Crepúsculo no me pertenece


Capítulo 6 El peligroso juego de la Seducción

No podía ocultar mi indecisión. Durante gran parte del trayecto al club debatí entre finalmente ayudarla o desalentarla. Recordé muchas cosas entre ellas a mi mismo cuando decidí darme una oportunidad con Rose. Después de todo, Alice y yo teníamos algo en común: El amor por otra persona.

¡Se realista!

Me gritó mi conciencia y ¿qué tan realista podía ser? Acaso no era cierto que Jasper había gritado a medio mundo que para él, la chiquilla de voz suave pero insistente, de ojos ávidos y suspicaces era algo más que una simple y llana clienta. De hecho, no la trataba como a una más del montón pero lo que me molestaba profundamente era que, no terminara con el cuentito del playboy. — Espera ¿Te molesta? ¿Acaso no haces lo mismo? —y la pelea interna era sin tregua ni cuartel.

— No es lo mismo —magullé. Entonces recordé mis principales razones para seguir siendo lo que era: Mi esposa.

Tal vez Jasper también estaba en la misma posición que yo. Después de todo Alice era, una niña socialite, aún observándola introspectivamente podía asegurar que hasta debían haberse conocido o frecuentado puesto que el círculo social era el mismo.

Fue allí cuando, entre en pánico, uno manejable pero pánico al fin y al cabo ¿Qué haría sí ambas se conocían? Mis manos transpiraron más de la cuenta, podía sentir la humedad fría recorrer mis palmas que sujetaban el manubrio de mi automóvil.

¿Importaba?

Por supuesto que no, ellas jamás se conocerían, y sí lo hacían pues con Alice no pasaría de un par de clases de seducción. No estaba haciendo nada malo. Técnicamente hablando…

— Esto es lo malo de la conciencia —reclamé cuando finalmente aparque en mi lugar habitual. El club estaba completamente encendido. Podía notarlo por las parejas que estaban por aquí y por allá.

Las luces estaban más vivas que nunca, entre sin reparar en mi entorno, lo hice por dos simples cosas: La primera, Alice me esperaba, la segunda no quería atender a nadie aquella noche.

Como pensé justo cuando iba a subir la escalera hasta mis aposentos, una mano titubeantemente blanca me sujetó.

— ¡Pensé que no llegarías! —reclamó saliendo de la penumbra.

— ¿Qué haces allí? —le pregunté divertido al notar su "escondite"

— Logrando pasar desapercibida —contestó enrolando sus inocentes ojos.

— ¿Él esta aún aquí? —y entonces fui yo el "asustado"

Una cosa era guardar un secreto otra era que todo se complicará a tal punto de recibir un gran izquierdazo de mi compañero y partner Jasper. El soldadito de plomo era un poco inmanejable cuando su humor se nublaba y francamente no quería levantar iras innecesarias.

— Se fue hace media hora —comunicó Alice con una sonrisa divertida.

— Bien, vamos —le dije extendiendo mi mano como todo un galán de teleserie.

— ¡Pero que caballero! —replicó ella con ironía.

— Que trabaje en el arte del sexo no significa que no pueda ser cortes con una doncella —y eso último lo remarque.

La sonrisa se escapó de sus labios apenas tuvo conciencia de lo que significaba la última palabra. Sabía que estaba comportándome como un adolescente pero en mi defensa diría: ¡Ella fue la que comenzó primero!

Caminamos rápidamente por el pasillo hasta llegar a la puerta de mi dormitorio, no pude evitar mirar a todos lados y me sorprendí al notar tanta quietud. Imaginé entonces que nadie, de mis colegas, debía estar "ocupado" por lo que aproveché para hacerla entrar, mejor sería si nadie nos veía.

A pesar que fui yo quién retuvo la puerta para que ella entrara, no podía sacarme de la cabeza la extraña idea de que éramos observados y que en cualquier momento seríamos descubiertos. Ella en su brillante y enamorado plan y yo, pues como el vil cómplice e inductor material ¿Cómo lo explicaría sí alguien no veía? ¿Me creerían sí les decía el motivo de nuestros encuentros? ¿Qué pasaba si todo se malentendía?

