Después de la tormenta viene la calma, al menos así es como esta rara relación dará comienzo xD
Siempre a tu lado
Por la mañana, Madame Pomfrey dio de alta a Harry. Listo para la primera clase del día: Historia de la magia.
Harry por primera vez se encontraba tan lleno de energía que simplemente no podía dormir justo como lo estaba haciendo Ron. Daba pequeños ronquidos sobre la banca. Hermione no perdía dato del Profesor Binns, con el tintero muy cerca; hacia que la pluma rajara el pergamino velozmente. Por insistencia de Hermione que alegaba: «si nos sentamos muy lejos no puedo escuchar lo que dice», tuvieron que ocupar la primera fila. Junto a Lavender Brown y Parvati Patil.
Después de ver lo que hacían sus compañeros de la primera fila decidió echar un vistazo a los de atrás. La clase era compartida con los de la casa Slytherin que no realizaban cosas muy distintas a los de Gryffindor. La mayoría dormía y la minoría que no descansaba eran un grupo de chicas que platicaban entre ellas enseñándose una revista; todo en susurros de los que no se percataba el profesor Binns.
Dejo de prestar atención al grupito de chicas para fijar la mirada esmeralda en unas orbes plateadas que observaban con atención al profesor, cada tanto escribía un apunte. Las únicas plumas que se escuchaban rasgar el pergamino eran las de Hermione y Draco. Por lo que notaba; sólo ellos prestaban la debida atención. Harry tuvo el impulso de tomar la pluma y ponerse a escribir. Cosa que no hacia en esa materia desde primer año.
— Ya era hora que dejaras de ser tan holgazán como Ron —le murmuro. Harry no supo si interpretarlo como un halago o un regaño. Prefirió no contestar y hacer el desmesurado esfuerzo de tomar notas.
Media hora de clase y a Harry se le hacia el tiempo eterno. Dejo de escribir después de los primeros diez minutos, sólo se dedicaba a fingir que escuchaba y divagar en trivialidades. Minuto tras minuto podía escuchar el incesante tic-tac de un reloj de pared ubicado al fondo. Tal era su aburrimiento que se dedico a hacer rayones sin sentido, llego un momento en el que escribía consecutivamente «Harry Potter y…» sin atreverse a completar la frase con el otro nombre.
— Sólo te faltan los corazoncitos —murmuro una traviesa vocecilla a su lado derecho.
— ¡Hermione! —grito exaltado; dando un brinco del susto al tiempo que Ron soltaba un ruidoso ronquido y despertaba alarmado. Cayendo ambos de sopetón contra el piso. Tras la caída, el pergamino totalmente en blanco de Ron dio a dar cercas del profesor Binns (si tuviera pies hubiese caído junto a estos).
— ¡Potter, «Welby»! —gruño el fantasma, que si no fuera porque es de un azul transparentozo se hubiera puesto rojo de la furia—. ¡Con la profesora McGonagall! ¡Inmediatamente…!
Harry y Ron tomaron sus posesiones mientras Hermione les lanzaba una mirada reprobatoria. Antes de salir pudieron escuchar perfectamente las burlas de los Slytherin y como Binns, bastante quejumbroso les decía que en su época de estudiante las cosas no eran así.
— ¡Compañero, explícame que sucedió! —dijo molesto, pero se podía notar un dejo de somnolencia en su voz. Se tallaba los ojos aun adormilado.
Harry hizo memoria de los últimos cinco minutos. Él aburrido…, él aun aburrido…, se puso a hacer rayones. Escribir su nombre junto con el de… Enrojeció instantáneamente. Que Hermione le viera haciende semejante vergüenza le erizo los vellos, desde los del brazo hasta los del cuello.
— Eh…, Hermione me regaño por no prestar atención y yo me asuste —mintió. No era del todo mentira lo cual le hizo sentirse un poco mejor.
