Capitulo 6: Parte 2

Carlisle Cullen

Año 1921

Era una noche hermosa. La luna brillaba con intensidad en el cielo y las pocas nubes que la cubrían formaban un cuadro de otra época… mi hizo acordar a mis tiempos en Volterra.

Me hubiera gustado disfrutarla de más cerca, pero solo podía observarla desde la ventana del hospital.

Había podido conseguir un turno en la noche y solamente en la morgue. No me disgustaba para nada, ya que ya había trabajado con muertos y la noche era la mejor parte del día para ejercer mis tareas, mejor dicho, para poder ejercerlas, ya que si hubiera permitido trabajar en el día… más de uno se hubiera dado cuenta quien soy realmente.

Me senté y suspire mirando el reloj. Eran apenas la una de la madrugada. Me esperaba un noche larga y aburrida… los muertos eran muy silenciosos.

Tomé un libro de medicina general, lo he leído aproximadamente unas 20 veces, e inclusive puedo citar perfectamente algunas partes, pero su contenido exquisito me invita a hacerlo y como no hay mucho material a mano para leer, no tenía otra opción.

Iba por la tercera página apenas, cuando escuche con precisión, como se acercaba una camilla metálica y varias enfermeras y enfermeros mascullando la tragedia del cuerpo por debajo. Suspire y dejé el libro aun costado, preparado para recibir el cuerpo.

No tardaron en llegar, con caras serias y de luto. Yo solamente asentí y levante una mano para que se detuviesen

- Tranquilos, yo me hago cargo. ¿Tienen el permiso de autopsia? – pedí educadamente. Una de las enfermeras asintió y me entregó el papel torpemente, con las mejillas coloradas. Lo tomé, y leí el permiso pero además el pequeño detalle sobre la muerte del paciente: un suicidio. Según lo que se describía, el cuerpo, de sexo femenino se había caído desde un risco hacia el mar. Asentí tras terminar. – Bien, vayan tranquilos –sonreí como siempre y se retiraron sin más que decir, mientras me dejaban el cadáver al frente mió.

Nunca los muertos me dieron miedo, no había nada que temerles. Pero cuando me acerqué a la camilla para conducirla al centro de la sala, un sonido sordo y débil me sobresaltó, haciendo que retrocediera rápidamente.

Que yo supiera los muertos no podían emitir ningún tipo de sonido coronario luego de su fallecimiento, entonces… ¿Ese sonido era el de un corazón?

Entonces comprendí, y mis ojos se ensancharon rápidamente.

Sea quien sea, estaba vivo.

Débilmente vivo.

Me acerqué nuevamente, más alarmado y nuevamente algo en mí se sobresaltó… pero esta vez fue diferente. Tenía miedo de ver quien se encontraba detrás de ese velo, y todo por que un aroma extraño pero difusamente conocido tocó mis sentidos. Lo conocía… antes lo había sentido. Antes ese aroma había sido…

Toda una perdición para mí

- Oh… - susurré y entonces alcé mis manos hacia la sabana y con temor la corrí. Mi respiración innecesaria se cortó al ver el rostro que se ocultaba detrás del velo. Un rostro infinitamente familiar, cuyas curvas eran redondeadas y agradables, cuyas mejillas no rendían las memorias que tenía de ellas, y cuyos labios ahora eran de un mortífero color violeta. – No puede ser…

Claro. Como olvidarla. ¿Cómo fui tan tonto en no darme cuenta antes?

Ese cuerpo débil, moribundo, pálido y quebrado era nada más ni nada menos que el de la señorita que 10 atrás cautivo mi ser. Dueña de una sonrisa mágica, que hizo sentir en mi lo que nadie nunca antes logro. Ahora su rostro demacrado no reflejaba vida, y su débil corazón (cual latido antes adoré escuchar) dictaba sus últimos segundos.

- Esme… - susurré acariciando su opaco pelo - ¿Qué te ha pasado?

Le miré con devoción y dolor, al no verla sonreír e irradiar esa felicidad que me hipnotizó.

Se estaba muriendo… e inevitablemente iba a morir.

