Crepúsculo no me pertenece
Capítulo 2: Placer Culpable
Apenas divisé su rojiza cabellera por el umbral de la puerta supe que habrían "problemas" Tanya Denali no era de las calladitas y obviamente enfurecería ante la "orden" implícita que había dado Edward de negarlo para con la "habitual".
La decisión que reflejaba su rostro de porcelana era inconfundible. Venía directo a tirar la caballería encima. Tan pronto la noté poner el pie en la escalera me acerque.
— Que flor más hermosa… ¿te ayudo? —le pregunté dándole la mano galante pero ella me fulmino con la mirada
— Busco a Edward —exclamó aunque sonó más a demanda.
— No esta preciosa sin embargo habemos otros —y miré a mi alrededor sugerente. Por supuesto ella me ignoró.
— Bien, esperaré… tengo todo el día —anunció ironizando.
Giró su cuerpo y bajo el escaso escalón que había alcanzado a subir. Camino hasta perderse en el interior de la recepción. Se detuvo un momento mirando a todos lados, no habían muchas clientas, en realidad esta hora del día era "muerta" pero obviamente lo buscaba a él.
Ella no era un hueso fácil de roer y sabía que estaba mintiéndole respecto a la ausencia del galán del club. Sin embargo como buen amigo y leal compañero insistí aun a riesgo propio de hecho, Jasper que estaba en ese minuto bajando al advertir mis intensiones me aconsejó.
— Yo que tu la dejaría en paz… no necesitas cubrirles las espaldas… Edward sabe perfectamente como controlar a la loquita masoquista —exclamó riendo entre dientes.
Lamentablemente la fama le precedía a la pobre Tanya y no se debía principalmente a Edward pero de vez en cuando, dependiendo de lo necesitada que estaba, y en vista que el caballero de armadura rosa no se encontraba, había decidido atenderse con otros. Haciendo posible con esto los rumores de pasillo. Para su desgracia estos no eran tan discretos como nuestro caballero de época moderna y habían contado a boca suelta y con lujo de detalles sus excentricidades.
Látigos, esposas, bozales y cuan artilugio había en tiendas sadomasoquistas eran sus armas de seducción. Yo, al igual que el resto, estábamos convencidos que a esta altura del partido, aparte de en el nuestro, ella ya debía ser una suerte de clienta VIP de estas folclóricas tiendas.
Aún ante tamaños antecedentes me arriesgue, camine hasta ella con decisión. Ahora se había sentado en la terraza, estaba fumando un cigarro contemplando el frondoso parque que teníamos como patio. Unas cuantas clientas estaban en la piscina. Solo espero no morir en el intento pensé recordando que, entre todas las frecuentes jamás había estado con ella.
Era bella pero no sorprendente, sin embargo no entendía porque había preferido a Jasper en vez que a mí, podía entender su preferencia por el apático y galán de telenovela James pero ¿Jasper? ¿Qué tenía el valiente soldadito de plomo?
Tal vez por ello: picado y además motivado por la curiosidad — Jamás había participado en rituales de sexo violento —me incliné en el enorme sofá especialmente diseñado para nosotros y nuestro club. Era un sillón pero tan reconfortante y amplio como una cama. Me acomodé frente a ella tapándole la visión.
Sus ojos verdes se concentraron en mí.
— ¿Llego? —preguntó enseguida
— ¿Por qué tan empecinada con él? ¿No te gustaría explorar nuevos horizontes? —le pregunté invitadoramente, ella rió con suficiencia.
Se enderezo en el sofá y luego de sostener mi mirada, su expresión cambio. Otra vez la furia la había invadido.
— ¡Ese hijo de puta me va a oír! —gritó colérica pero ahora emplee una táctica más riesgosa. La tomé del brazo impidiendo que se parara de su lugar. Me miró.
— Edward no esta… si estuviera ¿Creerías que te lo negaría? —le pregunté y conseguí lo que quería: hacerla dudar.