— ¿Y por que te asustaste nos darán un buen castigo? ¡Vaya injusticia! ¡Debió haber mandado a Hermione! —Ron refunfuño todo el camino al despacho de la profesora McGonagall en un par de ocasiones mencionaba que Angelina Johnson se molestaría si incumplía sus obligaciones con las practicas de quidditch por tener que acudir al castigo. Harry se sentía enfurecer cada que lo decía, pues le recordaba que él y los gemelos Weasley tenían prohibido volar en escoba.
Tocaron el despacho de la profesora de transformaciones y con un «adelante» les indico que pasaran.
La larguirucha y delgada figura de la profesora McGonagall se encontraba detrás de su escritorio, con gafas puestas y un pergamino entre manos. Algunos otros desparramados ordenadamente frente a ella. Sus profundos ojos se movían de un lado a otro en toda la extensión del pliego. Harry se quedo muy quieto al entrar. Ron cerró la puerta tan despacio que no hizo ruido alguno.
— ¿Se puede saber —dijo con un tono severo— a que se debe su visita? Tengo entendido que deberían estar en clase de Historia de la magia.
— Binns nos mando aquí.
— Profesor Binns —corrigió—. El respeto ante todo, señor Weasley.
— El profesor Binns… nos mando con usted —contesto Ron. Fijaba la vista en algún punto de la estantería que se encontraba al fondo, repleta de libros que lucían muy antiguos.
— ¿Weasley, debo repetir la pregunta? —Harry trago saliva, armándose de su valor Gryffindor pues estaba claro que a Ron no se le veía la intención de querer hablar.
— Ron se quedo dormido —el aludido le dedico una mirada enfurruñada, movió la boca pero de ella no salio sonido alguno, con palabras mudas Harry pudo leer que le decía «soplón».
La mujer despego la vista del pergamino y miro a Harry, esperando a que éste siguiera hablando. Pero como no ocurrió tuvo que ser ella quien hablara. Con un gesto cansino se masajeo la cien, retirándose los lentes.
— ¿Potter, es usted la escolta personal del señor Weasley? Yo lo veo muy capaz de poder llegar solo —Harry se ruborizo de la vergüenza.
— Yo… —intentaba maquinar que decirle y que no sonara tan ridículo pero no encontraba las palabras indicadas—. Hermione me asusto cuando estaba algo… distraído.
Ron bufo pues sabía que no castigarían a Harry solo por estar distraído. En cambio el tendría que soportar las quejas de Angelina Johnson y el castigo que le impusieran.
— Muy bien. Señor Weasley, discutiremos su reprimenda.
Harry no sabía que hacer o decir, así que opto por guardar silencio y escudriñar el despacho. Era amplio y acogedor, la chimenea de junto centellaba fugaces llamas enardecientes. Enfoco su atención en la cantidad considerable de pergaminos que se encontraban en el escritorio. ¿Seria información para la Orden del Fénix?
— Potter —le llamo la mayor—. No veo necesario que siga permaneciendo aquí. Puede retirarse —Harry le hecho una ultima mirada a los pergaminos y después a Ron quien se veía abatido. Salio del despacho agradecido por no haber sido castigado, pero, a la vez se sentía culpable pues sino fuera porque se espanto Ron no habría sido descubierto tirando una siesta matutina.
Harry camino en dirección a las afueras del castillo para poner ir al invernadero 3 pues ahí se impartirían las clases de Herbologia. Estaba seguro de que Hermione transporto sus cosas junto con ella. Los pasillos estaban arremolinados de alumnos de Ravenclaw que se dirigían a su siguiente clase. No logro divisar a Luna Lovegood pero al prestar más atención se percato que eran de sexto curso.
— ¡Potter! —mascullo una voz a sus espaldas. Por un momento Harry creyó que se trataba de McGonagall que había recapacitado y le siguió para imponerle un muy merecido castigo—. ¡Potter, Potter! ¡Potter el ciego que además de ciego es sordo! —canturreo la chillona voz. Harry se giro molesto, se lamento al instante pues no vio a nadie y casi por instinto levanto la mirada hacia arriba. Allí, flotando con aire despreocupado se encontraba Pevees, el poltergeist sosteniendo un caldero humeante. No tuvo tiempo para reaccionar pues Pevees lo ladeo y una espesa y asquerosa mezcla de un color verdoso le cayó de lleno a la cara.