A menos que…

La observé por algunos segundos, imaginándola como mi compañera…como mi esposa. Era un sueño que hacía tiempo vagaba por mi mente pero que creía imposible de cumplir. Y sin embargo… ahí estaba la fresca posibilidad de hacerlo realidad.

Recordé el calvario de Edward, mi nuevo compañero desde hace cuatro años, donde pasó tres días de infierno, de puro sufrimiento y una mueca de disgusto se dibujo en mi rostro. No quería que ella pasara por eso… sin embargo… tenía un deseo infrenable de poseerla, de tenerla a mi lado, de amarla…

Después de tanto tiempo, por fin la veía aunque no de la manera que esperaba.

No podía perder más tiempo, cada segundo que pasaba era un segundo menos de su precaria existencia.

Tapé su cara y sin pensarlo dos veces, saqué la camilla de aquel lugar, actuando con naturalidad.

Varios enfermeros me vieron extrañados y yo respondí con sencillez

- La llevaré a otra sala para hacerle mejor la autopsia. Me falta luz ahí – dije señalando con la vista la morgue. Estos asintieron y continuaron con sus labores sin darle importancia al asunto que llevaba.

Así que aproveché y la introduje a la habitación que habían clausurado por su falta de mantenimiento y techos inseguros. Era perfecto, pues nadie se interesaba en ingresar en aquel lugar.

La recosté con cuidado sobre la cama. Su piel era cada vez más pálida y podía ver como el gélido aliento de la muerte tocaba sus mejillas.

- Te salvaré mi querida Esme… espero que algún día me perdones – le susurré en el oído, antes de deslizarme hacia su cuello.

La tomé de los hombros primero, y observé su cuello, escuchando con atención el débil flujo de su deliciosa sangre. Aquella que 10 años atrás tentó contra mis barreras, contra mi natural instinto, incitándome a perder cualquier cordura. Y ahora lo estaba haciendo de nuevo, y no me dejaba otra opción más que ceder a sus encantos.

Rocé primero mis labios por su suave piel: aun conservaba esa textura aterciopelada, pero mezclada con molestas partículas de arena y sal del mar.

Tuve temor, temor de no poder controlarme aunque sabía que desde siglos atrás estaba perfeccionándolo. Pero esta vez, todo era diferente: la sangre me invitaba a dejar mis pactos de "humano" atrás, y me invitaba a llevarme por los verdaderos instintos que rigen mi ser.

Introduje rápidamente mis dientes sobre la yugular, no haciéndose tardar el sentir de su sangre en mi boca.

Realmente era deliciosa, un perdición. Pero tras cerrar los ojos, lo ignoré, y dejé que mi veneno se abalanzara como torrente sobre sus venas.

Me separé de ella y la miré espantado.

Su expresión era inmutable, nada parecía perturbarla

¿Acaso… había muerto?

No. El sonido de su débil corazón me lo desmentía, pero aun su cuerpo y rostro no manifestaban expresiones de dolor y sufrimiento.

Me sentí aliviado ante eso: tal vez ella, por su inconciencia, no iba a sentir nada. Tal vez su mente le estaba bloqueando como defensa todas las llamaradas de dolor que seguro estaban ocupando cada partícula de su ser.

Pero también era preocupante que no demostrara nada… necesitaba alguna prueba de que el veneno estaba haciendo su trabajo.

Me senté a su lado y tomé sus manos entre las mías. Me limité a mirarla y rezar que todo saliera bien.

Fue cuando un repentino movimiento de labios me despertó y concentré mi atención en sus próximos movimientos: sus manos comenzaron a temblar, al igual que sus piernas. Sus ojos estaban fuertemente cerrados pero de su boca no salía ningún tipo de sonido.

Entonces, el proceso había comenzado… pero aun su mente no podía manifestar con claridad los espasmos de dolor que ahora acuchillaba cada nervio.

No podía dejarla ahí por tres días, encerrada y sola.

Tenía que mantenerme a su lado, acompañarla, hacerle saber que yo me encontraba con ella, cuidándola, velando por su seguridad.

