Los personajes de Katekyo Hitman Reborn! No me pertenecen.


Me molesta saber y comprobar que todos creen que soy débil, que soy el eslabón frágil del grupo.

Mientras preparo mi almuerzo a base solo de vegetales y frutas veo de reojo a Tsunayoshi y Reborn.

Ambos me miran.

―¿Qué? ―pregunto al fin cansada, no rehuyó su mirada ya que sé no serviría de nada.

―¿Con Hibari? ―se burla Reborn sonriendo. Antes me hubiera reído de buena gana por esa sonrisa infantil de Reborn, pero antes no sabía que era un asesino, que era y sería siempre el sujeto que llevaría a Tsuna a los peligros de la mafia. Y me arrastro a mí a un destino que no quería pero sin embargo abrace de buena fe.

Dejo el plato lleno de comida en la mesa de mi cocina de mi pequeño departamento y voy a su lado, me siento en el sofá blanco de la pequeña sala.

―¿Por qué no él? ―pregunto con deje de cansancio, Tsunayoshi frunce los labios unos milímetros y luego niega. Después de despedirnos no volvimos a ser como antes, ahora somos más desconocidos que amigos o amantes como antes.

―Haru… ―titubea ligeramente antes de alzar su mirada clara y curvar los labios. ―yo en verdad no necesito otro guardián. ―termina con suavidad.

Antes me hubiera dolido, hubiera pedido y sollozado que me dejara estar a su lado, pero ahora no. Me levantó con suavidad de mi sofá y voy a la puerta de la salida, la abro y sin mirarlo suelto:

―Vete de mi casa.

Sawada asiente, Reborn da un salto del sofá y se posa en el hombro de su pupilo. Tsuna roza su hombro como el mío, antes de salir murmuro:―No lo hago por ti, lo hago porque quiero que una persona en especial me reconozca, tú para él eres especial, entonces también lo serás para mí.

Tsuna gira el rostro sorprendido, luego muerde con ansiedad su labio. Reborn a su lado suelta una sonrisita petulante, yo encojo los hombros.

―El mundo gira, pero no todo es alrededor tuyo Tsuna-san.

Él asiente con perturbación.

―¿Gokudera-kun?

―¿Quién más si no?

Cierro la puerta con lentitud, me apoyo en ella y cierro los ojos.

No lo hago por él. ¿Verdad?

Gokudera esta sentado a tres sillas más delante de mí, tiene los ojos serios mientras su mandíbula esta apretada con fuerza, casi puedo oír el rechinar de sus dientes, niego y me hundo más en mi silla. A mi lado esta Chrome sosteniendo aquel enorme tridente maléfico de Mukuro a mi izquierda Ryohei como la última vez en la reunión.

Creo que Sasagawa Ryohei me odia, o tal vez me detesta, siempre es primero en oponerse en mi cruzada de unirme a la familia Vongola, no grita, no dice palabras hirientes pero siempre pregunta: ¿Estáis seguros que sabrá protegerse, proteger a Tsuna?

Todos dudan pero no se oponen abiertamente, más sé que lo hacen mentalmente.

¿En serio estoy capacitada para dar mi vida por Tsunayoshi Sawada? ¿Lo daré cuando sea el momento? ¿O huiré como un cobarde en medio de alguna misión?

Siempre que me pongo a pensar en eso pienso que lo haré, que daré mi vida por él, pero nunca se sabe, los sentimientos, los actos no todos son como queremos, en el último momento todo puede cambiar. Puedo decir sí ahora mismo, pero tal vez mientras este con Tsuna en misión y las cosas se tuerzan sienta odio hacia él por dejarme abandonada y lo deje a él sin protección, tal vez hasta lo traicione.

Prefiero morir a manos de los enemigos que traicionar a Vongola, pero nunca se sabe…

Chrome está cada día más pálida de lo normal, ha adelgazado de forma alarmante, parece más un esqueleto que un ser humano. Sus ropas están holgadas, caen por su cuerpo delgado como muñeca y tiene los labios siempre en una línea tensa, esperando. Pero… ¿Qué espera Chrome?

Levantó la cabeza al escuchar la voz de Tsunayoshi, aparto un mechón de pelo oscuro que obstruye mi vista.

La reunión da comienzo.

