Crepúsculo no me pertenece
Capítulo 8 Dejémonos perder
Emmett
Esa había estado ¡Demasiado cerca!
Aún podía sentir mi corazón latir en la garganta.
La imagen de Edward frente a mí, esos ojos mirándome con reproche y todo lo que había sucedido después había activado mi adrenalina a limites desconocido. Había sido como una obra improvisada donde francamente no tenía idea de que papel representaba.
Por un lado tenía a Alice —Deslice mi vista por el espejo retrovisor y me detuve en la punta de genero negro que correspondía a la capucha de su polar —y por otro lado tenía a Jasper.
¡Esto de dármelas de Cupido no estaba dando resultando!
Me grité acelerando.
En cuestión de segundos rebase los cien kilómetros por hora y con otra acelerada ya estaba sobre los ciento cuarenta kilómetros. Agradecía que fuera un camino recto sino probablemente mi farsa se vería descubierta al fin con un trágico accidente.
Sonreí.
— Ya puedes sentarte correctamente —anuncié lentamente mientras veía como el camino y la mansión a lo lejos se reemplazaba por el diminuto cuerpo de Alice saliendo de su escondite.
A pesar de que trato de sonreír, no pudo ocultar los rasgos asustados que se había apoderado de su rostro allá en el club mientras se desarrollaba la escena que podría haber acabado conmigo peleando de trenzas con mi "jefe" y todo por ayudarla a ella.
Desvié mi mirada para restarle importancia a lo que había sucedido. Definitivamente tenía que bajarle el perfil a la cuasi pelea, después de todo ¡nada había pasado! Seguíamos tan buenos amigos como antes y aunque sabía que Edward mantenía sus sospechas no tenía una pista verdadera como para reprocharme ni a mí ni a la dulce chiquilla que permanecía absorta visiblemente arrepentida de darle una sorpresa a su novio playboy.
Su rostro hizo un mohín preocupado mientras concentraba su vista en el paisaje que se ofrecía a su alrededor. Mientras la observaba de reojo doblé por la bifurcación que nos llevaría de regreso a la ciudad.
Si mal no recordaba —mi aprendiz —vivía en unos edificios exclusivos en el centro de está.
Noté como y luego de pensarlo un poco acomodo su espalda contra el asiento haciendo un gesto indeciso con sus labios. De seguro estaba nerviosa pero no dijo nada ni pregunto nada. Tal vez era mejor mantener el silencio así que respeté su privacidad.
No le hablaría hasta que ella lo hiciera. Nos mantuvimos en un silencio un tanto incomodo. De vez en cuando la miré de reojo sin que lo notara por su parte seguía concentrada en las calles, los autos y edificios que rodeaban nuestro camino.
¡Vamos! Me dije a mi mismo convenciéndome que tampoco había sido tan grave como para que montará esa actitud. Ella a pesar de todo conservo gran parte de su ropa puesta y yo siempre mantuve cada una de mis prendas en su lugar.
¿Qué había de malo en ser su maestro en el arte de seducir? reflexione acerca de la escena en el club.
Debía conceder que habíamos estado a un par de gritos o mejor dicho puñetazos y uno que otro empujón pero en el peor de los casos sí Jasper hubiera perdido el norte yo podría haber hecho que volviera a retomarlo enseguida.
Una explicación como la que tenía lo hubiera desarmado por completo: Estoy enseñándole a tu novia a bailar justamente para ti.
Conociéndolo, detrás de toda esa pose agresiva de soldado retirado había un tiernucho flacuchento que con esas palabras se hubiera quedado con los ojos cuadrados de emoción.
Tal vez él que no me hubiera creído de buenas a primeras hubiera sido justamente Edward pero con ese animo conciliador que lo caracterizaba estaba seguro que en algo me hubiera ayudado tampoco le convenía que dos de su topfive de guapetones se destrozaran la cara en una riña sin sentido.
Además sí lo pensábamos bien ningún otro sentimiento más que el de ¡Agradecimiento y del más puro! Debía tener el soldadito de plomo conmigo. Después de todo sin mí él jamás disfrutaría de esa fantasía —de seguro aún no cumplida —de ver a su colegiala desplegando acrobacias en el aire todo para él.