Se quedo allí sin moverse sujeta aún del brazo. De pronto su encolerizada mirada cambio, se volvió quieta e incluso interesada.
— Qué mal atiendes a tus clientas que ni siquiera me has ofrecido un trago —me hizo ver acercándose hasta mi rostro. Sus labios estaban a centímetros de los míos. Acto seguido sentí como la punta de su tibia lengua dibujaba un trazo por todo mi mentón.
¡La tengo! Me dije satisfecho incluso ya podía verme entre las piernas de ese escultural cuerpo de muñeca.
Le guiñe un ojo en respuesta y me levanté para atenderla como era debido. Me acerque hasta el bar —cerrado —por supuesto nadie a esa hora pedía tragos. Y descorche una botella de champagne. Estaba sirviendo las copas cuando de pronto me inundo un dejo de lealtad. Si iba a tomar a la habitual del "niño de papá" al menos tenía que tener la cortesía de preguntar.
Deje la botella aún lado y vigilando a mi presa, que permanecía sentada en el sillón distraída en la misma posición, subí las escaleras sigilosamente pero con cierta premura hasta el tercer piso. La habitación de Edward era la segunda de esa planta. Entré sin golpear, la cama estaba hecha pero ni rastros de él hasta que me sobresalte porque apareció detrás de mí. Traía la rasuradora en sus manos. Sin interesarse en mi presencia comenzó a rasurarse frente al enorme espejo de pie que tenía cerca del ventanal.
— Pensé que estabas ocupado —comenté al fin y cerré la puerta detrás de mí.
— Ya ves que no… —contestó y en eso su mirada verde me cuestionó — ¿Qué te traes? —preguntó viendo que yo no emití ni un sonido simplemente lo contemplaba un tanto indeciso.
— ¿Me preguntaba sí te importaría… —no alcancé a finalizar la frase. Se apoderó de mí un sentimiento de ridiculez. Me sentía estúpido en este arrebató de lealtad. Así que cambie la estrategia.
— Llegó Tanya… esta en el jardín —y entonces sus ojos se volvieron inexpresivos.
¿Cómo demonios lo hacía?
— Dile que estoy ocupado —fue todo lo que dijo y luego volvió su rostro hacía el espejo, se siguió afeitando como si hubiera anunciado nada.
¡Maldito engreído! Espeté en mi interior. Pero así era ser él, único de todos que podía darle el lujo de rechazar a una clienta ¿Qué lo hacía tan especial? Me pregunté frenético y trataba de averiguar cual podía ser la faceta de seductor para que tuviera tanto arrastre entre las mujeres.
Entonces decidí presionar, después de todo sabía que él la rechazaría pero quería estar completamente seguro y liberado para engatusar.
— No se atenderá con nadie más que contigo —insistí
— Pues no la atenderé y punto, en un par de horas tengo una reunión con unos inversionistas a la que no puedo faltar —contestó visiblemente exasperado por mi "lealtad" y era primera, por no decir única vez, que me tomaba la consideración de reconocer terreno ajeno.
Como era de suponer su "majestad" no me dedico ni una solo mirada directa, simplemente me contestó a través de su reflejo. Suspiré.
— No voy a atenderla —insistió al verme parado aún en su habitación.
Los aires de "grandeza" seguían y seguro esperaba que me retirara como si yo fuera una de sus sirvientas. ¡Cuan equivocado estaba!
Casi a punto de enfurecer finalmente me alegré. Con aquello tenía el camino despejado para hacer de Tanya mi habitual. Lo que otros llaman sobra para uno es comida y de la buena. Un banquete que no me iba a perder. Sonreí con malicia al imaginarme aquellos cabellos rojizos completamente oscurecidos por el sudor febril del placer uno que descubría conmigo.
Me giré listo para bajar y plantar mi mejor actuación cuando alguien lo hizo por mí. En realidad lo hizo ella. Entro enfurecida al percatarse que le había mentido. Al ver a Edward en gloria y majestad me miró con desdén.
— ¿No que no estaba? —preguntó ignorando por completo a Edward.