―Hola… ―como siempre Tsuna titubea, unos sonríen ligeramente al ver que su amigo no cambio ese hábito de nerviosismo. ―hace poco se registró movimientos alrededor de la mansión Vongola. ―calla brevemente, se lleva una mano a su alborotado pelo y suspira. ―Chicos, os lo ruego, si os topáis con alguien que busca pelea con Vongola no peléis.

―¿Es una orden esa Sawada Tsunayoshi? ―pregunto Hibari desde el fondo, casi en la oscuridad, pero aún así se ven sus ojos grises brillar.

―¡Por supuesto que lo es! ―grita Gokudera inclinándose más en la gran mesa, tiene los puños apretados dejando ver sus nudillos blancos por la presión.

Todos parecen alborotados, Yamamoto esta ausente en su silla, la barbilla reclinada en sus manos, los ojos entrecerrados en un punto fijo, Chrome Dokuro. Ryohei está frunciendo el ceño, no grita pero se contiene, su nariz se frunce y se estira como si fuera capaz de soltar humo.

―¡Callaos panda de inútiles! ―grita por lo bajo Reborn, todos callan. Miran al Arcobaleno fijamente y este golpea con la culata de la pistola a Tsunayoshi. ―Y tú Dame-Tsuna no seas tan llorica, tus guardianes son fuertes, si quieren pelear hacedlo pero no seáis imbéciles pensando que será fácil. Usad vuestra cabeza.

Todos asienten, sonriendo ligeramente. A veces pienso a todos le atraen la lucha, las ganas de hacer valer más su orgullo, de hacer ver a los demás que son más fuerte, son como esos pavos que muestran su plumaje, pavoneándose.

Rodó los ojos y alzo la mano, llamando la atención de Reborn.

―¿Y yo?

―Dudo que vayan a por ti estúpida mujer, no eres guardián del Décimo. ―gruñe Hayato.

―Pero es aliada. ―apunta Reborn con otra sonrisita. Él asiente y se encoge los hombros.

―Pero es imposible que peleen con ella Reborn-san, si ese es el caso tal vez la estúpida mujer debería no salir de la mansión Vongola…

―¡Ey! ―me ofendo, golpeo con mi mano la mesa y reto con la mirada al guardián de la Tormenta. ―No me subestimes guardián de la Tormenta, que tu tengas un anillo no garantiza siempre la victoria, sin embargo yo también tengo un arma. ―murmuro inclinando mi cuerpo hacia adelante. Los chicos asienten sin importancia. ―Sé pelear, me lo enseño Bianchi y Reborn, no os creáis fuertes por vuestros estúpidos anillos.

―Ma, ma Haru. ―calma Yamamoto sonriéndome. Yo gruño y me vuelvo a sentar en la silla.

―No quiero que me tratéis como una damisela en apuros. Bianchi, Lal y yo sabemos defendernos, no os creáis superiores a nosotras solo porque somos mujeres.

―¡Haru! ―amonesta ahora molesto Gokudera, casi nunca me llama por el nombre, pero cuando lo hace es porque está claramente molesto. Miro a su dirección esperando algo más. ―Cállate. Sabemos que tú y las demás son fuertes, pero no tanto, también debéis saber que no sois más fuertes que nosotros, que nuestro Décimo. No estamos luchando contra nosotros mismos, lo estamos contra un enemigo que todavía no se muestra, y ahora estas tú diciendo algo de mujeres y hombres, ¡Puff! Décimo no es de los hombres que subestima a las mujeres, nosotros tampoco.

Me calló y asiento. Siento las mejillas rojas. Gokudera tiene razón, mi actuación es de lo más estúpida.

―Ma, ma, Gokudera, Haru, calmaos, las cosas están algo inusuales a nuestro alrededor pero sabremos solucionarlo, no os molestéis mutuamente…

―¡Cállate idiota del beisbol! ―grita Gokudera. ―Esto es algo que Haru tiene que saber, no estamos contra ella, pero tampoco a favor. Es aliada de la familia, Décimo la acepto pero también tiene que saber su lugar, Décimo es más fuerte que ella y es quien toma las decisiones, y si dice que no va una misión es que no va. ¿Lo oyes?