Apreté mis ojos y dejé de pensarlo en el minuto en que pasé el seguro — Ya está hecho —me repetí en mi fuero interno. Tomé una gran bocaranada de aire, en un intento de centrarme, y me giré para encarar a mí —la palabra era extraña de por sí —aprendiz.

El suspiró retenido se escapo por entre mis labios sin que ella siquiera pudiera notarlo. De hecho, creo que aunque hubiera querido no lo hubiera podido hacer, estaba tan inmersa en su propio nerviosismo que por sus movimientos supe que la ansiedad la estaba carcomiendo por dentro. —No eres la única, créeme —pensé enseguida.

Sus dedos entonces, mientras ella contemplaba el cuarto y yo la contemplaba a ella, comenzaron a moverse impacientes. Era tanto lo que ella movía sus manos que incluso juré me sacaría de quicio.

Era difícil decidir cual era la señal inequívoca de que todo saldría mal, mis apuestas estaban entre: la expresión de su rostro y aquel sentimiento que estaba haciendo algo incorrecto. Como no soy adivino y disto de ser alguien que posee dones extrasensoriales decliné y opte por pensar que, ninguna de las dos se convertiría en una suerte de presagio.

¡Atrás a los manos presentimientos! ¡No estoy haciendo nada malo!

Grité al mundo o mejor dicho me grité a mi mismo mientras evaluaba como enfrentaría esta primera clase.

La lucha por una o dos alternativas para nada ortodoxas no duró mucho, como siempre, yo era un hombre de palabra por lo que improvisé. Me acerque a paso lento pero seguro hasta donde se encontraba Alice, a la mitad, de mi habitación.

Era extraño, usualmente yo podía controlar la situación, me acercaba y les susurraba cosas al oído, pronto ellas caían rendidas por la expectación del encuentro pero ahora era distinto. Aquí no era que yo sedujera o que ella me sedujera. Aquí éramos dos personas, una ávida de aprender y la otra asustada de enseñar.

¡La ropa! ¡Hazla que se ponga cómoda!

Fue lo que mi indicó la sensata hospitalidad que da este oficio milenario y eso hice. Sin mediar palabra, la hice que se sacará el abrigo que traía puesto, sorprendentemente se dejo y creó que aquel consentimiento fue totalmente involuntario, casi guiado por la situación y el momento. Deje la diminuta prenda — sí me lo preguntaban eso jamás sería un abrigo —y que estaba aún tibia, sobre la cama. Por su parte la chiquilla me observó expectante lo que logró lo que poca gente lograba, luego de tantos años me incomodó hasta el punto de que no pude ser capaz de sostener su mirada, no sin sentir mis mejillas hervir.

El silencio se posición sobre ambos como todo un amo y señor, permanecimos contemplándonos sin emitir sonido alguno, exceptuando por supuesto, el sonido de nuestra respiración. En aquel momento de reflexión infinita casi divina logré justamente lo que yo no debía querer: Una razón más acabar con esto con prontitud.

¡En que estas pensando! ¡Es una mocosa! Me gritó mi alma de caballero oxidada, la que fue interrumpida por la voz monocorde de mí aprendiz.

— No es por presionar o quejarme pero ¿nos miraremos toda la noche? —se atrevió a preguntar, su voz estaba un tanto dudativa.

— No, por supuesto que no —me defendí saliendo del transe largo y escabroso en que se había transformado aquel silencio autoimpuesto.

La muchacha junto sus labios y noté como su cuerpo se relajo y tenso de inmediato. Inevitablemente su labio superior mordió a su labio inferior decidiendo sí continuar con la seudo conversación pero finalmente se armó de valor.

— No veo el caño… —acotó logrando sacarme una sonrisa distendida.

— Eres muy observadora para tu edad ¿Te lo habían dicho? —le pregunté pensando en que haría el soberano ridículo frente a ella.

¡En que estaba pensando al creer que yo podía enseñarle un baile exótico a una niña!

¿Qué clase de imagen mental tienen de mí? ¿Acaso creía que tendría una barra de esas en la mitad de mi habitación? ¡Por favor!

