11. The Girl In The Other Room

"Cuando uno no puede decidirse entre vivir o morir, entonces más vale morir"

"No todo lo visible corresponde a la realidad"

"Fingiré estar muerto"

Las aguas la acogieron en su seno como ya otras veces habían hecho y la acunaron entre sus invisibles brazos con suavidad, meciéndola entre sus dominios, internándola aún más en sus profundidades, adueñándose de su consciencia y privándola de su cuerpo. De nuevo, todo era azul y aunque no podía abrir los ojos aquel color había atravesado sus párpados y no le hacía falta de sus pupilas para ver. Ella era el azul y el azul era ella. Se habían fundido y todo era tan familiar, desde la sensación de frío hasta la pérdida de voluntad, condenada a habitar un lugar que no elegía pero a la vez tan reconfortante que nunca quisiera abandonar y seguir flotando en la seguridad de un mar que siempre la arroparía y la cuidaría.

"No tenga miedo a morir, hay que morir en cada instante de la vida"

"No quiero ser tu enemigo"

"Cuando un hombre es herido por un animal, el espíritu de éste entra en él para formar uno solo"

En cambio, en el exterior todo era distinto. Su cuerpo se retorcía entre las sábanas que a la vez se arrebujaban entre sus piernas y el sudor la cubría por completo como si alguien le acabara de tirar un cubo de agua. La camiseta que llevaba estaba tan empapada que dejaba ver con claridad el cuerpo de Faye. Sudor escurriendo por su frente, sudor recorriendo su cuello y sudor resbalando por sus piernas.

"¿Tienes a alguien que te espera?"

"Fíjate en mis ojos, uno de ellos es artificial"

"Él no vendrá por ti"

"No te alejes hacia el oeste"

Sus ojos se abrieron de repente, totalmente confundida de donde se hallaba. Lo primero que alcanzó a ver en la penumbra fue la blancura del techo con sus ciento y un mil desconchones. Comprobó entonces que se encontraba de nuevo en su habitación, en la cama tumbada y que todo aquel gélido azul había desaparecido. De nuevo era dueña de su ser, aunque su respiración se empeñaba en demostrar lo contrario, agitada, parecía no querer calmarse. Se mantuvo quieta, buscando que su cuerpo se normalizase, buscando no encontrar ninguna explicación, solo quieta. Sus dedos se relajaron y dejaron libres las sábanas que tenían aferrados entre ellos.

De nuevo, la calma regresó, por fin podía pensar con claridad. Se incorporó hasta quedar sentada. Al contraste con la tibieza del cuarto, su cuerpo empapado en sudor se convulsionó en un pequeño escalofrío, no pudiendo evitar atrapar sus piernas dobladas entre sus brazos buscando una postrera calidez. Sin embargo, no lo consiguió, un reguero de sudor frío, gélido más bien, bajó por su pecho.

Afuera, todo estaba tranquilo, en una extraña y perturbadora paz, tan solo el ruido de un coche rompía el silencio con el roncar ahogado del motor al pasar por la calle. Después, de nuevo casi una perfecta afonía perturbada solamente por los pasos de alguna que otra persona que regresaba a casa o de algún que otro borracho que continuaba la diversión internándose entre las cuatro paredes de cualquier sombrío local.

Y entre todo esa templada monotonía y nocturna rutina, algo del todo inesperado vino a romper la calma alcanzada. Un reguero ardiente comenzó a resbalar por la mejilla de Faye. Ésta, sorprendida, se llevó al instante la mano a la cara y como si realmente estuviera abrasando, sintió que la quemaba entre las yemas de los dedos. Era tan extraño, tan insólito, que apenas lo podía creer.

Se trataba de una lágrima, no cabía duda ni engaño y aún así lo dudaba. No tenía ni siquiera la consciencia de algún sentimiento, de algún hecho que provocara aquello, pero ahí estaba, como algo totalmente involuntario, tan ajeno que no podía dejar de vacilar. No tenía razón de ser que ocurriese, ella se había prohibido tanto tiempo atrás que apenas recordaba, que nunca dejaría que una sola lágrima se escapara, que nunca nada la perturbara como para perder el control.

