Aclaración: Hetalia Axis Power y sus maravillosos derivados NO me pertenecen, ya quisiera que sí, pero bueno, es obra del amado y adorado Hidekaz Himaruya -le prende velitas al altar-

Un petit message: Bueno, debo agradecer a las personitas que se pasaron a leer, a las que me dejaron review, y a las que me pidieron una continuación. Muchas Gracias, me esforzaré para seguir la historia, que al parecer dará para unos cuantos capítulos más.


"Quiero compartir la alegría de estar a tu lado sólo contigo."

Un par de semanas habrían pasado desde ese último incidente, él que marcaba el comienzo de su nueva vida juntos, de su felicidad.

-Ese día creía haberte perdido Matthie- los primeros rayos del sol se colaban por entre las cortinas de la habitación, iluminando levemente el rostro del canadiense, su piel suave y su cabello brillante, una visión de lo más hermosa para el francés que a su lado meditaba entre dejarle seguir durmiendo o despertarle para poder ver sus cálidos y dulces ojos.

Los sonidos de la mañana no parecían afectar en nada el sueño del canadiense, al contrario, con cada suspiro que salía de su boca, parecía más perdido entre su mundo de sueños, aún era demasiado temprano para despertar.

-Sigue descansando mon cheri – besando delicadamente los cabellos sobre su frente, el francés se levantó cuidadosamente de la cama, era el momento perfecto para salir.


Era entrada la tarde, el calor se sentía con fuerza dentro de la habitación, las sábanas pegadas a su cuerpo, el cabello incomodándole el rostro "¿qué tan tarde será?" pensaba el canadiense entre sueños, más el ruido del timbre, le hacía salir de su mundo de ensoñación para adentrarse a la realidad, era hora de despertar.

-¿Francis? – con dificultad se levantaba de la cama, las sábanas enrolladas alrededor de su cuerpo y un ligero dolor en las piernas le dificultaban la labor, el timbre por su parte sonaba una y otra vez indicándole que no se trataba de la persona que esperaba - ¿quién será? –su voz sonaba cansada y rasposa, su cuerpo se movía lento al intentar vestirse, no iba a ser un buen día. –Ya voy – caminó a través del recibidor, pudo llegar a la puerta de entrada la que abrió sin problema, ya sabía de quienes se trataba, su discusión se escuchaba desde el pasillo- ho-hola… ¿qué hacen aquí?

Una curiosa mirada celeste azulada como el cielo se metía dentro de la casa mientras que su dueño, al cabo de divisar un par de cosas interesantes dentro de ésta hacía lo mismo, ganándose un regaño del de ojos verdes.

-Arthur no seas tan molesto –miraba con desaprobación al inglés que le había insultado con quien sabe cosas, no era el momento para preocuparse por él. – cómo que ¿qué hacemos aquí? ¡Como si la desaparición de un hermano pudiese pasar desapercibida para un héroe como yo! – Se encontraba abrazándole, abrazaba su adolorido cuerpo, por lo que un ligero sonido de malestar no dudó en presentarse- ¿te sientes mal?

-¡Obviamente se siente mal! ¡Lo estás aplastando! Ven, vamos para que te sientes, no te ves muy bien Matthiew – con cuidado tomó la mano del menor llevándole hacia el sillón, ya era tarde, los tres estaban dentro de la casa, la puerta cerrada por el americano sólo indicaba una cosa, un interrogatorio.

-E-estoy bien, perdón, no quería preocuparlos, fue una decisión rápida y, no creí que les importase si venía aquí –sus palabras eran ciertas, pero le costaba decirlas no por su voz, sino porque le dolía ser tan transparente para los demás.

-Of course we care! Eres mi hermano, obviamente me importa saber qué te pasa, y no iba a pasar desapercibido el hecho de que éstas dos últimas semanas no has hecho ninguna de tus labores, ¡tu casa es un caos Canadá!

-Eso es cierto Matthew, hace dos días pasé por tu casa, tu oso no tenía nada más para comer, nunca creí que ese hombre te pegaría con su mala influencia y te volverías así de descuidado.

