3. La nuit tous les chats sont gris
El callejón estaba desierto y en silencio. La luz de una farola iluminaba la entrada a la calle y el resto quedaba entre sombras. La silueta femenina de una mujer se apoyaba contra la pared con un cigarrillo entre sus dedos, cerca de la cara, cuyo resplandor reflejaba contra las gafas oscuras que escondían sus ojos. De nuevo, volvía a estar casi entero, salvo por la ceniza que se iba amontonando en el extremo del cigarro sin que se molestara en desprenderla. Sus labios permanecían entreabiertos, apenas pintados de un leve color carmesí que resaltaba su exhuberancia, confiriéndoles una sensualidad de la que ella misma no era consciente y que tampoco le importaba mucho. Hacía tiempo que había abandonado la seducción como arma para obtener lo que quería, al igual que otras muchas cosas. Por un momento pareció quedarse obnubilada por el humo que desprendía sin cesar el cigarrillo, evitando pensar en nada, pero el ruido de un coche captó de nuevo su atención. Se incorporó un poco hacia delante para volver a descansar su peso contra la fría pared de ladrillos grises que se alzaba a su espalda. El coche se había detenido a la vuelta del callejón y la puerta de éste se abrió. Unos pasos resonaron contra el pavimento al comenzar a caminar, unos pasos que se hicieron más audibles a medida que se iban acercando. La figura de un hombre apareció en la entrada del callejón recortada por la luz de la farola. De nuevo continuó su trayecto, adentrándose en la estrecha callejuela.
Faye llevó su mano libre a la espalda, metiéndola por detrás entre su cazadora de cuero. La sombra prosiguió avanzando hasta que llegó a su altura. El ruido metálico de un seguro rechinó en la callada noche mientras Faye movía su brazo hacia delante y sacaba de nuevo su mano. El hombre que se encontraba enfrente miró vacilante el movimiento de la mujer, pero no hizo gesto alguno, sólo dirigió su mirada hacia la pequeña bolsa negra que Faye sostenía en la mano. En ese momento, el hombre esbozó una medio sonrisa alargando su brazo hacia la bolsa, pero la mujer volvió apartarla, guardándola en uno de los bolsillos de la cazadora. Faye movió su cabeza hacia él, aunque el hombre no podía estar muy seguro si realmente le estaba mirando o simplemente observaba la puerta oxidada que tenía detrás. Tampoco parecía tener intención de aclararlo puesto que siguió callada sin moverse un milímetro.
- Ya veo, como siempre. Tenía la ilusión de que me recibieras con más efusión.
La voz del hombre no era demasiado grave, más bien juvenil pero sin ningún rin tintín desagradable propio de aquellos y con una forma de hablar un tanto sugerente. Atrayente incluso, si no fuera Faye la única que estaba allí presente para juzgarla. Vestía unos pantalones negros lisos y una gabardina gris oscura sin abrochar, remangada hasta mitad del antebrazo. Debajo de ésta asomaba una camisa blanca que llevaba de forma descuidada con un par de botones abiertos y sin preocuparse en que los cuellos permanecieran en su sitio. Al igual que la imponente mujer que tenía delante, llevaba unas gafas de sol, aunque algo más alargadas y de cristal ligeramente traslúcido. Éste sí que se desprendió de ellas para mirarla directamente a donde debían de estar sus ojos, dedicándola una amplia sonrisa. Faye chasqueó la lengua en señal de desagrado y giró la cabeza hacia un lado.
- Yo también me alegro de verte. – Volvió a romper el silencio por segunda vez y continuó sonriéndola aunque no de modo tan abierto.