Nunca tan poco compresivo mi colega
¿O sí?
Tomé aire aún contemplándola, Alice aún persistía en la indiferencia. Sus ojos ocres seguían perdidos en la nada, incluso pude ver que estaban casi por cristalizarse. Unas lágrimas traicioneras daban su lucha sin cuartel por finalmente salirse con la suya y repletar sus mejillas rosadas y pequeñas de un manantial de llanto arrepentido.
Volvió a fruncir sus labios por decimoquinta vez en un puchero francamente exquisito.
Me miró.
Sosteniendo la mirada con la mía se mordió el labio inferior indecisa por bendecirme con su palabra. Dudó por unos instantes luchando por no llorar, acto seguido abrió sus labios.
— Emmett en verdad lo siento… yo… —se disculpó visiblemente apenada por la situación y por lo que pudo haber sucedido sí Edward hubiera presionado un poco más.
Sonreí sin darle importancia para tranquilizarla. A esta altura parecía Gandhi de lo relajado que había tomado todo, sorprendiéndome a mi mismo, en otras circunstancias me hubiera picado. Después de todo, estaba dejando pasar un detallito no menos importante y ese arrebato de señor de la querencia que había tenido sobre mi intimidad, puede que en otro lugar se lo hubiera cobrado pero otra vez, estaba candidateandome para el premio novel de la paz.
Lo que pudo ser ya no fue para suerte de ambos no había motivo para seguir torturándose, analicé.
— No paso nada… no te preocupes… sin sangre no hay culpa —le aseguré guiñándole un ojo para que creyera en mis palabras.
La verdad quería transmitirle que a pesar del altercado que ella había presenciado para cuando volviera Edward y yo estaríamos como si nada. Ni él ni yo éramos rencorosos después de todo.
— ¿Crees que Edward…? —insistió preocupada temiendo que entre ambos pudiera haber surgido una especie de enemistad.
¡Los hombres no somos como las mujeres!
Es decir, nos calentamos y reventamos pero de allí a odiar eternamente a mi jefecito pues no, me cobraría sus palabras en alguna oportunidad que tuviera sí tampoco tan tonto pero las cosas pasan como también pasan las palabras.
Sus ojitos seguían titilando ansiedad y angustia. Ella sentía zozobra por haberse interpuesto entre nuestra amistad.
¡Qué dulce inocencia! Por primera vez podía concordar no sólo con Edward o Jasper sino con todo aquel que pensaba que Alice era una pequeña de corazón noble.
Sin querer en ese minuto en que yo estaba obnubilado por los sentimientos benévolos de Alice, los ojos arrebatados de Edward se me aparecieron en el espejo retrovisor como si estuviera allí otra vez.
Entonces comencé a recordar cada uno de los gestos que había hecho mientras se había desarrollado aquella conversación y me detuve justo en el momento en que Jasper se coló en la escena.
La mirada sombría del chico de catalogo aburrido confirmó la sospecha.
¿Sí no hubiera sabido que se trataba de Alice habría entrado a mi cuarto a hurtadillas?
No… Edward de alguna extraña manera lo sabía.
La mirada esperanzadora de Alice porque la tranquilizará fue lo que me devolvió a la realidad ¿Necesitaba saber que su "regalo" corría peligro?
¡No! Por supuesto que no, ni ella ni yo necesitábamos más precisión con la cual trabajar pero podría ser un obstáculo la sospecha del señor de la querencia. Tendría que improvisar porque se acaba de perder nuestro lugar de ensayo.
— Solo estaba dando palos de ciego —le aseguré bajando la velocidad para tomar la calle local.
Salí de la autopista y me adentré a la avenida principal de la ciudad.
— Bien de aquí en adelante soy todo oídos —le anuncié mirando al frente distrayéndola de nuestra conversación.
Tomó aire y luego me dio las indicaciones que seguí al pie de la letra.