Gokudera esta alterado, mueve las manos con frenesí y yo siento que llorare. Es algo que no quiero hacer, pero mis ojos piden liberación. Me levanto abruptamente de la silla y asiento.

―Vale, si queréis a una aliada que haga lo que vosotros pedís de acuerdo, desde ahora mi presencia es inútil aquí ya tomasteis las decisión.

Giro un poco y sonrió.

―Solo quería ser parte de la familia como lo son Bianchi, Lal y… Kyoko-chan―murmuro, Tsuna abre los ojos sorprendido, igual que Ryohei. ―No pienso molestaros más.

Avanzo a paso rápido y abro la puerta. Salgo de reunión sintiéndome una completa inútil.

No tiene nada que ver que sea mujer, tampoco el que Tsuna sea un hombre, o el hecho de soy ahora mismo demasiado débil. Me están protegiendo pero eso hace que me sienta inútil y forzada a seguir en mi sitio sin moverme.

Ahora mismo quisiera estar en esa reunión, ayudando, diciendo que pueden confiar conmigo, pero tal vez ahora ya no podré.

Aprieto los labios y alzo la mano para pedir a un taxi. Me subo al coche y desaparezco.

Pulso el botón del ascensor y este me lleva al piso de mi departamento. Con la mano temblorosa busco en mi bolso pequeño la llave, cuando le encuentro y siento en mis manos la figura de Goku en mi mano lo aprieto. Abro la puerta de mi departamento y voy directamente a mi habitación, rebusco en mi armario mi ropa, mientras que con los ojos busco mi mochila, la encuentro al final, escondida entre abrigos y camisetas, lo saco y lo tiro en mi cama. Con mi mano derecha empiezo sacando ropas intimas de un cajón y con la izquierda abro otro.

Cuando veo con mis propios ojos el revoltijo que hice suspiro y me caigo por mi propio peso, escondo mi cara entre mis manos y me pongo a pensar.

¿Qué es lo que tengo que hacer ahora? Hice ese comentario estúpido cuando en realidad no tenia nada que ver, me descubrí como la más débil.

Encojo mis hombros temblorosos y me levanto, empiezo empacando la ropa sin ordenar, cierro el cierre de la mochila y lo dejo en la cama. Con pasos apresurados voy hasta la mesilla de noche de lado de mi cama y abro el cajón pequeño. Se ve claramente mi pasaporte, lo saco y lo escondo entre mis bolsillos de mi pantalón de tela negra.

Desaparecer como si fuese un ladrón no me gusta, la última vez que lo hice fue huyendo de Japón, dejando a mi padre y madre en medio de la noche, después llame y dije que no buscaran, sé que se preocuparon y llamaron a la policía, ya que Tsunayohi tenía gente alrededor de mi familia, no desistieron hasta que volví a llamar y dejar claro que no quería volver a saber de ellos, los herí pero era lo mejor, en esa época fue lo mejor, aunque me dolió y herí a mi querida familia.

No desaparezco por lo que dijo Gokudera, huyo porque ahora sé que no soy de ayuda. Necesito encontrar a alguien que me entrene y esa persona está en Japón.

Irie Shoichi.

Le muestro mi pasaporte a la señorita, ella lo coge y alza una ceja fina.

―¿Matsuda Ayu? ―pregunta entrecerrando la mirada, yo asiento.

―Sí.

Ella parece dudar, aunque creo que es más por el echo que lleve el nombre de una famosa, me siento algo nerviosa y suspiro entre dientes cuando la mujer me entrega el pasaporte falso.

Agradezco con una reverencia pequeña y voy en busca de mi equipaje, es una mochila pequeña con apenas ropas, solo lo que necesitare en estos días.

Me siento renovada, es decir, estoy después de tantos años en Japón, el aire es distinto, las personas son distintas, el idioma es distinto pero…

Estoy en casa.

Sonrió y arrastro mis pies por las calles largas y llena de gente.

Conseguir que alguien deje de verme como un bicho raro creo que es imposible ahora mismo, seguramente por el pasaporte falso, cuando regrese a Italia le diré a Giannini que me de otro pasaporte, documentos y tarjetas.

Sonrió forzosamente al hombre que me escudriña con su mirada negra, luego suspira y sonríe.

―Bievenida Matsuda Ayu.

Parpadeo y asiento. Cojo mis documentos y los guardo en el bolsillo de mi pantalón.