Faye siguió sin contestar. El hombre que apenas tendría unos treinta años pasó su mano por el pelo, apartándose el flequillo que le caía a ambos lados de la cara. Aunque nada más abandonar el contacto, aquellos mechones volvieron a su lugar habitual. Llevó su mano al bolsillo de la gabardina sacando de él un paquete de cigarrillos estrujado, casi entero, con la otra cogió uno de los cigarros y se lo llevó a la boca. Estaba medio partido por varios tramos, aunque no estaba roto el papel que lo envolvía. Aquello atrajo la atención de Faye que desde que aquel hombre estaba delante, le había casi ignorado. Le recordó entonces a aquella única persona que había conocido, que con igual gesto solía fumar los cigarrillos sin importarle si estaban doblados o en perfecto estado con tal de llevarse uno a la boca. Sintió una especie de peso que le oprimía el pecho levemente y le dificultaba la respiración. Intentó apartar de ella esa sensación que se esforzaba en eliminar siempre que se le ocurría aparecer sin permiso.
Mientras, el hombre buscaba en ambos bolsillos de la gabardina un mechero con el que poder encenderse el pitillo.
- Bien¿dónde lo habré puesto? – Miró a Faye esperando que ella pudiera dejarle el suyo, pero Faye no hizo intención alguna de ello.
- Está claro que a ti también se te ha perdido – Continuó irónicamente. – No importa, lo encenderé con tu cigarrillo.
Entonces, se acercó al cigarro que Faye sostenía en su mano izquierda, a unos quince centímetros de sus labios. Sin embargo en el momento en que ya estaba muy cerca, la mujer lanzó su cigarrillo al suelo pisándolo con la bota nada más caer. El hombre la miró, no asombrado, si no quizás ya algo acostumbrado.
- Bueno, así dejaré de fumar. Ya sabes lo que dicen, es malo.
- ¿Tienes algo? – Por fin preguntó Faye cortando su monólgo.
- Eso depende de lo que quieras.
El hombre pudo sentir como Faye le miraba a través de las gafas, fijamente y de forma fría.
- No creo que te pueda interesar. – Aclaró.
La mujer se incorporó y sin decir ni una sola palabra comenzó a caminar. Antes de que Faye diera apenas un paso, la voz del hombre la detuvo.
- Está bien, a lo mejor sí puede interesarte.
- Tú, no me hagas perder el tiempo. – Respondió la joven con un cierto tono asqueado, pero sin perder los estribos aunque ya estaba cansada de que diera tantos rodeos para nada.
- Preferiría que me llamases Clive. Es mi nombre.
- No me importa cómo te llamas¿has entendido? – Dio un paso al frente acercándose al que insistía en llamarse Clive.
- Ya que nos vemos a menudo, pensé que podíamos tener más confianza. – La voz del hombre sonó dubitativa. – Yo me he preguntado como te llamas e incluso he intentado inventarme un nombre para referirme a ti, pero no se me ocurre nada que te vaya bien y no sé la razón.
- ¿Sabes por qué?
- ¿Eh?- El hombre se sorprendió por primera vez desde que estaba en el callejón al oírla hablar sin estar obligada a ello.
- Porque la muerte no tiene nombre, sólo puede llamarse muerte.
El silencio se hizo de nuevo. Clive no podía evitar pensar en la mujer con la que se hallaba en estos momentos. Casi nunca hablaba y si lo hacía siempre le sorprendía y le intrigaba todo lo que decía. Sin embargo, todavía de vez en cuando, se le ocurría preguntarla aunque sabía que sus preguntas nunca obtenían respuesta.
- ¿Y bien?
- Ya que no quieres pasar más rato conmigo conversando…- Clive sacó de entre la gabardina dos sobres no demasiado grandes de color anaranjado y se los pasó a Faye, quien inmediatamente alargó la mano.
- Podíamos quedar en sitios más agradables. – Sugirió aquel. – En la zona norte hay varios locales en los que tocan música experimental, aunque ha decir verdad no me gusta ese tipo música…
Mientras Clive hablaba, Faye inspeccionaba el contenido de los sobres sin sacarlo de ellos, asegurándose de que lo que tenían realmente le interesaba.
- El jazz me parece buena música pero no soporto esa música electrónica, aunque también está el blues…
La joven se guardó los sobres debajo de la cazadora y a cambio sacó de ella la bolsa negra que momentos antes había escondido en el bolsillo, ofreciéndosela al tipo. Éste sonrió e hizo lo propio con ella, llevándosela al bolsillo del pantalón.
