Hola de nuevo! Veo que no os hago esperar mucho.. pero a partir de ahora… para actualizar los capítulos iré un poco más lenta… hehe… ya tengo los exámenes (el miércoles y el jueves…) y estoy un poco preocupada, pero anda más xD…. Lo más seguro es que suba el próx. El viernes o sábado… pero bueno…
ADVERTENCIA: Este capítulo contiene lemon (por parte de Ino y uno de los administradores). Así que si sois menores de edad o no os gusta, absteneros de leer…
Esto es un UA y he hecho una adaptación de una de mis novelas favoritas, que no es la de Lerroux (que también es una de mis favoritas xD)…
Bueno, se me olvidó mencionar que también está mezclado en todo esto Madara…. Por lo tanto, la cosa es así…
SasuxSaku…ItaxSaku…MadxSaku… pero no os penséis que será la linda mujer que atrae a los hombres por su belleza y bondad, el conde irá a por ella más bien por venganza y lujuria (lo mueve todo la lascivia… yo lo dejo en el aire xD…) y otra cosa, menciono que Itachi quiere la aprobación de su hermano, así que pensar en la relación de Sasuke con su padre… xD…
Hoy tengo demasiada prisa para comentar todos los reviews, así que lo haré en el próximo, lo prometo… espero no decepcionaros con este ch. y no sé… muchas gracias por comentar, y otra cosa más, me gustaría que mis queridos anónimos comentaran, que ya lo pueden hacer xD… bueno, si no es mucho pedir, si no… no importa (yendo a un rincón de la habitación a hacer circulitos mientras llora deprimida…) Si se me olvida algo, ya lo subiré en el próximo xD….
Y bueno, aquí os dejo con la continuación de esta historiaa! Este fic va dedicado a todos/as aquellos que quisieron que el Fantasma se hubiera quedado con nuestra señorita Daaé!
El Fantasma de la Ópera-
4. El conde Uchiha.
Sakura se hallaba sentada al lado de Itachi en el restaurante donde fueron a tomar una cena tardía. En un rincón tranquilo, alrededor de una mesa rodeada por un enorme sofá curvo, los cinco estaban comiendo y comentando la exitosa representación de esa noche.
Itachi se había sentado de modo que su muslo tocara el de ella, y el faldón en punta de su frac caía sobre la parte de atrás del vestido de ella. Estaba solícito y encantador, encargándose de que su copa siempre estuviera llena del borgoña dorado oscuro y que su plato tuviera las mejores piezas de pollo asado.
Al otro lado de Itachi se había sentado uno de los nuevos administradores, monsieur Akamichi, que había convencido a su amigo para que la dejara cantar. Era más bajo y corpulento que el otro, y tenía unos ojos dulces de cachorro y unos mofletes rechonchos y con una especie de dibujo en espiral que hacían parecerle a un perro. Era un hombre tímido, y al parecer lo ponía nervioso mirarla detenidamente, aunque no podía aguantar desviar la mirada hacia ella cuando suponía que no lo estaba mirando. Era el tipo de hombre, pensó, poniéndose una uva en la boca, que tendría miedo de quitarle el camisón a su mujer y le sugeriría de hacerlo con la luz apagada.
Al otro lado de ella, y con mucha más distancia de la que tenía Itachi para con Sakura, estaba el otro administrador, monsieur Nara. Seguramente sería uno o dos años mayor que el señor Akamichi, y llevaba el cabello recogido en una cola alta y en punta. Tenía los ojos más astutos y perspicaces que Chôji, pero ya se había enterado de que él era el experto en música y el que manejaba al personal, y el otro, el que administraba el dinero.
Frente a ella estaba Madara, conde Uchiha, el hermano de Itachi y diez años mayor que él. Mucho después, ella caería en la cuenta de por qué el conde se había puesto en aquel lugar tan estratégico y las ventajas que le ofrecía. Era una versión más madura de Itachi, con unas ojeras más pronunciadas, el conde rezumaba poder y dominio, tanto en su declarada actitud de superioridad marcada por las ventanillas de su aristocrática nariz, como por sus delgados labios, curvados en un asomo de sonrisa condescendiente.
A su sombra, Itachi no parecía nada más que un chico guapo y formal que quería ganarse desesperadamente la aprobación de su hermano mayor.