— Sí yo soy muy joven… entonces tú ya esta pasadito ¿O me equivoco? —contra preguntó arqueando sus cejas visiblemente molesta.

— Que tal si partimos de nuevo —sugerí y puse mi mejor voz melosa, eso logró sacar una risita molesta pero risita al fin. Entonces su rostro inmaculado volvió a ser claro y brillante.

La línea de sus cejas se relajó.

— Bailar el caño es un arte, que requiere de práctica pero por sobre todo de fuerza ¿Cuántas veces haces pesas? —Le pregunté. Sus ojos aceitunados de forma se pusieron como si se trataran de dos melones en shock.

Su cara se ladeó de un lado a otro lado negativamente.

— ¿Mancuernas? —agregué.

Insistió en aquel movimiento de su rostro como respuesta.

— ¿Nunca?

— Nunca —finalmente confesó.

— Bien, tendremos que corregir eso, si quieres lograr subirte a algo distinto a Jasper —y eso último lo dije con un tanto de picardía.

— ¡Emmett! —magulló propinando un para nada fuerte puñete en la mitad de mi hombro. Sus ojos ahora se tornaron rosáceos y se fundieron en un rojo pasional cuando notó mi proximidad.

— Lo siento —se disculpó. Fui yo ahora él que rió.

— ¿Le has bailado antes? —pregunté y sí ella quería que la ayudará debía testear su pudor.

Usualmente las mujeres no son tan osadas, de hecho, prefieren lo más cursi y normal. Dejándole al hombre todo el preámbulo de la seducción. Invertir los papeles no es tarea fácil pero si entretenida, siempre y cuando, la mujer deje de lado el pudor.

— Un par de ocasiones —contestó evitando la mirada, se sonrojó aún más.

Ahora sus mejillas estaban púrpuras y podía notar levemente como su temperatura corporal aumentaba, el brillo que expelía su piel producto de la transpiración me lo confirmaba.

— ¿Cuántas? —le tomé la punta de la nariz con mi dedo, salto del susto que le provocó mi contacto.

— ¿Importa? —contra preguntó con la voz estrangulada

— Báilame, quiero saber con que materia prima contamos —decreté y me senté en el borde de la cama.

— ¡Ahora! ¡Aquí! ¡A ti! —todas esas palabras salieron atropelladamente de sus labios, el rojo que reinaba en sus mejillas se esfumo dando paso a un blanco mortecino impresionante.

Hasta sus labios habían perdido el color. Su rostro estaba completamente desencajado pero por sobre todo avergonzado.

— No le has bailado nunca ¿O me equivoco? —presioné.

En ese minuto la chiquilla inspiró aire profundamente, tanto que pensé se híper ventilaría y me miró con suficiencia.

— ¿Con música o sin ella? —preguntó.

— Como mejor se sienta la artista —contesté guiñándole un ojo al tiempo que inclinaba mi cuerpo hacía atrás. Mis manos estaban apoyadas en la cama sosteniendo el peso de mi cuerpo.

¿Pensaste que yo sería el único que haría el loco? ¡No señor! ¡Lo haremos los dos!

Caminó hasta una mesa de arrimo que tenía cercana a los ventanales, allí estaba mi equipo de música, intruseo unos minutos entre los discos hasta que se decidió. Encendió y dio el volumen. Los acordes de Barry White en pleno inundaron el espacio aéreo de mi habitación.

Los labios cerezas de Alice descansaban en una mueca victoriosa. Sonreí un tanto escéptico. Entonces comenzó tímidamente a moverse de un lado a otro. Jugando con la poca ropa que traía puesta.

Analizándolo objetivamente hablando, tenía cierta idea de lo que a los hombres les gustaría ver, en general pero por otro lado comencé a pensar ¿En qué demonios le enseñaría?

Cuando finalizó la improvisada audición. Me miró, la vergüenza se apagó y dio paso a la picardía. Aquel baile fue lo que necesitaba para que se relajara.

— ¿Aprobé? —preguntó curiosa.

— Digamos que pasaste al curso intermedio —repliqué con humor.

