parecían surtir gran efecto ante la implacable furia de la profesora. Antes de que la situación se fuese de madre, como buen compañero que soy, decidí echarles una manita a ambos. Cel se había sentado en la silla contigua a Nerisen y llevaba puesto un traje de cuero bastante ceñido que dejaba a relucir sus nalgas marcadas y alguna cosa más que para no herir la vista de los lectores no nombraré. Además de aquello, calzaba unas botas altas con tacones, que para nada eran apropiadas para su trabajo, pero lograban realzar su baja estatura, haciéndole parecer una persona más agresiva. Con mucho tacto, comencé por acariciar su pierna derecha por debajo de la mesa, logrando el efecto deseado y poniendo a Nerisen en un aprieto, o tal vez no. En el fondo, pensé que le estaba haciendo un favor del cual me estaría my agradecido. La reacción no tardo en venir. Su tono de voz cambió, la forma de hablar, incluso su cara. No estoy seguro de ello porque me era imposible verlo, pero seguro que mostraba una mirada de leona a punto de cazar a su presa.

- Mmmmh... bueno, quizás me quede aquí... un rato.

- Ah…¿ah, sí? Y.. ¿y… por qué sólo un rato?

- Mmmh... veo que no tienes prisa, me gustan los hombres así.

Nerisen no parecía comprender la que se le venía encima. Con un poco más de tacto, le desabroché las botas, y se las quité mientras le seguía acariciando los tobillos. Supuse, y con lo cual acerté, que a una mujer de su edad y sus características le iban los rollos fetichistas. Creí escuchar un leve gemido proveniente de su boca, y, aunque no estoy seguro de ello, probablemente fue el shock de que a alguien le pusiera tan malo aquello. Cel arqueó la espalda y estiró el brazo para poder coger a mi amigo de la mano, el cual se quedó patidifuso sin saber qué hacer.

- Ehh... ¿Cel, te encuentras bien?

- Sí… mejor que nunca… guapo.

Dijo con voz de… (niños dejad de leer), ZORRA. (Aquí podéis seguir leyendo). Para golpe final, aunque no quise mirar, estiré al mismo tiempo de las dos perneras de su pantalón de cuero, sacándoselo por completo. Hay que añadir que no hubiera conseguido hacerlo si ella nunca hubiese ayudado levantándose unos centímetros de la silla para que salieran. Pero en fin, ya estaba hecho. La leona en bragas saltó de la silla y se colocó a cuatro patas encima de la mesa sujetando a Nerisen por la solapa de su camisa.

- ¡Pero qué…!

- Ahora no te escaparás, ya sabía yo que querías algo. Roaaar.

Sí, creo que escuché un "roar" mientras escapaba a gatas de aquella habitación. Dejé allí a la tigresa despedazando a su presa mientras de fondo se escuchaban decenas de maldiciones sobre mí, mis ancestros y posiblemente toda mi posterior estirpe. Salí dando tumbos del edifició ante la mirada atónita de los estudiantes de Cel.

Ya en la calle, después de recomponerme, detallé a Len los anteriores acontecimientos, para que ella también pudiera revolcarse de risa por el suelo. Pasado un buen rato, cuando dejamos de pensar en qué le estaría pasando al bueno de nuestro jefe, nos dirigimos al punto de vuelo de Silvermoon.

- ¿A dónde vamos, Ghen? Todavía no me has dicho nada.

- Ah, sí, tienes una misión.

- ¿Cómo? – soltó sorprendida.

- Debemos salir enseguida, apenas tenemos tiempo y contra antes mejor.

- ¿Mejor por qué?

- Porque así estaremos de vuelta antes, por ejemplo.

Len suspiró y segundos después le expliqué detalladamente en que consistía la operación.

- Básicamente es un trabajo de rastreo.

- ¿De rastreo? - preguntó extrañada.

- Sí, ¿eso que haces por las mañanas cuando no encuentras la crema hidratante? Pues lo mismo.

- Estás casposo hoy, ¿eh?

- Ya me conoces, no me gusta desaprovechar las oportunidades, cariño.

Haciendo caso omiso a mis provocaciones, continuó.

- Bueno, ¿y qué tenemos que encontrar?