- Por su uniforme, veo que es miembro graduado de Akatsuki –dijo monsieur Chôji a Itachi.
- Ah sí –contestó el vizconde, mientras rozaba con disimulo el muslo de ella al mismo tiempo que le sonreía, volviendo la atención luego al administrador robusto.- No hace mucho me gradué de mi formación y las prácticas en la Academia y me encontré sin mucho que hacer, hasta que mi hermano me invitó a unirme a él en el mecenazgo de su Teatro de la Ópera. No puedo dejar de pensar que fue una afortunada casualidad que, de todas las noches, justo me invitaran a la gala de hoy.
- Itachi se graduó como uno de los mejores de su clase –añadió el conde, dejando su copa de vino en la mesa con un elegante movimiento-, y después se marchó en un viaje alrededor del mundo. A sus hermanas y a mí nos complace que haya decidido volver durante un breve permiso antes de embarcarse en su próximo viaje.
- ¿A dónde irá esta vez? –le preguntó monsieur Shikamaru-. Yo no aguanto un viaje por mar, ni siquiera uno corto, porque me enfermo y lo encuentro problemático.
- Mi hermano tiene tanta influencia, que me asignaron para la misión de los Jinchûrikis–contestó visiblemente emocionado-, pero aún faltan varias semanas para que nos vayamos.
Por debajo de la mesa le apretó la mano a Sakura, como para decirle que nunca la olvidaría.
- ¿Esa es la misión en la que se irán a buscar a los nueve sujetos que fueron secuestrados para hacer experimentos?
- En efecto. Pero aún falta un mes para que me llamen, así que tendré muchas noches para volver al Teatro de la Ópera.
Entonces, monsieur Akamichi se atrevió a mirarla.
- Nuestra señorita Haruno ha tenido mucho éxito esta noche –dijo, y al instante volvió a aplicarse a sus patatas.
- Sí –dijo el conde, y añadió de improvisto-: pero ¿qué fue lo que le ocurrió a esa cantante de la aldea del Sonido? ¿Karin? Aunque nuestra señorita Haruno hizo girar muchas cabezas con su belleza y su voz, siento curiosidad por saber cómo se las arregló una chica tan joven para arrebatarle el escenario a la estrella del Teatro de la Ópera. ¿A no ser que eso formara parte de vuestro plan como los nuevos administradores? ¿Fuera lo viejo y adentro lo nuevo, tal vez?
Sakura notó que los ojos negros como el carbón de Madara no se apartaban de ella, ni siquiera cuando le estaba hablando su hermano o los administradores. Eran unos ojos entornados, calculadores y perturbadores. Cuando ella se acercó más a Itachi, rozándole el brazo con el suyo, como si quisiera protegerse fundiéndose con él, Madara curvó la boca en una sonrisa sesgada, sardónica, como si lo entendiera y lo divirtiera.
- Karin se alteró muchísimo a causa de un accidente que ocurrió ayer en el escenario –explicó Shikamaru-, y decidió descansar los nervios esta noche.
- ¿Un accidente? –preguntó Itachi mirando a Sakura preocupado-. Es curioso, nunca se me había ocurrido que la ópera fuera tan peligrosa.
- No es más peligrosa que cruzar la calle –gruñó monsieur Nara-, a no ser que uno sea tan idiota que se crea las historias sobre el fantasma que ronda por el teatro.
- ¿Un fantasma en la Ópera? –preguntó el conde.
Se veía a las claras que eso lo divertía. Bebió otro trago de su vino color granate y volvió a llenar la copa con ademán ostentoso.
- Es una superstición tonta –replicó Shikamaru-. Hinata ha insistido en colocar una herradura en la mesa de la sala de descanso de las bailarinas, para que todos los actores y actrices la toquen antes de salir al escenario. Asegura que es un talismán que protege de la maldad del fantasma. –Movió la cabeza de un lado a otro, y su monóculo se movió al mismo ritmo-. De un fantasma que no existe.
El conde arqueó las cejas.
- A la bailarina Hinata no se la considera dotada de mucho sentido común, aun cuando en otros aspectos está muy bien dotada –dijo él mirándola a ella por encima del borde de su copa.
Ella desvió la vista y la concentró en el cálido muslo de Itachi rozándole el suyo, pensando que su cara y sus manos eran mucho más elegantes y tranquilizadoras que la intensa expresión de su hermano. Y de repente cayó en la cuenta de que era una suerte haber captado la atención del menor antes que la del mayor.
