MY ILLNESS

Capítulo 2

Mientras abría la puerta de su piso, Will las sintió al otro lado y sonrió. Se alegraba de volver a casa con ellas. Estaba deseando tener un poco de paz y amor familiar.

-¡Hey, ¿cómo están mis chicas favoritas? –saludó soltando las llaves sobre la mesita de la entrada.

-¡Will! –le llamó alegre en respuesta. Siguió su voz hasta el comedor y se recostó en el marco de la puerta, observándolas.

La pequeña se sentaba de rodillas sobre la silla, aunque Will estaba convencido de que la mitad de su cuerpo se apoyaba en Emma. Se inclinaba sobre unos folios que llenaba de garabatos de múltiples colores. Algún que otro rayón se escapaba a la superficie de la mesa, pero rápidamente su madre lo borraba con una toallita infantil y desaparecía. En esa posición nada más podía verle la cabecita roja. Aunque al nacer había tenido el pelo mucho más claro, durante estos tres años se había oscurecido bastante.

Tener un hijo era la locura más grande en la que se habían metido desde que se casaron, sobre todo para Emma. Un bebé no era precisamente una cosa limpia, pero resultó siendo lo mejor de sus vidas. Por supuesto que al principio tuvieron miedo de que la enfermedad pudiese dañar a la criaturita o incluso a ella misma, pero no tenía nada que ver así que todo fue sobre ruedas en ese aspecto. Por otro lado, estaba el asunto de que era una responsabilidad enorme de por vida, y a ella le quedaba bastante poca. Se sentía culpable dejándosela por completo a Will, pero parecía estar encantado. Siempre había deseado ser padre, ¿y con quién mejor que con la mujer que amaba? Era su oportunidad. Ni siquiera estaba seguro de ser capaz de plantearse la paternidad con otra persona. Y así fue como Eva nació, siendo un regalo para sus padres. Desde el mismo día en que la tuvo en brazos, se convirtió en la razón de Emma para seguir adelante día a día sin perder lo ánimos, sin venirse abajo cada vez que sentía que perdía fuerzas. Tenía alguien más débil que la necesitaba, y tenía que ser fuerte para ella.

Ahora se sentaba junto a ella, comentando lo preciosos que eran sus dibujos y cuando le gustaban, sin importar que fuesen rayas sin sentido. La escuchaba parlotear sus primeras palabras, esforzando por intentar enterarse de la mitad de la conversación que no entendía. Mientras, completaba un proyecto que le había llevado varios meses y que realmente quería que fuese perfecto, más que nada que hubiese hecho antes. Atesoraba en un preciosa cajita todo lo quería contarle a su hija cuando ya no pudiese hacerlo. Aunque en realidad, casi que lo habían hecho entre las dos y solo ellas sabían lo que había dentro, aunque seguramente Eva lo olvidaría porque no había prestado nunca demasiada atención. Ni siquiera se lo había contado a Will. Le había comentado un par de cosas, pero no más. No es que no confiera en él, es que era algo que no le pertenecía, y él lo entendía y lo aceptaba. Aunque aún no lo supiera, también tenía una caja secreta para él, que tardaría mucho en descubrir por sí solo, tal y como Emma había planeado.

Levantó la cabeza para sonreírle al tiempo que él se agachaba para besar sus resquebrajados labios con cariño, y luego la cabeza de la pequeña que murmuró algo que creyó que sonó como a "papá".

Buscó un cacao en la cómoda cercana para hidratar los labios de Emma. Sabía cómo odiaba tenerlos así, aunque solo era de una de las cosas que no le gustaban de su estado actual. Al menos se había acostumbrado a sus permanentes ojeras fruto del insomnio, su piel se estaba volviendo ligeramente amarillenta, aunque hacía poco era tan pálida que se podían distinguir fácilmente las venas que la recorrían. Por esto, su pelo destacaba más aún. Lo llevaba más largo que algunos años atrás, pero también estaba más débil y había perdido sus ondas. Muchas veces se lo recogía para apartarlo de la cara y sólo colgaban un par de mechones sueltos.