- Encontrar encontrar…digamos que han desaparecido unos rangers en Ghostlands, y nadie sabe por qué. Supongo que podrían haber sido emboscados por los trolls, pero tampoco están seguros de ello.

- ¿Ah no?

- No.

Len enmudeció.

- Los cazadores tienen unos sentidos especialmente desarrollados, me extrañaría mucho que no se hubiesen percatado de la presencia de un grupo de grandes y malolientes trolls.

- Si te oyese Yog…

- Yog es maloliente, pero también es mazo de majo. - asentí con una gran sonrisa. - Aunque una ducha de vez en cuando no le vendría nada, pero que nada mal.

El vuelo a Tranquilien sucedió sin ningún tipo de contratiempo. Una hora después estábamos de camino al lugar indicado en el mapa, un pequeño enclave en medio de la nada, en el cual los rangers podían tener controladas

las dos costas de un pequeño río. El camino a través de las tierras muertas habría sido algo más placentero si Len hubiese ido dormida o drogada.

- ¡Ahhh, una araña!

Poc. Espadazo. Muerta.

- ¡Aghh, que asco me dan!

- En fin…

Situación que se repitió unas diez veces antes de alcanzar nuestro destino. Para cuando llegamos era bastante tarde, y tenía un humor de perros por el viajecito que me había dado la pelirroja.

- La próxima vez tráete un matarratas de tamaño industrial, creo que también funciona con las arañas.

- Ja, ja, ja. Qué gracioso. Como si a ti no te diera miedo nada.

- A mí sólo me da miedo Cel en tanga de leopardo.

Hizo un gesto como si tuviese mucho miedo y después nos reímos un rato.

Ya en el enclave, una chica con una sonrisa de oreja a oreja nos recibió agitando la mano.

- ¡Holaaaa, por aquí!

- ¿Te pagan por dar la nota?

Mi primer intento porque cerrase la enorme bocaza que tenía quedó frustrado debido a que mi tono de voz no fue el adecuado. Tomé nota mental de hablar más alto la próxima vez que me encontrara en esa situación.

- ¿Ustedes son los asesinos que han venido a ayudarnos? ¡Bien, viva!

¿A esta tía qué le pasaba? ¿Se habría comido un payaso? Me llevé las manos a la cara en gesto de desesperación.

- Dilo un poco más alto, creo que no te han oído los trolls del poblado de ahí atrás. - señalé con el pulgar unas chozas a apenas un par de kilómetros.

La chiquilla se entristeció y dejó caer una lagrimilla.

- Cómo te pasas, Ghen...

- ¡Pero si ha empezado ella! - contesté a Len.

Seguimos a la cazadora en prácticas dentro del enclave destinado a esa zona de Ghostlands. El sitio estaba bastante abandonado, no tanto como la ciudad de Tranquilien, pero se le parecía. Al menos, el comedor parecía estar decorado de forma más alegre, con alfombras rojas y terciopelo azul por cortinas, aunque reconozco que lo que más me gustó fue el enorme jabalí que había en el centro de la mesa.

- Un momento, por favor... avisaré a mi jefe. - dijo la chiquilla recobrando su tono de voz natural.

- Dios, eres tan mona que te estrangularía. - contesté en voz alta mientras me comía una costilla del cerdo.

La chica no tuvo tiempo de enterarse pero Len me propinó una patada por debajo de la mesa.

- ¿No vas a cenar nada? Luego tendrás hambre.

- No... estoy algo nerviosa por el trabajo. Esto es muy serio, ¿no?

- Eso parece. - dije algo intranquilo.

Al cabo de un rato, apareció de nuevo nuestra amiga para decirnos que ya podíamos pasar, que su jefe nos estaba esperando y que estaba muy contento.

El despacho del jefe estaba totalmente desordenado, y por qué no decirlo, horriblemente decorado. Cabezas de animales colgando de las paredes, un montón de alfombras que acumulaban dedos de polvo, y papeles y más papeles tirados por el suelo. El hombrecillo en cuestión parecía extasiado con su trabajo.

- Oiga, si quiere venimos otro día. - le dije después de estrecharle la mano. - Le noto bastante ocupado.

- ¡No... nonono, al contrario! ¡Pa... pasen!

