Rojo.
El rostro de Arturo, el menor de los hermanos Calaverita, miraba desde el sillón al otro lado de la sala. De manera relajada, tomaba una pistola negra con su mano derecha, mientras su izquierda descansaba en el sillón.
"Cierra la puerta detrás de ti, querida."
Zoe Aves cerró la puerta después de entrar con llave. Arturo seguía viéndola con sus penetrantes ojos blancos. Su rostro le recordaba a un perro calvo. O un mono. A cosas horribles.
"Siéntate." Apuntó con su pistola al sillón a su derecha.
"Traigo prisa, sólo vengo a dejarle el objeto a Miguel, tu hermano."
"Siéntate."
"En serio, tengo que irme. Mi mamá y mi abuela van a descubrir que estoy fuera de casa y-"
Los ojos blancos la miraban.
"Siéntate."
Obedeció. Se sentó y puso la cajita negra, que contenía el papel que la había robado de la catedral, a su lado. Arturo se quedó en silencio, observando la pared al otro lado de la sala, aún sujetando su pistola. Zoe se sentía muy valiente fuera de esta casa, pero en cuanto veía los ojos de Arturo, recordaba por qué había aceptado ayudar. En parte, quería su venganza, pero lo más importante es que tenía miedo.
El silencio duró varios minutos.
"Mira, Arturo, en serio me tengo que-"
"¿No crees que este mundo es algo chistoso?"
Sus ojos blancos se colocaron en ella. Escalofríos.
"A Dios le gusta jugarnos bromas. Tiene un sentido del humor muy extraño."
"¿A qué te refieres?"
Arturo sonrió. Escalofríos.
"Tú, por ejemplo, parece broma, pero el destino de tu abuela y de tu madre se ha repetido en ti. Tu corazón roto por uno de los machotes de la familia Rivera. Ni siquiera es maldición. Me habría percatado de eso. Simplemente lo repites. No esas obligada a hacerlo. Simplemente lo repites."
Ella se levantó pero él le apuntó con su pistola a la frente. Era tan cierto. Todos los días pensaba lo mismo. Quizá esto no se tenía que repetir.
"¿Idiota, por qué te quitas el casco? Toda tu armadura es a prueba de balas y expones quizá la parte más importante de tu cuerpo. No te dejes llevar por la ira, eso ha arruinado a mucha gente. Ahora, siéntate, y déjame continuar."
Se sentó. Arturo bajó la pistola y relajó su mano.
"No eres la única. Yo, por ejemplo, hace muchos años, estaba sentado en este mismo sillón, en este mismo punto, sujetando una pistola muy parecida a esta. No recuerdo muy bien lo que pasó, pero fue algo horrible. Recuerdo sirenas. Rojo. Sangre. Mucha sangre. Un bang, y todo negro."
Escalofríos.
"Muy chistoso la verdad."
Zoe se levantó de un salto y tomó la caja.
"E-en serio traigo prisa. Con permiso."
Una sonrisa la despidió del cuarto. Otra más la saludó en la habitación contigua.
"Dios mío, Miguel, me espantas."
El chico se sentaba desde el otro lado de la sala. Por obvias razones, Miguel no la espantaba tanto como Arturo.
"Déjame adivinar, Arturo te dio la bienvenida."
"Sí. Te juro que ese tipo me quiere volver loca."
"No te apures, Arturo es así. Le gusta leer historias de terror... Pero pasemos a cosas más importantes, por tu sexy traje imagino que no andabas de paseo."
"Efectivamente, Miguel, te traigo algo desde la catedral."
Zoe tiró la cajita al escritorio que se encontraba en medio de la sala.
"Muchas gracias, Cuervito."
"No fue para nada difícil. No veo por qué ustedes mismos no pudieron ir a buscarlo."
"Tenemos nuestras razones. Luego te explicaré todo."
Miguel tomó la caja.
"Mira, Miguel, me gustaría quedarme a charlar pero tengo que llegar a mi casa antes de que amanezca. Luego seguiré buscando las cosas que me pides."
"No te apures, chiquita. Tenemos todo el tiempo del mundo. Nos vemos luego."
"Sí, y si me permites salir por tu ventana, la verdad no quiero volver a toparme con Arturo, al menos por hoy. Con permiso."
"Es propio."
Zoe saltó desde la ventana y emprendió el vuelo. En el escritorio la mano de Miguel temblaba y de su boca salía mucha saliva, una lengua temblaba.
"Esa chica me vuelve loco."
Lo único que veía era rojo.
La verdad, esta ciudad parece una caricatura. Después de recuperarme un mes y tres días después de llegar aquí y varios días leyendo las noticias, esa fue la impresión que me dio. Y cómo. En ciudades parecidas, las noticias estaban invadidas por asesinatos, violaciones, locuras, etc.
Pero no aquí. Esta ciudad es el lugar más limpio del planeta. Parece irónico siendo esta la ciudad con más villanos per cápita en todo el mundo, pero eso sólo sirve para incrementar la sensación de ridiculez de este lugar. Un vistazo a los periódicos parece como si estuviese leyendo mi primer comic de Superman cuando todavía era un niño. Muy inocente. La mafia de este lugar, en vez de utilizar sangrientas advertencias y venganzas como las otras mafias del planeta, utiliza caricaturescos ataques de bigote. No estoy bromeando, la Mafia Mostacho sólo amarra y golpea a sus enemigos utilizando su bigote.