- La gente de teatro está loca, con su perdón, señorita –dijo Chôji-. Tienen demasiadas supersticiones absurdas. Es ridículo. Casi tuvimos que cancelar la representación de El Valle del Fin, que se estrena mañana, debido al decorado.
Al instante se puso a masticar rápidamente el trozo de pan, como si estuviera agitado o avergonzado.
Itachi lo miró perplejo.
- ¿El decorado? ¿Temen que se caiga? ¿Acaso no es simplemente un telón de fondo pintado?
- Ah, no, no. ¿No se fijó, señor, que el decorado tiene puertas y ventanas de verdad? ¿Y rincones y entrantes? Ese es el nuevo estilo, para hacerlo más realista, y nos gastamos treinta mil ryûs para construir el decorado del Cielo y de las Montañas para El Valle del Fin, para que nuestro teatro esté por delante de nuestros competidores. Y se negaron a ensayar con ese decorado. –El trozo de pan ya estaba destrozado, las migas desperdigadas y la corteza colgando-. No logro entender ese asunto.
Sakura se aventuró a hablar.
- Es el azul.
Todos la miraron, incluso Chôji, aunque enseguida desvió la mirada. Pero la atención del conde no se desvió.
- El color azul del decorado –explicó ella-. El cielo. Nadie quiere actuar con un decorado azul, porque trae mala suerte. Muerte o pérdida de dinero.
- ¿Muerte? –exclamó Madara- ¿Es eso cierto?
Sus ojos oscuros la recorrieron de esa manera arrogante y calculadora que la hacía pensar en los protectores. Pero no había nada paternal en su actitud.
Itachi pareció no notarlo.
- ¿Cómo se resolvió eso, entonces?
- Insistieron en que añadiéramos árboles y arbustos como adornos al decorado; otro gasto más, por supuesto –suspiró Chôji, alargando la mano para coger la barra de pan del centro de la mesa-. Otros diez mil ryûs.
El conde cambió tranquilamente de tema.
- No he dicho lo delicioso que es volver a verla, señorita Haruno. Me han asegurado que nos conocimos hace algunos años, cuando usted y mi hermanito jugaban en la playa de Amegakure. No es un lugar muy elegante, pero está cerca de la casa de mi tía. Donde se crió Itachi.
- Me ha recordado una época agridulce, señor conde Uchiha –dijo Sakura; ese verano fue el último que pasó con padre-. Mi padre murió el invierno siguiente, cuando yo tenía diez años.
- Fue madame Tsunade la que te crió desde entonces, ¿verdad? –añadió Itachi.
- Sí, ella y su marido, el profesor de música de la Academia Nacional del Teatro de la Ópera; eran amigos y admiradores de mi padre, que fue un gran violinista. Tuvieron la amabilidad de tenerme con ellos hasta que pude matricularme en el conservatorio.
A partir de entonces le resultó fácil abrirse camino hasta ocupar un puesto en el coro y en el ballet, siempre esperando la oportunidad para avanzar más.
De encontrar su lugar.
¿Lo habría encontrado ya?
- Ese día la conociste a la orilla del mar, Madara –continuó Itachi-. Yo le rescaté de las olas el fular negro. ¿Te acuerdas de haber estado allí, ahora que yo te lo he refrescado?
- Sí que lo recuerdo –contestó Madara, con la atención fija en Sakura-. Recuerdo a la niña, que se ha convertido en una jovencita muy hermosa. No me sorprende, Itachi, que decidieras reanudar tu amistad con ella. Si yo no tuviera ya una condesa, me sentiría muy tentado.
Y diciendo eso hizo una breve venia a Sakura, como dando a entender que eso era un homenaje. Pero ella vio la expresión en sus ojos y notó claramente que no lo era.
Desde que tenía doce años y comenzó a actuar con el coro y con el ballet, por cuatro mil ryûs al año, había vivido en la residencia para las internas del teatro, compartiendo habitación con otras chicas. Sumergida en ese ambiente hormonalmente activo, no había tardado en enterarse de los escarceos e interacciones sexuales entre hombres y mujeres, a través de las conversaciones susurradas, observando disimuladamente en los camerinos y vestuarios, y por esas torpes experiencias de toqueteos y manoseos que finalmente la llevaron a perder la virginidad a manos de uno de los tramoyistas.