Unos cuantos alumnos de la casa Hufflepuff corrían por la extensión del pasillo hasta llegar a Harry.
— ¡Potter, lo siento! —exclamo uno, se le oía abrumado. Pevees se destornillaba de risa.
— Pevees entro al aula de pociones y se escabullo con el primer caldero que tuvo a su alcance, le hemos estado persiguiendo. ¡Pero es demasiado rápido! —explico Ernie McMillian, prefecto de Hufflepuff. Harry se quitaba con las manos la desagradable sustancia, era pegajosa y tenía un desagradable olor. Si Snape supiera que la poción había terminado embarrada en la cara de Harry Potter, seguramente le daría 10 puntos a Hufflepuff y otros 10 a Pevees, si fuera posible claro esta.
— No es nada… —susurro Harry. Aunque hubiese preferido no haber hablado pues en los labios también tenia embarrada la espesa sustancia y su sabor era aun más repugnante que el olor. La cierto era que se encontraba muy molesto y las pedorretas que hacia Pevees no aminoraban su enojo.
— De verdad que lo siento, Potter —dijo el alumno que anteriormente había llegado disculpándose. Harry no tenía idea de quien era—. ¿Te duele mucho? Podemos acompañarte a la enfermería.
Harry no comprendía porque le miraban tan preocupados, al fin y al cabo solo era una sustancia pegajosa y no le había hecho daño alguno. Los ojos comenzaron a arderle y descarto lo anteriormente dicho. Recordó que esa sustancia era una poción y por lo tanto debería tener algún efecto este bien o mal hecha.
— Vamos, te llevare a la enfermería —le comunico Ernie—. Ustedes, regresen al aula. —el resto de los alumnos le hicieron caso y se perdieron por el pasillo.
Echaron a andar por los corredores pues la enfermería se ubica en el tercer piso y ellos estaban en el primero. Pevees también les seguía, continuaba cantando la molesta cancioncilla a la cual le agrego algo mas: «¡Potter el ciego que además de ciego es sordo y además de sordo es llorón!»
Harry no comprendió el porque llorón pero al sentir que la vista se le nublaba paso los dedos por sus parpados y pudo darse que cuenta que, efectivamente; lloraba a cantaros. Las lágrimas no cedían por más que cerrara y abriera los ojos.
Cuando pisaron la enfermería Madame Pomfrey salio de su despacho cuan rayo, directo hacia Harry. Pevees, aburrido y evitando cualquier clase de queja de la enfermera huyo sin que nadie se diera cuenta.
— ¿De nuevo aquí, Potter? ¿A que se debe esta vez? —le tomo del codo y lo obligo a sentarse en la cama más cercana. La enfermería se encontraba vacía. Madame Pomfrey lucia preocupada y sus motivos tenia pues en esos años el alumno que más le visitaba era Harry Potter y no precisamente para saludar. Seria agradable que fuera por síntomas menores como gripe, pero no, siempre iba con peligro de muerte, con desgracias mayores o casi en la inconciencia.
— Pevees le derramo en la cara una poción mal hecha —hablo Ernie McMillian.
— ¿Se puede saber que clase de poción era?
— Sí. Se suponía que debía ser un elixir para provocar euforia.
— Eso explica porque Potter no para de llorar. Lo hicieron todo al revés.
Harry comenzó a preguntarse seriamente porque las peores cosas le pasaban a él. Esperaba que los efectos no duraran mucho. Sólo imaginarse estar llorando sin parar y en clases con Severus Snape o peor aun con Dolores Umbridge le causaba una sensación de revoltura en el estomago y no quería ni pensar en las humillaciones que ellos le harían pasar. Madame Pomfrey se retiro a buscar una contra poción murmurando entre dientes lo descuidada que era la juventud de ahora.
— ¿Tan mal aspecto tengo? —pregunto. Buscando con la mirada algún espejo. Lo encontró del otro lado de la enfermería y se paro decidido para ver que tan maltrecho se encontraba.