-Gracias –le sonrió besándole el dedo.

-¿No habéis salido hoy?

Era lo que normalmente solían hacer. Dar un paseo a media mañana le sentaba bien a ambas. Cogían vitaminas y fuerzas del sol durante un rato. Observaban a la gente y a veces Eva jugaba un poco con otras niñas de su edad. Luego volvían a la tranquilidad del hogar un poco antes que él.

-No. Hemos estado ocupadas, ¿verdad, cariño? –le hizo un mimito a la pequeña- Mira, lo he terminado.

Will se fijó en que a la bonita caja que le acababan de poner un perfectamente rizado lazo. Junto a él estaban las tijeras que delataban. Eso quería decir que Emma había cerrado su fábrica de recuerdos.

-Bonito envoltorio –sonrió acariciando la tapadera sellada.

-¿Te gusta? –se mordió el labio dubitativa, y Will se los separó suavemente con el pulgar para que no se hiciera más daño. Iban a empezar a sangrar de un momento a otro. No sería la primera vez.

-Estoy convencido de que la adorará –levantó a Eva para tomarla en brazos- Va a ser perfecto lo que tú decidas.

Tenía razón. Asintió más decididamente que antes. Aunque solía parecer que aquello era absolutamente normal, en el fondo, detestaba la sola idea de tener que abandonar a su familia.

-Dáselo cuando... –se aclaró la garganta mientras se levantaba recogiendo las sobras de la mesa y guardando todo lo que ya no hacía falta- ...Cuando creas que es el momento apropiado Cuando de verdad lo necesite.

Trató de apartar los pensamientos tristes de su mente. Sólo él sabía lo que le dolía cuando hablaba de un futuro en el que ella no estaría. Le costaba tanto imaginarse la vida sin ella. A veces dudaba si iba a poder continuar. ¿Podría despertarse cada mañana sin su calidez a su lado? ¿Podría empezar el día sin su sonrisa en el desayuno? ¿Podría pasar las tardes sin verla moverse de un lado a otro? ¿Podría ver pasar un día tras otro sin sentirla, verla, oírla... sabiendo que nunca más podría hacerlo? No estaba seguro, pero aquella había sido su decisión el día que supo que su enfermedad era incurable y aún así permaneció a su lado. No se arrepentía. Volvería a hacerlo una y otra vez. Pero algunas veces no podía evitar pensar en lo peor, y entonces lloraba. Aunque no lo decían, amos sabían que el otro también lloraba en secreto igual que hacían ellos y que se escondían para ahogar las lágrimas un momento para poder sonreír la siguiente. Peor también habían llorado juntos, consolándose, abrazándose y creyendo que nunca podrían levantarse de aquel bache. Había ocasiones en las que lo único que les apetecía era venirse abajo y quedarse allí un largo rato hasta que sacasen las fuerzas suficientes para apoyarse el uno en el otro y recordar que todavía les quedaba mucho por vivir y no merecía la pena gastarlo entre lamentos. Aun así lo habían aceptado. Sabían que cualquier día podría ser el último. Pero ya no le tenían miedo a la muerte porque la sentían como una invitada más en casa.

-Emma –la llamó. Ella hizo un gesto para hacerle saber que le escuchaba- Te echará de menos igualmente –se volvió lentamente para mirarle. Sus ojos estaban un poco apagados y su mirada parecía cansada.

-Tú vas a ser el mejor padre que pueda desear nadie–su voz se rompió y la abrazó, envolviéndola rápidamente, y apretándose para encontrar más de él y su calor- Sé que lo serás, Will, de verdad.