En cuestión de minutos ya estaba estacionado a las afuera del lujoso edificio. Como lo recordaba estaba justo en la mitad de la ciudad. Era uno de los pocos edificios lujosos que quedaban por los alrededores. Toda la manzana era un sector acomodado.
Apague el motor. Alice seguía sumida en sus pensamientos. Tosí para llamar su atención.
Me giré en el asiento para poder mirarla mejor. Una vez frente a frente, mirada con mirada le hablé.
— Bien señorita hemos llegado… hora de bajar del carruaje —exclamé divertido. Sus labios fruncidos en preocupación se relajaron y una sonrisa apagada pero sonrisa al fin los inundó.
Se inclinó y me dio un beso en la mejilla.
Ese movimiento me pilló completamente desprevenido. No atiné a nada. Me quede perplejo, hacía mucho tiempo que no recibía un beso de esa manera. Ese gesto estaba cargado de un sentimiento distinto a la lujuria y el deseo, me gustó.
— Gracias —susurró mirándome con una ternura que traspaso hasta mi alma — por todo —agregó abriendo la puerta para bajarse.
Me quede inmóvil incapaz de contestar nada.
Observe completamente confuso como se bajó y cerró la puerta. Una vez fuera se acerco hasta el vidrio del copiloto e inclinó su cuerpo para poder quedar a la altura. Bajé el vidrio enderezándome en el asiento aún conmocionado.
— Supongo que tu edificio tiene un cómodo gimnasio ¿O me equivoco? —pregunté de inmediato recordando que habíamos perdido el lugar para ensayar.
Ella asintió confundida.
— Todo en esta vida tiene solución mi querida Alice —aseguré sonriendo. — Sábado misma hora, distinto lugar —guiñé el ojo y encendí el vehículo.
— ¡Yupi! —Respondió entusiasmada — ¡Gracias! ¡Gracias! —agrego dando saltitos como los gatitos juguetones o mejor dicho como las colegialas en su mejor momento de euforia.
Moví mi cabeza mientras emprendía la retirada.
Para cuando me estacioné en las afueras de la mansión del padre de Rose estaba recién oscureciendo. En el horizonte el sol aún emitía débiles rayos que iluminaban el cielo negándose a abrazar la oscura y fría noche que se aproximaba.
El lugar donde se encontraba la mansión era realmente privilegiado ni siquiera nosotros teníamos estaba vista. Tal vez se debía a que estaba más arriba que la nuestra. Caminé por el estacionamiento hasta la parte de atrás donde estaba la piscina. Allí en el jardín, ahora iluminado por focos empotrados en pasto del jardín a todo el largo de la piscina, me quede contemplando aquel basto paisaje.
Me senté en uno de las sillas de reposo que estaban cercanas y deje mi chaqueta a un lado ¡Definitivamente yo quería envejecer en un lugar como este! Contemplé.
De pronto pude imaginarme a mis hijos jugando en un jardín como esté. La fantasía no escatimó incluso pude imaginarme a Rose embarazada de mí. Ella con sus caderas pronunciadas y un abultado vientre se comenzó a dibujar frente a mí. Su rostro perfecto ahora mirándome completamente realizada y feliz.
Estaba en eso —fantaseando —cuando un ruido de neumáticos me distrajo.
Tomé la chaqueta y mientras me la colocaba camine de vuelta al sector del estacionamiento, no alcancé a llegar muy lejos cuando la voz de Rose se escuchó.
— ¡Emmett! —gritó y bajó las escalinatas que daban de la terraza al jardín corriendo. Parecía como si quisiera detenerme, de hecho me alcanzó incluso antes que yo pudiera mirar hacía donde inicialmente me dirigía.
Sus brazos se cruzaron en mi cuello y sus labios se pegaron a los míos propinándome un beso urgentemente apasionado.
— ¡Te extrañe demasiado! —agregó tomando mi rostro entre sus manos. — ¡Prométeme que no volverás a irte este fin de semana! —agregó descorazonadamente.
Lo que me desconcertó. Mi mujer usualmente no era una que demostrará tan fácilmente sus sentimientos. Menos aquellos que mostrarán debilidad. Era demasiado segura e independiente como para reconocer abiertamente sentimentalismos.