- ¿Por qué acudes a mí? podías obtener lo mismo por otros canales.
- La ISSP siempre tiene más información.
- Pero esto me hace correr peligros – le recordó.
- Creo que el dinero es suficiente recompensa¿no?
Sintió el tacto de la bolsa en su pantalón al escuchar las palabras de Faye. Ni siquiera se había parado a comprobarlo.
- Sí, tienes razón- Contestó pensativo y en voz queda.
El ruido de una gota de agua atrajo la atención de ambos. Había dejado un círculo húmedo en el suelo, aunque el cielo parecía estar más o menos despejado. La claridad de la noche que había dejado la lluvia anterior parecía que poco a poco se cubría por alguna que otra nube que amenazaba con descargar su contenido.
- Parece que va a volver a llover. Es una lata esta época del año.
- Tengo que irme – Dijo una Faye que de repente parecía algo inquieta.
- ¿Por qué tan rápido? – Se aventuró a decir el joven, aunque sabía que ya nada les retenía allí. - Puedo llevarte en mi coche si quieres.
Faye no contestó.
- Lo digo porque como me da la sensación que no te quieres mojar. No me importa, mañana no estoy de servicio. – Apenas habían vuelto a caer varias gotas más, pero parecía que no tardaría en llover con intensidad.
- No sé cómo puedes ser tan estúpido. – Elevó la voz volviéndose contra él y asiéndole con fuerza de la pechera. Hoy estaba especialmente hablador y solícito y eso la molestaba sobremanera. No le apetecía ni un pelo escuchar su estúpido discurso que no iba a ninguna parte. Le agarró sin consideración y le empujó contra la pared, golpeándole violentamente contra ella.
- Siempre tan delicada. – Le respondió intentando esbozar una sonrisa con el fin de no parecer tan en desventaja frente a ella.
- Déjame.
- ¿Entonces quien te conseguirá lo que necesitas?
- Para mí eres totalmente prescindible. Sabes que no te necesito para nada.
La joven soltó bruscamente al hombre y permaneció en silencio. Éste se pasó la mano por el pelo tratando de recomponerse un poco. Con el agarrón, uno de los botones de la camisa había saltado por lo aires, habiendo quedado ésta abierta hasta la mitad del pecho y dejando al descubierto sus pectorales. Era evidente que el ejercicio había moldeado su cuerpo con delicadeza, pero Faye ni siquiera se molestó en mirar, poco le importaba el aspecto físico de aquel. Sin embargo, sí se percató del ruido de un grupo de personas que pasaba por la calle contigua, haciendo demasiado alboroto. Reían histriónicamente y hablaban a gritos entre ellos, seguramente acababan de abandonar algún bar con unas cuantas copas de más. Este lapso de tiempo en el que ambos permanecieron callados mientras el grupo se alejaba calle abajo, contribuyó a disminuir la tensión. Pareció que Faye se relajaba un poco y Clive se decidió por volver a hablar:
- La gente nunca sabe beber.
La mujer de cabello negro purpúreo giró la cara para mirarle y al instante volvió a apartarla de él.
- La gente sólo sabe engañarse.
Faye comenzó a caminar, su paso firme resonó en la estrechez del callejón aún cuando no llevaba tacones. Clive la observó alejarse y algo más alentado, al segundo se colocó a su lado, caminando casi a la par con ella. Faye no se inmutó y continuó andando hacia la salida.
- Por aquí no hay mucho alboroto, pero en la zona este todo el mundo anda preparando la fiesta de la primavera. – No sabía muy bien por qué volvía a hablar, pero era algo que no podía evitar, aún después de lo que había pasado y de que aquella mujer tan extraña ni siquiera le estaba escuchando. - Aunque este tipo de fiestas siempre traen más trabajo. ¡Es una pena!