— Tanya… —comenzó a explicar él pero no alcanzó a decir nada más, se sintió el ruido de la cachetada que le propino. Me quede de una pieza observando incrédulo la escena que se desarrollaba frente a mí.
A juzgar por el sonido del golpe este fue de proporciones. Ella no había disminuido ni proporcionado la irá que seguro estaba sintiendo en ese minuto al verse despreciada por un simple gigoló. Fue tan fuerte que incluso me dolió a mí. Al principio del tenso encuentro pensé en que más temprano que tarde tendría que dejarlos solos, a juzgar por la expresión que estaba dando Tanya juré que los dos amantes sociopatas se trenzarían en golpes para apagar el atormentado encuentro con sexo y de aquel tipo de sexo que le gustaba a ella pero, no fue así.
La risotada que inundo la habitación enseguida de aquel chasquido de piel me desconcertó y me dio una clara idea de cómo se había ganado la fama que ostentaba él. Por algo era el más solicitado del club, esa cara de niño bueno pero con aires de misterio. Era la seriedad que envolvía a ese peculiar cuerpo lo que las atraía.
Aún expectante por el show que se montaba frente a mis narices, noté como la ahora humillada Señorita Denali se inclinaba en su puesto, contraía sus vísceras y alzaba su brazo contrario justo para emparejarle la cara a mi amigo y colega. Claro que, con un movimiento que pareció practicado con anterioridad por parte de él, su arrebatado intento de agresión fue correctamente abortado.
La sujetó de la muñeca en el aire y con esa cara bestial que a veces solía emplear le contestó con tonó amenazante. Siseó las palabras que a esta altura casi se hacían innecesarias comprobando un hecho: estaba perdiendo la paciencia. Después de todo tampoco era un santo el hombre. Yo en su lugar no se si hubiera mantenido ese nivel de "educación y compostura" para no responder a la agresión.
— Sí quieres que alguien te golpee, ve con él… yo estoy ocupado y no pienso perder mí tiempo con tontas masoquistas como tú —resolvió al final luego de aclararle que, no le pertenecía a nadie.
Tiró el cuerpo de la mujer contra mí y obviamente yo la sostuve con caballerosidad. Aunque pude haber "tocado" mantuve ese deseo en el fondo de mi ser y solo me limité a servirle de escudo para que no se estrellará contra la pared.
Claro que, si pensé que con esto se daba por zanjado el tema, no era así. La jovencita masoquista se separó de mis brazos y arremetió otra vez contra el indiferente amante.
— ¡No puedes hacerme esto! ¡Yo pago! ¡Yo soy la que elige con quien! ¡Y te quiero a ti! —gritó.
Entonces recordé el sabio consejo de Jasper ¡Jamás debí meterme en este medio lío! Cuando creí que mi nobleza no llegaba a tanto, al notar el brillo de los ojos que profirieron los de mi "colega" decidí intervenir.
— Tanya, mi vida… porque mejor no bajamos al salón… Edward hoy tiene otros compromisos… ven… te invito un trago… así platicamos tu y yo más íntimamente… verás que bien la pasaremos, te aseguro que no te arrepentirás —persuadí y le toque cariñosamente pero a la vez sensual su rostro. Me esquivó.
— ¡No quiero premios de consuelo! ¡Yo LO QUIERO a él! —demandó y entonces agradecí que una de mis virtudes fuera la paciencia.
¡Ya verás ricura, lo que te espera en mi habitación! Le grité con los ojos.
Apenas la tuviera en mis aposentos me desquitaría de todo y cada uno de sus desprecios. Tal vez después de todo no le convenía acceder a irse conmigo ahora, puesto que estaba perversamente deseando enseñarle que es el sexo con dolor. Estaba seguro que Edward debajo de esa pose media brusca y misteriosa se ocultaba un amante tierno y dedicado ¿No había otra explicación para que todas le quisieran?