La irritó, se indignó y sin embargo, también le provocó una extraña curiosidad. Llevada por un peculiar impulso no pudo evitar llevársela a los labios y comprobar el sabor amargo al probarla. Nadie podría decir que no era una gota de agua salada que una ola al romper contra la orilla había salpicado. Lo único que la diferenciaba era la calidez de la primera.

Otra lágrima brotó de su ojo y recorrió su piel hasta pender dubitativa de su mandíbula. Faye no la dejó caer, sino que la recogió en su mano, en la misma palma cuya carne le cruzaba una inapreciable cicatriz que la afilada hoja de la katana había dejado.

Sintió un pequeño escozor y observó como a la escasa luz emitió un reflejo azulado, hipnotizador pero a la vez no le hizo mucho caso. Estaba molesta porque eso ocurriera, porque su cuerpo reaccionara a una especie de impulso invisible, porque los sueños no la dejaran en paz, porque éstos amenazaran incluso con traspasar el mundo onírico y acceder a la realidad. Tenía que acabar ya, debía controlarlo, porque así lo había decidido, porque así era como mejor estaba, siempre fue un engaño pensar que habría otro modo. La carencia de emociones era la salida para una persona como ella, para una persona que no pertenecía a ningún lugar ni a ningún tiempo.

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Se tumbó en la cama, en la habitación oscura con el ruido del aire acondicionado colándose por los huecos de la rejilla del tubo de ventilación. El cigarrillo siempre encendido, el humo elevándose al techo pero sin saber a donde, la mirada perdida mirando un techo invisible o quizás a algo más allá, a un cielo estrellado, extenso, al que la vista no llega abarcar, un cielo de verano enmarcado entre interminables llanuras y montañas de piedra roja escarpada, en el que se siente el viento seco y árido curtiendo la piel con sus arenas bailando al compás y el aullido del lobo al caer la tarde.

Suspiró, en la distancia la melodía de una canción comenzó a sonar. Venía de la habitación de bonsáis y estaba seguro que se trataba de alguno de los discos de Jet, antiguas reliquias de la vida en la Tierra y de una época en el que jazz y el blues lo inundaban todo con sus, a veces movidos y pegadizos ritmos, y otras, con los melancólicos y taciturnos acordes. Estaba acostumbrado a escucharlos, Jet solía poner aquellos discos, le gustaba recordar esa época como si realmente alguna vez hubiera vivido en ella. Y aunque estaba seguro que ninguno de los dos había coexistido en ese tiempo, sus almas pertenecían al pasado, a un pasado que olía a café, humo y sudor, a pólvora recién disparada, a alcohol y a mujeres fatales. Un pasado que, curiosamente, era el presente y también sería el futuro.

The girl in the other room

She knows by now

There's something in all of her fears

Now she wears this threadbare

She sits on the floor

The glass pressed tight to the wall

She hears murmurs low

The paper is peeling

Her eyes staring straight at the ceiling

Maybe they're there

Or maybe it's nothing at all

As she draws lipstick smears on the wall

Volvió a suspirar dejando huir a través de sus finos labios el humo del cigarro. Una a otra fue dando caladas, era un hábito, una costumbre que no sabía dejar o que no quería abandonar, no lo tenía claro. Tenía tantas manías, rutinas o como quisieran llamarse, que a veces se preguntaba porqué lo hacía, si realmente le apetecía o simplemente era la tan manida mala costumbre. No lo podía evitar, pertenecían tanto a él tanto si lo sentía o no, tanto si estaba de acuerdo o no, tanto si quería mostrar su disconformidad o no. Imposible evitarlo, imposible adoptar otra actitud como aquella impasibilidad suya, tanto como si no fuera así, pasase lo que pasase siempre se volvía imperturbable. Los años y las circunstancias le habían endurecido tanto que se resistía a ahondar en cualquier mínima cosa.

Otra calada y otra vez el humo fluyendo. Sabía que inundaría la habitación y sabía que aunque no lo viera estaba allí y que no se iría tan fácilmente. Y aquello le recordaba algo, algo que sentía allí todo el rato, una preocupación, una inquietud que no le abandonaba y que no le dejaría tan fácilmente por más que él se empeñase en darse la vuelta y cerrar los ojos. Y lo peor de todo es que había sido consciente desde el principio, lo sabía, conocía su existencia, la conocía tan bien que había sido la principal razón para ignorarlo.