-N-no lo trates así, él no es como ustedes creen… - aún dudaba de lo que decía, pero no podía dejar que los demás se dieran cuenta, sería el motivo perfecto para separarles.

-Take it easy, man! No te pongas a la defensiva…

-Me duele decirlo, pero Alfred tiene razón Matthiew, tranquilo, no hemos venido a molestarte, sabemos que eres inteligente, y si le elegiste será por algo. Aunque creamos que es un maldito pervertido, si te hace feliz, por nosotros estará bien. Anda cuéntanos, ¿cómo te ha tratado? – el inglés se adentraba a la cocina, él ya conocía ese lugar, sus manos hábilmente paseaban por los anaqueles de la despensa buscando una tetera y tazas para preparar algo de té.

-É-el es muy bueno, es muy atento conmigo, me cuida todo el día, cocina para mi, se preocupa porque no me falte nada, salimos muy a menudo, es muy detallista – la simple idea de pensar en el otro le hacía sonrojar, recordaba su sonrisa, los ojos azules que le miraban a él, sólo a él, su promesa, la promesa hecha al sol del atardecer que se cumplía.

-Y si es tan atento ¿dónde está? Es casi la hora del té Matthiew – hablaba mientras dejaba las tazas sobre la mesa y el agua se calentaba en la hornilla de la cocina.

-¿¡T-tan tarde ya es! N-no puede ser, a ésta hora, el siempre está aquí, incluso… no desayunamos, tampoco almorzamos juntos ¿d-dónde estará? – su mirada se encontraba perdida en el cuarto, buscaba el reloj, ¿en verdad no le mentían?

La hora que indicaba el aparato era tal como había señalado el otro país, aún así, se negaba a creer que había pasado casi todo el día sólo.

Una lluvia de recuerdos invadía su mente, él solía hacer eso, antes no le sorprendía, pero ahora, ahora era diferente, se suponía que sería diferente. Matthew sabía que las salidas del francés sólo podían indicar una cosa, pero no quería creerlo de ninguna manera, no podía ser verdad. Sus ojos se llenaban de lágrimas, hacía varios días que no lloraba, no quería cambiar eso, quería seguir sonriendo, pero era imposible, la simple idea de pensar que el que amaba se encontraba en brazos de alguien más, no lo concebía, no de nuevo.

-¿Matthie a dónde vas? –Levantado de su asiento, salió caminando hacia la puerta mientras su hermano intentaba detenerle –No salgas, ¿no ves que te estás enfermando?

La voz de Alfred hizo eco en la cocina donde el inglés se encontraba, haciéndole salir de ella.

-¿Qué sucede aquí? – la escena era algo divertida aunque perturbadora a la vez, el canadiense con todas sus fuerzas, rojo probablemente por la fiebre intentando salir de la casa mientras que el otro le sujetaba con firmeza por la cintura, casi siendo arrastrado – ¡Matthew!

-¡No lo va a hacer de nuevo! ¡No me está engañando! ¡Lo voy a traer y se los voy a demostrar! ¡Él me ama, prometió nunca más hacerlo, él me ama, él no es como creen, se los voy a demostrar! – angustiado, preocupado, triste, enrabiado, a punto de alcanzar el pomo de la puerta, listo para salir corriendo mientras que sus palabras alcanzaban a los que le acompañaban, provocando reacciones confusas, uno sintiendo lástima por el pequeño, el otro, enfadado, provocando que le sujetase con más fuerza.

-¡No te dejaré ir! ¡No way! – Su fuerza incrementaba, mientras que la del menor se hacía cada vez menos presente, la fiebre le jugaba en contra – quédate aquí Matthie, si él es como dices, sabrá como hacérnoslo saber, tranquilo – ya no le sujetaba para retenerlo, le abrazaba para confortarlo.

-Los hermanos se cuidan. – Murmuraba para sí el de ojos verdes mientras les recordaba de pequeños, hacía mucho tiempo que no les veía de esa manera, era una visión tan dulce, aunque tan triste. Ver llorar a uno de sus pequeños por culpa de su mejor enemigo o peor amigo como le gustaba mencionarle cuando estaban solos, no se lo podría perdonar, él ya se había involucrado demasiado en su vida, y ahora se atrevía a provocar el llanto en alguien más – Sólo te lastimará… él sólo te lastimará Matthew, no llores por él, vamos, te llevaremos a tu casa.