Bajé mis brazos hacía su cintura y la sostuve contra mi cuerpo levemente alzada para que quedáramos a la misma altura.
— ¿Sucedió algo? —le pregunté suspicaz. Ella sonrió nerviosa.
— ¿Tiene que suceder algo para no querer que mi marido me deje sola? —contra preguntó.
Tomé aire.
— Rose tu sabes que… —no alcancé a terminar la frase puesto que ella me silencio con sus labios.
Sentí como su lengua se abría paso por mis labios hasta llegar a mi boca y degustaba cada rincón de esta de una manera febrilmente sensual.
Dio un leve saltito que la hizo quedar subida a mi cintura. Apoye mis manos en sus muslos para sujetar su peso. Dejó de besarme y me contempló.
— Se perfectamente en que consiste tu trabajo pero esta noche quiero que pretendamos ser solo tú y yo… sin club… solo nosotros dos —agregó mordiéndome mi cuello.
— Pretende que soy una clienta —murmuró contra mi odio.
Separé mi rostro del suyo y la mire incrédulo
¿Acaso no había dicho recién "sin club"?
— hazme el amor como se lo haces a tus clientas —pidió y abrí tamaños ojos sorprendido y la vez herido.
— Yo no hago el amor con mis clientas —balbuceé aturdido. — Rose con la única… —otra vez me silenciaron sus labios.
— Eso era justo lo que quería oír de tus labios —exclamó mientras mordía uno de mis labios. — Que yo soy la única a la que le haces el amor —remendó con soberbia.
Desperté cercano a las diez de la mañana. Como siempre que dormía en aquella casa. Había algo extraño que me hacía sentirme como fuera de lugar a pesar de que esa casa técnicamente era de mí familia —política —pero familia al fin.
Rose permanecía enredada aún en mi cuerpo, me costó trabajo separarla sin que se despertará. Me duche y luego me puse uno de los tantos pantalones que tenía en aquella casa —casi todos nuevos —y que seguro Rose había comprado para mí.
Polera, pantalón y una especie de jersey —demasiado cursi y otra adquisición de mi señora esposa por supuesto —azul petróleo que bien podría gustarle a Edward.
Pensar en él me hizo darme cuenta que tarde o temprano tendría que volver del país de las maravillas para aterrizar directo en Kansas y arreglar en parte ese mal entendido no dicho que había quedado el día anterior.
Sin embargo sí podía posponer una dilatada y tensa conversación lo haría. Las razones incluían orgullo y también porque mi país de las maravillas estaba de perillas y no iba a irme al menos no por ahora.
Bajé las escaleras y cuando topé de frente con Feliz —el mayordomo y secuas del padre de Rose: eran prácticamente inseparables —como siempre me miró como si él junto con todos pertenecieran a una clase a la cual yo jamás iba a entrar.
— ¿El señor desea algo? —preguntó cortés pero en el fondo tanto él como yo sabíamos que no tenía ni una pisca de ganas de hacer nada por mí. Incluyendo por supuesto el desayuno.
— Muero de hambre —balbucee pasándolo sin detenerme, caminé a paso agigantado y por supuesto seguido de él sobre mis narices. Cuando llegue a la cocina esta estaba impecablemente limpia como sí nadie nunca la utilizará.
Me dirigí al refrigerador pero por supuesto Félix se adelanto.
Éramos del mismo porte, él un tanto más viejo que yo pero unos tres años sino menos.
— ¿Tomará el desayuno en la mesa o con la señora? —preguntó abriendo el refrigerador y sacando un jarro de jugo. Me miró con suficiencia mientras tomaba un enorme vaso de cristal y me lo entregaba de lleno de jugo.
Se lo acepté sonriéndome. La verdad a pesar de que en el club también teníamos sirvientes yo prefería servirme solo, al menos el jugo pero sí él quería jugar a sirviente-señor quién era yo para llevarle la contra.