No quería volver a tener nada que ver con los Red Dragon ni nada que tuviera relación con aquel mundo, un universo marchito que se empeñaba en levantarse a costa de arrastrarse entre la podredumbre y la miseria. Sabía que si se asomaba le atraparía, de hecho el dragón nunca le había dejado ir del todo, siempre con una garra alrededor del cuello, siempre pagando el precio de haber sido su acólito. No quería pensar en tantas cosas y acercarse a la organización significaba todo lo contrario.

Se llevó la mano al costado, encima de la camisa. A través del tejido notó la humedad de la herida tan viva como si hiciera una semana que el frío metal atravesó su carne. Incluso podía sentir la sensación que tuvo cuando la hoja abandonó su piel y la sangre empezó a manar descontrolada escurriendo por la ropa y salpicando a su adversario. Fue extraño, desde ese momento supo que era la marca que Vicious le había dejado, que tendría que llevar de por vida, incluso cuando daba por perdida su existencia. Bueno, la verdad es que nunca vislumbró una posibilidad de sobrevivir, estaba convencido que su destino era perecer entre la destrucción de su pasado. No tenía sentido que el círculo no se cerrase y que él fuera el único que escapara de su karma.

Lo pensó, lo dio vueltas mucho tiempo mientras escuchaba una y otra vez aquel disco que terminaba y volvía a empezar como si Jet hubiera olvidado apagarlo. Y tantas veces lo escuchó, tantas veces meditó y tantas veces se lamentó no haber podido evitar que este día llegase. Y la vio a ella, aquella no era la mujer que una vez había compartido profesión y ganancias con ellos, aquella era fría y calculadora, aquella no era una niña perdida, aquella era una perdición. Cerró los ojos y apartó el último pensamiento, de hecho lo enterró hasta que lo relegó al ostracismo.

Se levantó inquieto, la ceniza amontonada en el cigarro cayó sobre su mano cuando se incorporó. No se había dado cuenta, pero desde hacía un rato del último cigarrillo a penas había llegado a fumar. Maldijo entre dientes, se había quemado y con el sobresalto había dejado caer el pitillo encima de las sábanas. Seguro que mañana encontraría un buen agujero, pero eso lo comprobaría en otro momento.

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The girl in the other room

She powders her face

And stares hard into her reflection

The girl in the other room

She stifles a yawn

Adjusting the strap of her gown

She tosses her tresses

Her lover undresses

Turning the last lamp light down

Se sentó en el suelo, con la única luz que entraba por la ventana como iluminación. En sus manos tomó la bola de cristal de la mesilla. La contempló detenidamente, la perfección del cristal y la imperfección de su interior, con aquella ciudad de edificios derruidos. Curioso paisaje para un souvenir, pero sí la metrópolis que se intentaba plasmar es así poco se puede hacer por mejorar su aspecto ya que perdería toda fidelidad.

La sujetó boca bajo por la base para luego darle la vuelta. La nieve comenzó a caer lentamente sobre la ciudad hasta que el suelo del interior volvió a estar cubierto.

Era un recuerdo, un recuerdo robado de una persona que ni siquiera lo echaría de menos porque allí donde estaba no lo necesitaría. No sabía porqué lo había cogido ni tampoco porqué lo había conservado, simplemente lo dejó sobre la mesilla y allí se quedó.

Se apoyó contra la pared, el papel pintado se caía a trozos por algunas zonas y en otras simplemente había desaparecido. A través del muro podía oír a la pareja del otro lado, hacía un rato que habían regresado, seguramente de algún local de copas y habían vuelto con ganas de seguir la fiesta. Cerró los ojos intentando obviarles, pero no era posible. Entre gemidos, un te quiero entrecortado se escapó de uno de los amantes.

Dejó caer la bola y que ésta rodara por el suelo alejándose un poco. Al mismo tiempo, sintió como la respiración se le tornaba dificultosa, casi como si un peso le oprimiese el pecho y el aire apenas llegara a sus pulmones. Tomó aliento a grandes bocanadas a fin de hacer llegar el oxígeno a su interior, a fin de poder librarse de esa más que molesta sensación que ya había experimentado.