Por eso no es sorpresa que la policía se llevara la sorpresa de su vida al ver que la catedral de su ciudad había sido asaltada. ¿Qué clase de loco haría algo así, en esta, Ciudad Milagro, la más limpia de todas? ¿Qué clase de loco profanaría la casa del Señor, arrancaría la cruz de su lugar sólo para robar? Era impensable, algo fuera de este mundo. Quizá en otra ciudad pero no aquí.
Me acerqué al sombrerudo hombre que inmediatamente identifiqué como el jefe de la policía. Fuera de su extraño y caricaturesco uniforme, este hombre emanaba liderazgo y poder desde su rudo aspecto.
"Buenos días, supongo que usted es el jefe de policía."
"Así es, Emiliano Suarez, para servirle."
"Soy Jozéf Liebermann, del Vaticano." El hombre se sorprendió al ver mis papeles.
"¡¿Del Vaticano?", repitió, "¿pus qué había allá adentro pa' que mandaran a alguien desde allá?"
"La verdad, no tengo ni la menor idea, sólo sé que tenían algo guardado allí, pero no es exactamente a lo que vengo... Si pudiésemos continuar la conversación en otro lugar más privado..."
"Seguro, seguro."
Nos introdujimos en su patrulla y nos pusimos en marcha hacia la jefatura de policía.
"Usted tiene el nombre como aquél senador, Joseph..."
"Le aseguro, no hay conexión. Yo soy cien por ciento polaco."
"Y dígame, qué lo trae por estos lugares."
"Esto es algo clasificado, pero la verdad no tengo tiempo para andar con mamadas y usted parece de suficiente rango. Nada más no se vaya a reír."
"¿Por qué me habría de reír?"
"Es algo extraño. Bueno, como le dije, soy S.J. Jozéf Liebermann, sacerdote parte del Departamento de Estudios Paranormales del Vaticano."
"Estudios Para-"
"Paranormales. Déjeme continuar."
"Perdón."
"Como le decía. Nuestro equipo está bajo la impresión de que esta ciudad está influenciada por fuerzas paranormales, ya sabe, con eso de que villanos regresan desde la muerte a cada rato..."
"Sartana de los muertos... Viene por Sartana de los Muertos, ya veo."
"Para nada, ella es sólo un pequeño fantasma molesto y nada más."
"¿Pequeño fantasma molesto? Pero pus ella es la villana más poderosa-"
"Yo personalmente me la acabo en 10 minutos, pero la verdad no me gusta interferir tanto. Aparte, los héroes parece que se divierten acabándola una y otra vez."
"Pus..."
"Como le decía, me mandaron hace cuarenta años para investigar-"
"¿Lleva cuarenta años aquí?"
"A eso iba. Me mandaron hace cuarenta años para investigar la profunda conexión entre su ciudad y el mundo de los muertos pero algo más grande captó mi atención. No sabría que decirle, pero había algo grande y dormido, y no iba a arriesgar que un día algo malo fuera a pasar. Pasé cuarenta años aquí y ayer en la mañana, los sensores del Vaticano, al igual que yo, presintieron que algo acababa de ocurrir. Algo grande."
"Wow, eso sí es..."
"Muy loco, ya sé que es difícil de creer pero..."
"No, no, no, la verdad sí le creo, cada cosa que ve por estos lugares, cualquier cosa es posible."
"Supongo."
"Y dígame, Jozéf, qué tan grande es esta cosa que dice que hay aquí."
"Pues, no es para espantarlo, pero clasificaron esto entre un Demonio o un dios antiguo. Nada específico. Y durmiente, de los peores que hay."
"Wow, en serio que esta no es mi semana."
"Y se va a poner muy feo. Pero mejor dejemos esto para la jefatura, platíqueme, ¿por qué es esta una mala semana? A lo mejor soltarlo lo calmará y lo tendrá más alerta para lo que viene."
El tráfico iba lento, muchos policías en su situación hubiesen preferido utilizar las sirenas para abrir paso, pero él no. Honesto. Perfecto.
"Pues, esto es algo privado pero, m'ijita, Frida, acaba de conseguir novio. Y ahora resulta que hay diablos sueltos por aquí..."
"Eso se supone que es malo por..."
"El chamaco es un patán. Un malvivido. Un vago de lo peor. Manuel Rivera, capaz y usted ha escuchado de él."
Claro que sí. Cómo no. Yo sé quien es cada héroe de esta ciudad. Cada uno de ellos, desde el principiante Burrito Albino hasta el glorioso desbarajuste que es White Pantera, obviamente pasando por su hijo, El Tigre.
"No creo, no me suena."
"¿El Tigre?"
"Ah, ¿el chamaquito superhéroe? Pero, ¿por qué habría de ser un patán?"
"Está en sus venas, su abuelo era villano y este chamaco no es exactamente lo que se diría un santito. Es medio cabrón el escuincle y aparte una mala influencia para m'ijita," dijo apretando los dientes, "Y ese cabroncito es su novio. No se ha de limpiar bien la cola el muy hijito de la chingada y ya ha de querer andar de calenturiento. Tiene cara de ser de esos que embarazan a sus novias muy chamaquitas, sabe, y la verda' nome gusta la idea de que mi chamaquita ande con chamaco ahorita a los quince, ella no-"
"No, sabe qué, creo que esto le va a hacer más mal," decidí cambiar el tema de conversación. Temí por su presión arterial, parecía que iba a explotar. "Mejor le platico unas aventuras y usted unas suyas, ¿qué le parece? Mientras llegamos. Y a mí me encanta oír historias."
"Pus..."
Todo el recorrido fuimos platicando cosas. Y no sin motivo. Emiliano Suarez, siendo jefe de policía, ha de haber visto cosas que yo no. Poco a poco iba armando este rompecabezas, y ya sospechaba como iba a acabar.