La mirada asesina de Félix me hizo cuestionarme esta clase de status social. Rose por supuesto estaba acostumbrada a esto y prácticamente no hacía nada si no se lo hacían. Me recliné en la mesa que estaba al centro de la cocina y tomé un sorbo del vaso.
Se quedo mirándome mientras tomaba el jugo. No sé movió ni un centímetro de donde estaba logrando incomodarme ¿qué esperaba? Oh sí, mi respuesta.
— Creo que por ahora solo seré yo —aclaré dejando el vaso en la mesa y luego me dirigí a donde se supone debe permanecer el "señor" de la casa. Me sonreí pero justo antes de salir de la cocina decidí disfrutar de las bondades de ser justamente eso: El señor de la casa.
— Pensándolo mejor… —exclamé y me giré para mirarlo.
Disfrutar de su rostro enfurecido sería espectacularmente divertido.
— Creo que tomaré desayuno en la recamara con la señora, prepara una bandeja iré por una rosa al jardín y vuelvo —me fui escuchando el rechinar sutil de su mandíbula.
— Como gusté señor —contestó justo cuando crucé el umbral de la puerta.
Me demoré en elegir una rosa adrede pero otra vez no contaba con la eficiencia de Félix. Apenas cruce la puerta de la terraza con la rosa en las manos este traía una bandeja parecida a las de hotel con florero incluido, suspiré frustrado.
Coloque la rosa en su lugar y este hizo un ademán de llevarlo por si mismo pero se lo arrebaté de las manos.
— Así está bien Félix, de aquí en adelante el "señor" se hace cargo —le guiñé un ojo. —No es nada personal… créeme pero… estoy seguro que soy de la preferencia de ella —y solté una risotada mientras caminaba para dirigirme a la habitación de Rose —nuestra —habitación corregí mentalmente.
Mi intensión francamente era pasar gran parte del día metidos en la habitación para mi suerte esa también era su idea. Sonreí mientras acariciaba su espalda con las yemas de mis dedos para despertarla. Seguí deslizando mis dedos por toda su columna vertebral hasta que se movió.
— ¡Harás que vuelva a excitarme! —gritó enterrando su rostro entre las sabanas.
— Esa es la idea general —coincidí contra su piel dando pequeños besos en esta.
— Tenemos que salir en algún momento… tenemos que comer ¿sabes? —exclamó girándose para encararme.
Se veía tan hermosa así desnuda, cubierta solo por las sabanas con su pelo rubio desparramado contra el colchón que me quede observándola.
— Eres tan hermosa —exclamé acariciando su rostro levemente sonrojado.
— Lo sé —respondió alzando su cuerpo para besar mis labios, sus manos se fueron directo al cuello atrayéndome hacía ella.
Mi cuerpo descanso encima del suyo. Me hubiera quedado allí toda la mañana si no hubiera sido por el golpeteo insistente de la puerta.
— ¡Estamos ocupados! —grité al advertir que se trataba de Félix, el fiel perrito faldero de la familia.
Rose se rió. — No seas malo —susurró besándome el lóbulo de mi oreja — Tal vez nos trae desayuno —agregó.
¡Ups! Desayuno. Miré hacía la mesa que estaba a un costado, la bandeja intacta y por supuesto con los té fríos. Mi señora esposa también miró la bandeja.
— ¡Lo siento! —murmuré.
— Le pediré que lo traiga nuevamente —resolvió levantándose de la cama.
Tomó su bata y se cubrió.
— Ya voy —gritó Rose sonriéndome mientras caminaba hasta la puerta.
— ¿No lo harás pasar verdad? —le pregunté cuando estuvo a punto de abrirla.
Entonces dimensioné que tal vez era mejor que me metiera bajo las colchas. No era que me importará que me viera desnudo pero tampoco era un exhibicionista sin mencionar que no le daría un espectáculo de manera gratuita.
— ¿Qué pasa Félix? —gritó mi amada esposa conteniendo la risa.
— Su padre necesita hablar con usted —contestó entre dientes.
¿Qué querrá ahora el viejo? Pensé. El rostro de Rose cambio por completo. Lo supe no porque la viera sino justamente porque ese ímpetu con el cual se había levantado para abrir se diluyo por completo. Fue como si se transformará en alguien distinto a la mujer que conocía.