Entonces le dio uno de aquellos horribles ataques de tos donde parecía que no iba a acabar nunca. Seguía aferrada a su camisa mientras trataba de controlarse a sí misma. La mano libre de Will le acarició la espalda, y Eva se inclinó desde sus brazos para imitarle. Estaba en la época en que les imitaba en todo.

-Oh, vaya –susurró ya calmada apartándose un poco y observando la mancha de sangre que le había formado en la camisa.

-Da igual. La echaré a lavar. ¿Te apetece un baño?

Encendieron el calefactor y llenaron la bañera de agua caliente y espuma.

Emma apoyó la espalda contra el pecho desnudo de Will y sentó a la pequeña en sus piernas. Pasaron un rato estupendo entre juegos y burbujas. También tuvieron tiempo para relax. Los dedos de Will le pasaban distraídamente una y otra vez por el pelo, haciéndola cerrar los ojos.

-Me encanta cuando haces eso –susurró medio ausente.

-Lo sé. Por eso lo hago.

La sintió moverse sobre él cuando rió suavemente.

Acarició su cuerpo sensible haciéndola suspirar, completamente relajada. No se hubiesen movido de allí de no ser que...

- Aquí hay alguien que claramente desea estar en un lugar más cómodo –Eva se estaba quedando casi dormida acurrucada sobre el vientre de Emma- Además, creo que nos vamos a convertir en pasas.

Will se rió y salió primero para envolverlas a cada una en una en sus respectivas toallas sin que les diera tiempo de coger frío. No pudo evitar fijarse en el cuerpo de su mujer. Emma siempre había sido una persona de complexión delgada, pero ahora le parecía que lo estaba más que nunca. Casi se podían distinguir sus huesos, y eso que su dieta seguía siendo la misma.

La besó en la frente y buscó su mirada. Parecía cansada, pero no de la forma que lo estaba Eva.

Normalmente, después del baño venía la cena, pero ninguno de los tres parecía muy entusiasmado por tomarla, así que decidieron que no pasaría nada porque se la saltaran un día. Acostaron a la pequeña no sin que antes un cuento y una dulce nana.

-Son todas las películas malísimas –se quejó pasándole el mando a Will para que siguiese haciendo zapping por las cadenas mientras ella se recogía el pelo para que no le molestase. Estaba sentada en el sofá con las piernas sobre las de él, quien la acariciaba desde los muslos hasta los tobillos pasando por debajo de la tela de su camisón.

-¿Sabes? No sé ni por qué nos molestamos en intentarlo –dejó una que parecía de un estilo a 007 y le bajó el volumen porque lo único que sonaban eran tiroteos. Posiblemente se hubiese enganchado completamente a la película, pero terminó recostando a Emma sobre un brazo del sofá y besándola cariñosa y repetidamente. La mano de ella le acariciaba las mejillas y la nuca. No tardó en explorar el resto de su rostro y su cuello con la misma delicadeza para volver a terminar en sus labios, haciéndola gemir suavemente en su tacto. Deslizó la mano por su pelo y apartó la gomilla para poder correr los dedos más cómodamente. Hacía tiempo que habían dejado de hacer el amor porque la terminaba debilitando excesivamente. La última vez casi se desmayó perdiendo la conciencia y desde entonces se dedicaban por completo a los intercambios de besos y caricias, los cuales tampoco estaban nada mal.

-Te quiero, Will –susurró mirándole a los ojos- Te quiero, que nunca se te olvide.

Aunque en ese momento él no lo notó, era como si aquella vez fuese la última en la que se lo iba a decir.

-Y yo a ti, princesa.

Y como la princesa que era para él, la llevó en brazos a la cama cuando cayó dormida entre mimos.

-Espera –murmuró despertándose ligeramente cuando la dejó sobre la cama- Quiero que se venga con nosotros.

¿Cómo iba a poner alguna pega si se lo pedía así?

La arropó y besó su frente antes de ir a buscar a su hija. Con cuidado para no perturbar su sueño, la cogió y volvió a tumbarla entre los dos adultos.