Entro en la habitación que rente, es un hotel de cinco estrellas, mejor dicho la suite.

Es espaciosa, tiene un salón grande y una araña que brilla en el techo, las ventanas son blancas y las cortinas ligeramente doradas, la cama es de matrimonio y tiene un escritorio de madera antigua al fondo, el teléfono a lado de la cama.

Suspiro, es costoso, hasta diría que es un gasto enorme pero es necesario.

Alzo el teléfono tirando de paso mi mochila en la cama.

Marco el número de Irie Shoichi.

―¿Hola?

Alguien pregunta detrás del auricular.

―Buenos días, ¿Esta Irie Shoichi?

Se escucha un ligero forcejeo detrás del aparato, parece una lucha con algunos jadeos.

―¡Dame el teléfono Spanner!

Sonrió, Spanner esta también en Japón, eso sí es suerte. Entre los dos podrán ayudarme.

―¡Irie-san! ―grito con alegría en la voz, enrosco mi dedo entre el cable del teléfono y suspiro. ―Soy Haru Miura. ¡Estoy de vuelta!

El forcejo cesa y reina el silencio.

―¿Haru-san? ―pregunta Irie con voz ronca. No se como esta ahora mismo, pero su voz suena más serena y menos chillona que años atrás. ―¿Qué haces en Japón? ¿Tsunayoshi-kun esta bien?

Todos saben mi situación referente a Japón, nadie se atreve a nombrar el nombre del país donde nací. Es un tema tabú para mí, saben que abandone todo para estar a Italia, así que si alguien me preguntará donde nací seguramente diría Italia, con la familia Vongola.

Me estremezco y luego cierro los ojos. Abandone todo por él, pero estoy de vuelta.

―Tsuna-san está bien.

Un suspiro sale de los labios de Irie, luego suelta una carcajada.

―Irie-san… quería preguntar… ¿Podemos vernos en persona?

―¿Por qué?

―Por favor.

Veo de reojo la ventana, suspiro y cojo valor.

―Necesito hablar contigo, también con Spanner-san. ―pongo un mechón de mi pelo tras mi oreja y digo con voz seria. ―Está conversación no tiene que saberla Tsuna, ni sus guardianes, nadie.

De nuevo el incómodo silencio. Me doy cuenta de que estoy pidiendo demasiado a Irie Shoichi, es decir, él jamás engañaría a Tsuna, estoy segura que le he puesto en una situación incómoda. Dudo brevemente antes de negar. Fue algo tonto. Irie jamás me ayudaría si eso significa no decir nada a Tsuna…

―Lo entiendo. A las cuatro en mi casa estará bien. ―dice con voz seria y luego cuelga.

Alzó mis cejas, sorprendida e intimidada.

Fue sorpresivo que él no preguntara la razón de mi huida de Italia.

Con otro suspiro cansado me levanto de la cama y cuelgo el teléfono. Son las tres y cuarto, es decir, tengo tiempo para vestirme y comer algo antes de ir a la nueva casa de Irie.

Asiento a mis pensamientos y voy directo a la ducha, quitándome la ropa.

Me habían dicho que la casa de Irie era grande, con un pequeño jardín descuidado en la entrada, con la correspondencia a rebosar en el buzón, pero ahora que lo veo solo siento que es una casa de soltero.

No es tan grande como me lo había descrito Tsuna, tampoco es una pocilga de pobretón, es digno y peculiar para él.

Toco con mis nudillos la puerta y está se abre en un segundo. Con la respiración acelerada Irie me mira.

―Entra por favor. ―murmura suavemente, asiento y me quito suavemente las botas negras que llevo, camino por el pasillo largo y ligeramente oscuro, de reojo veo como Shoichi me sigue con la vista puesta en mi figura, fijamente, preguntándose la razón.

Entro en el salón de su casa, pequeña pero limpia, Spanner está en el rincón mirando fijamente la televisión mientras chupa su paleta de corazón. Yo sonrió.

―¡Spanner-san!

El rubio deja de lado la atención a la televisión y me mira, sus ojos se estrechan milímetros antes de sonreír perezosamente.

―Haru-san…

Siento inquietud en mi pecho, algo me dice que ellos esperaban mi presencia.