De pronto fue como si le tuviera más que respeto, miedo.
— No puede ser en otro momento ¿Qué es lo tan urgente? —pregunté levantándome en dos segundos, até a mi cintura la sabana y me encaminé hacía la puerta.
Los ojos de Félix me escrutaron de pies a cabeza. Yo esperé por mi respuesta.
— ¿Y bien? —insistí pero claro, otra vez la mirada displicente de Félix fue todo lo que obtuve.
Iba a insistir cuando Rose: ya vestida —no sé en que minuto lo hizo pero su rapidez me dejo sorprendido —se acercó hasta mí. Sus manos delgadas tomaron mi rostro haciendo que me volteará a mirarla. Me beso en los labios.
— Seguro es algo de trabajo, ya sabes cómo es papá… no te preocupes… para él las inversiones son todo —exclamó consolándome — No tardaré —aseguró.
— ¿Dónde está? —preguntó a Félix
— En el despacho —contestó éste.
Se fue dejándome allí junto a la puerta. Espere unos minutos contemplando como mi esposa se desvanecía escalera abajo junto al mayordomo. Entré de vuelta a la habitación.
Tomé un par de tostadas de la bandeja y luego de masticarlas mirando por la ventana decidí darme una ducha mientras esperaba.
Las esperas jamás han sido mi fuerte tal vez por eso, el baño que debió durar una hora duró escasamente quince minutos.
Otra vez estaba allí en la mitad de esa enorme habitación, completamente solo y curioso.
Cuando el sol estaba en todo su apogeo se me ocurrió mirar el reloj. Había pasado una hora desde que mi mujer me había dejado en mi habitación y ni señales de ella ni de su padre en toda la mansión. Abrí la puerta del comedor que daba hacía la terraza de la primera planta y advertí a los jardineros trabajando en el inmenso jardín.
Me senté en las sillas de la terraza. En cuestión de segundos hizo su aparición: Félix. Como un alma en sigilo o mejor dicho como un guardaespaldas o espía se puso detrás de mí.
— ¿Él señor desea que le traiga algo? —preguntó apenas notó que lo miraba.
Me quede contemplándolo. Me recliné en la silla apoyé mis codos en los brazos de está, los junte y permanecí así en silencio contemplándolo. Félix por su parte se quedo inmóvil a un costado mío esperando.
— Un vaso de agua —respondí.
— El almuerzo se servirá a las dos —informó entregándome el periódico del día.
Bajé mi vista al periódico. Félix por su parte no tardo en dejarme solo cuando notó mi actitud. Apenas se fue mire otra vez hacía el jardín y luego hacía el resto de la terraza —la cual era gigante —y noté lo vacio que uno puede sentir en un lugar como aquel.
Que diferente al club pensé.
Estaba en la sección de espectáculos del diario cuando sin querer al mirar hacía los estacionamientos, a un costado de la piscina noté una cabellera rubia conocida.
¿Rose?
Me levanté con rapidez.
Bajé las primeras escalinatas que daban a una especie de terraza más chica y que estaba en la mitad del camino. Una vez allí corrí hasta el borde contario a donde yo estaba y a donde se habían dirigido las siluetas pero cuando llegue hasta allí no había nada más que una puerta cerrada.
Decidí entonces ir al despacho de mi suegro. Miré el reloj eran cerca de la una de la tarde, tiempo suficiente para haber arreglado cualquier problema de índole laboral. Resolví.
Entré a la casa nuevamente tan rápido que dejé abierta la puerta de la terraza. El despacho del padre de Rose se encontraba en la primera planta cerca de la puerta principal. Caminé por el pasillo central todo estaba completamente vacío.
Justo en la entrada principal había una especie de lobby con una mesa redonda que hacía una suerte de arrimo. Un enorme jarrón con rosas la adornaba, hacía la derecha estaba la puerta de la sala de estar y hacía el frente la puerta del despacho.
Iba a ir a golpear cuando noté la voz de Demetri desde la otra habitación.