Aquella ansiedad no le era desconocida del todo, de vez en cuando le sorprendía y no le quedaba más remedio que ahuyentarla lo más rápido posible haciendo alarde de su gran dominio de sí misma. Aunque, esta vez, no se fue tan fácil como esperaba. Desde hacía un tiempo, las cosas no iban como debían y aunque había pensado que todo volvería a su lugar, al guión que tenía predefinido, no era así. Lo ocurrido momentos antes al despertarse era prueba de aquello y ahora esta intranquilidad también.

No lo podía permitir, todo tenía que ser como antes, como no hacía tanto, sin embargo las noches llegaban con sus extraños sueños azules plagados de voces familiares, y otras no tanto, para sacarla de su extraordinaria calma. Y luego, tenía que lidiar con aquellos imbéciles inmiscuyéndose en sus asuntos como si tuvieran algún derecho y sobre todo estaba el estúpido de Spike, cuyo comportamiento conseguía alterarla, creyéndose dueño de pedirlas explicaciones con esa actitud que no soportaba.

Aunque ha decir verdad, no merecía la pena pensar en aquello se dijo, realmente no le importaba, realmente no sentía que sus antiguos compañeros fueran alguien por los que tuviera que sentir un aprecio especial, de hecho nadie tenía ese privilegio, salvo quizás, la persona a quien pertenecía la bola de cristal.

Recordó entonces que había escapado de sus manos y se acercó a cogerla. A su cabeza vino la imagen de su dueño, un ser tan delicado como fuerte en su interior. Aún a pesar de saberse traicionado nunca perdió la esperanza. Fue un estúpido, pero aún le recordaba con cariño, era el único de su segundo pasado del que sentía cierta simpatía y del que compadeciera su decisión; volver para pedir explicaciones nunca fue bueno y sentirse atraído por una persona inconfundiblemente misteriosa y peligrosa tampoco.

De repente y como si esperase el momento oportuno, volvió a sentir el fastidioso incordio oprimiéndola el pecho, tan molesto o más que antes, sorprendiéndola y enfadándola a la vez. Esta vez no conseguía librarse de ello, y aunque intentara dejar su mente en blanco y concentrarse en que la sensación desapareciera, no lo conseguía y para colmo tenía que escuchar a los del otro lado diciendo naderías que inundaban su propia habitación.

Lanzó la bola con fuerza, el cristal estalló en mil pedazos y Calisto se hizo añicos extendiéndose por el suelo el agua de su interior.Los edificios quedaron caídos de medio lado y la nieve artificial esparcida por doquier. Lo contempló sin moverse mientras escuchaba como la pareja del apartamento del lado quedaban callados por unos instantes y después se preguntaban extrañados que había sido ese ruido. Les oyó acercarse a la pared y también posar su oreja contra el ladrillo para comprobar si se escuchaba algún otro sonido. Nada, solamente la carcoma devorando la madera del gastado edificio.

Se dejó resbalar por la pared hasta quedar tumbada en el suelo con la vista fija en el techo mientras la pareja apagaba la luz. El sonido del interruptor retumbó en su habitación y sintió como quedaban mudos por fin.

Pasaron los segundos, los minutos y el tiempo dejó de tener sentido. Sus ojos se cerraron y permitió que el dominio de los sueños retornase a ella y la envolvieran. Aunque esta vez no hubo más azul, simplemente la maravillosa y deseada inconsciencia.

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What's that voice we're hearing?

We should be sleeping

Could that be someone who's weeping?

Maybe she's there

Maybe there's nothing to see

Just a trace of what used to be

The girl in the other room

She darkens her lash and blushes

She seems to look familiar

Pasó por la sala de los bonsáis, la luz estaba encendida y en el tocadiscos el mismo vinilo daba vueltas mientras la aguja se movía sobre su superficie. No se asomó para comprobar si Jet se había quedado dormido sobre la mesa o algo por el estilo, lo cierto es que sólo ojeó al pasar la puerta entreabierta y se imaginó que así sería.