Por lo tanto, esos supuestos golpes no eran golpes podía apostar mi pellejo por aquello. Edward volvió a marcar el territorio y otra vez, creo que por tercera le aclaro lo que a todas luces a mí por lo menos me había quedado claro desde el comienzo: Él y ella nunca más.
Así que, a buen entendedor pocas palabras.
— Vamos cariño… verás que no soy para nada un premio de consuelo —arremetí y ahora se trataba de orgullo más que placer o curiosidad.
Dudo pero finalmente lo prendida venció. Accedió a irse conmigo no sin antes dar su última pataleta. La respuesta aquello, un beso en el aire de Edward, por supuesto con ironía que yo capte entre mis manos y me llevé al corazón. Le hice una morisqueta y él rió.
Sí había algo bueno de todo esto es que, a pesar que a veces, una mujer pasaba de habitación en habitación ninguno de nosotros tenía ese sentido de la posesión. En eso podíamos llamarnos algo así como hermanos. Como buenos y fraternales que éramos compartíamos todo, bueno casi todo y ese casi era a raíz de Jasper.
Alice, su eterna enamorada, quedaba fuera de los límites de fraternidad por supuesto. Y no podría ser de otra manera. Es decir, era bella pero era una ¡mocosa!
La tomé de la mano y podía sentir el sudor frío que emanaba de su palma producto del arrebatado encuentro con Edward. La conduje sin tapujo hasta mi habitación, en el segundo piso ala derecha de la mansión. Apenas entro y antes que pudiera hablarle se abalanzó sobre mí con toda la intensión de golpearme.
¡¿Pero que le pasa a esta mujer?! Pensé y era realmente obsesiva con esto de los golpes. La sujeté de las manos, ambas detrás de su espalda y de un movimiento la recargue contra la puerta. Mate dos pájaros de un tiro, por un lado cerré la puerta y por otro cumplí con su deseo más oculto: la "agredí" si podía llamarse agresión a cargarla sin suavidad contra la madera.
Pasé llave, no me preocupaba que alguien entrara pero aún no me convencía que ella de verdad permaneciera conmigo. Así que hombre precavido vale por dos. Acto seguido levanté su cuerpo por los aires, la puse en mi hombro y caminé con ella hasta la mitad de mi habitación. No me constó mucho, pesaba la nada, me acerque a la cama y la tiré contra esta. Sus ojos reflejaban una suerte de ansiedad, mezclada con deseo hasta fundirse en un poco de expectación frente a lo que sucedía.
Su cuerpo rebotó en el colchón.
— ¿En que íbamos? Ah sí… golpes —exclamé entre dientes y entonces me acerque a la cama. Por supuesto, ella jugaba su parte como toda una experta en la materia y de que manera lo hacía. Trató de escapar pero la sujeté por el tobillo para arrastrarla hacía mí.
— ¿Esta bien así o prefieres un poco más de realismo? —le pregunté con soberbia sentándome a horcajadas de ella. Quedo inmovilizada por completo de la cintura para abajo. Pero siempre tenía sus manos, en respuesta me propinó una cachetada, entonces tomé sus manos que luchaban fieras por arañarme el rostro entre las mías.
— Responde esto a tu pregunta —balbuceó con dureza mientras me escupía el rostro.
— Completamente cariño —le contesté devolviéndole la cachetada al tiempo que juntaba sus brazos sobre su cabeza. Sus muñecas eran tan delgadas que ambas cupieron muy bien en una de mis manos.
Su fuerza era nada comparada con la mía, lo que me incitó. En parte estaba descubriendo porque Edward había sostenido en el tiempo sus caprichos. Sentir el cuerpo frágil que lucha bajo tu opresión es adictivo. Te da una sensación de superioridad inimaginada. Por esos escasos segundos de lucha te sientes amo y señor, dueño del control total. La adrenalina fluye por tus venas y por consiguiente te excitas. El deseo por hacer que la persona indefensa sucumba ante tus caprichos te nubla.
¡Era peor que drogarse!