– La gente incluso se disfraza y todo. – Continuó – Dicen que es un acontecimiento, una especie de tradición que proviene de la Tierra. Ahora ya mucha gente ni lo celebra, pero me pregunto cómo debía de ser en la Tierra, me refiero antes de los meteoritos…
Mientras aquel hombre hablaba, algo en el interior de Faye comenzaba a estallar y a extenderse por su cuerpo, una especie de furia contenida que la dominaba. No quería ni oír mencionar la Tierra, no quería escuchar nada que estuviera relacionado con su pasado y aquella fiesta le recordaba a su juventud, enterrada hacía millones de años, y también a otras muchas cosas de las que no quería preocuparse. No quería recordar nada, sólo quería permanecer quieta y en silencio sin preguntarse nada, sin pensar en nada, simplemente estar pero no estar.
- ¡Cállate! – Estalló de nuevo. Aquel día, la frialdad que siempre le caracterizaba había dejado salida a la cólera, había recordado demasiado y no le gustaba la sensación, nunca le gustaba. Se volvió hacia él y agarrándole con fiereza le lanzó contra la pared. Sacando la pistola que escondía a su espalda, la apretó contra su sien. – No era nada que mereciera la pena. Nada merecía la pena.
- Te he dicho que para mí eras prescindible¿quieres comprobarlo? – Preguntó la joven presionando aún más el arma contra su piel.
- No hace falta que lo jures, te creo. – Le respondió sin mostrar temor pero con seriedad.
- Pues entonces cállate de una vez. No pretendas que te dé conversación aparte del dinero.
- Está bien, tú mandas.
Casi a la altura de la farola, la luz incidía de pleno en el rostro de la joven, permitiendo distinguir sus ojos a través de los cristales negros de sus gafas. Clive pudo observar como sus ojos color esmeralda le miraban con una asombrosa frialdad y aunque ella también estaba enfadada, estos parecían carentes de aquella emoción, salvo por un cierto halo de tristeza, o eso era lo que él creía. Era algo difícil de explicar y también la sensación de ser observados por ellos, ella que rehuia mirar al mundo.
La joven retiró de pronto el arma y con un rápido movimiento la volvió a ocultar entre sus ropas. Sin perder ni un segundo, reemprendió su camino, sin mirar atrás hacia donde aún permanecía Clive apoyado contra la pared, observando como se alejaba, viendo como retomaba esa forma de andar tan característica de ella. Estaba seguro que si le taparan los ojos, sólo con el sonido podría reconocer que era ella quien se acercaba, nunca parecía perder el ritmo, como si de una composición de música se tratara. Más bien, una especie de marcha siempre con la misma cadencia.
Aquellos mismos pasos, la llevaron de nuevo a su apartamento, donde entró sin molestarse en encender la luz, sólo una pequeña lamparilla al lado de la cama. La habitación adquirió de pronto un tono medio ambarino al verse iluminado a través de la pantalla anaranjada de la lámpara. Un color disonante con la Faye que habitaba en estas cuatro paredes, que podría congelar el infierno con sólo mirarlo. Del exterior, no tardó en percibirse el sonido de las gotas de lluvia al repiquetear contra el pavimento, primero lentamente y después convirtiéndose en una intensa lluvia.
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- Un Petit Interlude
La joven agarró la única silla que había en la habitación y situándola enfrente de la ventana, se sentó a horcajadas sobre ella, con el respaldo hacia delante, de modo que pudiera descansar en el su mano y encima de ella su mejilla. Ya se había desprendido de las gafas y con mirada perdida contempló el cristal y las gotas deslizándose por él y de nuevo de vuelta a empezar.
