Al final me decidí a escribirlo. Con este ya si que se termina el fic. Gracias por leer y disfrutar :)


MY ILLNESS

Capítulo 3

-¡Arriba!

Con un salto, la alzó casi por encima de su cabeza. Desde aquella altura le fue fácil colocar la estrella sobre el árbol. Era el último adorno y con él estaba completo. Ya estaban listos para celebrar la Navidad.

-¡Ha quedado precioso! ¿No te parece, papá?

-Es perfecto. Nos superamos cada año. Sólo faltan los regalos, pero para eso hay que esperar hasta esta noche.

-¿Y si los adelantamos? –batió las pestañas para tratar de convencerle. Cuando hacía eso, siempre conseguía hacerle vacilar.

-Nop. Tenemos que esperar a los abuelos.

-Es verdad... –esa razón era suficiente para que dejase de insistir por lo menos por un rato, pero no para apartarlos de su mente. Al fin y al cabo, tenía nueve años, ¿en qué otra cosa se iba a preocupar?

-¿Y cuando vendrán?

-Sobre las seis.

-¿Y qué hora es?

-La una, Ev –la niña bufó. Para ella todavía era mucho tiempo- Anda, ayúdame a preparar la cena, ¿quieres?

No tuvo que terminar de decírselo para que corriese a la cocina y empezase a sacar todos los platos que encontrase por el camino, de los cuales ninguno necesitaban.

Los padres de Will llegaron a las seis y diez minutos. A Eva casi le da algo de la impaciencia y estuvo a punto de llamar por teléfono pensando que se les habría olvidado y no vendrían.

Saltó a los brazos de su abuelo en cuanto entraron y recibió un buen achuchón de cada uno. Poco después, había un par de regalos más debajo del árbol.

-¿Quieres saber un truco para no pensar en ellos? No los mires.

Pero el consejo siguió sin servirle de mucho,, Parecía tener una plantilla delante de los ojos que se encargaba de recordárselo.

-Una cena estupenda, Will. Como siempre.

-Gracias, mamá. Tuve una ayudante –sonrió guiñándole un ojo.

El teléfono sonó y tuvo que abandonar el comedor un momento. No le sorprendió escuchar la voz de su suegra al otro lado. Prácticamente, lo esperaba.

-Feliz Navidad a usted también, Sra. Pillsbury.

-Vamos, Will. Quita esa voz de amargado que se te pone en Navidades. No te queda bien.

Aunque le reñía, ella pecaba de lo mismo. Le contestó que eran imaginaciones suyas, restándole importancia.

Durante los últimos seis años habían tenido la misma conversación el día de Navidad. Con sólo coger el teléfono, ambos se entristecían aunque acabasen de estar riendo. Era su momento sagrado del año para echarla de menos en silencio.

El resto fue lo de siempre: la salud, la comida y los planes de vacaciones. Después llamó a Eva para que también hablase.

-¿Qué te ha dicho? –preguntó cuando colgó.

-Ya sabes –se encogió de hombros- Que si me lo pasaba bien, si de verdad no se te había quemado nada, si estaba nerviosa, que cuando vamos a ir a Virgina a verles y que no se me olvidara rezar por mamá. Ya sabéis que me acordaré. En fin, lo de siempre... –resumió mientras volvían a la mesa.

Will recordó que hubo un par de ocasiones donde ese discurso omitía la última petición.

Se obligó a sí mismo a echar a un lado los recuerdos. No era un día para estar tristes, si no alegres. No quería aguar la velada con sus caras largas.

-Si quitamos que se te ha secado un poco la carne, lo demás estupendo, Will. Y el postre también.

-¿Otra vez, mamá? La carne no estaba seca... –suspiró por enésima vez mientras recogían la mesa.

-¡Por supuesto que sí! ¿Crees que porque me estoy haciendo mayor no sé diferenciar?

-Cariño... estaba bien –intervino el Sr. Shuester- En cambio, al postre la faltaba azúcar.