— Bueno… te has visto de mejor manera en otras… veces —murmuro sin saber muy bien que contestar.
Harry pego el grito al posarse frente al espejo. Su aspecto era espantoso. Las mejillas le ardían de un intenso carmín, a pesar de ser de tez morena su nariz estaba tan roja como si tuviera la peor de las gripes. Los ojos eran lo peor. Usualmente tenían ese brillo y color esmeralda, idénticos a los de su madre, como se lo recordaban constantemente. Ahora, estaban tan hinchados y húmedos que no se lograba a ver el verde en ellos sino un profundo color rojizo. Esos no eran los ojos de Lily Evans eran las rubíes escarlata de Voldemort.
Sintió unas terribles punzadas justo en la cicatriz con forma de rayo. Le hacían perder la noción y el racionalismo. No podía pensar algo que no fuera en como deshacerse de ese horrible color.
Por instinto se cubrió los ojos, apretujando fuertemente pues le dolía a sobremanera y que las gotas saladas siguieran brotando le causaba una inmensa frustración.
— Vamos… no es para tanto, en un momento Madame Pomfrey regresara con la contra poción —intento animarlo.
— ¡No!, ¡No! —repetía Harry. No escucho lo que McMillian decía. Poco le importaba, él jamás comprendería el dolor, temor y vació que le causaba ver ese color en sus propios ojos, en su propio rostro. Él no era Lord Voldemort, no, no lo era—. Soy Harry Potter —dijo horrorizado—. Soy Harry Potter. ¡YO SOY HARRY POTTER!
Ernie McMillian retrocedió unos cuantos pasos, espantado del aspecto tan lúgubre de Harry quien parecía estar entrando en una crisis de histeria. La presión en el ambiente se estaba haciendo cada vez más densa y sentía como le faltaba el aire. Como si la magia de Harry estuviera contaminando el oxigeno con el peor de los venenos.
— ¡Potter! —grito escandalizada la enfermera tras salir del despacho—. ¡Santo cielo! —exclamo.
— ¡No le hice nada! —se defendió—. Se puso así al verse al espejo. No…, no se que le pasa.
— Yo no soy él, yo no soy él —repetía una y otra vez. Rasgándose el rostro. Unas gotas rojizas cayeron en las baldosas. Madame Pomfrey las identifico como sangre.
Harry comenzaba a escuchar cada vez menos a las dos personas que le acompañaban en la enfermería. Entre las punzadas, el dolor, la crisis emocional y sus propios gritos le era difícil siquiera pensar o prestar atención a los gritos de Madame Pomfrey quien decidida hacia un esfuerzo desmesurado por acercarse a Harry. Se rindió tras la cuarta vez que una barrera junto con una fuerte corriente de aire le hacía retroceder a la fuerza.
«…a Dumbledore». Alcanzo a oír. Unos pasos apresurados salieron del lugar y se escucho el seco sonido de la puerta al cerrarse.
Harry sintió una profunda ira y un irremediable vació en su interior. Le desagradaba escuchar ese nombre, le repudiaba inmensamente como si fueran sentimientos ajenos. En su cuerpo no había ni una pizca de dolor a pesar de que se sentía enardecer.
Madame Pomfrey no podía acercarse al cuerpo de Harry, que se encontraba hincado en el suelo. Aun con las manos cubriendo la totalidad de su rostro, las cuales ya se teñían de carmín.
El tiempo se volvía eterno y minuto tras minuto la enfermera chillaba de impotencia. Sólo podía quedarse parada, contemplado de las peores escenas que haya visto en su vida. Ese niño no se merecía sufrir tanto, ya tenía suficiente dolor y carga sobre su espalda. No era justo.
Las puertas de roble se abrieron de par en par al ser pateadas con fuerza. Madame Pomfrey miro con alivio. Temblaba tanto que por más que lo intentaba no lograba articular palabras.
— ¡Potter! —dijo una voz familiar que arrastraba las palabras— ¡¿Cómo dejo que pasara esto, maldita incompetente? —le grito groseramente a la mujer que lucia aterrada.