Las horas pasaron y el ruido de la ducha sustituyó al de la lluvia, que hacía un buen rato que había cesado. La habitación continuaba con la luz encendida y la silla en el mismo lugar, pero ahora la ropa que antes había llevado puesta Faye, descansaba sobre ésta. El contenido de uno de los sobres estaba extendido sobre la cama, unas cuantas hojas y encima de éstas una especie de ficha que tenía pegada una foto de un joven de unos veinticinco años. Parecía el registro de un empleado de alguna compañía, cuyo nombre era Marco Antonius Rómulo César, un nombre peculiar había pensado Faye. Debajo, el resto de hojas contenía información sobre un programa informático y algunas cosas relacionadas. Casi todas con el membrete de DCA Corporation a su izquierda, salvo unas en las que constaban los posibles compradores no oficiales de dicho programa y los lugares por los que solían merodear. Con aquella información, la ISSP podría llegar a atraparlo si se lo propusiese, pero no era un pez muy grande para encargarse de él, mejor dejárselo a los caza recompensas. Para la compañía suponía un inconveniente, pero no era el programa desarrollado sino un atisbo del que seguramente sería el definitivo, así que habían puesto por su cabeza un precio que seguramente atraería la atención de más de alguno y evitaría el filtrado.
La joven salió de la ducha y ajustando alrededor de ella una toalla azul entró en la habitación. Del cuerpo se desprendía un vapor intenso y las gotitas de agua resbalaban aún por él, recorriendo su piel, suave como la piel de un melocotón y de un tono ligeramente dorado. El pelo le caía a ambos lados de la cara, totalmente mojado y dejando un pequeño reguero de agua al caminar. Se dirigió a la cama y apartando todos los papeles que cayeron planeando ligeramente hasta alcanzar el suelo, se tumbó, sintiendo la tibieza de la colcha debajo de ella al contraste con el calor que había invadido momentáneamente su cuerpo. Cerró los ojos y se concentró en sentir cada centímetro de su piel, en ser consciente de todo su ser, profundizando cada vez más su respiración. Sin embargo, no fue capaz de permanecer mucho tiempo así, algo la perturbó y comenzó a sentir un peso, aunque ligero que la oprimía la zona del pecho y del que era consciente con cada inspiración. Apagó la luz y se tumbó de medio lado, intentando evitar esa sensación, tratando de dormirse, pero los minutos trascurrían uno detrás de otro y ella permanecía despierta y también la sensación.
Se levantó por fin, colocándose de pies frente a la ventana, que permanecía siempre con las cortinas descorridas, permitiendo que la tenue luz inundara la habitación apenas entre sombras. El malestar que la atenazaba comenzó a remitir lentamente, pudiendo respirar sin sentir ese agobio, hasta que desapareció del todo. En la calle el silencio reinaba por doquier. Faye fijó entonces, su vista en un charco que reflejaba parte de la fachada del edificio del frente en la tranquilidad de sus aguas.
En la Bebop, la tripulación disfrutaba de un escueto menú compuesto de una sopa de apio y algún que otro trozo de carne que navegaba en la inmensidad del plato. La cara de los comensales era digna de fotografiar, por un lado Ed y Ein devoraban con ansia sus respectivas raciones y por el otro lado, Spike se dedicaba a olisquear con cara de asco el aroma que desprendía, atreviéndose a ir poco a poco comiendo algo debido al hambre que le atenazaba. Jet, que había sido el creador de aquella maravilla culinaria hacía también esfuerzos por acabarse su plato, porque éste no era ni de lejos el mejor de sus guisos, pero no quería reconocerlo ni por asomo conociendo los comentarios que su compañero tan amablemente le dedicaba.
Ed acabó la primera y sin decir media palabra se escapó por el pasillo. A los segundos Ein repetía la misma acción.
- Bueno, creo que es hora de descansar. – Dijo Spike apartando el plato de él. Había conseguido comérsele casi entero y eso que la sopa no le agradaba mucho, más bien poco, sin embargo como casi siempre el hambre les acuciaba con ganas siempre tenía que hacer un esfuerzo. – Mañana hay que trabajar.
- ¿Vas a hacer caso a Ed? – Preguntó sorprendido Jet.
- ¿Por qué no? Siempre resulta más fiable que cualquier otra información.
- Bueno, eso no siempre es así. – Respondió pensativo Jet que siempre dudaba de recompensas que pudieran resultar tan fáciles.
- Pero no perdemos nada por intentarlo y aunque ese tipo no sea una gran recompensa servirá para sacarnos de esta situación.