Para quitar aquel deseo tan perverso de maltratarla en verdad la besé con fiereza. Tanto que incluso mordí uno de sus labios. Sus ojos ahora se encendieron. Estaba disfrutando tanto como yo aquel peculiar encuentro.
Deslice mi mano por el contorno de su cuerpo dibujando su silueta con ansiedad de que su piel estuviera completamente expuesta. Esto del amante cruel al parecer era lo mío. Estaba descubriendo otra faceta, una desconocida, gracias al desinterés de Edward y a la persistencia de ella yo estaba descubriendo un interés por lo masoquista.
Me sonreí perverso cuando llegue al borde de su falda. Era una perfecta falda ajustada hasta decir basta que acentuaba las curvas de sus caderas. Entonces una idea cruzo mi mente, tomé la tela justo en la abertura que tenía y la rasgue con fuerza. Eso pareció incitarla más porque sentí como jadeo.
¡Esta mujer es una enferma! Confirmé en seguida al sentir como su pecho se agitó producto de su respiración errática.
Separé sus piernas con las mías, todo con brusquedad y me acomode entre ellas sin permiso ni cortesía. Luego deslice mi mano por la ropa interior y luche —porque no me la iba a poner fácil —para quitársela.
Cuando finalmente lo hice supe enseguida que con ella no necesitaría más preámbulo que aquel que ya había realizado. Entre tanto forcejeo uno de mis dedos rozó su parte intima y descubrí con satisfacción que la fiera dulcinea ya estaba completamente excitada y lista para dar por culminada —para mí era el comienzo —de aquel encuentro furtivo.
Era increíble si lo pensaba bien, porque hasta ahora lo único que había hecho era tenerla prisionera, casi como si me tratará de un violador y ella estaba ya ansiosa que este "personaje" la poseyera. ¡Solo una loca podría excitarse con esto!
Divague unos minutos. Yo aún estaba vestido pero obviamente su cuerpo había logrado despertar mi lujuria masculina. El actor más importante de aquella velada estaba despierto y listo. Por lo que no dilaté lo que tanto ella como yo deseábamos. Pero este sentimiento extraño me invadió y contra todo pronóstico deslice mis manos hasta sus pechos, ahora erguidos. Rompí la blusa, metí la mano para acariciarla bajo su ropa interior y me obnubilé con el gemido que profirió cuando notó mi lengua introducirse en su boca. Correspondió al beso con el mismo deseo que yo. Allí siendo ella sometida y yo transformándome en una suerte de sometedor finalmente comprendí su obsesión.
Como estábamos no era la posición más placentera en la cual yo había incursionado pero no me iba a quejar si quería entrar en acción de esta forma. Al final, de los dos yo igual sentiría lo que no me quedaba claro era si acaso ella lo haría.
Esas dudas medias tontas para alguien que ejerce este oficio fueron disipadas por la voz entrecortada y demandante de ella.
— ¡Hazlo ahora! —Pidió — ¡con fuerza! —incitó en mi oído y eso fue como la confirmación a que esta mujer, era única en su especie.
No divague más simplemente bajé el cierre del pantalón, lo necesario para hacer entrar en escena al actor principal y entonces me adentré en los confines de su cuerpo deseoso. No pude evitar que se escapara un quejido de gloriosa satisfacción cuando me sentí en su interior. En piloto automático y como si se tratará de una rutina comencé la fricción.
— ¡Más fuerte! ¡Más profundo! —demandó en aullidos casi ininteligible.
Después de un rato, aún sosteniendo sus brazos prisioneros, la solté principalmente porque no podía seguir sosteniendo el ritmo desesperado y fuerte que ella quería en aquella posición. En el minuto en que deje sus extremidades en libertad estabas viajaron directo a mi espalda que arañó sin control.
Ahora sus piernas se acomodaron mejor abrazando mi cintura, sus tobillos se enroscaron en el borde de mi pantalón y como una experta lo bajó. La sensación que la nueva posición de nuestros cuerpos proporcionó fue desgarradoramente mejor.