El ambiente denso, los gimoteos de Matthew, el consuelo silencioso de Alfred, los murmullos de Arthur y el curioso ruido dentro del bolso que los otros llevarán a la casa.

-¿¡Cómo pude olvidarlo! – El mayor de gafas se apresuraba a abrir su bolso – de seguro esto te alegra un poco Matthew, te traje a un amigo – sonreía como si esa fuera a solución, esperanzado de que lo fuese.

-¿Un amigo? – mientras se secaba los ojos, una curiosa bolita de pelos salía de la maleta, acercándosele y tomándole el pantalón- Kumakishi

-Es Kumajirou – la bolita de pelos le hablaba, le jalaba el pantalón. - ¿cómo te llamas? - Por un momento silencio, y luego la tímida risa del canadiense acompañada de unas cuantas lágrimas se hizo presente.

-Soy Canadá, Matthew, ¿no me recuerdas? – la cara confundida del animalito le daba a entender que no, que quizás no le recordaba, o que tal vez si, pero era un recuerdo borroso.

"Sólo quiero que me recuerden, no me olviden"

Los pensamientos del canadiense eran un vaivén de recuerdos y de palabras, gente que nunca supo quién era, personas que le recordaban, su hermano que se preocupó por él, Inglaterra que viajó para verle, su mascota que no le recordaba.

-¿Dónde estamos? Ese sujeto me metió dentro de un bolso, tengo hambre – el animalito parecía molesto, pero ¿quién no lo estaría en su lugar?

-Ven, vamos a la cocina, ¿Qué deseas comer? ¿A ustedes se les ofrece algo? – su mirada calma volvía, definitivamente eso era lo que necesitaba. Un poco de compañía y algo en lo que ocuparse, eso le mantendría alejado de sus preocupaciones.

-N-no, gracias Matthew, estamos bien así, ¿cierto Alfred?

-Habla por ti "cejas", yo hace mucho que no pruebo los deliciosos hotcakes que hace mi hermano – el americano sonreía al inglés dándole a entender sus intenciones.

-S-sì, me encantaría probarlos de nuevo Matthew, ¿podrías? – olvidando el apodo que le había puesto el otro, sólo podía ayudar en el plan que ya estaba marchando.

-Por supuesto que sí, llevo tiempo aquí y no he podido prepararlos. – Conocía las intenciones de su familia, intentaban mantenerle ocupado – A ver Kumatarou, ve a sentarte dentro, no quiero que te ensucies aquí.

-Estoy cansado – el pequeño osezno blanco bostezaba a la vez que su dueño le dedicaba un beso sobre la frente – me despiertas cuando esté listo.


Preparaba todo en la cocina, no era del todo hábil en ella, pero podría manejarlo, la receta relativamente fácil que llevaba preparando desde pequeño no le pondría problemas, y de seguro cuando los otros le comieran lo disfrutarían, otro motivo para poder sonreír – Tal vez Francis no deba ser todo mi mundo – su fina voz no era escuchada por los otros países y lo sabía, eso le dejaba más calmado.

-Arthur, ¿le oíste? No es feliz, debemos sacarle de aquí – los murmullos en la sala no parecían incomodar al pequeño animal que descansaba sobre el sillón, tampoco a su dueño que se movía por la cocina ordenando la mesa a la vez que elaboraba la mezcla y la disponía en la sartén caliente.

-Lo sé, pero no podemos hacer nada a no ser que él lo decida por cuenta propia, forzarlo sería un error – los ojos verdes le observaban desde donde se encontraba, atento a todos los movimientos dentro de la cocina – Matthew debe darse cuenta de que ese hombre no le conviene.

-Tú sabes cómo es él, Francis es un depravado, un pervertido de primer nivel, y está con Matthie, nuestro Matthie. Arthur, no podemos permitir que siga lastimándole, está enfermando, está solo aquí, no podemos permitírselo – Entre murmullos, se notaba la preocupación.

