Ojos.
El teléfono suena. Una mano levanta el auricular.
"Bueno. ¿Quién habla?"
"Buenas tardes, ¿habla Jozéf Liebermann?"
"¿Quién lo busca?"
"¿Es Liebermann?"
"Sí, él habla. ¿Quién habla?"
"Buenas tardes señor Liebermann, habla Jack Roman del Departamento de Estudios Paranormales del Vaticano."
"Hace mucho que no hablan."
"Sí, bueno... le hablamos para decirle que nuestros sensores han captado algo en la ciudad a la que ha sido asignado alrededor de las 10:13 de su zona horaria."
"Sí, lo he sentido. Algo fuerte."
"Sí, sólo le hablamos para advertirle que esto tiene un grado-"
"Les dije..."
"¿Disculpe?"
"Ah, nada, decías del grado de peligrosidad de el fenómeno."
"Sí, sí, eh... ¡Ah, sí! Nuestros especialistas han calculado, según la muestra que nos mandaron nuestros sensores de allí, este fenómeno paranormal puede clasificarse entre demonio o dios antiguo, del tipo durmiente..."
"..."
"¿Señor?"
"Disculpa, fui por unos cigarros. Parece que me tocó un pez gordo."
"Sí, señor..."
"Les dije, le escribí al Santo Padre Juan Pablo II, Dios lo tenga en su Gloria, en mi informe que había algo gordo aquí, simplemente los lectores no captan algo tan silencioso. No es sorpresa que este lugar y el mundo de los muertos estén tan conectados."
"Sí, señor, yo-"
"Es como un pez que es tan pequeño como para escaparse de una red de pesca. Un pez precioso. Sería un error decir que no existe sólo porque nuestra red no la capturó."
"..."
"Disculpa, disculpa, otra vez yo hablando una sarta de tonterías. A mi edad sucede mucho."
"No son tonterías, señor, para nada. Es más yo... yo me considero admirador suyo."
"¿En serio? Hace años que no escucho a alguien decir eso."
"Sí señor, he escuchado muchas historias de usted. Nueva York, Praga, Nueva Delhi..."
"Recuerdo cada una de ellas. Mira, ahora mismo tengo que irme, pero, después de cuarenta años parece que al fin voy a poder hacer un progreso. ¿Qué te parece si después de que termine todo esto, tú y yo nos sentamos a charlar? Digo, en cuanto llegue al Vaticano."
"¡En serio!"
"Sí, en serio. Me tengo que ir, no voy a dejar que este monstruo, lo que sea que sea, se me escape de las manos después de cuarenta años."
"Muy bien señor. Ha sido un honor."
"De nada. Dios los guarde...Y chico, mándenle un mensaje al cardenal Rodríguez y díganle que el viejo lobo le dice que 'te dije'."
Cuelga el teléfono. Jozéf Liebermann toma su chaqueta y sale por la puerta.
Esto se está volviendo cada vez más estúpido. No tengo idea de por qué acepte seguirle el juego a estos "Hermanos Calaverita". Creo que fue el impacto causado cuando los vi la primera vez. Yo los creía más sensatos pero esto ya se está tornando ridículo.
¿"Objetos mágicos"? Estas son patrañas. Sí, sí lo sé. Esta ciudad repleta de villanos que regresan de la muerte, "demonios aztecas", qué se yo. Sé que ha de haber una explicación detrás de todo esto, pero ¿"objetos mágicos para un ritual"? Estas ya son chingaderas como el tarot o Walter Mercado. Más les vale a esos cabrones ser tan buenos como parecen. Digo, para que descubrieran que yo era la Cuervo toma mucha habilidad.
Como sea, fui obligada a poner pie en la catedral de Santa María la Milagrosa, después de dos generaciones de mis antepasados que juraron no volver a poner un pie dentro de una iglesia, yo, Zoe Aves, entro, no sólo para romper esa vieja promesa, sino para robar algo de allí.
"Sabrás qué es en cuanto la veas."
Precisas instrucciones de esos cabrones. Como sea, me doy a mi tarea de buscar aquel objeto precioso que me dijeron. Abajo del altar, detrás de cada rincón. Nada. Esto es estúpido. Ni siquiera ha de existir. Puse mi vista de nuevo en el altar. Fue cuando me di cuenta.
"La Cruz."
Me acerqué. La figura de Jesucristo en la cruz. Quizá atrás de este lugar. No sé por qué, pero al final de todo tenía sentido. No sabría explicarlo. Sus ojos me observaban.
"Zoe, tú no crees en estas cosas."
Pero no podía evitar sentir nervios. Aquella figura me miraba mientras la quitaba cuidadosamente de su sitio y parecía que miraba dentro de mi alma.
"Zoe, tú no crees en estas cosas."
Lo sé, pero no podía evitar sentirme extraña. Esos ojos viéndome. ¿Juzgándome? No. No me juzgaban, sino...
Tiré la cruz a un lado y, efectivamente, había un profundo hueco recubierto de oro y dentro de él una pequeño cofre de madera. Sellado. Usando mi laser lo abrí y lo que apareció fue un pequeño pedazo de papel.
"¿Un pedazo de papel? ¿Qué clase de broma estúpida es esta?"
Pero en cuanto lo abrí, por alguna extraña razón, tenía sentido. Esto era lo que ellos buscaban. Este papelito con inscripciones, dibujos, estrellas y un gran ojo en medio, todo en rojo era lo que los Calaveritas buscaban. Ya no tenía razón de pasar un segundo más en este lugar. Me ponía de nervios. Con razón mi madre y mi abuela no pisaban este lugar.
Los ojos veían dentro de mi alma. No me juzgaban. No me sentía digna de observar aquellos ojos que miraban desde aquél rincón mientras me apresuraba a partir.
He hecho muchas cosas malas.
Una silueta observaba desde las sombras.
"Estúpido, he llegado muy tarde..."