Y claro, estaba madame Yamanaka, que hablaba sin pelos en la lengua de esas aventuras y experiencias e instaba a sus chicas a tomar decisiones y les enseñaba a emplear su poder femenino lo mejor posible. Y también a evitar quedarse embarazadas, y qué hacer en el caso de que eso sucediera.
Había visto las ávidas miradas que dirigían los hombres a las bailarinas, a veces con admiración, como la que le dedicaba Itachi a ella, y a veces con lujuria y aire de superioridad, como la estaba mirando el conde en ese momento.
Miró su mano desnuda que sostenía la copa de vino, con tres de los dedos cargados de gruesos anillos enjoyados, uno de ellos dorado con un dibujo escarlata en el centro, y se imaginó esa extremidad sobre su cuerpo. Sería fría y exigente; no le permitiría ni un instante de vacilación, ni estremecimientos de miedo o rechazo. Lo observó bajar los dedos, de puntas rectas y gruesas, por un lado de la copa, como si quisiera atraer su atención hacia ellos.
Desviando la vista de su mano la levantó y se encontró atrapada por esos calculadores ojos negros. Entonces él hizo un gesto de asentimiento y volvió la atención a los demás. No le dirigió más la palabra aquella noche. Ni siquiera se dio por aludido de su presencia, aparte de una ocasional y penetrante mirada.
Cuando terminó la cena, Itachi se disculpó en nombre de los dos y ordenó que trajeran el coche.
Al llegar al teatro, Sakura se sorprendió contemplando el enorme edificio de mármol bajo otra luz. Desde que entrara a formar parte del coro y el ballet, apenas había visto la fachada de ese famoso lugar, porque la mayoría de entradas y salidas que hacían eran por las puertas traseras, donde estaba situada la residencia. Pero en ese momento en que el sol comenzaba a iluminar el perfil color crema de Konoha, Itachi dio la vuelta con el coche hasta la fachada del teatro, hasta la plaza circular lateral por donde estaba la entrada principal. Entonces se encontró mirando la colosal escultura de Hashirama levantando hacia el cielo el país del fuego, y de repente se sintió como si fuera tan poderosa y estuviera tan encumbrada como él.
Itacho no tardó en darse cuenta de su error y, sonriéndole pesaroso, azuzó a los caballos y dio la vuelta con el coche hasta la parte de atrás del edificio.
El camino a la zona residencial era larguísimo y sólo Sakura se dio cuenta de lo agotada que estaba.
- ¿Cuándo volveré a verte? –le preguntó Itachi en cuanto se detuvo ante la puerta de su dormitorio.
Aunque sólo hacía unas horas la había estrechado en sus brazos y besado en la boca como si estuviera muerto de hambre, ahora, al parecer, se había despojado de esa intensidad y la miraba como si ella fuera algo delicado, como si se fuera a romper; como algo que estuviera fuera de su alcance, algo que tuviera que venerar.
- ¿Cuándo quieres que nos veamos? –le preguntó.
- Ahora. Esta noche. Mañana. Por la mañana. –Le cogió las manos y sus ojos brillaron dulces y luminosos a la tenue luz de gas del corredor-. Siempre, para siempre.
Ella se rió alegre, retiró las manos suavemente y se apartó.
- Esas son palabras muy fuertes, Itachi, y apenas nos conocemos.
- Te conozco desde hace años, Sakura, y nunca he dejado de pensar en ti. Fue el destino el que nos separó y ahora nos ha vuelto a reunir otra vez. Si mi hermano no se hubiera convertido en el nuevo patrocinador del Teatro de la Ópera, yo no habría estado aquí esta noche para oírte cantar y reanudar mi amistad contigo. –Ladeó ligeramente la cabeza, como para mirarla mejor a los ojos-. ¿No te parece que me conoces? ¿No sientes la conexión entre nosotros?
- Sí, siento la conexión, el recuerdo de un precioso verano, de un tiempo feliz de mi vida. Te veo como a un amigo, una persona conocida, con la que me encuentro cómoda.
No alguien que la inquietaba. No, Itachi no era así.
No la sofocaba.
Él sonrió de oreja a oreja.