— ¿Y eso que significa? —ahondo en la curiosidad pero con un extraño toque de inocencia lo que me cautivo.

Me acorde de Rose y sus travesuras desinhibidas. Entonces concluí: Sí Rose, mi Rose había sido capaz de transformarse desde la inocente y recatada mujer de sociedad en la amante que me cautivaba noche a tras noche, entonces esta chiquilla también podía. Solo bastaba un poquito de empuje.

— Qué tenemos materia prima con la cual trabajar —aclaré.

Me alce de la cama y me acerque a ella.

— ¿Cuál será mi primera lección maestro? —preguntó con humor burlesco. Traté de tragarme la sonrisa que me provocó ese desplante que mostró.

— Hacerte deseable —dilucidé mirándola de pies a cabeza, sabía que la incomodaría más de lo que ya estaba pero convertirse en alguien deseable era parte de lo que ella quería.

Mientras la observaba trataba de calcular su peso. Sí algo había aprendido, con este oficio, es que a las mujeres hay dos cosas que no se les pregunta nunca una por supuesto era la edad y la otra era justamente el peso.

Aventuraba que por el porte y la contextura no pasaba de unos cincuenta kilos. No era mucho pero para alguien que no hacía ejercicio de manera regular podría ser una gran empresa poderse ese maravilloso trasero redondeado y levantado que poseía.

La giré de improviso y la puse mirando de frente al espejo de pie que estaba a un costado de mi cama, yo estaba detrás de ella, nuestro reflejo era un tanto bizarro. Yo a todas luces me veía como un anciano a su lado. Definitivamente ella era una guagua sin embargo aproveche ese aire angelical y hasta virginal para recrear la mejor fantasía que nuestro querido soldadito tendría.

¿Cuál es la fantasía más pervertida de cualquier hombre?

Una adolescente… claro no queríamos caer en lo pedofilico pero ella tenía una clara ventaja al verse de dieciséis. Ya teníamos el atuendo, teníamos la idea básica de cómo moverse, ahora venía claramente lo más difícil. Deslicé mi mano por toda su garganta hasta llegar a su hombro —Ella estaba vestida pero su pulso se comenzó a acelerar —hasta finalmente llegar a su mano. La sujeté con fuerza y la tiré hacía donde sí había un caño: Mi baño.

Esa baranda larga de metal era mi nueva y lúdica adquisición. La compra y posterior inhalación no tenía nada que ver con la propuesta de Alice, sino que se remontaba a una torcida idea que me dio una clienta hacía un par de meses atrás cuando trato de parecer sensual sujetada de una simple barra que servía para bajar al jacuzzi. Resultado, ella casi se quebró la nariz pero a mí me dio una idea magnifica de poner una barra, simple pero firme con la cual, quién quisiera pudiera demostrarme sus dotes artísticos.

— ¡Dijiste que no tenías un caño! —reclamó enseguida. La había sorprendido.

— En mi pieza —corregí. La sonrisa se me amplificó al imaginarme a la pequeña Alice subida allí.

Me adentré en el baño y me pare al lado de la barra que lucía majestuosa y un tanto impaciente por su nueva inquilina.

— No muerde —señalé entre dientes. Alce mi mano en el aire para que Alice se acercara.

— No sabía que te gustaba bailar en el agua —exclamó con ironía.

— No soy yo el que baila cariño, al parecer, la fantasía de subirse a una barra es una cuestión de género —expliqué tomándola por la cintura. La arrimé hacía la barra.

— Bien… la hora de la verdad —decreté separándome de la barra.

— ¿Lo haré yo sola? ¿Qué clase de maestro eres? —preguntó poniendo sus manos en la delgada barra.

— El mejor —le dije y la tomé para alzarla del suelo.

Reconozco que pude haberle avisado, que tal vez, debía haberle pedido permiso antes de poner mis manos en su trasero pero era algo así como mi venganza personal contra el soldadito de plomo.

Después de todo tan noble no era…

— Primera regla: La barra es parte de tu cuerpo —le señalé soltando su peso.

Se aferró a la barra, me giré hasta quedar de frente y le acomode los pies para evitar que cayera.