Nada, no había manera de ponerse de acuerdo.

-¿Podemos abrir los regalos ya?

-¿No se puede esperar un ratito más Doña Impaciente?

Will la agarró por detrás para cogerla en brazos. Cada día pesaba más. Pronto no podría hacerlo.

-Jo, por fa, papi –suplicó- Por fa, por fa, por fa...

-Mm... Está bien –se rindió poniendo los ojos en blanco.

Le hizo soltarla y corrió al salón dando saltitos. Se arrodilló junto al árbol y no tardó en encontrar sus regalos. Llevaba todo el día situándolos. Prácticamente, le arrancó el papel al primero.

-Oh, es una... ¿maqueta de fortaleza? –le dio tres mil vueltas a la caja buscando algo que le dijese que se equivocaba- ¿Es una maqueta, papá? ¿De una fortaleza?

No era precisamente el regalo que esperaba recibir. Quizá una muleca, o incluso bloques de construcción para sus palacios, pero una maqueta de fortaleza desde luego que no.

-¿No te gusta?

Will había pensado que era perfecto. La había visto montar sus propios escenarios Lego, así que aquello sería divertidísimo y además lo harían juntos. Jugar a las cocinitas no se le daba bien, por eso pensó que esto... A él de pequeño le encantaban.

Miró a sus padres y sin decir una palabra comprendió que a ellos tampoco les pareció adecuado.

-El lunes iremos a cambiarlo, ¿vale? Podrás elegir lo que tú quieras –le cogió la caja y la apartó sobre la estantería para que no se olvidase- Lo siento, tesoro. Pensé que te iba a gustar –la abrazó y le besó la mejilla- ¿Estás triste? –la pequeña se encogió de hombros sin quererle decir lo desilusionada que se había quedado- Lo siento mucho. A tu madre se le daban mejor los regalos que a mí. Ella seguro que te habría comprado algo genial.

-Pero mamá no está, así que deja de hablar de ella –se bajó de sus rodillas y se acurrucó junto a su abuelo.

Eva sabía lo que iba a decir. Cada vez que mencionaba a Emma se pasaba el resto del día sumido en sus pensamientos y eso era lo último que deseaba. Además, ¿por qué tenía que recordarle siempre que le faltaba su madre? Sólo le quedaban vagos recuerdos de ella, y él no hacía más que repetir que era todo mejor cuando estaba.

Al menos, las bromas de su abuelo la hicieron reír y su regalo le gustó más. Quince minutos después, estaban todos sentados alrededor de la mesa estrenando el parchís.

-Will, no le des más vueltas. De los errores se aprende, hijo mío. Estás siendo un padre genial, sacando adelante este hogar con los pies en el suelo. No seas tan duro contigo mismo.

-Claro, papá –pero era un "claro" para que se callase. Simplemente, no tenía ganas de que nadie le levantase en esos momentos. Estaba bien en su agujero.

Se abrazaron otra vez.

-Tened cuidado en la carretera –besó a su madre y le ayudó a ponerse el abrigo- Muchas gracias por los regalos. A Ev le ha encantado y realmente necesitábamos la batidora.

-Will... –le riñó la Sra. Shuester.

-Feliz Navidad.

Les vio bajar las escaleras y luego cerró la puerta donde se apoyó escuchando el silencio en el que la casa había sucumbido.

Se frotó los ojos con cansancio.

Sí, quizás tuviesen razón y fuese demasiado duro consigo mismo.

En el salón, Eva se había quedado dormida hacía ya un buen rato. Pensó que estaría más cómoda en su cama, así que la cogió en brazos y la desnudó con cuidado tratando de no despertarla. Tras arroparla, se sentó junto a ella a observarla.

No había conocido a Emma de niña, pero por el par de fotos antiguas que había visto, estaba seguro de que era exactamente igual que su hija.

La piel pálida, las pecas, la media melena pelirroja despeinada de dormir, y muy delgadita.