-Sé perfectamente como es Francis, por si se te olvida, yo lo conozco hace mucho más tiempo que tu, pero ya te dije, no hay nada que podamos hacer si él no quiere irse – no había nada que hacer, pero por lo menos podrían darle algo de compañía – quedémonos unos días aquí, podremos verle cuando queramos, no nos lo podría negar, somos su familia – el inglés se veía decidido mientras se levantaba del sillón para ir a acompañarle en la cocina.

-Arthur, ¿está todo bien?

-Sí, sólo quise venir a ver si necesitabas algo de ayuda, ¿precisas algo? – la mano del inglés sujetaba la frente del otro- La fiebre te está bajando, eso es bueno, perdón por hacerte cocinar en tu estado.

-Si no es nada, quizás sólo es un resfrío mal cuidado, no tienes que preocuparte. – Con gentileza apartaba la mano del mayor, se sentía incómodo con el toque de alguien más – Bueno, ya casi están todos listos, ¿podrías abrir la nevera? De seguro debe haber algo de helado ahí.

-¿Helado? –el mayor parecía un poco sorprendido, mientras sacaba un pote que permanecía frío de la nevera.

-Sí, a Alfred le gustan sus hotcakes con helado y miel de maple – podía sonreír, los recuerdos de su infancia junto a su hermano eran muy divertidos.

-Ya veo, aún lo recuerdas, eso es muy dulce…

-No podría permitirme olvidarlo, no quiero olvidar.

Las palabras de Matthew eran sinceras, no quería olvidar, si él olvidaba, nadie recordaría, nadie más lo haría, tenía que conservar todas sus vivencias porque en ellas se encontraba su existencia.

-Entiendo, pero ¿sabes? Aún si tu olvidas, habremos personas que recordaremos todo, y te lo contaremos para que recuerdes - dejando el frío envase a un lado, sus manos acariciaban la sonrojada mejilla del menor.

-Tus manos están frías, – sonreía, aún repasando las palabras de Arthur en su mente y las guardaba como si de un tesoro se tratase- se siente bien.

-Eso es porque aún estás afiebrado mi pequeño. – un cálido beso se posó por sobre sus cabellos – Anda, voy a ir a buscar a tu hermano y a despertar a Kumajirou. Tú sigue con lo tuyo, se ve delicioso.

-S-si, ya está casi listo – rápidamente disponía los platos en la mesa junto con unas cuantas cosas de más – pueden venir a sentarse.

-¡Matthie! No hay duda de porqué eres mi hermano favorito, ¡sin duda conoces mis gustos! – el americano se encontraba frente a la maravillosa visión de una montaña enorme de hotcakes, cubiertos con miel de maple clara como el ámbar y dulce como el azúcar, helado de vainilla y algunas frutas, además de una enorme taza cuyo contenido podía adivinar era café, distinto obviamente al que bebía habitualmente – ¿e-es eso capuccino? – mencionaba emocionado.

-Sí, lo trajimos desde Italia hace una semana ¿por qué? ¿n-no te gusta? Puedo cambiarlo, no es problema…

-No es eso Matthew, ¿que no le ves la cara de felicidad? – Se sonreía para sí el inglés - no está acostumbrado a tomar ni comer cosas tan finas.

-Claro, lo que dice Arthie~ es que, con él visitándome cada semana, créeme que hace mucho no pruebo comida decente.

-A qué te refieres con eso, you bloody moron!

-Me refiero a que cocinas horrible, ¡siempre lo has hecho!

- Why do you eat it then, you fucking idiot?

-Tengo que comerlo, te pones pesado cuando no lo hago, una vez si mal no recuerdo, te pusiste a llorar – su tono de voz burlón hacía hervir la sangre del inglés.

-Ya por favor, dejen ésta discusión para después que no me dejan comer tranquilo – el osezno se encontraba ya sentado a la mesa, mirándoles en desaprobatoria mientras les hacía gestos para que viesen al canadiense.

-Sí, lo lamentamos Matthew, ven sentémonos para probar tu deliciosa comida – le apartaba la silla al canadiense como un verdadero caballero mientras el otro no dejaba de sonrojarse y sonreír, era una actitud divertida la que tomaba el inglés a veces.