La imagen de Alice se asemejaba a un bombero, como cuando estos se deslizan desde un segundo a un primer piso.

Se quedo tiesa allí.

— ¿Cuánto tiempo me quedare aquí? —preguntó.

Deslice mi vista hacía sus manos que estaban apretadísimas. Pude notar como su piel blanca se estaba tiñendo de un color más rosa, efecto del peso, que ella estaba teniendo que soportar.

— Segunda regla: La barra te sirve para hacer acrobacias sensuales —y en eso, le tomé las manos separándolas del metal que tenía engarzado.

— ¡Espera me caeré! —gritó ahogado mientras yo la sostenía.

— Para evitar que eso pase, están tus piernas… ¿No tengo que indicarte como debes apretarlas verdad? —le pregunté en el oído.

— ¡Ja! Mira como me rió —apretó su entrepierna y se dio un leve impulso para subir sus caderas más arriba en la barra, entonces la solté y quedo sujetada por sus piernas colgando boca abajo. Sus pelos puntiagudos ahora revoloteaban en el aire.

Estaba ella allí y yo bueno, admirando como se sostenía por unos minutos cuando noté como sus piernas se soltaban. Tal vez se debió a que aún estaba con jeans y la tela cedió pero lo cierto es que me abalancé hasta sujetarla. Por la posición en la que estaba si hubiera caído se desnucaba. Al final terminamos ella encima de mí y yo en el fondo del jacuzzi, con una contusión asegurada en la espalda.

— ¡Auch! Lo siento —exclamó un tanto avergonzada.

— No te preocupes, gajes del oficio —le aclaré mientras ella, inocentemente, me daba la mano para incorporarme.

— Trabajaremos primero las posiciones que impliquen piernas, cuando tengas suficiente fuerza en los brazos te mostraré algunas acrobacias no quiero que te desnuques en el intertanto —exclamé.

— La idea es que te des impulso con un pequeño salto y logres subirte a la barra, luego allí puedes jugar subiendo o bajando por esta, Alice no hay ciencia en esto, es simplemente bailar. Las acrobacias dependen de lo que quieras hacer, si quieres una opinión, yo creo que a Jasper le gustaría mucho más que le bailaras quitándote la ropa de manera sensual que montándote arriba de una barra de metal —aconsejé.

— ¿No es la fantasía de todo hombre? —preguntó un tanto confundida mientras giraba su cuerpo sujetada de la barra, sus cabellos revoloteaban con el viento provocado por el movimiento.

— ¿Qué una mujer se desnude con música? —contra pregunté sentándome en el borde del jacuzzi.

— El caño Emmett, el caño —aclaró intentando subirse a él, por segunda vez, esta vez sola.

— La verdad, yo creo que es más curiosidad por saber si lograrán permanecer en el aire sin quebrarse algún hueso en el proceso —dilucide justo cuando, otra vez, su diminuto cuerpo se deslizaba.

— Sabes creo que es mejor hacerlo sin ropa —exclamó quitándose los jeans, tamaña fue mi sorpresa. Tanto que no articule palabra ni movimiento alguno.

Sin pantalones, solo con unas pantaletas lisas de un blanco impoluto se subió otra vez al caño, se resbaló pero no porque no tuviera peso sino porque le faltó quitarse algo: Los calcetines.

— Creo que es suficiente para tu primera clase —traté de persuadir entonces ella se giró, haciendo algo que, hubiera deseado no hiciera. Me miró con esos ojos histriónicos que solo las mujeres tercas tienen.

— Tú no crees que yo sea capaz de excitarlo con mi baile, de hecho, creo que todo esto fue algo así como para dejarme contenta pero te voy a demostrar que no solo logró excitar a Jasper, sino que a cualquiera que este observándome —sentenció.

— Tal vez podrías hacerlo en la próxima clase ¿No te parece? —le dije nervioso. De pronto verla tan decidida y menos inocente de lo que la había visto hacía cuestión de minutos me descolocó.

— ¿Habrá una segunda clase? —preguntó contorneando sus caderas, ahora quedo más arriba en el caño, con su espalda recta como una gacela, sus manos estaban firmes en el metal y sorprendentemente su cuerpo se alzó mirándome.