— Malfoy, no permití que viniera para que insultara al personal —regaño Albus Dumbledore.
— ¡Cállese estúpido vejete! ¡Haga algo! —gruño en respuesta—. ¿Qué no ve que Potter esta sufriendo?
Dumbledore miro a Harry con aparente calma pero sus ojos denotaban preocupación.
— Es inútil que yo pueda lograr algo en este caso —sentencio.
— ¡¿Qué? —contesto alterado— ¿Inútil?, ¿INÚTIL? —veía a Dumbledore con la mirada desorbitada—. ¡No me joda!
— Esos modales, joven Malfoy. —el anciano paso los brazos por detrás de su espalda. Con un gesto altivo le hecho un vistazo de reojo a Harry, quien ya se retorcía en suelo chillando; «No soy él».
— ¿Modales? ¡No me vega con esta estupidez!, ¡SOY UN MAFOY, HE VIVIDO DE LOS MODALES TODA MI VIDA! ¿Y SABE QUE? —se poso frente a Dumbledore. Su rostro paliducho se encontraba rojo de la ira—. ¡ME IMPORTA UNA MIERDA!
Dumbledore frunció el entrecejo y por darle el gusto al muchacho camino un metro hasta que una barrera —la cual segundos antes era transparente— se hizo visible, era de un color rojizo. El campo lo empujo con gran fuerza haciéndole estrellarse con la pared, dejando la silueta del anciano marcada en esta. Madame Pomfrey ahogo un grito. La barrera rojiza volvió a desaparecer, pero no significaba que no siguiera presente. Draco Malfoy se quedo estupefacto. ¿Qué diablos estaba pasando?
— ¡Potter! ¡Maldición Potter, reacciona!
— Es inútil que yo intente acercarme —musito el anciano, adolorido—. Deberías intentarlo tú —dijo como quien no quiere la cosa—. De preferencia más calmado, no puedes ayudar a nadie si sigues gritando como lo estas haciendo.
Draco le observo, avergonzado por lo que haría pero poco le importaba si eso ayudaba a que Harry se calmara.
— Potter —llamo. La voz se le oía tensa.
— Tranquilízate —le alentó Dumbledore.
— Potter, vine a ayudarte… —dio un paso inseguro y al no ocurrir nada se atrevió a dar unos cuantos más—, se que soy la ultima persona de la que aceptarías ayuda —la barrera se hizo visible como anteriormente había pasado y tanto Dumbledore como Malfoy supieron que no estaba funcionando.
— Esfuérzate más —le dijo Dumbledore cuando Malfoy giro a verlo con expresión dudosa.
Draco sabia que si quería que funcionara tenia que esforzaste más y que no importara cuan ridículo y humillante sonara lo que dijera, debía hacerlo. Ya no le cabía la menor duda. No creía que Madame Pomfrey la cual se encontraba tiesa como estatua o Dumbledore que no estaba ayudando mucho que digamos se atrevieran a divulgar lo ocurrido.
— Harry —susurro con una tranquila vocecilla.
Harry pareció reaccionar pues paro de moverse y un incomodo silencio reino la enfermería. Malfoy al percatarse se animo a continuar.
— Harry, soy yo. Draco Malfoy —frente a el se encontraba la imponente barrera y se atrevió a levantar una mano, intentando atravesarla. Grata fue su sorpresa al ver que, efectivamente, logro pasar el campo sin salir expulsado hasta la pared—. Quiero decirte que…, me gustaría conocerte más. No soy la persona más amigable y me será muy difícil soportar a tus amig…, bueno, tu me entiendes, a esos —dijo haciendo referencia a la considerable cantidad de sangre sucias con los que se juntaba Harry—. Escúchame bien, porque no pienso repetirlo nuevamente.
Harry, quedamente fue apartando las manos de su húmedo rostro. Ya tenía a Draco frente a él, que le miro espantado al ver la cara del moreno. Llena de profundos rasguños por los que escurrían sangre y lágrimas que no paraban de brotar, especialmente ese par de rubíes escarlata que le miraban con expectación.