Dejando a parte sus deficiencias para hablar, aquel tipo sudaba como un cerdo, y por consiguiente daba bastante asco. Después de que Len le atosigase a preguntas sobre su nuevo trabajo, empecé a pensar que no era cosa de los trolls, como se había pensado en un principio. Unos rangers... desaparecidos. Se supone que son tíos de élite, expertos rastreadores. Si tuviesen en el culo un grupo de malolientes trolls estoy seguro de que se habrían dado cuenta de ello. Tuve que explicarle todo esto a Len a espaldas del jefe de los rangers, no quería que diera una imagen de novata, pues estaba claro que aquella misión no era para una principiante como ella. Cuando aclararon todos los detalles al milímetro, la chiquilla, que debía ser la hija del jefe, nos hizo un gesto con la mano para que la siguiéramos.

- Mi…mi... ayudante les llevará a...

- No se moleste, ya nos apañamos nosotros.

Le arrebaté una pequeña llave de plata que sostenía en su mano izquierda. Estaba claro que no iba a esperar a que terminase la frase. Subimos al primer piso. Le di la llave a Len, con tan mala suerte que no parecía encajar en

la cerradura.

- ¿Y ahora qué? Creo que bajaré a que nos den otra habitación.

Alargué mi brazo y la paré en seco.

- No, ésta es la buena, lo presiento. Hazte a un lado, paquete.

Saqué un pequeño alambre que llevaba en uno de mis bolsillos, lo doblé por la mitad y lo introduje cuidadosamente por el agujero de la cerradura. En unos segundos sonó un ¡clic!, y la puerta quedó abierta.

- Llaves para qué os quiero.

- ¿Me enseñarás a hacer eso algún día?

- No, que me robas.

Ya dentro de la habitación, Len siguió insistiendo un rato hasta que decidió que su cuerpo no podía más y se tumbó reclamando mi presencia en la cama. Fumé un último cigarrillo y me metí con ella. Se quedó dormida en menos de cinco minutos, y aunque pensé que mejor sería quedarse despierto, acabé cayendo en redondo. Qué gran error.

Al principio pensé que sólo había sido un ruido. Después lo escuché de nuevo y aún más cerca. Salté de la cama y cogí lo primero que pillé a mano. Creo que era mi cinturón.

- ¡Alto, quién anda ahí!

Una nightelf me miró desde las sombras mientras sostenía algo en su mano. Retrocedió un par de pasos y saltó desde la ventana, para después desaparecer en la noche.

- ¡Al ladrón! - grité. Siempre había querido decir eso.

Len se despertó sobresaltada, no sabía qué sucedía. La habitación estaba patas arriba, y, después de hacer inventario, Len se dio cuenta de que faltaba el colgante de su madre. Algo lógico. Al fin y al cabo, la ladrona era una nightelf.

- ¡Tenemos que recuperarlo, Ghen! ¡Es muy importante!

- Por ahora ya sabemos a lo que nos enfrentamos, no caigamos en su trampa. Es de noche y ellos juegan con ventaja.

Conseguí convencer a Len de que mañana a primera hora iríamos a ver qué averiguábamos.

No conseguimos pegar ojo en toda la noche. Ella estaba nerviosa por haber perdido el colgante, yo trazaba planes mentales por si acaso nos emboscaban unos nightelf. Eran oponentes mucho más duros que los trolls, de eso no cabía la menor duda.

Salimos temprano en busca del sitio donde anteriormente habían estado el grupo de rangers. Atravesamos el lago y seguimos el sendero que llevaba a la par que la orilla, a dar junto a un pueblo abandonado.

- ¡Ghen, allí, mira! ¡Fuego!

Len salió corriendo, así que la plaqué.

- ¡Idiota! ¿Y si es una trampa?

Tuvimos mucho cuidado al acercarnos. No parecía nada fuera de lo común. Había una ranger, la cual parecía herida en el brazo. Estaba sentada en el suelo, con la mirada perdida en las ascuas. Intentamos no asustarla, cosa que era prácticamente imposible.