- ¿Lo ves? Yo siento lo mismo, Sakura. Hablaré con mi hermano…
- ¿Con el conde? –el calorcillo que había empezado a sentir se desvaneció-. ¿Por qué tienes que hablar con él?
La sonrisa de él se ensanchó, radiante, como la de un niño pequeño.
- Porque si deseo cortejarte, debo asegurarme de que él lo apruebe.
- Pero ¡si eres un Uchiha! No te permitirá cortejarme. Nunca. Yo no soy…No puedes.
- Te cortejaré de todos modos, en secreto si es preciso –dijo él, enérgicamente-. Soy el hijo menor, no necesito casarme por el bien de la familia. Ahora se acepta que las actrices se casen bien. Mi hermano lo aprobará. Habló de tu belleza, de tu gracia, y en la cena vi que encontraba muy agradable tu compañía. Si no, no te habría hablado de modo tan informal.
Sakura sintió un escalofrío pasar por la nuca. No cabía duda de que el conde Uchiha la encontraba atractiva. Y su comentario informal se había parecido más al espectáculo de azuzar a los perros contra un oso que a una conversación. De todos modos, Itachi la hacía sentirse cómoda y feliz, y era la personificación de un singular recuerdo maravilloso.
Ahora, ella era la hermosa cantante, deseada y amada por todos. Ya no habría más soledad.
Tal vez algún día entraría en la gran sala del Teatro de la Ópera por la enorme y magnífica escalera principal.
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A la mañana siguiente, madame Yamanaka alcanzó a divisar la capa oscura de Chôji antes de que desapareciera por una esquina del corredor.
- Monsieur Akamichi –llamó-, espere un momento, por favor.
Cuando le dio alcance, vio que sus pequeñas y redondas mejillas estaban rojas como manzanas y que evitaba mirarla a los ojos. Al parecer su atención estaba atrapada por sus generosos pechos, cubiertos decorosamente por su vestido de cuello alto.
Estupendo. Eso le facilitaría muchísimo la tarea. Hizo una larga y estremecida inspiración, con lo que se le zangolotearon tremendamente los pechos.
- ¿Sí, madame Yamanaka? –preguntó él con voz ahogada.
- Tengo algo para usted, señor.
-¿Qué es esto? –preguntó Chôji, mirando la carta con el sello que le había pasado Ino-. ¿Efe cu?
- Efe o. Fantasma de la Ópera.
Esa afirmación valió la primera mirada a su rostro por parte del rollizo hombre.
- ¿Fantasma de la Ópera? Kami-sama, ¿de qué locura me habla? ¿De ese rumor imbécil que condujo a Karin a dejarnos ayer plantados?
- El Fantasma de la Ópera. Me imagino que los señores Asuma y Hatake le informaron acerca de su contrato con él cuando le traspasaron la administración del teatro.
Chôji ya había roto el sello y estaba leyendo la carta.
- ¿Contrato? –exclamó-. ¿Salario? ¿Palco cinco? ¿Qué es esto?
- Es muy sencillo –dijo ella-. El fantasma desea que se le pague su salario mensual, el que se le debe este mes y que asciende a veintitrés mil ryûs. Asuma y Hatake le pagaban dentro de los diez primeros días del mes, como creo que él indica. También insiste en que se le continúe reservando el palco cinco, siempre; usted sabe cuál es: el que está justo al lado del escenario. Anoche se molestó muchísimo cuando intentó entrar en él y lo encontró ocupado. A cambio, el cumplirá su parte del contrato, quitándose de en medio y no estorbando en nada.
- No podemos… ¿veintitrés mil ryûs? ¿El palco cinco? No podemos permitirnos eso.
- No veo por qué no –le dijo Ino amablemente. En realidad, ya estaba impaciente por despojarle de esos pantalones; no era más sustancioso que un osito de peluche. No pudo reprimir una sonrisa al pensarlo. Tal vez…- ¿Quiere que le lleve al palco cinco?
A Sasuke no le importaría, pensó; normalmente no salía de su guarida subterránea en las horas de la mañana. Le pasó el brazo por los hombros, al ser ella más alta que Chôji, y lo condujo al palco. Eso sería algo encantador, tener un hombre con tal fácil acceso a sus sensibles senos. Tal vez tendría que avisarlo de los placeres que le esperaban al llegar a aquel lugar.