Abrió la compuerta y salió a la amplia sala donde estaban aparcadas las naves, su MONO Racer y la MONO Boat de Jet, la Hammerhead, una nave arponera que éste utilizaba para sus desplazamientos en tierra. Se acercó a la Swordfish II y apoyándose en el casco, sacó un cigarrillo del bolsillo. A su alrededor la penumbra lo invadía todo, no se molestó en encender las luces, se bastaba con las numerosas que había, que si bien no iluminaban todo con claridad, sí lo suficiente para no chocar con nada. Incluso podía observar las arrugas de la persiana metálica que daba acceso a la salida, si es que podían llamarse arrugas o a lo mejor pliegues era más acertado, la verdad es que nunca se había detenido en pensar en eso.

Cuando terminó el cigarro lo tiró, pisándolo con el pie nada más caer. Sacó del bolsillo de la chaqueta sus guantes de cuero y se los ajustó en ambas manos. Al sacar la llave de su reactor una voz habló a su espalda:

- ¿Piensas ir a algún lado a estas horas? – Preguntó Jet con los brazos cruzados al pecho.

Spike giró la cabeza para ver como su compañero hacía aparición en el hangar en el preciso momento en el que él se disponía a marchar.

- ¿Es que me espías? – Le respondió con ironía éste.

- ¿Debería?

- No lo creo, no voy a hacer nada interesante – Aclaró el cazarrecompensas mientras jugaba con la llave, dándole vueltas con el dedo – Sólo beber unos tragos para el insomnio.

- ¿Alguna preocupación no te deja dormir?

- ¿Y a ti? Tú tampoco estás dormido - Alegó Spike.

Ambos se observaron en silencio durante unos segundos hasta que Jet comenzó de nuevo a hablar.

- Me preocupa lo que nos dijo Bob – confesó finalmente – No lo sé, pero tengo el presentimiento que todo eso de la nueva droga tiene algo que ver con lo que nos contó. Y además, creo que no va a traer nada bueno.

- ¿Sabes algo sobre el peyote? – Preguntó Spike.

- La verdad es que no tengo ni idea – reveló Jet con cierto pesar – pero me suena que no debiera estar mezclado con bandas mafiosas y narcotraficantes.

- Quizás – Respondió sucinto.

- Y menos si Faye está de por medio.

Spike se irguió sobre sí mismo. El rostro de Jet mostraba cierta inquietud, aunque no sabía muy bien hacia donde conducirla.

- Ella ha elegido – Dijo Spike dejando de jugar con la llave – ¿Por qué te empeñas en obrar de niñera?

Jet levantó la vista hacia él.

- Y tú¿por qué te empeñas en pasar del asunto? – Le contestó – Pensé que habías entrado en razón.

Spike le miró detenidamente durante una milésima de segundo con una intensidad inusual.

- A lo mejor es que no tenía tanta simpatía por ella como me atribuyes, al fin y al cabo, solamente era una pesada.

Jet quedó dubitativo, el tono de la voz de Spike no denotaba ironía ni sarcasmo, sólo una extraordinaria linealidad.

- Pensé que…- vaciló.

- Te equivocas – Le cortó Spike sin desviar la mirada.

- Bueno, ya sé que tú…y…Julia…bueno, ya sabes…pero…

- ¿Qué quieres decirme? Habla claro – Le instó.

- ¡Demonios Spike¡No sé cómo explicarlo! – Exclamó el fornido cazarrecompensas haciendo aspavientos con los brazos. Él no era nada bueno cuando había que hablar de cosas con las que se sentía incómodo o sobre las que no sabía como abordar.

Spike esbozó una sonrisa mientras volvía a jugar con la llave.

- ¿Sabes que te sienta muy mal el papel de padrecito? – Le contestó.

Jet le miró, sobrepasado por las circunstancias.

- ¡Bah! – Desechó Jet suspirando ruidosamente – Déjalo.

Y comenzó a alejarse hacia el interior de la nave..

- ¿Pero quieres venirte o no? – Le preguntó de pronto Spike conociendo de antemano cuál sería la respuesta de su compañero.

- ¿A dónde? - Contestó sorprendido Jet que había olvidado el motivo por el que Spike se encontraba en el hangar.

- ¿No te costaba dormir? – Aclaró el otro – ¿Te vienes a tomar una copa, sí o no?

- Paso – Rechazó contundentemente Jet.

- ¿Entonces por qué nos has martirizado una y otra vez con la misma música? – Se burló divertido el otro.

- Adios, Spike. – Le respondió dándose por vencido mientras se daba la vuelta y le dedicaba un gesto de despedida con la mano.