La chica, con un hilo de voz, dijo que estaba recobrando fuerzas para rescatar a sus compañeros, los cuales habían sido llevados a unas catacumbas infestadas de trolls y zombies. Los habían asaltado en medio de una patrulla. La cazadora relató con exactitud el lugar de los acontecimientos, y cómo aparecieron de la nada y se les echaron encima. Aquello desmontó mi idea de que los rangers fueran presa de los elfos de la noche, así que respiré hondo, le dejé un par de vendas y algo de comida, y nos dirigimos hacia donde nos había indicado.

Las montañas eran algo escarpadas, tuvimos que caminar un rato hasta que conseguimos dar con la entrada del lugar. Nada, todo estaba desierto. Ni una sola alma, ni un solo troll. Los pasadizos, repletos de telarañas, sarcófagos abiertos, antiguos dibujos en la paredes y un par de antorchas que iluminaban tan solo el comienzo de lo que parecía una tumba real. Caminamos un buen rato, durante el cual Len no se soltó de mi brazo. Al cabo de unos minutos, empecé a escuchar un grito. Por la cara de Len, ella también lo había escuchado.

- ¡Ghen, por allí! ¡Seguro que es la ranger!

Dos salas más a la izquierda se encontraba la ranger, metida en una jaula de madera bastante grande. Aquella habitación debía de ser la sala principal de las catacumbas. De forma circular y con una hoguera en el medio, dibujaba unos reflejos en las paredes bastante sospechosos. La asesina se acercó corriendo y abrió la jaula con su daga.

- ¿Estás bien?

- ¡Cuidado, es una...!

- ¡Al suelo! -exclamé.

Con el último crepitar del fuego había visto una punta de flecha aparecer de la nada, apuntando hacia las dos. La flecha les pasó rozando y fue a dar contra una estatua de piedra, la cual se desmoronó y sacó de la nada a otro nightelf. A decir verdad, estábamos completamente rodeados.

- Mierda...

Cerca de ocho elfos nocturnos se abalanzaron sobre nosotros en apenas unos segundos. Golpeé al que tenía a mi lado, lancé su arco y carcaj por encima de sus cabezas y la cazadora lo cogió. Empezamos una batalla que no podíamos ganar, pero en el último instante, apareció el jefe de los rangers.

- ¡Han llegado refuerzos!

En ese momento, vi a Len rodeada de tres elfos nocturnos. Me lancé tan rápido como pude hacia ella pero, de repente, mi vista empezó a nublarse. Eso fue lo último que recuerdo.

Me desperté de nuevo en el cónclave. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero sentía un dolor punzante en el cogote.

- Ugh... dónde coño...

- ¿Ya…ya…te... has despertado chichichico?

Aquella voz gangosa era inconfundible.

- ¿Dónde está la chica que venía conmigo? ¿Qué ha pasado?

Esta historia sería interminable si explicara parte por parte todo lo que me dijo el capitán de los rangers. En definitiva, me habían noqueado por la espalda y se habían llevado a Len. El jefe y unos cuantos más habían conseguido llevarnos de vuelta al enclave, pero no habían podido salvarla a ella. Según él, parecían estar especialmente interesados en Len.

Me levanté de la camilla. Aunque me recomendaron reposo, tan sólo tenía un chichón. Pasé toda la tarde preparándome. y cuando llegó la noche, salí en busca de mi novia. Sí, mi novia, ¿algún problema? Estaba jugando a ser Dios, cazando al cazador en su propio territorio.

Por suerte, el rastro que dejaron desde las catacumbas fue bastante fácil de seguir. Llevaban una persona a rastras, así que las marcas en el suelo eran bastante notorias. Estuve un par de horas siguiendo las huellas y acabé en una pequeña isla al Oeste de Tranquilien, donde los nightelf habían establecido un pequeño campamento base. Debían de haber venido unos cincuenta en una carabela de tamaño medio que podía otear desde mi posición. Aunque un elfo de la noche tiene muy buena vista, da lo mismo si está dormido, así que me deslicé dentro de una de las tiendas de tela y encontré los planes de lo que parecía ser ataque contra Tranquilien.

- Muy interesante...