Ni siquiera lo pensé dos veces: la tomé entre brazos, fuertemente, y salí disparado hacia la ventana, cayendo desde el primer piso, sin siquiera perder el equilibrio.

Agradecí que fuera de noche, y sobre todo, sea de un horario que no anda nadie, excepto por las almas solitarias.

Prácticamente volé entre los callejones y atajos que se me presentaban hasta llegar a mi casa, donde Edward, seguramente, sabía que había pasado: su mente entrometida no podía evitarlo.

- No soy entrometido – me recibió en la puerta antes que entrara a la fuerza con Esme entre brazos. Los ojos del muchacho, de un color borgoña oscuro y frío, tensó su mandíbula tras ver a la mujer y rugió por debajo – ¿Qué has hecho Carlisle? – me exclamó con voz irritada. Yo lo ignoré y entré directamente hacia mi habitación, dejando a la joven sobre mi cama.

- ¿Te has vuelto loco? – me gritó Edward desde el marco de la puerta. Giré para observarle, y su expresión se suavizó tras ver mi mirada, que no debió reflejar la acostumbrada amabilidad que poseía.

- ¿Y qué querías que hiciera? ¡Estaba muriendo! – exclamé nervioso. Mis ojos vagaban entre Esme y Edward, alternativamente.

- Dejarla morir, claro! – Me dijo con impaciencia, tratándose de algo muy obvio - ¿Qué derechos tienes de impedirle morir Carlisle?

Me quedé en silencio, mirando la mirada mientras comenzaba a notar los pequeños gemidos de sufrimiento de la joven. Cerré los ojos, ya que me era insoportable.

- Dime… - mascullo entre dientes Edward acercándose detrás de mi, sintiendo su gélido aliento - ¿Acaso se justifica hacerle esto por más que la desearas? Si la amabas tanto como tu mente lo refleja, ¿Por qué la incitaste al dolor?

Apreté mis dientes con furia. Aunque no quisiera admitirlo, Edward tenía razón.

Que egoísta soy.

No pensé en su bienestar, en su querer, en su poderío de decisión. Debí dejarla morir, hacerme la idea de que en esta existencia, los humanos mueren, por más que llegues a tener una afinidad fuerte con ellos y quieras hacerlos parte de tu existencia.

Había tomado sin derecho las riendas de su vida: ella había optado por morir, y yo… había manipulado tal decisión a razón mía, a beneficio mío, solo porque desde hace 10 años tenía la vaga esperanza de volverla a ver, de poder verle su sonrisa y mirada apasionada… y porque deseaba poseerla junto a mi lado.

Por que desde aquel momento que la conocí, sabía que ella era para mí, que me pertenecía, y que yo le pertenecía a ella…

Por qué desde ese momento, inconcientemente, quería transformarla, tuviera o no la opción de elegir, quería tenerla para mi siempre a mi lado…

Por un capricho estupido ahora ella estaba padeciendo una de sus peores pesadillas…

- tienes razón… - susurré totalmente dolido – he sido egoísta, no he pensado en su decisión. Ella optó por morir, y yo… - miré mis manos y cerré los puños con fuerza.

Sentí la presencia de Edward, pero él no comentó nada, ya que todo lo había visto en mi mente.

- Lo hecho, hecho está Carlisle. Cuando despierte de esto, podremos ver que hacer. Qué es lo que ella quiere hacer – dijo con brusquedad mirando la figura dolida de Esme – Realmente la está pasando mal…

Tras decir eso, se retiró de la habitación. Dejándome solo con mis penurias.

Me acerqué a ella y me recosté a su lado, tomando sus manos.

- Cuanto lo siento Esme… - susurré besando su mano con cuidado – cuanto lo siento…

Me quede sobre su hombro, mientras escuchaba el latido acelerado de su corazón y los gemidos, cada vez más sonoro, de su calvario.

Solo rogaba que estos días pasaran rápido. Solo esperaba verla abrir sus ojos y su sonrisa, aunque sabía… que nada de eso iba a ver, más que hambre y furia.