―Siéntate por favor. ―susurra Irie poniendo el dedo índice en las gafas gruesas para subirlas. Asiento suspirando y me pongo de cuclillas en el suelo y luego me siento sobre mis piernas.

Esto se me hace familiar, un día pedí a mi padre permiso para salir y él me ordeno que lo pidiera como era debido, ahí media arrodillada y la cabeza gacha.

Sí, es igual que la petición que pedí hace años a mi padre. Sin embargo él no está ahora mirándome con esos ojos profundos, solo son Spanner e Irie.

―No hemos dicho nada a Tsunayoshi-kun. ―explica Irie cerrando los ojos antes de volver clavarlos en los míos. ―Quisiera una explicación Haru-san.

Mi cuerpo tiembla por su voz suave y autoritaria. Relamo los labios y asiento.

―Salí de Italia… ―confieso con voz inaudible, ellos asienten. ―para que vosotros me ayudéis a mi formación de aliada con Tsuna-san. Quiero ser una guardiana más para él.

―Tsunayoshi-kun ya tiene sus guardianes Haru-san― suspira Irie contra un mechón rebelde de su pelo rojo. ―Tiene a aliados como la familia de Enma Kozato, ¿Qué te hace pensar que tú serás mejor que ellos Haru-san?

Tabú. No soy mejores que sus guardianes, es imposible que sea como Enma o sus guardianes, o como Tsuna y los suyos. No creo estar al nivel de ellos pero lo intentare con todas mis fuerzas, para estar en una lucha con ellos, para ser su respaldo, para que confíen en mí con su corazón.

―Te agradezco Irie-san que no dijeras…

―No te confundas Haru-san, no le dije a Tsunayoshi-kun porque no fue necesario, él ya lo intuyo.

Abro los ojos sorprendida antes de soltar una carcajada amarga. Él siempre sabría más que yo, siempre estaría más alerta.

―Tsuna-san es todo un gran personaje. ―susurro estrechando los ojos. Spanner levanta una ceja y asiente después. ―Como ya lo sabe no creo que sea necesario deciros para que estoy aquí. Quiero que me ayudéis en mi entrenamiento.

Irie y Spanner sonríen y se miran con complicidad.

―Spanner tiene un nuevo Moska. ―anuncia Irie palmeando la espalda de su amigo, luego suspira y se ajusta las gafas. Esa faceta suya me hace pensar en la bipolaridad. ―No destruyáis mi casa, me costo demasiado. ―gruño por la bajo, yo asentí y me levante del suelo sintiendo las piernas adormecidas. Tiemblo y me apoyo un poco en la mesa pequeña del salón.

―¿Tengo que esperar algo más?

―Sí, mi Moska es invencible. ―se regodea sonriendo como un niño con un juguete nuevo.

Sé que los robots que hace Spanner son asombrosos pero si Tsuna pudo con ellos yo también.

―Ya lo veremos. ―digo sonriendo, el ingeniero asiente dispuesto a no dejarse derrotar.

Mi respiración es pesada y entrecortada, estoy segura que estoy sudando y ruborizada por el esfuerzo, Spanner me mira fijamente y eleva los labios en una sonrisa.

Intente derrotar a su nuevo Moska pero no puede hacerle el menor rasguños, es duro, y tiene unos reflejos que combatirían con los de Yamamoto.

Pongo la palma de mi mano derecha en el suelo para no caerme hacia atrás por el impacto del golpe de Moska, entrecierro los ojos y busco un punto débil, pero creo que es imposible si Spanner lo hizo recientemente debió de aprender de sus antiguos errores haciéndolo casi invencible.

Jadeo con pesadez y me desplomo en el suelo, de rodillas y apenas respirando suplico con la mirada al rubio.

―Si moska no te ataca realmente es como si no entrenaras. ―apunta con una perezosa sonrisa.

Yo gruño.

¡Lo sé! Pero eso no deja de ser difícil intentar acabar con el robot.

Me levanto a duras penas del suelo y respiro con dificultad, a mi lado están las armas que me dieron Irie y Spanner. Pistolas, bombas, una katana y muchas variedades más. No sé cual utilizar, lo único que me enseño a usar Reborn y Bianchi fue una pistola y veneno.