-S-si, por favor tu también siéntate, dejé servido tu té, allí hay un poco de leche para acompañarle si lo deseas – amablemente el canadiense enseñaba diferentes acompañamientos además de lo que había estado preparando, tostadas francesas, leche, jugo y frutas, además de algunos pastelillos que Francis habría dejado preparados la noche anterior en la casa.

-Eres muy amable, Alfred, por favor, mantén tus modales y no le incomodes.

El sonido de los cubiertos llenaba la casa de ruido, que no era lo único que se escuchaba, los cumplidos por parte de los visitantes hacían que el canadiense se sonrojara y riera vivazmente, por ello, nadie había notado como el francés había entrado y les observaba desde el pasillo, caminando hacia ellos.

-¿Cierto que es bueno en la cocina? – la voz tranquila del francés rebotaba en el ahora silencioso espacio - ¿sucede algo?

-You, wine bastard! – los ojos verdes del inglés parecían refulgir de rabia al observar la calmada postura del otro.

-Calma Arthur, déjamelo a mí – el americano se levantaba de la silla haciendo notar su gran enfado y las ganas de golpear al francés eran más que obvias.

-E-espera Alfred, no hagas nada….

-Por favor, intento comer, dejen de hacer escándalo – el pequeño animalito miraba de mala manera a los visitantes y al de ojos azules.

-V-vamos a hablar fuera, por favor – rápidamente, el canadiense una vez fuera de su silla le hizo gesto a los demás para que se mantuviesen calmados. Sus manos empujaban al que confundido iba en dirección hacia la calle.

-¿Qué sucede Mathieu? ¿Qué fue todo eso? – se notaba confundido, definitivamente no tenía idea.

-Lo mismo quiero preguntarte Francis, ¿Dónde estuviste?

-Tuve que hacer unas cosas, tu sabes, papeleos y ese tipo de quehaceres – mencionaba mientras se frotaba la nuca esquivándole la mirada.

-¿Por qué mientes?

-¿Por qué crees que te miento?

-Porque te conozco Francis, sé cuando lo haces, y es obvio que ahora me escondes algo, ¿Qué sucede? ¿No puedes contármelo? – Sus ojos brillaban reflejando los faroles de la calle – sabes que no es necesario mentirme, puedes decirme lo que sea… s-sólo… sé honesto…

-Matthieu, mon amour, no llores, – su mano se posaba sobre la mejilla del canadiense donde una lágrima solitaria indicaba que muchas más le seguirían – n-no es que quiera mentirte, e-es que, es verdad, estuve haciendo muchas cosas hoy, p-pero, también salí a hacer otras más, no puedo contarte ahora, no ahora.

-No me dijiste que saldrías Francis. Deja de esconderme cosas, prometiste que las cosas cambiarían… t-tu… ¿de nuevo…? ¿D-de nuevo estás haciendo…?

-¡N-no! No Mathieu, claro que no, no lo volvería a hacer, no necesito a nadie más que a ti, por favor créeme. Ven, debes calmarte – el francés le invitaba a sentarse en la entrada de la casa, no era buena idea hacer un escándalo ahí, lo mejor era tomar su oferta – no es nada malo, te lo prometo.

-¿Entonces, por qué no me cuentas? ¿No confías en mí?

-Claro que lo hago, pero, bueno… – un largo suspiro se escapó de la boca del mayor, no había más que hacerle – está bien, pero que conste que quería que fuese sorpresa, no planeaba hacerlo aquí…

-¿Ha-hacerlo? – un fuerte rubor coloreaba al canadiense del mismo tono que su bandera, conocía de sobra al francés, esas palabras podían indicar sólo una cosa, pero debía asegurarse- ¿q-qué cosa?

-Matthieu, ¿recuerdas esto? – De su bolsillo sacó dentro de una bolsita el improvisado anillo que semanas antes le habría entregado – es nuestra promesa, – sonreía dulcemente mientras no dejaba de escudriñar con su mirada las reacciones de su compañero – pero, no ibas a poder seguir usándole siempre de esa manera, por eso…

-¿Por eso?