- Sí, y poder pagar el alquiler del muelle, en vez de estar aquí de estrangis.
- Exacto. – Sonrió Spike. – Esta chica es una gran inversión.
- Entonces, suerte que regresó.
Al decir esto último, la sombra de lo acontecido con la partida de Spike revoloteó por el ambiente. El silencio se hizo y ninguno de los dos volvió hablar. Spike nunca hablaba de ello y Jet no quería mencionarlo si no era él quien lo sacase primero, así que se dedicaban a evitar el asunto o a tener incómodos silencios como aquel. Ed se había largado unos días antes del asunto con los Red Dragon, en el que Spike había entrado en su sede, acabando con varias plantas y con su ex-compañero Vicious. La muchacha había ido en busca de su familia, su padre, por consejo de una Faye que por una vez tuvo esperanza en reencontrar algo de su recién recordado pasado. Sin embargo, al igual que aquella Faye, Ed tampoco encontró el calor de un hogar en el que poder acurrucarse. Su padre, demasiado ocupado por catalogar los meteoritos de los que era presa la Tierra y de renovar continuamente el mapa terrestre, no tenía tiempo para ella. A duras penas se acordaba de no largarse sin su hija, cuando él y su compañero salían a toda velocidad detrás de cualquier nuevo meteorito. En verdad, en cierto modo, se había olvidado de ella, tanto tiempo separados había provocados que cada uno hiciera la vida por separado. Y Ed, que aunque se encontraba acompañada por su fiel compañero Ein, decidió con el tiempo volver al lugar donde había encontrado una especie de hogar, raro, pero un hogar, pero es que ninguno de los integrantes era normal, así que no podía ser de otro modo. Y ahora, que casi estaba completo, en su interior se sentía feliz, si no fuera por la ausencia de uno de sus miembros con el cual se sentía especialmente unida, sin embargo allí parecían que todos la habían olvidado y no dijo nada por temor a que el sueño se rompiera. Pero todavía con la esperanza de un niño, esperaba que un día cruzara la puerta y oír su voz enfadada o sus risas al burlarse de cualquier cosa o el olor de su perfume escapando por la puerta de la ducha. Aunque no sabía que si Faye volviera, ya no sería lo mismo que antes.
- ¡Qué sueño! Ahora sí que me voy. – Dijo Spike mientras se levantaba, apartando el ambiente enrarecido que se respiraba en aquellos momentos en los que los recuerdos volvían.
- ¡Eh! Tú¿no va nadie a recoger esto un poco? – Jet miró indignado a su compañero mientras se alejaba haciendo oídos sordos. – Será posible, siempre igual.
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Bueno, pues ahí va el tercer capitulillo y un pequeño interludio, que no sabía muy bien donde meterlo puesto que me parecía muy corto para ser otro capítulo, así que así se ha quedado.Siento mucho tardar en actualizarlo pero como ya dije estoy en plena vorágine de exámenes,aunqueme parece que por aquí todos los fanfics están también muy estancados. Espero que os sigagustando, especialmente a ti Angel Nemesis que me muestras tanto interés por la historia, no me lo creo, porque siempre pienso que lo que escribo no es bueno, pero si al menos le gusta a una personahabrá merecido la pena. También quiero agradecer a Kamimura y a Heros sus reviews, (Uyuy, que seria mehe puesto, parece que estoy recibiendo un Oscar o un Goya por lo menos).Así que si os gusta hacerme reviews o review me, o como se diga, que yo mepongo más feliz que una lombriz, jeje.
Hablando de la historia, en cuanto a por qué Spike no ha dicho nada a Faye de que está vivo ya se descubrirá más adelante, o eso creo, porque todavía está todo en proceso en mi cabeza. Y respecto a Ed y por qué sabe que Spike se va a encontrar con Faye, ya sabeis que esta chica asusta a vecesy parece tener un sexto o séptimo sentido para adelantarse a los acontecimientos, por ejemplo cuando tienen que buscar información sobre las recompensas, quelo haceantes incluso de que se lo digan, en fin...pues eso.
Saludos...
