Capitulo 5:

Carlisle Cullen

Miré mi reloj impaciente. El sol ya se encontraba en el cielo, con sus prematuros rayos iluminando nuestro cielo. Esme debía de despertar en cualquier momento, pues presentía que sus padres llegarían en pocos minutos.

Camine por el pasillo aparentando normalidad, pero mis sentidos estaban agudos a cualquier cambio en ella: aun podía sentir su pesada pero armoniosa respiración, su corazón bombear de manera musical la sangre deliciosa, sus manos deslizarse inconcientemente sobre la sabana, y sus labios debían de estar entreabiertos… pues una pequeña brisa cruzaba entre ellos.

Otra vez dirigí mi mirada al reloj: solo habían pasado 3 minutos. De repente el efluvio de una sangre conocida llegó a mis instintos. Giré y observé a sus padres con una sonrisa en el rostro.

- ¿Nuestra hija se encuentra bien? – preguntó la madre más cordial que el día anterior.

- Si, Esme está perfecta. Iré a verificar por ultima vez su yeso y a despertarla – les dije sonriéndoles, pero con un claro malestar en mi estomago. El qué había estado esperando toda la noche. Ni siquiera me detuve en pensarlo mucho: entré a la habitación impregnada de esa bebida prohibida y me encaminé hacia su recamará. Aun seguía profundamente dormida, como un ángel eterno.

Me generó mucha paz su imagen y aproveche el momento para mirar el yeso. Claro, como suponía, este se encontraba bien firme. Por lo que me aproximé a ella con cuidado y la llame por su nombre

- Esme…

Pero mi voz solamente había retumbado en sus oídos porque no hizo ni el menor gesto de molestia.

Entonces, fue cuando todos mis pensamientos, sentidos, instintos se apagaron y sólo me dejé llevar por una corriente: el sentimiento. No pude evitarlo, porque aquel rostro bello me llamaba como si fuera una brillante luz a la cual debía tocar. Y su sangre… su condenada sangre, que era más poderosa por la mañana, parecía tener forma propia ya que me llamaba a beberla, a sentirla en mi paladar.

Alcé mi mano derecha y recorrí el contorno de sus labios con cuidado, absortó en ellos. Esme continuó durmiendo y eso me dio paso a continuar con mi devoción: me acerqué más a su rostro, quedando a pocos centímetros de su boca. Sin embargo, la imagen antigua pero fresca en mi memoria de Cayo Vulturis diciéndome que algún día mi verdadera naturaleza se rendiría ante la poderosa atracción de la sangre humana, por más penitencia que haga, me hizo retroceder rápidamente.

Mi respiración era agitada y mi mano derecha ahora se encontraba a mi costado.

Insolente.

No solo iba a caer a esa red de seducción sino también a la tentación… Y yo había sido fuerte, había luchado por mis ideales, y no por esta jovencita iba a tirar por la borda todo mi esfuerzo, toda mi dedicación, todo mi sufrimiento de abstinencia.

No.

Por lo que decididamente volví junto a ella y la tome con cuidado de los hombros, llamándola más fuerte, emitiendo pequeños zamarreos para despertarla.

- ¿Esme? – le dije con voz clara, pero sin dejar de ser educado. Ella enarcó una ceja, pero sus labios formaron una sonrisa pequeña antes que sus ojos chocolates me mirasen con asombro.

- Buenos Días Dr Cullen – murmuró aun con voz dormida.

- Buenos Días Esme – le saludé con una sonrisa, que no podía evitar en ella. – Tus padres te están esperando. Verifique el yeso y se encuentra perfecto, por lo tanto, ya puedes irte tranquila a casa.

Maldije en mi fuero interno la sensación que produjeron esas palabras. Mi mente se encontraba hecha un revoltijo de sensaciones, sentimientos, pensamientos e ideales. ¿A cuál escuchar? ¿A cuál seguir? Cerré los ojos por un instante para poder relajarme, pero los abrí observando como el rostro de la joven se encontraba serio.

- Perfecto… - murmuró entre dientes y pude captar al instante su molestia. La observé por algunos segundos, tal vez compartiendo sus pensamientos: si de algo estaba seguro, era que no quería que se vaya. Suspire sin que se diera cuenta… tenía que negarme a la idea, dejar esta estupidez aun lado. Retomar mi ritmo.

- Llamaré a una enfermera para que te ayude a vestir – dije rápidamente, tal vez… demasiado, tras ver con disimulo su elegante camisón blanco y salí caminando hacia la salida donde sus padres me observaron con ansiedad.

- Despertó y está en muy buen estado. Ahora mismo una enfermera la ayudara a vestirse y ya podrá irse tranquila a casa - le dije al padre antes de irme directamente hacia la enfermera más cercana que estuviese por ahí. Cada segundo que pasaba, más afligido me sentía sin darle una explicación concreta ante la sensación.

- Susan, ve y ayuda a la señorita Esme Patt con su vestuario en la habitación 455. Tiene una pierna enyesada y ya se retira a su casa – le dije a la castaña que sin meditarlo mucho, dejó los papeles que estaba archivando y se dirigió hacia la habitación indicada.