Spike sonrió de medio lado, pero enseguida la sonrisa desapareció de sus labios. Se acercó hasta el panel que abría la persiana y presionando uno de los botones, la puerta comenzó a abrirse. Se ajustó de nuevo los guantes a las manos y de un salto se sentó en el interior de la Swordfish II. Insertó la llave en el contacto y al girarla toda la nave se puso en funcionamiento. Primero la consola del cuadro de mando se encendió y el motor comenzó a rugir. Después las luces y el ordenador de abordo, y finalmente el reactor comenzó a andar, rodando por la superficie metálica de la pista.

Se ajustó el cinturón en el centro de su pecho y recostándose en el sillón tomó entre sus manos el mando. A la vez que tiraba de él hacia abajo la nave fue elevándose poco a poco hasta abandonar la pista de despegue, cogiendo altura rápidamente.

Desde la Bebop, Jet observó como la nave tomaba altura y se perdía en el firmamento.

Pronto un cielo oscuro le rodeó y los edificios comenzaron a pasar velozmente debajo suyo.

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Aterrizó, el sol se levantaba en el horizonte iluminando tímidamente el paisaje. El cielo fue perdiendo aquel azul intenso para clarear lentamente y aquella paleta monocolor compuesta de grises comenzó a ampliarse para finalmente teñir todo a su alrededor de amarillos y rojos, de rosas y naranjas como un hermoso cuadro de color pastel.

Spike bajó de la nave, apagando antes el cigarro que había estado aparcado entre sus labios la última media hora.

Al pisar tierra firme sintió como ésta le recibía cálidamente, dándole una silente bienvenida a pesar del frescor que aún inundaba el lugar, aunque pronto sería remplazado por el calor seco tan característico de aquellos parajes.

Miró a su alrededor, no muy lejos de donde había dejado la nave divisó la tienda india que tan bien conocía, cuyas pieles que la cubrían estaban pardas y descoloridas, ajadas por el sol y la intemperie. Apenas un hilillo imperceptible de humo salía por el centro, la hoguera no haría mucho que habría expirado y seguramente las brasas aún permanecían encendidas ofreciendo el calor suficiente para pasar las frías noches del desierto. Un lugar yermo e inhóspito que castigaba a sus habitantes con su dureza, pero que también les unía con la madre tierra y con el gran espíritu. Un lugar rudo y cruel, y sin embargo,quien llegaba a acostumbrarse siempre lo llevaba en su interior, con aquellos atardeceres en los que el sol se pone entre las escarpadas colinas, en los que las sombras se alargan indefinidamente hasta perderse completamente en la oscuridad, atardeceres que dan paso a resplandecientes noches, en las que el firmamento se cubre de estrellas y todo alrededor, todo lo que la vista puede abarcar es cielo y tierra, enfrentando al hombre con la velada realidad de la insignificancia de éste comparada con la magnificencia de la naturaleza.

Suspiró y después tomo aire. El aroma de aquella tierra no se olvidaba tan fácilmente ni tampoco la sensación de paz que trasmitía

Levantó la cortina que daba acceso al pequeño tipi, el anciano de su interior no se inmutó, permanecía sentado con la cabeza caída levemente a su izquierda y con los ojos entrecerrados en una especie de duermevela. Tal y como había pensado Spike, los rescoldos de la hoguera aún crepitaban en un vivo anaranjado regalando el interior de un cálido y peculiar resplandor.

Miró a su alrededor, a la espalda de Bull el montón de objetos pertenecientes a la "civilización" que éste atesoraba sin darle mayor importancia que cualquier otro utensilio de uso diario no habían disminuido el espacio que ocupaban en la tienda. A un lado de la hoguera había un cazo de hoja delata en el que reposaban unas hierbas cubiertas de agua, y encima de éste, cruzando su diámetro se apoyaba la pipa que Bull utilizaba para fumar.

Spike estuvo en silencio, escuchando el desperezar del mundo con la vista fija en aquel hombre.

En frente, el viejo indio abrió por fin sus ojos pesadamente, aunque Spike sabía que su sueño no era más profundo que el interior de una caracola. Y quizás, ni siquiera estuviera dormitando, sino en otro lugar, en un sitio en el que su alma podía hablar con libertad con el Gran Espíritu.