Sólo él sabía cuento extrañaba a su mujer y cuanto la necesitaba todos los días, aunque unos más que otros.

Le apartó un mechón de pelo de la oreja para que no le molestase y le besó la frente antes de irse dejando su puerta encajada.

La maqueta le esperaba sobre la estantería para refregarle su fracaso. De mala gana, buscó la bolsa y el ticket, y lo dejó todo colgado en la percha de la entrada. Ya irían. En ese momento, él también quería descansar un rato.

Al cambiarse, dejó la ropa tirada sobre una silla. No tenía ganas de recogerla.

Tumbado en la cama, con los ojos cerrados, no podía dormir. El recuerdo de Emma volvía para martillearle la cabeza. Sus máximos enemigos eran la risa y el llanto. Tenían la capacidad de resonar más fuerte que ninguna otra cosa. Y esa noche era su risa la que le torturaba. Seguramente es lo que hubiese oído si le hubiese visto llegar con una maqueta debajo del brazo. Entonces, se habrían vuelto a la tienda y hubiesen elegido algo mejor.

¿Cómo se le había ocurrido eso? Era una cosa de chicos. ¡Por favor! Había estado pensando en él de pequeño y por eso terminó comprando la fortaleza romana. Qué gran error.

No conseguía conciliar el sueño. Estaba cansado de dar vueltas bajo las sábanas, así que se escapó de ellas. El suelo estaba frío bajo sus pies desnudos, pero lo ignoró. No era nada que no pudiese soportar.

Se frotó los ojos mientras se acostumbraba a la luz de su lámpara de noche. Ni siquiera quería mirar el reloj y ver cuantas horas llevaba en vela.

Encajó la puerta del dormitorio para que lo luz no se filtrara por el pasillo y despertase a Eva. Tenía el sueño muy ligero. La envidió por poder estar tan tranquila sin pensar en cosas triste.

Abrió lo que era el armario de Emma. Todavía guardaba allí su ropa, sus cosas. Quizás no fuera lo mejor, pero no se veía con el valor de tirar a la basura todo aquello. ¡Era de Emma, por amor de Dios! Podía no usarlo, pero seguiría siendo suyo.

A la penumbra de la habitación, el armario parecía mucho más oscuro. Cogió una de las rebecas bien dobladas de la primera fila. El paso del tiempo hacía sus pequeños estragos haciendo perder el olor. Olor a ella. La imaginó de nuevo dentro de ella, y se preguntó que falda se habría puesto para conjuntar.

Empezó a remover las prendas que colgaban en las perchas. Había muchas faldas donde elegir. A él nunca se le había dado demasiado bien emparejar colores.

Algo aparentemente sujeto entre la barra y algunas de las perchas cayó al fondo del armario. El ruido quedó amortiguado por los chalecos de punto.

Buscó a tientas en la oscuridad en busca del extraño y lo sacó fuera. No tardó en reconocer la caja y su envoltorio. Él tenía una exactamente igual en uno de sus cajones en la que ponía De Mamá para Eva.

Se sentó en el borde de la cama junto a la lámpara.

Sin duda, era idéntico y por el aspecto debía de llevar seis años allí guardado. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Bueno, siempre había evitado rebuscar entre las pertenencias de Emma. Era demasiado doloroso. Recordar siempre lo era, pero no podía vivir sin hacerlo.

De Emma para Will, ponía. Su caligrafía era perfecta.

Ignoraba completamente que hubiese hecho una para él. Al fin y al cabo, ellos eran adultos, habían tenido tiempo de estar juntos, de despedirse, de crecer... No tanto como el que a él le hubiese gustado. O el que ella había soñado. Quizá por eso le hizo la caja, en secreto para que la descubriese por sí mismo.

Ahora la tenía en sus manos. El último trocito vivo de Emma estaba en sus manos. No podía parar de preguntarse qué habría dentro, que le habría dejado, que era lo que quería que recordase de ellos.