De repente, escuché los gritos de alguien familiar. La sangre me hervía. Casi como un animal salí lo más rápido que pude en dirección al barco. Uno del los guardias que bajaba por la pasarela me vio, pero antes de que pudiera gritar nada, seccioné su garganta y le arrojé al agua, tiñendo el mar de un rojo intenso. Sin ningún tipo de cuidado, arremetí contra las dos guardias que cuidaban la puerta de la sala donde la tenían retenida. Me hirieron en un brazo pero no lo suficiente como para detener mi cuerpo movido por la furia. Estaba completamente loco. Loco de verdad. Las dos guardias se reunieron con su amigo en el fondo del mar para jugar a las cartas. Abrí la puerta de una patada, y la cerradura saltó por los aires. Una última elfa, algo más alta que las otras dos, se quedó mirándome sorprendida. Vi a Len... estaba semiinconsciente debido a la paliza que le habían dado. Sangraba por la boca y tenía infinidad de moratones y alguna que otra herida.

Mis piernas y mis brazos se movieron solos. Como una bestia salvaje atravesé el estómago de la elfa nocturna. La apuñalé una y otra vez, asegurándome de que sentía todo el dolor posible e inimaginable, le atravesé cada órgano de su cuerpo, seccioné cada músculo, troceé cada uno de los dedos de su mano izquierda, le partí las dos piernas y un par de costillas de una patada. Incluso cuando sus ojos me pidieron clemencia no la tuve.

- ¡Te odio, te odio, muere maldita puta!

- ¡Ghen, no lo hagas!

Len acababa de volver así. En un abrir y cerrar de ojos, la mujer había rebuscado un cuchillo escondido en su pantalón y con su única mano medianamente sana me lo había clavado en el pecho, aunque no con la suficiente fuerza como para que dejara de moverme.

Su cabeza rodó por el suelo.

Len gritó y todo el campamento de elfos empezó a despertarse.

- Ma... ma...

- Si esa era tu madre... mejor está muerta... ¡Uaj!

Ahora que mi cuerpo no se movía por sí solo, las heridas me empezaron a pasar factura. Len casi no podía andar, así que la agarré como pude y saltamos a la mar antes de que ningún enemigo hubiera alcanzado aún el barco.

Recuerdo flotar a la deriva... recuerdo cómo llegamos a la playa y cómo me desmayé. Pero incluso sin sentido era incapaz de soltar su mano.

A la mañana siguiente me desperté con los primeros rayos de sol. Hacía calor... mucho calor... Abrí un ojo y no logré adivinar dónde me encontraba. Una voz familiar inundó mis oídos.

- Hola guapo, ¿quieres un cigarrito?

Aquella voz aguda... carraspeada... Abrí los ojos y vi a una muerta viviente.

- ¿Tienes hambre? ¿Te apetecen unas setas?

- ¡Tú! Ugh...

Mi torso estaba vendado, parecía que tendría heridas para rato.

- Soy... doctora, estás en mi casa al borde de Eversong Woods.

Reconocí a mi amiga de la prisión de Undercity enseguida.

- ¿Y Len?

La undead pareció entristecerse.

- Si te refieres a la elfa… está allí fuera. Aunque tengo una mala noticia para ti.

Me susurró algo al oído que me dejó en shock. Posiblemente fue la vez que más lloré en toda mi vida. Jamás me había sentido tan desorientado, tan culpable.

Len estaba esperando un hijo. Mi hijo. Nuestro hijo… que había perdido a consecuencia de la brutal paliza que había recibido. Cuando logré dejar de llorar, salí a buscarla. Estaba dormida, y al parecer muchas de sus heridas se habían ido curando. Según la undead, habíamos estado durmiendo tres días. Me senté a su lado y acaricié su pelo. Intentaba reprimir el dolor para que cuando abriera los ojos no me viera así… pero las lágrimas no dejaban de brotar en mis ojos.

Cuando se despertó la abracé. La abracé y la bese con fuerza, di gracias a Dios si es que existe por haberla salvado. Ella empezó a llorar también. No sabía cómo decirle…

- Ghen… yo… lo siento… - Len me abrazaba con desesperación mientras reprimía el llanto.

- No tienes por qué sentir nada…

- Sí, sí lo hay… tengo mucho miedo…

Le sujeté la cara con ambas manos y la miré a los ojos.

- Ya estás a salvo. No tienes por qué preocuparte por nada.