Emma le cogió la mano y le sonrió en la oscuridad mientras susurraba tiernas palabras a la pequeña para que volviese a caer en el sueño.

Will despertó el primero. Se deslizó sigilosamente de la cama para no despertar a nadie y salió de la habitación todavía en penumbras. Decidió que seguro que les apetecería que dejase preparado el desayuno antes de irse a trabajar. Hoy se había levantado extrañamente más temprano de lo normal. Esa noche había dormido bien y de un tirón. Habría sido la compañía.

Por supuesto, dejó la cocina recogida al terminar y el desayuno solo para calentar al lado del frigorífico que no pasase por alto. De todas formas, ahora se lo diría cuando fuese a despedirse.

Levantó un poco la persiana del dormitorio para que entrase más claridad.

-¿Estás despierta ya? –susurró al descubrir los enormes ojos abiertos de Eva, los cuales seguían sus movimientos. Se sentó sobre la cama y la atrajo hacia él, pero se resistió agarrándose fuerte a Emma.

-¡Mamá! –gritó sin querer moverse de su lado.

-¿Por qué no dejas dormir a mamá un ratito más, traviesa? Todavía está cansada.

-¡Mamá! –repitió aún más fuerte revolviéndose para escapar del abrazo de Will- ¡Déjame con mamá!

-Shhh...La vas a despertar –susurró para que así ella también bajara la voz. Pero no hubo manera de convencerla. Le echó un vistazo a su mujer, sorprendido de que pudiese dormir con el alboroto y el movimiento. Se despertaba con una brisa de aire.

Entonces... lo entendió todo.

Siempre pensó que cuando aquel momento llegase, se pondría a gritar su nombre, llorar, suplicar a Dios o cosas así. Pero no sucedió ninguna porque sabía que no iban a servir para nada. Sólo la obsevó.

Su pequeño cuerpo sobre la cama, conservaba aún la misma postura que la noche anterior. No hacía falta que comprobase que no respiraba y que su corazón no latía. Ya lo sabía. Podía verlo en su rostro. Parecía tan relajada, tranquila y feliz. Completamente sosegada. Sus labios se curvaban en una sonrisa. Eso hizo que su corazón diese un vuelco. Había conseguido cumplir su promesa de hacerla feliz hasta el final de sus días.

Estiró la mano para acariciar su mejilla. Estaba fría al tacto. ¿Cuánto tiempo hacía desde que se había ido? No sabría decirlo. Deslizó el dedo entre sus labios y recordó su último beso. Le había sabido a gloria. No lo hubiese cambiado por nada en el mundo.

-Emma... –articuló sin pronunciar ningún sonido.

Se quitó los zapatos para poder volver a meterse en la cama. La pequeña seguía aún abrazándose a su madre como si ignorase completamente lo que había pasado. O quizás sí lo supiese, y por eso precisamente lo hacía. El brazo de Emma aún continuaba descansado protectoramente sobre su hija.

Se pegó a ellas y pasó el suyo propio por su cintura como solía hacer.

No, no iba a llorar y no iba a hacer un mundo de aquello. Ella se había ido para siempre, y era algo que habían aceptado ambos mucho tiempo atrás. Por supuesto, la iba a echar de menos cada minuto por el resto de su vida, pero para él, continuaría viviendo en aquel pequeño tesoro que era de los dos y que un día le prometió que cuidaría lo mejor que supiera.

Porque, aunque su cuerpo no tuviese vida, nunca les iba a abandonar. Estaría para siempre para ellos, guiándole y aconsejándoles. ¿Acaso no era aquel su trabajo? Había sido orientadora. Pero no solo para adolescentes con las hormonas revueltas, sino para todo el que se había cruzado en su vida. Como él.

Su ángel de la guarda.


N/A: Originalmente se queda así, pero estoy pensando si escribir otro capitulo más, aunque posiblemente lo añada como otra historia. ¿Qué deciis?