No demoré en alcanzar aquel punto sin retorno. El orgasmo que se asomaba era difícil de retrasar, más cuando ella parecía empecinada en lograr que finalmente mi cuerpo sucumbiera. La contemplé desafiante apretando mis facciones y por primera vez desde que le había conocido la noté indefensa y completamente vulnerable.
¿Dónde había quedado la dominatriz?
Me pregunté mientras veía como sus labios hacían muecas de placer. Sus ojos se apretaron, sus labios se juntaron justo cuando yo desemboque en su interior. Sonreí satisfecho al igual que ella que jadeo. Tomé una gran bocaranada de aire, exhausto contra su pecho.
— ¿Te gusto el premio de consuelo? —le pregunté tomando un par de segundos para hablar, mientras lo hacía me separe de ella.
No contestó y sospeche que tal vez se debía a que aún su pecho se batía furioso y su respiración estaba descontrolada.
Para cuando llegue a la puerta del baño noté que en silencio ella se recostaba de lado en la cama dándome la espalda. Su pecho ahora se movía lentamente.
Por supuesto Tanya no emitió veredicto alguno. De todas formas parecía tener humor suficiente y lo hicimos otro par de veces. Claro todas ellas sin sus excentricidades por el contrario dio rienda suelta a una amante toda tierna que me desconcertó.
¿Dónde había quedado la mujer ególatra y salvaje que describían ellos y que había estado conmigo hacía cuestión de segundos?
Lejos, muy lejos pero no lo cuestioné. Al final de la quinta vez ella se vistió en silencio sin mirarme. De hecho cuando iba a decirle algo y me incliné lo suficiente para rozar con mis dedos sus mejillas ella me esquivo.
— La pase bien… creo que me equivoque contigo… podría decirse que esta segunda "vista" fue una suerte más que un consuelo —y me entregó en mis manos lo que me recordó mi posición dentro de esta extraña conjunción.
Yo era quién le daba placer y ella era quién pagaba con dinero.
Ese mágico minuto de satisfacción se vio opacado por aquella triste pero beneficiosa realidad. No era necesario contarlo, sabía perfectamente que no faltaría ni un quinto. Ese turrón de dinero era la suma cobrada y aventuraba algo más.
— Cuando quieras preciosa… ya sabes donde encontrarme —murmuré viéndola salir de mi habitación.
Demoré en bajar porque me di una ducha para cuando bajé a la primera planta por los alrededores no existía nadie. Aquello me recordó que ya era pasado medio día. La hora del almuerzo algo así como la "hora punta" en este negocio. Por lo tanto era casi lógico que todos tuvieran trabajo que hacer. Luego de merodear por si acaso había alguna joven y buenamosa mujer "esperando" decidí hacer lo que toda persona "común" haría a la una y media de la tarde: almorzar.
La mansión era bastante grande y se componía de varios cuartos, plantas y lugares. Aunque la parte principal era la del club. Algo así como el "backstage" era donde la mayoría de nosotros pernoctaba, en resumidas vivía.
Carlisle vivía en la "pequeña" casa de huéspedes a una distancia prudente de la gran mansión. Con él por supuesto su esposa Esme y el nuevo "hermano" de Edward: Jacob. Aunque aún no era oficial, todavía faltaban algunos papeles las intenciones estaban.
Por el contrario, el hermano mayor y heredero de la fortuna tenía su "mini" residencia con nosotros. Era una suerte de ventaja que la mayoría viviera "puertas adentro" porque hacía que el negocio fuera más constante y se pudiera tener encuentros prácticamente a cualquier hora del día o de la noche.
Aunque en estricto rigor no teníamos un horario marcado. Mientras más clientes más dinero y por consiguiente mejor para nosotros.
Caminé hasta la cocina que se encontraba hacía el ala izquierda de la primera plata. Esta parte del club por su ubicación estaba lejos de los "clientes" y de los lugares donde se permitían los paseos de "cortejos".
