Azotea
"Mire, Sartana, hoy yo y mis hermanos dejamos de trabajar para usted, ¿comprende?"
Sus huesudas manos golpearon la mesa. Una luz roja emanaba de sus ojos. Se había encabronado en serio.
"¿Ustedes, irse? Están bromeando, ¿verdad? Ustedes me pertenecen."
"No le pertenecemos a usted ni a nadie, señorita."
La mire a los ojos.
Llegamos hace mucho a este lado, no me acuerdo muy bien, pero por azares del destino, acabamos como parte de los Bandidos Calavera de Sartana de los Muertos. Una banda de rufianes esqueléticos que la acompañaba en sus ataques al mundo de los vivos. Poco a poco comenzamos a sobresalir entre los demás. Éramos los más jóvenes del grupo y quizá los más rudos. Pero había algo más.
Algo crecía dentro de nosotros. Lo noté mucho tiempo una noche después de verme al espejo. Mi rostro estaba cambiando, iba creciendo. Unas cosas que podía identificar como músculos comenzaban a salir cerca del hueso temporal derecho. Músculos negros. Y un temblor interno. Estaba como... como...
"¡Miren, escuincles! ¡Mientras estén muertos, de aquí no se van a ir nunca!"
Tomé el paquete de cigarros y llevé uno a mi boca.
Comencé a fumar poco después de que algo que asemejaba pulmones había crecido dentro de mi cuerpo. Charlaba con mis hermanos y descubrimos que era exactamente lo mismo con ellos. Los latidos, la adrenalina, y ese sentimiento, la tristeza pasando a enojo, a ira, a odio, como si, como si...
"Señora, Sartana, usted no comprende, nosotros no estamos más muertos."
Las luces de sus ojos se redujeron de tamaño. Y nos miraban atentamente. Si su rostro huesudo pudiese haber formado una expresión, creo que sería de sorpresa.
"¿No están muertos...?"
Sonreí.
"¿No lo ve? No somos como ustedes. Los muertos sólo tienen tristes cráneos, nosotros venimos con recubrimiento de piel. Nosotros estamos vivos."
Pero mentía. Nosotros no estábamos vivos. Nuestro corazón latía y una sustancia que podíamos llamar sangre corría por nuestras venas. Pero faltaba algo. Estábamos muy vivos para estar muertos pero muy muertos para estar vivos. Pero ella no lo sabía. Sólo sabía que éramos... algo más.
"Y si nos permite..."
No nos podía detener. Sabía que éramos algo más... que estábamos en otra liga.
"Nos vamos."
Salimos de allí. Subimos al mundo de los vivos. En medio del Desierto junto a la carretera que daba hacia Ciudad Milagro. Algún día íbamos a regresar. Pero ahora sólo nos restaba esperar. Y esperar. Pasaban meses, años, y aquél sentimiento crecía y crecía. ¿A qué? No estoy seguro todavía. Nacimos del desierto.
Un chico y una chica se introducen furtivamente a la escuela secundaria Leone a las 7 pm, cruzando la barda al este de la escuela cuidadosamente. Cruzan los campos de futbol, los jardines y se introducen por la ventana del salón 1-A, que ella descubrió que no se puede cerrar bien hace años, y parece que Juanito, el encargado del mantenimiento en las noches, nunca se ha dado cuenta todavía.
Cruzan los pasillos silenciosamente para no despertar al velador, suben las escaleras y se encuentran con el perro guardián, el "Firulais", un pitbull, viejo amigo de ellos quien se contenta al verlos y se pone a brincar como loco y a babear y a saludarlos. "Hola, cómo están, los extrañé, vamos a jugar," parece decir el can. Siguen subiendo las escaleras, el primer piso, el segundo piso, el tercer piso y dan con la puerta que da a la azotea.
Ella brinca y brinca y él saca una pelota para que el perro juegue con ellos. Se ponen a aventar la pelota, el chico finge luchar con el perro que mide sus potentes mandíbulas para no dañar a su buen amigo. Después de unos minutos, se cansan y se sientan muy cerca de la orilla del techo, el perro se recuesta junto con ellos y se ponen a platicar de las cosas de siempre. Ella saca unos cigarrillos que le robó a su papá, quien se los quitó a un chamaco de unos 15 años en la calle hace unos días. El se espanta y pregunta desde cuando fuma, ella le contesta que desde hoy, que quería hacerlo al menos una vez y no quedarse con las ganas de fumar. Pone el cigarro en su boca e inhala y...
Tose, tose fuerte y el chico se ríe y ella le dice que si es tan macho como dice que lo intente. A él no le gusta la idea de fumar o que su papá lo regañe pero para nada va a aceptar que alguien dude de lo macho que es, toma una bocanada y, para su sorpresa, no es tan desagradable. Se ríe y se ríe y ella se molesta por no acabar igual que ella y porque sus pulmones salieron "medio jotos". Él la rodea con su brazo, la abraza y le dice que no se enoje, ella se ríe y siguen platicando y entonces ella dice algo, completamente inocente, pero que gracias a que son novios desde ayer él se ruboriza y se acuerda de que su padre le dice a cada rato que, si algún día tiene novia, la manera correcta de proceder con una dama y de ser macho a la Rivera es de andar "de manita sudada" hasta el matrimonio.
Y entonces se dan cuenta de que el cielo ha estado nublado desde ayer, pero ni llueve y solo enfría, extaño, estando a unas pocas semanas del verano. Y entonces empiezan a sentir nervios porque el techo está más oscuro que de costumbre y se acercan. Y les gusta acercarse y comienzan a acercar sus rostros cuando Firulais comienza a ladrar hacia la puerta de la azotea y se voltean sobresaltados porque, para ser honestos, nunca perdieron los nervios. Y el perro se para y va corriendo hacia la oscuridad y no deja de ladrar y de repente da unos ladridos y se calla y se escucha como si rascaran la puerta. Quizá se cerró la puerta de la azotea detrás del pobre Firulais.
Mejor vámonos, dice ella, que ya se está haciendo tarde, voltean a agarrar sus (pocas) pertenencias y se levantan y se disponen a salir cuando una figura se mete en su camino.
"Mire, Fridita, me la tengo que llevar, pero si quieren, dele un besito de despedida a su noviecito, por mí no hay pedo..."