-No sabes lo difícil que es buscar una joyería en Paris

-No es difícil – su mirada era obviamente de molestia – aquí están las mejores joyerías Francis.

-Sí, todas son asombrosas, pero ninguna tenía algo lo suficientemente hermoso para que combinase contigo, y bueno, hice lo que pude, me moví por algunos sitios y, esto es lo que conseguí que hicieran, tuve que proponerme a diseñarla, que nadie te conocía como yo para poder comparar una joya común, con la más hermosa de todas.

El sonrojo del canadiense, las cálidas palabras del francés, la brisa de la tarde, todo era perfecto, al menos para la visión del francés que de un momento a otro sacó de su abrigo una pequeña cajita – Ahora espero poder hacerlo bien – dentro de la cajita sacaba una sortija sencilla pero con pequeños detalles decorándolas por fuera y por dentro, pues en el interior de ella se podía leer "tu es mon ange du bonheur" – Perdón por haberte preocupado mon petit cheri, creí que leerías la nota que dejé en la habitación – mencionaba preocupado al notar que el otro respiraba con dificultad – ¿Te sientes bien? – con delicadeza y sin dobles intenciones, pasó sus labios superficialmente sobre los del otro – Estás afiebrado, entremos, no quiero que empeores por estar aquí afuera – y así fue como en movimientos rápidos y galantes, ponía la argolla en la mano del canadiense y le alzaba en brazos para volver a entrar.

Detrás de la puerta, las otras dos naciones intentaban pegarse lo más posible para escuchar toda la conversación, por lo que no se dieron cuenta cuando Francis abría ésta, cayendo ambos de espalda al piso.

-¿Estás bien Matthew? ¿Qué te hizo ese maldito wine bastard?

-Estoy bien – los ojos se le cerraban mientras intentaba mantenerse despierto en brazos de su pareja – no pasa nada…

-Mírame maldito maniático sexual, bien le pongas una mano encima a mi hermano ¡te las verás conmigo! – mencionaba el americano intentando aparentar un mayor porte frente al otro.

- Si supieras mon petit Alfred~

-¡Francis! – el pequeño si bien se encontraba afiebrado, los colores de su piel eran más propios de la vergüenza que de otra cosa – deja de molestar a Alfred, bájame por favor.

-Pero mon petit amour, no puedo dejar que camines estando tan débil, mucho menos ahora que debo mantenerte a salvo para nuestro matrimonio…

-M-Matrimonio – ambos, el inglés y el americano se encontraban al borde de un colapso nervioso, la noticia como balde de agua fría no hacía más que preocuparles.

-¿C-compromiso? ¿¡Cuándo! – el inglés sin duda se veía más alterado que el mayor de los hermanos.

-Hace un par de semanas se lo propuse y mon petit Mathieu aceptó – la mirada del francés era una que expresaba emoción, alegría y algo de maldad, sabía que haciendo todo eso molestaría mucho más a aquellos dos que estaban de sobra en su casa.

- ¡Matthie! ¿Cómo pudiste? ¿¡Cómo me puedes hacer eso! ¡Sabes que si te casas con esa cosa no podré ir a visitarte cada vez que quiera! – El de gafas sin duda se encontraba preocupado.

-Alfred no seas tan egoísta, si es lo que Matthew quiere, de seguro estará bien, después de todo, él sacó lo inteligente – mencionaba burlesco Arthur.

-Claro, y yo saqué lo guapo y por eso me quieres – golpe bajo para el inglés que se encontraba sonrojado como una niña mientras que el menor se apegaba a su brazo.

-Bueno, creo que es momento de ir a descansar, ya que por culpa de éstos dos no podré llevarte a cenar como había planeado, será para otro día.

-¿A-a cenar? ¿Íbamos a salir?

-Pues sí, tenía planeada toda la velada, ahí te iba a entregar eso, pero ya que cierto par de idiotas se metieron en la casa, te levantaron y te dejaron cocinando sabiendo que estabas enfermo, bueno, no queda de otra más que aplazarlo para otro día, si tú quieres.