- Hola – Le saludó el cazarrecompensas con la mano.

- Spike

- Otra vez aquí

- Sí, otra vez. – Habló con voz ronca, pero a la vez reconfortante – Y volverás cada vez que la incertidumbre surja – Le dedicó una sonrisa protectora, como aquel que ha velado y vela sus sueños.

Spike le devolvió la sonrisa, amplia y limpia, aquel lugar tranquilizaba su alma. En aquel lugar había creído liberarse de todo el odio y rencor del que era preso.

- El pasado siempre vuelve – Confesó Spike apoyando las manos en sus rodillas.

Laughing Bull asintió con la cabeza y entrecerró los ojos por un momento.

- El pasado es el futuro y también está presente en este momento. Al igual que cada punto en el universo infinito es el centro del mismo, cada instante es el centro de nuestras vidas.

Ahora Spike fue quien asintió. El anciano indio alargó la mano hacia la pipa y cogiendo con rapidez un ínfimo rescoldo, lo depositó dentro de la pipa. Pronto, las hierbas comenzaron a prender, haciéndose una nubecilla de humo al aspirar el anciano.

- Lo vivido no puede olvidarse, sólo hay que aprender a coexistir con ello.

Bull le tendió la pipa para que Spike fumara también. Éste la tomó, pero antes de probar, cogió aire.

- Supongo que tendrás hambre, Spike.

- Has acertado, me muero de hambre, pero apuesto que no tendrás nada para variar.

- Por aquí apenas hay caza, pero si no te vale esto, pues...

El indio sacó de entre el desorden de su alrededor un bote de fideos instantáneos con carne.

- Bueno, al fin y al cabo no ha sido mala idea venir – Rió Spike mientras abría el recipiente y comenzaba a devorarlo.

Comieron en silencio mientras Bull le servía en un desvencijado vaso un poco de infusión del cazo en el que habían estado reposando las hierbas.

- Oye Bull – comentó Spike – ¿qué me dirías del peyote?

Laughing le miró con curiosidad.

- ¿Qué quieres saber?

- ¿Qué pasaría si cualquiera pudiera hacer uso de él?

Bull se acomodó en su sitio doblando las rodillas para adoptar su habitual posición.

- Ya sabes que para tomar el cactus sagrado hay que ser iniciado en su doctrina, tiene que existir una perfecta comunión contigo mismo y la naturaleza.

- ¿Y si no fuera así?

- ¿Qué puede deparar el destino? Sólo el Gran Espíritu lo sabe. La conciencia del peyote decidirá si te acepta o no, si eres digno de ser receptor de las visiones que el otro mundo te ofrezca. Tú fuiste aceptado y él te devolvió…

- Me devolvió la vida – Terminó Spike.

- Sí.

Afuera, el sonido de un pájaro revoloteando alrededor de la tienda llegó hasta el interior.

- No todo el mundo está preparado. – Continuó Bull – Nuestros más ocultos temores nos pueden sorprender y asustar apareciéndose en nuestras visiones. Una mente inestable no puede traspasar al otro mundo, no debe hacerlo. El universo, al igual que la luz y la oscuridad, está lleno de espíritus buenos y malos.

- Y todo sin excepción tiene un espíritu¿no es así? – se desvió del tema Spike.

- Sí, todos los seres de este mundo poseen un espíritu, su propia conciencia, que a veces se revuelve, que a veces se divide, que a veces se mezcla con otra bien por confusión o por desesperación, pero eso ya lo sabes.

- Volver a la civilización es lo que tiene, uno se vuelve escéptico de nuevo.

Bull sonrió.

- La civilización – Repitió.

- Aquí existe una calma que especial – Confesó Spike llevado por la paz que le irradiaba el lugar, quizás recuerdo de momentos en los que el pasado había dejado de importar.

- Y sin embargo – replicó Bull – en el desierto, la batalla entre el hombre blanco y la naturaleza siempre fue feroz. Si éste no aprende a vivir en armonía estarán destinados a enfrentarse una y otra vez.

- La cacería siempre fue inevitable – Alegó Spike con alma de contracción.

- Siempre hay que pedir por cualquier vida y no tomar sin miramiento, puede que el más pequeño de los seres sea crucial en su vida.

- Un animal siempre será un animal.