Quería parecer lo más serio posible con tal de que ella se calmara y estuviera preparada para saber la mala noticia. Aunque dudo que alguien pueda estar preparado para algo así.

- Ghen, yo… estoy embarazada…

En aquél momento el mundo se me vino abajo. La abracé. No quería que supiera nada. No quería herirla. Por un momento deseé ser capaz de controlar el tiempo y volver atrás, de poder haberme cambiado por ella. Quería recibir todo el daño que había sufrido, aunque las heridas fueran más duras, aunque fuera la tortura más cruel que jamás nadie hubiera podido imaginar. Habría sido capaz de dar mi vida por haber salvado a aquel niño…

- Mi… mi madre… la elfa que…

Mientras hablaba no podía dejar de abrazarla. No sabía si era porque no quería que viera mis lágrimas o por miedo a perderla.

- Reconocieron el colgante y… ella… me contó que era mi madre… que me odiaba… dijo que me parecía a mi padre. – lo narraba como si todavía tuviera aquella escena delante. – Mi padre y ella… también eran de la Shattered Hand. Asesinos, Ghen, ¿te lo puedes creer? Ella… había huido después de tenerme… según ella, aquella relación había sido una vergüenza para su raza. Dejó la Shattered, se exilió… y ahora pretendía vengarse. Pero me encontró a mí… - en ese momento, su voz empezó a quebrarse. – Me dijo que yo no tenía que existir, que iba a borrar toda huella de su pecado en este mundo…

- Ya… tranquila… - acaricié su pelo intentando que se calmara, pero mi pulso temblaba tanto que dudé ser capaz de hacer algo así en ese momento.

- Yo… le dije que vendrías a salvarme… - creo que ella sonrió en ese momento. Me abrazó con ternura. – Que eras el hombre de mi vida, que esperaba un hijo tuyo y que lograría ser todo lo feliz que ella no pudo. Se enfadó muchísimo, me dijo que los hombres sólo quieren acostarse con nosotras, que el amor es falso. Empezó a pegarme… - sus manos me cogieron con más fuerza y empezó a temblar. – Decía que iba a cometer el mismo error que ella, que no debía tener al niño… Pero entonces llegaste tú… - se apartó y me sostuvo la cara con sus finas manos. – Y ahora podremos ser felices.

Me cogió una mano y la puso en su vientre. Yo creí morir. No podía mirarla a la cara, todavía tenía lágrimas en los ojos.

- Len… - las palabras no lograban formarse en mi boca.

- ¿Verdad que seremos felices? – Len empezó a temblar. - ¿Verdad que sí?

- Len… la doctora… ha dicho que…

Le conté la mala noticia. Estuvo llorando una tarde entera. Yo tampoco pude reprimir las lágrimas, había sido un golpe muy duro. Intenté animarla diciéndole que lo más importante era que habíamos sobrevivido, que estábamos sanos y salvos, y que siempre podríamos tener otro niño. Pero cómo convencer a alguien cuando ni siquiera tú eres capaz de creerte tus propias palabras…

A partir de aquel día, Len le tomó un miedo horrible a todo lo que tenía que ver con los niños, incluso sé que algunas noches lloraba en silencio mientras yo dormía a su lado. En esos momentos dejé de comportarme como un capullo integral e intente cuidarla lo mejor posible.

Días después nos llegó una carta de Nerisen. Nos habían localizado y querían que nos presentáramos en Orgrimmar lo antes posible. Así que aquella misma tarde, ya casi completamente recuperados de nuestras heridas, partimos hacia Silvermoon, y por consiguiente, de vuelta a Orgrimmar.

Apenas hablamos durante el trayecto, tan sólo nos abrazábamos y pasara lo que pasara nunca nos alejábamos el uno del otro. Ya en Orgrimmar, la guardia Kron nos escoltó de camino a la sala del Warchief. Vol'Jin quiso que Len se quedara de nuevo con él. Parecía que Thrall tampoco estaba de buen humor. La besé y entré en la sala contigua donde me esperaba.

- Pasa... hijo de la Horda.

Su voz sonó más apagada que de costumbre.

- Señor, ¿me hizo llamar?

- Amigo... tengo malas noticias, siéntate.