Me acerque a hurtadillas. La puerta estaba cerrada pero la voz de mi cuñado nunca había sido muy discreta.
— No creo que sea una buena opción —le sentí decir.
— ¿Y cual opción sería la mejor? —rebatió mi suegro visiblemente enojado por el tono de voz que utilizó.
Hubo un silencio en donde nadie dijo nada.
— Esto no hubiera pasado sí hubieras estado tú allá en vez de estar aquí… —la voz de Demetri se sintió con irá, supuse que se lo decía a Rose pero cuando quise acercarme más para poder escuchar mejor mi celular vibró.
Club Llamando
¡Que inoportunos podían ser a veces! pensé de inmediato recordando mi realidad.
Me alejé lo suficiente para contestar.
— ¿Emmett? —la voz nerviosa de Jacob me intrigó.
— Claro, quién más —respondí alejándome hacía la sala de estar. Hubo un silencio rodeado de unas voces — ¿qué? ¿Qué sucede? —le pregunté.
Este no contestó. De hecho fue como si dejará descolgado el auricular para que se escuchara las voces de alrededor.
— Espera —finalmente dijo entrecortado.
Yo también quiero ir —exclamó Jacob en la lejanía.
No podemos ir todos —señaló una voz que reconocí como la de Jasper.
Pero… yo también quiero verlo —refutó.
¿Hablaron ya con Carlisle? —esa otra voz que había ingresado recién a la conversación la reconocí como la voz de Laurent.
No, aún no y no quise comentarle nada a Esme.
¿Qué demonios sucedía?
— ¡Jacob! ¡Jake! —grité tratando de llamar la atención de mi interlocutor.
— ¡Espera! —respondió.
— ¡No! ¡Préstame atención! ¿Qué sucede? —pregunté intrigado.
— Edward… —balbuceó Jacob hablando con alguien más aparte de mí.
Justo cuando iba a preguntar que demonios pasaba en el club, alguien tomó el teléfono.
— Emmett… soy Jasper ¿Dónde estas?
— ¿Por qué? —pregunté a la defensiva. — ¿Qué sucede?
— Necesitamos que vengas —respondió evasivo.
— ¿Qué es lo tan urgente que no pueda esperar un par de horas? —indagué suspicaz.
— Acaban de encontrar el auto de Edward completamente destrozado en un barranco a las afueras de la ciudad
Apenas escuché aquello mi vista se clavó en la figura de Rose, quién ahora se encontraba de frente a mí. Colgué el celular sin mirar, simplemente lo deslicé por mi mejilla hasta la altura de mi pierna y apreté el botón de finalizar la llamada.
Los ojos de mi mujer, aquellos ojos transparentes como el más claro diamante cambiaron de manera radical. Noté como su mirada se enturbiaba, tal vez no de manera conciente, pero sucedía. Mantuvimos la mirada sin decirnos nada, sin embargo por el brillo que propino la ventana de su alma, lo supe.
Entre Rose y yo siempre había existido una especie de química, algo que no necesitamos decir, era extraño, tan extraño como que desde el primer minuto que nos vimos yo le conocía como ella a mí.
Si pudiera definir lo que había sucedido hacía cuestión de segundos lo describiría como un tenso minuto, probablemente el más largo de toda nuestra relación, en que algo cambio de manera radical y muy en el fondo de nuestros seres ambos supimos que a partir de hoy nada volvería a ser igual.
No solo yo le mentiría a ella sino que también ella me mentiría a mí. Estábamos ambos, dejándonos perder.
Ahhh lo siento, que podría decir para excusar mi falta de respeto pr no haber actualizado pero solo dire que cuando alguien descubra como hacer que el tiempo se dilate ¡ME contacte! para así poder comprarle a mis días unas horas extras ¡GRacias por leerme a pesar de todo! ¡Gracias por seguir esta historia! Por agregarme a sus favoritos y por dejarme reviews... recuerden que para quien escribe estos son una suerte de recompensa. Cariños a todas y nos estamos leyendo tal vez en Atrevete a Salvarme, no diré día solo que pronto.
Liz.