No por nada había llegado a tener aquel puesto. Podría haber sido tan grandiosa y exitosa como Hinata, la principal bailarina, pero un accidente hacer ya quince años acabó con su carrera, aunque todavía era capaz de bailar, pero si ella no hacía una cosa a la perfección, no la realizaba.
- Estoy seguro de cuál es el palco cinco, siempre estaba reservado por Asuma y Kakashi. –dijo Chôji, aunque no muy convencido. Seguramente le distraían aquellas grandes prominencias ocultas por la seda oscura. Pero, para su gran fastidio, él pasó a otro tema de inmediato.
- ¿Y qué es eso que dice de la señorita Haruno?
- La señorita Haruno es la protegida del fantasma, y él simplemente sugiere –acentuó suavemente aquella palabra- que se le den los mismos papeles que se le ofrecen a Karin.
- La señorita Haruno, ¿su protegida? –repitió monsieur Akamichi.
- Claro, él le da clases de canto, ya que el fantasma es un genio de la música.
- ¿Clases?
Madame Yamakana estaba comenzando a impacientarse por las repeticiones de sus frases.
- Vamos, monsieur Akamichi –dijo, con un deje de impaciencia-. Olvidemos este tema, y ahora, hablemos de lo que realmente importa.
Ino le hizo entrar en el palco, sumido en una total oscuridad. Este contaba de seis asientos, forrados de terciopelo negro, y no se podían observar a sus ocupantes desde otro lugar que no fuera dentro del mismo palco.
Todo estaba sumido en el silencio y en la penumbra. Eran cerca de las seis de la mañana y aún la gente no se había despertado para comenzar a hacer sus rutinas diarias.
Por lo tanto, estaban absolutamente solos.
- Qué…qué es lo que quiere decir…
Chôji había acabado su frase con tono de interrogación, pero se le cortó la voz cuando Ino cerró la mano en la delantera de su pantalón.
- Esto, monsieur Chôji.
Aaah sí, su pequeño miembro estaba muy interesado en ser el tema verdaderamente importante de la conversación.
- ¡Pero, madame Yamanaka! –exclamó Chôji con al voz cascada, pero no se apartó. No lo hizo…
- Vamos, señor, no crea que no he notado cuánto me admira –musitó, con las manos muy ocupadas en los botones de su pantalón
Ella sí se le había acercado más, tanto, que sus pechos le tocaban las clavículas.
El pene estaba hinchado y duro en su mano, y lo que le faltaba de largura lo compensaba en grosor, y menudo grosor. Se le mojaron los labios, superior e inferior, al pensar en cómo la llenaría y ensancharía.
Y todo en el nombre del deber. Deber para con Sasuke, deber para con sus ratitas, un deber destinado a que todo funcionara sobre ruedas en el teatro. Sonrió. Le encantaba su trabajo.
A Chôji los pantalones le cayeron hasta los tobillos. Ella se arrodilló delante de él, con el deseo de echarle un poco de condimento al asunto, y ponerlo cómodo para que luego él practicara sus juegos con ella. Tuvo que estirar las comisuras de los labios para introducírsela en la boca, y fue un placer chupar aquel miembro que no le atragantaba con su largura, pero que le llenaba la boca entera, vibrante de excitación.
Ya tenia mojada la ropa interior y los pezones duros y puntiagudos como pequeños cañones. Si él se moviera un poco, podría frotárselos con sus rodillas.
Al final se le acabó la paciencia, así que le cogió las manos, que las tenía aleteando tontamente a los costados de su cintura, y se las plantó firmemente en sus pechos. Sólo con el contacto se le endurecieron más aún los pezones; entonces retiró la boca, y se detuvo justo en la punta, succionando con más fuerza al tiempo que le movía las manos de forma que le frotaran los pechos.
No pudo reprimir un gemido al sentir intensificarse la tensión del deseo y el placer. Al parecer Chôji captó la indirecta, porque comenzó a mover las manos. Ella le lamió la parte de debajo de su miembro y lo sintió estremecerse y dar una sacudida de sorpresa. Por kami, ¿es que nunca le habían dado placer así a ese pobre hombre? ¿Qué ocurriría si le enterrara el pulgar en el ano?
Pero dejaría ese experimento para después.