Yo me quedé mirando esos papales, pero sin verlos en realidad. Pude escuchar a los padres de Esme comentar algo sobre la atención del hospital, pero no les di importancia. Total, ellos se alejaron en busca de asiento para esperar a que su hija se les acercara.

Nuevamente la corriente eléctrica recorrió mi cuerpo cuando recordé lo cerca que estuve de besarla. De poder sentir sus labios en los míos y poder apreciar su calidez. Pero también me sentí desesperado, nervioso, como si me hubiesen a sacar algo vital en mi vida… Fue entonces cuando comprendí lo que mi mente había estado negando desde el primer momento: había pasado demasiado tiempo solo, y la soledad no es la mejor compañera que un vampiro pueda tener. Mi corazón sin vida había latido por aquella jovencita mucho menor que yo y mi organismo, por más entrenamiento, se había rendido ante su dulce sangre.

Me había enamorado de ella

Y mis sentimientos ahora eran más fuertes que cualquier aspecto en mi vida. Inclusive las ansias de su sangre se habían borrado ante dicha confesión personal y lo único que quería hacer en este momento era decirle lo que sentía… De esa única forma podía estar tranquilo.

Observé como la enfermera salió y sus padres amagaron levantarse. Pero les hice una señal para que se detuviesen y les murmuré que aguardaran unos segundos más.

Entré por la puerta sigilosamente, haciendo de mis pasos seguros algo monótonos. Esme se encontraba sentada, con un bonito vestido que se adecuaba perfecto a su figura juvenil. Pero su rostro estaba escondido entre sus cabellos prolijamente peinados y miré como lágrimas penosas caían en su regazo.

Me acerqué rápidamente a ella, mientras su llanto se incrementaba y me dispuse a su altura para tomar con cariño sus manos. Aquella imagen había oprimido mi corazón. Nunca pensé que ver llorar a una mujer me hiciese sentir de esa manera tan miserable… no… no se trataba de cualquiera mujer, sino de Ella.

- No llores Esme… - susurré suavemente. Ella elevó la vista apenada y fijo su mirada brillante en mi rostro, haciéndome sentir extraño, con cosquilleos y más triste por el hecho de no poder volver a verla. Pero aun así no mengüe mi sonrisa y sin pensarlo, rocé mi dedo índice sobre su piel, retirando las lágrimas amargas. Automáticamente, mi garganta comenzó a picar y eso hizo que retiraba mi gesto rápidamente. Maldición. Baje mi mirada, seguramente delatadora de mi naturaleza maldita y suspire, sintiendo como un nudo se formaba en mi garganta al no poder expresar mis sentimientos.

Pero una caricia dócil, dulce y cálida me sorprendió por completo e hizo que me congelara en mi sitio. Mis ojos se clavaron en su rostro tierno cuando su mano recorrió con total delicadeza mi rostro pálido y frío. Cerré mis ojos, mientras la respiración me incrementaba por la confrontación interna que estaba viviendo: la caricia era un éxtasis de calidez, cada trazo de su piel en la mía hacía arder por donde pasaba, pero su sangre también podía sentirla, como estaba a tan pocos centímetros de mí…. Pero no. Mantuve mi boca tensa, sellada, negando cualquier posibilidad de ataque. Debía detener aquello ahora mismo, antes que fuese demasiado tarde…

Su aroma se había incrementado peligrosamente y la ponzoña se acumulada amenazadora en mi boca. No me atreví a abrir mis ojos, negros como el carbón. Me mantuve quieto, lo más natural que podía… sin embargo, un roce distinto acarreó mis labios haciendo que todos mis controles se endurecieran y mi mente se quedara en blanco.

No hacía falta mirar lo que estaba ocurriendo. Esme había apoyado sus labios candentes en los míos impasibles y estaba tiesa al igual que yo.

No sabía que pensar, no podía pensar. Solo sentía un calor fuerte en el sector donde su piel carnosa estaba teniendo contacto con la mía y una infinidad de sensaciones, de sentimientos… que nunca antes había sentido, se expandían por todo mí ser, haciéndome sentir inevitablemente liviano. Si hubiese elegido en ese momento una palabra para describir todo ese torrente de estremecimientos… hubiera sido felicidad. Si, felicidad.

Extrañamente la sed se encontraba en segundo plano, como me había ocurrido anteriormente. Nuevamente comprendí que mis sentimientos eran más fuertes que mi sed, que mi ansiedad. Ya basta. Ya no podía negarlo, ya no. La amaba, no se porque, pero esta mujer había despertado en mi un hombre. Y no un vampiro.

No me importo ya nada cuando entreabrí mis labios para poder apreciar con mayor intensidad sus labios. Ella correspondió gustosa y nos fundimos en un beso más intenso, entrelazando nuestros labios. Instintivamente mi mano derecha fue a su cara y mi izquierda a su cintura, sosteniéndola.

Era tan hermosa. Tan única.