— Si te digo que sí ¿te bajarás? —y mi corazón se disparó hasta llegar al comienzo de mi garganta.

— Puede ser —contestó haciendo una acrobacia bastante oseada para alguien que, hasta hace unos minutos, no se podía su cuerpo. Sus piernas delgadas y bien definidas se deslizaron por el baño hasta hacer que, una vez más, el cuerpo de Alice se enderezara.

Allí apegada al metal, sus mejillas ahora teñidas de un sutil rosa producto de la agitación hicieron estragos en mí para nada tranquilo corazón. Sentí como si me faltará el aire, como si ahora el nervioso y ansioso fuera yo.

Sus pies tocaron tierra pero no se separó del caño, al contrario, ahora, sujetada aún más la infame baranda, comenzó a moverse "de un lado a otro lado" jugando con el dichoso metal.

Inocentemente pecador fue ese juego o mejor dicho ese contorneo alrededor de aquella barra, sus brazos ahora parecían tener vida y por sobre todo fuerza.

— ¿Aún no me has dicho si habrá una segunda clase? —insistió.

Al principio no noté donde estaban puestos sus ojos sino hasta que me miré a mi mismo, entonces, como un completo idiota, ruborizado hasta las pupilas me levanté. Me acerque a ella justo cuando, al igual que una niña traviesa, se subió a la barra de metal otra vez.

Muerta de la risa se subió tan arriba que, difícilmente podía tocarla para obligarla a bajar.

— ¿No crees que ya es suficiente? —le pregunté irritado por ser yo ahora el intimidado.

— ¿No me has dicho si lo hago bien o que es lo que debo mejorar? ¿Me dejarás tarea para la próxima clase, profesor? —la ironía inundó sus palabras.

— ¡No! —grité con la voz ronca iba a seguir contestándole cuando alguien golpeo a la puerta. En ese minuto tanto Alice como yo miramos hacía la puerta del baño. Su cara de pánico me lo dijo todo.

— Tranquila, le puse seguro —afirmé para tranquilizarla.

— ¿Emmett? Necesito hablar contigo —la voz de Edward, un tanto insistente hizo que finalmente, Alice se decidiera a bajar de las alturas.

— ¿qué le diremos? —fue lo primero que me preguntó cuando ya piso tierra.

— Nada, porque no te verá —le aseguré saliendo del jacuzzi. — ¿Dónde están tus pantalones? —le pregunté mirando a todos lados, mientras ella se acercaba hasta su ropa y la tomaba entre sus manos temblorosas, la música que aún había estado inundando la habitación se acabó.

— ¿Emmett? —insistió demasiado terco cerca de la puerta del baño. Tomé el cuerpo de Alice y la arrastre escondiéndola detrás de la puerta.

Justo en aquel momento, los ojos verdes de Edward encararon los míos.

¿Cómo cresta había entrado?

— Pensé que no estabas —exclamó perspicaz. — Como te llamé y no hablaste, entré a apagar la música que pensé habías dejado prendida —su excusa me sonó a mentira pero me había tomado desprevenido.

— Llegue hace poco —articule.

En un trío bastante escalofriante nos habíamos convertido. Edward frente a mí y Alice —escondida

—a nuestro lado.

Mi corazón latió mucho más desenfrenado cuando otra voz se oyó detrás de Edward.

— ¿Tenemos reunión de grupo?


¡Hello! Aquí yo again, sorry por no haber publicado antes pero he estado atereada con muchas cosas, sin embargo, aquí les dejo otro capítulo más, por si no se entendió, es POV de Emmett... Aprovecho para agradecer a todas aquellas que me leen, que me agregan como favorita y como alerta y por sobre todo a quienes votaron por mí en los "spilled coffe on a fic award" como sabrán o por si no lo saben gane a mejor Lemmons con Phonography... ¡Muchas Gracias! ya tengo mi taza de cafe de oro. ^^ Bueno ya no las aburro más, les dejo...

Besitos a todas, espero nos leamos pronto.

Liz