El veneno dudo que le haga algo, y una bala en su impenetrable carcasa sería imposible. Suspiro agitadamente y veo de reojo algunas dinamitas y una granada.

Sonrió brevemente antes de coger la dinamita y granada.

Irie Shoichi está muy enfadado, sus ojos achicados y la nariz frunciéndose a cada momento, mientras que con su dedo aprieta firmemente su gafa, Spanner suspira y se recarga en su pierna derecha, yo me siento delicadamente en la silla de la cocina.

―¡Casi hicisteis volar mi casa! ―gruñe apretándose los labios con los dientes. Yo sonrió tímidamente. No era lo que tenía en mente pero sí, casi hago volar por los aires la casa de Irie. Me di cuenta que mezclar la pólvora de la dinamita con la granada es un serio peligro.

Inclino la cabeza a modo de disculpa.

―Lo siento Irie-san.

El pelirrojo asiente ceñudo, cruza los brazos y apunta con su mirada afuera.

―La próxima vez que hagáis algo estúpido como mezclar granadas y dinamitas con misiles. ―frunce más el ceño mirando fijamente a su compañero. ―Os largáis.

―Hm~ ―suspira Spanner.

Asentimos los dos, más por ayudarlo a que se calme, aunque en realidad dudo que pueda cumplir yo con lo que dijo. Me sería imposible intentar derrotar a Moska con las manos desnudas.

Adecir verdad creo que ni siquiera podré con armas. Tal vez debería pedir algo más de armas, ayuda o cualquier cosa a Spanner, seguramente me ayudaría. Le pediré ayuda, lo necesito, necesito vencer a Moska e ir de nuevo a Italia.

Me esperan muchos, Tsuna y Gokudera, los demás guardianes.

Resoplo contra mi flequillo y miro al rubio.

―¿Algún punto débil?

―¿Crees que te lo diré?

―¡Claro que no! Pero seguramente me dirás si tiene uno ¿No?

Spanner ríe suavemente, parece algo infantil pero me gusta su forma de reír. Es como si restara importancia a este asunto mayor.

Pone un dedo en su barbilla y luego niega.

―Solo puedes vencerlo haciéndote más fuerte.

Suspiro con resignación.

¿Más fuerte que el nuevo mejorado Moska?

La casa de Irie no es grande como pensé antes, pero sí su sala de entrenamiento subterráneo. Ahí esta su laboratorio, sus máquinas. Diría que ese es el corazón de la casa de Irie Shoichi.

Busco en el ordenador portátil que compre antes de volver a la suite, busco en google puntos débiles de robots, y solo me encuentro con circuitos y más cosas de ingeniería que no tengo la menor idea. Pero algo llama de atención.

Agua. Los robots son hechos a base de circuitos, cables y seguramente tiene una fuente de energía para funcionar.

¿El agua es el punto débil de Moska?

Sonrió y asiento.

Soy verdaderamente estúpida. Cuando llegue a casa de Irie y dije rápidamente que quería luchar con Moska Spanner asintió, pero cuando pedí agua él me vio con una burlona sonrisa.

Descubrí segundos después de echar agua a Moska que ese no era su punto débil.

Spanner soltó una carcajada de suficiencia.

―¿Agua? ―pregunto aun sonriendo. Asentí ruborizada. ―Mis Moska no es tan débil Haru.

¡Lo sé! En verdad lo sé, pero me molesta no poder con Moska cuando en verdad Yamamoto puede con él solo con su katana.

Me siento en la cama mirando al vacío. Tengo la tentación de llamar a mis padres. ¿Tendrían el mismo número de teléfono?

Cuando siento un cosquilleo en mis manos decido llamar, antes de alzar el teléfono este suena.

Lo cojo más por acto reflejo y pregunto.

―¿Si?

El silencio me recibe, frunzo las cejas.

...Mujer estúpida. ―murmura él. Sonrió con alegría.

―Gokudera-kun…

Décimo murió.

Mi mundo se derrumba con esas palabras. Dejo de pensar, dejo de actuar, dejo de respirar, dejo caer lágrimas y dejo caer el auricular del teléfono.

Ahora, a las siete y trece minutos, hora japonesa, con el cielo cayéndose ante mis ojos, veo que este momento quedará grabado para siempre.

Siete y trece minutos, mi mundo acaba.