Sólo tenía que levantar la tapa y descubrirlo, pero no lo hizo. No podía.

Sentía las manos temblar y la visión enturbiarse a causa de las lágrimas que empezaban a resbalar por su propia cuenta.

Emma... ¿Por qué te tuviste que ir y dejarme? Me siento tan perdido sin ti. Ya no hay nadie que me guie como lo hacías tú. Me pierdo al no ver tu mano aferrando la mía. Estoy siguiendo. Te prometí que lo haría pero hay veces que me cuesta tanto trabajo... Hoy he hecho el ridículo, Emma. Sólo a mí se me ocurriría ser tan... ¡imbécil! ¿Has visto lo que le he regalado? Casi podía tocar la desilusión de nuestra Eva cuando vio la estúpida maqueta. Había tantas cosas rosas y bonitas en la tienda, podría haberle comprado cualquiera de esas. Si hubieras estado aquí no hubiese pasado. Temo no ser un buen padre, Em. Muchas veces no sé lo que necesita ni si es lo mejor lo que le estoy dando. Quiero llenar tu vacío sin sustituirlo y no sé si lo hago bien. Pienso en dentro de veinte años, cuando ella eche la vista atrás, no quiero que me vea como el hombre que le daba de comer y la llevaba al colegio, si no algo más que eso. Quiero ser un padre de verdad, y a veces no sé si tengo las agallas suficientes. Te echo de menos, Em. Y ella también.

-¿Papá?

Abre los párpados apretados y ve como su hija le mira desde la puerta. Rápidamente se apresura en guardar la caja antes de que llegue a su lado.

-¿Qué te pasa, cariño?

Se sentó sobre sus rodillas muy seria.

-¿Estabas pensando en mamá? –adivinó por las lágrimas que trataba de limpiar disimuladamente.

-No se te escapa una, ¿eh? –aunque trataba de bromear, la voz aún le sonaba ronca.

-Te he escuchado desde mi habitación. Me desperté y me puse a rezar por ella, como me dijo la abuela. Luego pensé si de verdad me escucharía y que diría ella si pudiese contestarme –Will besó su frente con cariño. Él mismo se hacía a menudo esas preguntas- La echo de menos.

-Lo sé, cariño –susurró- Pero no llores, ¿vale? A ella no le gustaría verte triste –le sonrió limpiándole las mejillas con los dedos.

Eva asintió ahogando un sollozo.

-A veces quiero que venga a mi cama y me abrace. O que me riña por saltar en el sofá. O que me consuele cuando estoy triste –gimió sin poder evitar el torrente de lágrimas que se le venía encima.

Will la abrazó contra su pecho y la meció. En eso momento no tenía agallas para ser fuerte por ella, así que la acompañó hasta que poco a poco, ambos se fueron calmando.

-Mamás siempre está aquí con nosotros, Ev. Aunque no la podamos sentir, ni tocar, siempre, siempre estará aquí –le tocó corazón y luego el suyo- Que no se te olvide.

-Aquí –repitió dejando la mano sobre su pecho.

-Sí –le limpió la cara- Mañana iremos a verla, ¿te apetece? Le llevaremos flores.

-Margaritas.

-Lo que tú quieras –le dio un golpecito en la nariz sacándole un sonrisita.

-Me gustan las margaritas –abrazó a Will dejando caer la cabeza sobre su hombro. De repente saltó de su regazo y salió a todo correr por el pasillo. No tardó en regresar con un marco en la mano. Dentro había una foto de Emma donde sonreía y se la veía feliz.

-Háblame de mamá –pidió.

Se metieron en la cama, con la luz apagada, muy cerca el uno del otro y Will comenzó a hablar de Emma, todo lo que se le ocurría mientras Eva la escuchaba en silencio abrazando el frío marco contra su pecho hasta quedar dormida.

Con las palabras de Will resonando en sus oídos, puso sentir los brazos de su madre rodearla mientras dormía.

FIN