Así que al principio entre confiado en que no iba a encontrarme con nadie pero, no conté con Alice. Ella era, a este punto, más que una simple y frecuente clienta parte del personal regular. Fácilmente podría incluso pensarse que se trataba de la hija del dueño. Cualquiera se confundiría pero su presencia casi permanente era asfixiante y a veces hasta incomoda. Como ahora.
No alcance a cruzar la puerta que daba al comedor principal cuando ya sentía claramente los jadeos de la muchacha. Su voz era inconfundible. Una vez dentro la escena se hizo extraña: Jasper la tenía literalmente sobre la larga mesa, donde todos nosotros comíamos, inevitablemente me hice la imagen mental y un inesperado revoltijo de tripas me invadió. La moralidad afloró sin que yo hurgará en ella
— ¡Jasper! —ladré acercándome hasta ellos. No sé muy bien porque lo hice.
Si analizaba bien la situación no era terrible. No había nada de malo pero verlo así sobre ella, casi comiéndola hizo un eco desagradable en mí.
En un abrir y cerrar de ojos lo tenía sujeto del brazo y obviamente fuera de las piernas de aquella mocosa.
Alice estaba ahora, completamente erguida pero aún sobre la mesa con sus vestimentas fuera de lugar, sobre todo una, por suerte el cuerpo de Jasper estaba entre nosotros y tapaba en parte lo que, de todas maneras yo no quería ver.
En el minuto en que advertí la furia en los ojos de nuestro veterano amigo supe que estaba pisando terreno que no debía, menos en un minuto así, pero en mi defensa podía gritarles que ¡Tenía hambre!
Como era de esperar la muchacha se cohibió y mientras yo aún permanecía absorto mirando a su "novio" de ocasión se comenzó a vestir. De un movimiento seco mi colega se soltó de mi agarre y me giró.
Quedamos dándole la espalda y de paso la privacidad necesaria para que la chicuela practicará su acto de desaparición.
— ¿Qué no tienes clientas? —me preguntó incomodo.
— Ya terminé con una —y recalque adrede la palabra "terminar" — ¿Y tu?
— Sabes que ella no es una clienta —ladró de vuelta mucho más molesto.
— Pues entonces con mayor razón, si es algo más que una clienta ¿No entiendo como pretendes tirártela a la vista y paciencia de cualquiera que ose querer almorzar hoy? ¿Qué no se te ocurrió que alguien podría venir y apreciar en todo su esplendor el espectáculo? —le pregunté de vuelta.
Me hizo una mueca y frunció el ceño sin decir ni media palabra. Simplemente se giró y saco a la pequeña "clienta" elevada a la categoría de "novia" de allí. Alice estaba totalmente avergonzada y no era para menos. Casi, casi la conozco en otra faceta y francamente esa imagen me hubiera perturbado el resto de la vida.
Me senté a la mesa sin mucho éxito, a pesar que se veía apetitoso lo que tenía frente a mí, la imagen mental estaba grabada a fuego. Al cabo de unos minutos preferí salir a tomar aire y buscar en que entretenerme.
La tarde se hizo eterna principalmente porque no hubo "peces" en mi red. Me dedique a jugar con James a las cartas y luego me quede dormido viendo televisión en la sala de estar de la casa de Carlisle. Estaba allí con la tele encendida cuando sentí unos pasos que me trajeron de regreso de los brazos de morfeo.
La silueta delgada, elegante y sombría me confirmó de quién se trataba: Edward había vuelto. Bastante tarde para haberse tratado de una reunión de "trabajo" ya eran casi las nueve de la noche.
Lo seguí por el comedor y cuando entró a la cocina decidí hablarle.
— ¿Cómo estuvo la reunión con los inversionistas? —alzo su mirada esmeralda hacía mí.
— Por lo visto nuestra pequeña pervertida se fue y a juzgar por tu expresión no duro mucho el encuentro… —comento sin importancia — ¿Saciada la curiosidad? —me preguntó sirviéndose jugo en un vaso. La conversación tenía ese tono como si estuviéramos hablando de algo tan insignificante como una fruta.
