Me desperté a las siete de la mañana. La luz de la calle entraba en la habitación como si veinte focos estuvieran apuntando hacia nuestra ventana. Era invierno y no era muy normal tanta claridad, aún menos tan pronto. Me levanté de la cama frotándome los ojos tratando de espabilarme. Había dormido más de diez horas, algo que no debería haber hecho, ahora estaba agotada. Mi hermano seguía durmiendo, invadiendo el cuarto con sus sonoros ronquidos. Me acerqué a la ventana y miré al exterior. El cristal estaba helado y al contacto de mis dedos con éste me heló entera. Las calles estaban completamente tapadas por un blanco manto de nieve y algunas máquinas de sal ya empezaban a hacer su trabajo en las carreteras. Cerré las cortinas y salí del dormitorio.

La casa estaba completamente en silencio. Se notaba que era sábado por la mañana y nadie tenía que ir a trabajar. Bueno, no al menos los dueños del domicilio. Entré en el cuarto de baño, situado al final del ancho pasillo con el suelo cubierto de suave moqueta azul. Salí después de haber transcurrido una hora.

Cuando entré de nuevo a la alcoba mi hermano ya se había despertado, aunque permanecía en el interior de su cama, tapado con el edredón hasta la barbilla.

— Buenos días —dije—, será mejor que te levantes. Hay que ir a por algo de trabajo.

Bufó y de un salto se puso en pie. Buscó algo de ropa para ponerse y salió por la puerta, cerrándola tras de sí. Le esperé hasta que regresó de su aseo matinal y bajamos a la cocina.

— ¿Crees que Jeff nos dejará tomar el desayuno? —preguntó con sarcasmo mi hermano.

— Ni idea. Pero quizá mejor que desayunemos fuera. ¿Tienes dinero?

— Lo poco que nos dio papá antes de irse. Veinte dólares —dijo sacando el billete del bolsillo de su pantalón.

— Será suficiente.

Tomamos los abrigos y salimos a la calle. Notamos el cambio de temperatura inmediatamente. En aquél momento sentí todos los huesos de mi cuerpo congelarse. Mis músculos a penas respondían tampoco. Tenía las manos entumecidas por el frío y no tardé en protegerlas en el interior de los bolsillos.

¿Por dónde empezar? Anduvimos hasta el centro del pueblo, pero ¿qué pretendíamos? Allí no había nada qué hacer. Todo eran pequeños locales y no necesitaban a nadie. Hasta que a mi hermano se le ocurrió la increíble idea de salir del pueblo en tren y encontrar empleo en otro sitio.

Después de un trayecto de hora y media llegamos a Long Beach. No vi necesario llegar hasta tan lejos pero por supuesto, olvidé que iba con mi hermano. Seguro que conocía a alguien allí. Alguien… del género femenino. Y por supuesto, no me equivoqué. Gina nos esperaba en el centro. Tenía un año menos que mi apuesto hermano. Rubia de ojos azules. No voy a negar que fuera bastante mona. Su padre estaba a cargo de una tienda de instrumentos musicales en uno de los centros comerciales de Long Beach. Buscaba gente para trabajar en la tienda, alguien que estuviera en el mostrador atendiendo a los clientes y otro en el almacén. Sí, fue algo fácil, pero lo conseguimos.

En cuanto Jeff se enteró de que habíamos conseguido encontrar trabajo y además lejos de su vivienda y de sus conocidos creo que casi se le escapan las lágrimas. Al menos aquella tarde no tuvimos ningún roce y pareció estar de tan buen humor que por primera vez en mi vida le vi bebiendo champagne directamente de la botella, algo horrendo y poco distinguido a su parecer, pero no le dio la menor importancia.

Al llegar a Drums and songs, la tienda de música, mi hermano se fue derecho a la trastienda queriéndome decir que sería yo la que estuviera de cara al público, a los clientes. En la tienda se vendía también, a parte de instrumentos, vinilos de segunda mano. Había algunos que habían sido dados y otros vendidos, pero a un precio muy bajo. Me dediqué un tiempo a mirar los discos y me asombré de la cantidad de artistas que no tenía ni idea de que habían existido. Me propuse comprar alguno de ellos en cuanto tuviera el dinero suficiente. Y mientras admiraba todos aquellos vinilos que algún día tendría el sonido de la puerta al abrirse me sacó de mis ensoñaciones para que prestara atención a la persona que acababa de entrar. Una mujer con un pelo rubísimo, tan claro que si hubiera aparentado ser más mayor hubiera confundido por blanco. Sus ojos eran de un color azul tan claros como el cielo en un día sin nubes y por la forma en que iba vestida me pareció ser una buena clienta, en lo que respecta al dinero. Me apresuré a llegar hacia ella para atenderla.