Ella debía ser mía. Ella debía estar a mi lado para siempre, para toda la eternidad. Lo sabía, porque mi corazón muerto me lo decía.

El beso perdió fogosidad al sentir como su peso se venía hacia mí. Nos separamos bruscamente al sostenerla entre mis brazos tras una perdida de equilibrio de su cuerpo. Su respiración era agitada y tenía su cabeza hundida en mi pecho.

Al observar su frágil e inocente figura me sentí un completo imbecil.

Mi mente tomó asiento nuevamente y la razón hurtó el control.

¿Cómo pude permitir semejante aberración?

¿Cómo pude ser tan… tan… inmundo?

Esta vez, la bronca me anegó y cerré los ojos para buscar un equilibrio en mí interior.

- Lo siento… - susurré a su oído, era lo menos que le podía decir – Ha sido totalmente imprudente de mi parte – masculle entre dientes, demostrando mi enojo e indignación. Ella aun en mi pecho, negó con la cabeza y se separó, mirándome con sus bellos ojos.

- La culpable soy yo Doctor Cullen – me contradijo seriamente, mientras la sangre subía a sus mejillas, dándole un aspecto más adorable e inocente todavía – La imprudente, mal educada, e insolente ¡fui yo! – exclamó enojada. Me volví totalmente serió y la miré con detenimiento – Realmente lo lamento mucho Dr Cullen… es algo tan vergonzoso e irrespetuoso de mi parte. No me molestaré si se lo comenta a mis padres, al contrario, me parecería lo correcto…

- No lo haré – le dije bruscamente. Ella me miró sorprendida y tomé sus manos forasteramente decidido – Esme, no debí permitirlo. El culpable soy yo – la miré fijamente sabiendo que lo que iba a decir era aun peor – Pero aun así… - retuve el aliento un momento – Me agradó.

Pero sabía también que eso no justificaba mis actos. Maldición!

Todo era tan confuso, tan raro pero bello a la vez. Me sentía enojado por la insolencia cometida, pero a la vez alegré, feliz, por haberla besado, por haberla sentido por un momento completamente mía. Y a la vez, por dichos sentimientos, me sentía un degenerado, un completo desquiciado. Mi mente se encontraba en presión y la inseguridad se apoderó de mí.

- Es… muy raro… - confesé incómodo teniendo en claro que no podía obviar mis sentimientos, por más erróneos que fuesen. Me sentía mal, me sentía bien, me sentía un completo corrupto, pero a la vez la persona más feliz del mundo.

¿Un vampiro está preparado para soportar tantas emociones juntas?

¿Un vampiro está preparado para este tipo de situaciones?

Ella suspiró, como resignada. Dejó aun lado mis manos, captando la perdida de su calidez. Pero su rostro reflejaba todo lo contrario: una sonrisa se había implementado y no pude contenerme a ella, sonriéndole de la misma manera.

- Me encantas cuando ríes – le confesé acariciando su cara con ternura – Estoy seguro que encontrarás alguien más apropiado… con quien podrás compartir el resto de tu vida… - le dije dolorosamente. Mi parte racional había tomado nuevamente el control, dándome entender como debían ser las cosas, como iban a ser. No había que darle más vuelta al asunto, claro. Yo la quería, realmente la quería, por eso deseaba de ella su felicidad, que fuese feliz. Una paz extraña se instalo en mi pecho y me dio fuerzas para continuar. – Serás muy feliz Esme – Me miró sería, obviamente disgustada con mis palabras, al igual que yo. Ese destino feliz sabíamos que no iba a existir sino era compartido por ambos. Tenía por sentado que jamás encontraría a una mujer como ella, pero también había tomado otra decisión: dejar aun lado mi estúpida soledad y comenzar a formar mi propio aquelarre. Era tiempo de encontrar compañía.

Su sonrisa me despistó y yo asentí. La tome entre brazos para poder sacarla de allí y llevarla nuevamente hacia su familia. Abrí la puerta sin dificultad y ahí se encontraba sus padres egocéntricos mirándonos con cierta desconfianza.

- Hola Padres – les saludó con amabilidad. La silla a ruedas ya se encontraba en su lugar, por lo que la ubique en ella y miré a su padre.

- Su hija está perfecta Señor Patt – le dije con seguridad, manteniendo mi postura profesional - El yeso podrá quitárselo dentro de 3 meses. Lamentablemente no estaré aquí para entonces – avisé, volviendo asentar pies en tierra – Pero no se preocupen, que habrá un nuevo médico para atenderla

- Gracias por su cortesía Doctor Cullen – me contestó su padre asintiendo con la cabeza – Vamos querida – se acercó a Esme y empujó la silla de rueda – Nos estaremos viendo Doctor Cullen.

Yo asentí e hice un gesto de cordial saludo con la mano. Mientras se alejaba, ella giro su cabeza y le sonreí con tristeza. Sus ojos brillaron por algunos segundos y me devolvió el gesto, despidiéndome con su mano. Yo asentí dejando salir de mis labios, tres palabras de despedida que decían mucho, pero a la vez nada en comparación a lo que sentía: "Adios mi querida Esme".