-Oui. Merci de prendre soin de moi, je regrette de ne pas avoir confiance en toi. Je t'aime – las cálidas y rápidas palabras enunciadas por el canadiense no fueron entendidas por su hermano mayor, aunque Arthur más que no entenderle, se negaba a entender.

- Eh bien, le repos et l'amour toute la nuit – una sonrisa pícara provenía de los labios del ferviente amante mientras que el canadiense algo alterado sólo asentía.

-Demasiada información para mí. – El inglés tomaba su bolso – Alfred es hora de irnos, debemos de buscar un lugar donde quedarnos – por su parte el americano leía con detenimiento un diccionario traductor, para luego mirar ofendido al francés.

-Yo digo que es muy tarde para que nos vayamos – mencionaba con el semblante serio – no creo que a Matthie le importe si por hoy nos quedamos aquí, ¿verdad hermanito?

-Y-yo no tengo problema, pero la casa es de Francis Alfred, ¿mon amour, avez-vous des problèmes pour rester ce soir?

-Pero Matthieu… – una mirada por parte del canadiense bastó para que el otro se calmara – está bien, pueden quedarse, pero por favor, intenten no molestar a Matthieu, sólo hay una habitación de huéspedes con una cama – les miraba divertido.

-¿C-cómo que una sola? La última vez que vine, había por lo menos cuatro de ellas Francis, ¡Me niego a compartir habitación con él!

-Hey! Yo debería estar molesto, tú eres el que habla en la noche con sus amigos imaginarios, no me dejas dormir.

La paciencia se iba para el francés, pero no podía negarles la estancia una vez que ya les había aceptado por intercesión de su novio.

-¿Quieren quedarse o no? Si, antes había otras habitaciones, pero resulta que las he usado para otros propósitos, no creí que fuese necesaria más de una, hay muchos hoteles en Paris por si la idea no les agrada.

-Está bien, está bien, nos quedamos, pero al menos dame una manta de más, ¿sí? - Alfred sabía que si se negaba, no podría pasar la noche cerca de la nueva pareja vigilándoles como era su objetivo – Tú dormirás en la cama cejas, déjame el piso a mí porque soy un héroe.

-Sí, sí, lo que digas Alfred, ayúdame a subir las cosas mejor – el inglés ya se encontraba subiendo las escaleras, escoltando al americano hacia lo que sería su habitación.

-Sigues siendo un mentiroso – el canadiense reía en brazos de su novio.

-¿Eh? ¿Y yo por qué? ¿Por qué me acusas de esa manera mon petit cheri~? – intentaba hacerse el inocente, pero aparentemente, no le resultaba.

-Hay tres habitaciones libres y lo sabes – reía despacio para que los que se encontraban arriba no le oyesen.

-Bueno si, pero, ¿No crees que es divertido molestarlos un poco? Si nos quieren arruinar la noche, nosotros nos adelantaremos y se la arruinaremos primero – sonreía con malicia, gesto que fue completamente divertido a los ojos del otro.

-Ya, a la mañana podrás seguir molestándoles, vamos a dormir, estoy cansado.

-Claro, vamos a descansar mon amour, por cierto, ¿me perdonas por lo de hoy?

-Por lo de hoy y por lo de toda la vida.

-Eso suena como a que es una tortura tener que aguantarme…

-Lo es – el canadiense no pudo evitar reírse- pero es más tortuoso vivir sin tenerte cerca, me asusté mucho cuando no estabas, me dio mucho miedo…

-Lo siento, a la próxima lo pensaré mejor antes de desaparecer – con un beso en la frente de su prometido fue que ambos se encaminaron hacia el cuarto donde la noche les aguardaba.

En la casa el silencio estaba lejos de reinar, los gritos de las visitas y las dulces palabras provenientes del cuarto principal la hacían de todo menos una noche tranquila. – ¿Y yo? – Y claro, Kumajirou que fue abandonado en la cocina, luego de comerse todo lo que encontró en la mesa.


Ahora, la sección donde la autora se pone de rodillas a modo de reverencia, "los review son amor, y alimentan la creatividad de la autora, ¡en serio! ¡Merci beaucoup tout le monde! ¡Hasta la próxima actualización!