- Siempre buscando la polémica, lo imposible, pájaro que nada, sin embargo recuerda que cuando un hombre es herido por un animal, el espíritu de éste entra en él para formar uno sólo, y no hay nada más difícil que luchar contra uno mismo.

Ambos quedaron en silencio, meditativo, para dedicarse al rato a fumar en la pipa, dejando pasar las horas inhalando el rico y el fragrante aroma de la hierba quemándose e inundando la habitación.

Cuando la tarde comenzaba a caer, Spike se levantó perezoso, estirando todo lo que podía las extremidades, ya que el tiempo pasado sentado en la misma posición habían conseguido anquilosarle todas las articulaciones.

- Da esto a canto rodado – dijo Bull entregándole en una tela envuelta unas cuantas semillas. – Hará buen provecho de ello.

Spike alargó la mano y lo guardó en un bolsillo de la chaqueta.

- Si se entera Jet que le has llamado así…- respondió divertido Spike a punto de marcharse. Sin embargo, antes de que traspasara la cortinilla de tela del tipi, Laughing Bull volvió a hablar:

- Spike, recuerda una cosa. El gato azul es solitario, es extraño, misterioso. – La cara del cazarrecompensas adoptó una expresión de incomprensión – Le encontrarás en los días de luna azul, pero recuerda, tú nunca podrías poseerle, es él quien te permite hacerlo pero solo bajo sus propios términos.

- ¿Qué? – Preguntó Spike aún sin entender del todo.

- ¿Todavía buscas la verdad? – Replicó Bull – La verdad está en los sueños, nunca dejes de soñar, pájaro que nada.

Con esto Bull cerró los ojos y acomodó su cabeza hacia un lado. Spike dejó caer la cortina y se alejó de la tienda camino de su nave.

En el interior, Laughing entreabrió los ojos ligeramente.

- Tu espíritu aún no está en paz – murmuró – el de ninguno lo está. Aún te queda un largo camino, mi amigo.

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Bueno, por fin el capítulo 11. Ya sé que ha pasado mucho tiempo pero espero que sabréis perdonarme, no he tenido tiempo y cuando se deja por mucho tiempo de escribir, luego ponerse a ello cuesta más.

Deseo que este capítulo os guste porque no sabéis lo que me ha costado, no sé las veces que lo he reescrito porque no me acababa de convencer. Ya sé que no ocurre mucho en lo que digamos es la acción, pero me parece interesante las reacciones de los personajes, sus contradicciones y demás, ya sabéis que estos chicos no son para nada simples.

La canción que aparece intercalada entre el capítulo, es The girl in the other room, nombre que da título al capítulo y que pertenece a Diana Krall, sí otra vez, pero me parece una música que le va muy bien a la ambientación y también lo que dice más o menos la letra. Además quería hacer una especie de paralelismo entre Faye y Spike, que bien sin estar en habitaciones contiguas, saltáramos de un cuarto al otro.

Os agradezco de veras todos los reviews que me habéis dejado y sobre todo a "mis niñas" que son fieles seguidoras desde el principio del fic (por cierto, Angel Nemesis, te has cambiado de nombre).

Ah, respondiendo a algún comentario que me habéis dejado: a mí también me gusta mucho Clive y me da mucha penita. De hecho, no me explico como puedo ser tan mala con él, digo, como Faye puede ser tan mala con él. La verdad, no sé si será un personaje-tipo (de hecho, no me gustan las novelas policíacas), la verdad solamente creé un personaje con él que se pudiera ver la nueva personalidad de Faye y de cómo ella no está interesada en reparar si le hace daño o no, o si éste pude desarrollar algún tipo de afecto o no. A ella no le interesa los sentimientos de los demás, ni ni siquiera los propios.

Uy, espero que no parezca que estoy molesta por las críticas, porque no es así, de hecho me ayuda a pensar si estoy cayendo en tópicos, cosa que Faervel me está dando que pensar, jejeje.

Ah, respondiendo a Aizar: ni yo misma sé como va acabar esta historia, así que no sé si será un final feliz o por el contrario, triste, ayayaya :) ó :(

Pues nada más, que espero vuestros reviews con lo que sea. Besos y Abrazos.

Fuerza y Honor

Life is but a dream and wherever you were, you'll always be in my heart.