No pude evitar mirarlo desconcertado.
— Hablando de eso, ahora entiendo porque la reservabas solo para ti —le dije suspicaz, el puso sus ojos en blanco
— ¿Reservármela? ¿Estás loco? —Exclamó con horror — Yo hubiera sido el más agradecido que tus dotes amatorios le hubieran interesado de un comienzo mira que hasta hace un par de horas me traía acorralado ¡Ya no sabía como quitármela de encima! —aseguró aliviado.
Demasiado para estar cediendo a una buena clienta, no solo en lo físico sino en lo monetario también.
— Sí como no —rezongué
— ¿Quieres quedártela? —Me preguntó acercándose — Te la regalo pero ojo, no acepto devoluciones —y la risotada se escucho en todo la habitación.
— No pienso devolvértela —exclamé fanfarrón cuando noté que él ya se marchaba.
Edward era un hombre de pocas palabras. Bastante reservado para con todo. No era que no habláramos pero no eran conversaciones largas por parte de él. Generalmente yo era él que terminaba hablando igual que una mujer y por supuesto él respondiendo con monosílabos evasivos y educados.
Se giró al escucharme y me miró.
— No pensaba pedírtela de regreso —y la expresión de risa de su rostro era ¡exasperante!
Pero eso me hizo pensar. Usualmente Edward no era tan "lleno de vida" Era más bien alguien incluso robótico. Las escasas veces que lo había visto feliz era cuando hablaba con Esme de cosas triviales y se sentía en familia. Me olía a gato encerrado y de esos que apestan.
— ¿Entonces no la quieres? —insistí reteniendo a mi interlocutor.
— Ya te dije y pensé que lo había dejado claro por la mañana: Tanya Denali nunca más estará entre mis sabanas —el guiño de sus ojos me confirmó mi teoría.
— ¿Aunque te lo pidiera tu papi? —le pregunté con voz burlona.
— Aunque me lo pidiera el mismo Cristo en persona, esa mujer esta loca y yo con locas de patio no me involucro, de hecho, te debo una —aseguró
— ¿Deberme tu a mi? —ahora mi tono era de asombro absoluto.
— Así es, si ella se mantiene alejada de mi puerta gracias a que te quiere a ti pues me convertiré en tu esclavo… —de pronto su expresión cambio al advertir mi repentina suspicacia.
Podría ser beneficioso eso de "seré tu esclavo" me reí. Sus ojos fueron cautos pero no pudo ocultar un cierto pánico.
— ¿En serio? —pregunté vacilante tanta maravilla no podía ser.
— No en el sentido literal por supuesto… pero digamos que podría ayudarte con algunos favores —y lo hizo parecer interesante desviando otra vez el tema de él a mí.
— ¿Solo si consigo que ella no se te acerque? —me parecía completamente desproporcionado el trato pero si él quería, quién era yo para negarme a una clienta fácil.
— Mientras más lejos y mientras más permanente… todos tus deseos se cumplirán —y me guiño un ojo
— Te convertirás en una suerte de hado padrino —y mi voz titubeante no se dejó esperar.
— Como quieras llamarlo… para efectos prácticos los privilegios no serán exclusividad mía, acabas de pasar al lado bueno de la fuerza —exclamó con la voz cargada de cierta ironía.
— ¡Ridículo!
— Es en serio —aseguró.
— A todo esto ¿Por qué vienes tan contento? —y su jovialidad se apagó. Su facción se puso como el hielo, era evidente estaba incomodo.
— Piénsalo… Mientras más lejos… más te deberé —y se fue dejándome a la mitad del pasillo creyendo haber sacado mucho pero en realidad no logré sacar nada.
Capítulo 3: Una misteriosa Castaña
¡Emocionada! porque les haya gustado esta locurita mía. Quiero agradecer todos sus reviews y espero leer muchos más... ya saben, la emoción de recibir muchas alertas puede hacer que mi mente se active incluso más de lo que ya de por si se activa... jajaja Besos a todas Liz.