Thrall señaló su trono, y aunque la primera vez decliné su amable invitación, acabé aceptando. Me explicó que la situación no podía ser peor. Tanto la Shattered Hand como la Alianza buscaban mi cabeza. La mía y la de todos aquellos que habían estado conmigo durante la última operación. Esa era Len. Según Thrall, Nerisen les había hecho llegar un comunicado que filtró en el cual se detallaba el procedimiento a seguir si me veían por algún lugar conocido. Matarme. Me acusaban de traidor y se limpiaban las manos con todo lo que había pasado. Ni siquiera el Warchief podía hacer frente a semejante cantidad de mierda que la Shattered mandaba por todos los rincones de Azeroth. Estaba realmente consternado.

- Entonces... ¿qué sugiere jefe? – intenté responder animadamente, pero mis fuerzas flaqueaban por momentos.

- Los espíritus me hablaron anoche... dijeron que debías partir a una tierra lejana, más allá de este mundo... allí donde tu destino al fin se cumpla. Los espíritus son sabios y dicen que aún te quedan muchas cosas por hacer, Shin. Esa tierra es Terrallende. Hasta hace poco, había estado sellado el portal que comunicaba aquel mundo con el nuestro. Aquel lugar es incluso más peligroso que este mundo, pero he oído que unos cuantos elfos de sangre están luchando contra la tiranía de Kael'thas, que traspasó el portal hace unas semanas.

- Kael'thas...

No tenía otra opción. Marcharme o morir. Tendría que cargar con mis culpas yo solo. Tendría que aprender a sobrevivir de nuevo sabiendo que quizás nunca volvería a mi tierra, a mi ciudad, y lo más importante de todo… dejarla atrás. Ella no podía ir conmigo, el viaje era demasiado peligroso y apenas podían asegurarme que yo estaría sano y salvo.

- No, ella no... ella tiene que sobrevivir... por favor... yo...

Thrall me puso una mano en el hombro y me escuchó llorar en silencio. Aquel no era un buen día para los héroes. Me garantizó que cuidaría de Len y se encargaría personalmente de que no le pasara nada.

No tenía mucho tiempo. Al parecer debía partir con la siguiente expedición de la Horda, y un último mago se había quedado rezagado tan sólo por esperarme a mí.

Fuera me esperaba ella. Salimos del recinto, ella no comprendía nada. Cada vez se ponía más nerviosa, preguntaba una y otra vez qué sucedía. Cerré los ojos e intenté no decir lo que dije. Tenía a Len delante de mí sin comprender aquello que cambiaría nuestras vidas para siempre.

- ¿Ghen, que está pasando? – casi estaba desquiciada.

- Me voy…

Mi tono fue tan tajante que Len quedó sin respiración durante unos segundos.

- ¿A… a dónde vamos?

- No, Len, tú… tú te quedas aquí, lo siento... No puedes venir conmigo.

- ¿¡Qué!? ¿Después de todo lo que hemos pasado juntos ahora pretendes que me quede aquí?

Me estaba muriendo por dentro. Y ella también.

- Lo siento... es lo mejor para los dos.

- ¡No para mí! ¡Habla por ti!

- Algún día lo comprenderás... perdóname...

Me di la vuelta y comencé a andar hacia la sede del Warchief. No era capaz de mantener mucho más tiempo la compostura, no podía alargar más la despedida. Cuando Len intentó acercarse, los guardias se lo impidieron. Tan sólo escuché cómo sus gritos se alejaban en la distancia, cómo desaparecía en el tiempo todo lo que había pasado en aquellos últimos meses. Cómo la oscuridad me engullía de nuevo.

Y entonces intente correr detrás de él, pero unos brazos enormes me sujetaron, impidiéndome aferrarme a todo aquello que amaba, a todo aquello que tenía, a mis sueños, a mi vida, a mi alma. Tan sólo imaginé una lágrima deslizándose por su rostro. Tan sólo esperaba una última respuesta, una última caricia, un último beso. Y me di cuenta de que la oscuridad me engullía de nuevo.

Me di cuenta de que la amaba.

Me di cuenta de que le quería.

Me di cuenta de que estaba solo.

Me di cuenta de que estaba sola.

Una vez más…