— ¿Qué fue lo que te paso? —susurro más para si mismo. Toda la seguridad con la que había llegado se le derrumbo al verle—. Harry… ¡Oh Harry! —chillo sin poder contenerse, los ojos se le dilataron y por inercia se lanzo a abrazarle dejando de un lado el orgullo Malfoy.
La barrera desapareció en totalidad y el ambiente dejo de sentirse tan denso y asfixiante.
— ¿Draco…? —murmuro quedamente. Con la vista desenfocada intentaba visualizar al rubio pero lo único que lograba divisar eran manchas borrosas. El vació en el que se encontraba sumergido se hacia más lejano y volvía a pisar pie en la realidad.
— Aquí estoy… —apretó más el agarre.
— No me odies… yo no soy él —Draco no comprendió pero asintió y deposito un beso en su frente.
— No te odio, jamás lo hice.
— Ya no puedo… —los ojos se le cerraban poco a poco—, prométeme que no me dejaras solo.
— Siempre estaré a tu lado, sin importar que.
El cuerpo de Harry perdió fuerza y cayo en la inconciencia.
— ¡Harry! —gritaron un par de voces en coro al entrar acelerados por el umbral de la puerta. Draco les miro desinteresado.
— ¡Quita tus asquerosas manos de él, Malfoy! —refunfuño Ron Weasley quien se veía furico al contemplar el estado de su amigo y más al estar en brazos de una de las personas que mes repudiaba.
— ¡Ron, compórtate! —regaño Hermione Granger—. ¡Ay, mamá! —exclamo al ver el cuerpo de Harry en tan mal estado.
— Dejen de hacer escándalo —dijo una potente voz. Madame Pomfrey se paro frente al par de chicos que aun se encontraban en el suelo. Aun temblaba pero era hora de que hiciera lo mejor que sabia hacer; curar—. Albus, creo que estarás de acuerdo en que Potter debe ser transferido inmediatamente a San Mungo.
— Si fuera otra persona, seria lo más lógico. Pero, debo decir que tratándose de Harry Potter lo mejor para él es quedarse en Hogwarts se que cuidaran muy bien de él —dirigió una mirada confianzuda a los muchachos y se retiro a paso veloz haciendo volar su túnica con un ligero frufru. Draco pudo percatarse que el viejo en ningún momento miro a Harry.
— Ese maldito… —susurro ceñudo.
Las siguientes horas fueron un martirio para Ron, Hermione y Draco pues Madame Pomfrey los obligo a salir de la enfermería para poder curar a Harry. Ron no dejaba de alegar que Malfoy era el culpable de todo y Hermione harta de la situación había optado por ignóralo tal y como lo hacia Malfoy. Ahora esperaban en el pasillo con aire taciturno.
— ¿Weasley, quieres cerrar tu maldita boca? Digo, se completamente que tienes la inteligencia de un troll pero al menos esfuérzate por evolucionar a ser humano.
— ¡Pues deberías largarte! Sabes de sobra que no nos agradas a ninguno de los tres.
Hermione tosió disimuladamente pues ella tenía la ligera sospecha de que hacia Malfoy ahí.
— Ustedes dos —dijo con calma—, no son nada para mí. Pero lo son para Harry, él los adora y por eso debo soportarlos —miro a ambos fijamente. Su voz era mucho más arrogante que de costumbre—. Bajo ninguna circunstancia me voy a separar de Harry así tenga que juntarme con… sus amigos. Entonces, empecemos de cero. Mucho gusto, soy Draco Malfoy.
Chaaan chaaaan 8D debo decir que me costo algo de tiempo escribir desde que Harry se vio en el espejo hasta el final del cap e_e este chamaquito y sus dramas. Espero disfrutaran el cap y ya se que me paso con Harry xD le hago la vida bien miserable pero necesitaba que ocurriera algo así para que Draco se animara a acercársele que sino seguiría de stalker en las sombras (?).
¡Espero leer sus comentarios!
O les torturo y no actualizo en un buen —amenaza— xD