No le costó nada desabrocharse el corpiño que le encerraba esos senos del tamaño de dos melones, y cuando lo abrió y quedaron libres del encierro, el alivio fue casi orgásmico. Pero necesitaba más.
- Ven aquí –le dijo Ino indicándole que se sentara a horcajadas sobre sus muslos, con el pene presionándole el estómago. Al echarse hacia atrás, levantó las manos y le dirigió los pechos, instándole de que los tomara entre sus manos, o su boca.
Chôji, que había perdido toda la timidez, le pellizcó el pezón izquierdo, le levantó y zarandeó el derecho y luego se inclinó a cogerlo con la boca.
Cuando se cerró alrededor de uno de ellos y se lo succionó, Ino pegó un salto y gimió al sentir bajar una corriente de placer hasta su vientre y más abajo. Estuvo a punto de correrse ahí mismo, pero se detuvo.
Él le frotó el pezón izquierdo con el pulgar mientras le chupaba el derecho con sus labios llenos, al mismo ritmo con que ella subía y bajaba la mano por su miembro. Más rápido, más fuerte, él succionaba y ella frotaba, y el pozo de líquido en la entrepierna iba creciendo y creciendo, y el sexo se le hinchaba y vibraba casi dolorosamente. Movió las caderas mientras él pasaba la boca al pecho izquierdo, succionándoselo, y pellizcándole y frotándole el pezón derecho con el pulgar. El placer fue en aumento, y él seguía succionando y ella frotando.
Cuando notó que la verga se le movía y sintió subir por el interior el líquido hacia la punta, aflojó la mano y dejó de frotar. Todavía no, pensó. No, todavía no.
Oyó gemir a Chôji con la boca en su pezón y tuvo la impresión de que el miembro se le puso más duro y más grande, si eso era posible. Pero ya no pensaba en otra cosa que en los tironeos de sus pechos.
Le cogió la cabeza y se la dejó quieta, con la boca en su pezón izquierdo; él succionó y el montículo se endureció aún más, le vibró el clítoris y salio más flujo de la dilatada vagina, y de repente, explotó, estremeciéndose debajo de él.
- Ooh, ooh –gimió él, formando los sonidos alrededor de su aréola y empujando la insistente verga sobre su estómago.
- Sí, sí, mi osito –suspiró ella.
Empujándolo se lo quitó de encima y lo sentó, reclinando el asiento hacia atrás.
Justo cuando se había levantado la falda y encontrado la rajita de sus empapados calzones, se encendieron las luces del escenario.
- ¡Kami-sama! –musitó monsieur Akamichi, sobresaltado.
Intentó levantarse, pero ella ya estaba encima de él a horcajadas y se lo impidió. Reclinado como estaba, el miembro le quedaba en posición vertical, como una bella y dura columna.
- No, querido mío. Nadie nos puede ver. Simplemente no hagas ruido, ¿ves?
Chôji se estremeció, suspiró, con los ojos medio entornados, y entonces los abrió de par en par cuando ella bajó el cuerpo y su verga se introdujo en la vagina como la mano de un carterista en un monedero. Se sintió como si no pudiera abrir lo suficiente las piernas. La agradable y conocida sensación de un miembro duro moviéndose dentro, entrando y saliendo, deslizándose y frotando, le produjo otro orgasmo que la estremeció toda entera. Retuvo el aliento, sorprendida. Qué fantástico que le hubiera ocurrido otra vez, ¡tan pronto!
Tendría que conservar a su osito de peluche.
Él tenía su pequeña boca abierta en una o, y ella se inclinó a besársela, agradecida. Entonces le introdujo la lengua, tal como él le había introducido el pene en su vagina, y se meció sobre sus caderas; sintió sus manos subir hasta cogerle las nalgas y también el constante placer de sus irritados pezones raspándole la chaqueta. Un botón plateado estaba en la posición perfecta para frotárselo con cada rítmico movimiento; se apretó más a él, deseando sentir más de ese placer y dolor.
Continuó moviéndose, subiendo y bajando el cuerpo, mientras él se arqueaba y movía frenético debajo de ella, con los ojos tan redondos como su boca. La excitación y el placer fueron aumentando y ella sintió el cambio de su miembro y comprendió que estaba cerca. Entonces, justo cuando él eyaculó y lanzó el chorro de semen dentro de Ino, alguien gritó.
El grito sonó en el escenario.
