"Dama De Honor"

Disclaimer: La Saga Twilight y sus personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de la autora Stephenie Meyer.

Clasificación: NC-17 por contenido sexual

Pareja: Bella Swan/Edward Cullen

Summary: Es la boda de Alice y Jasper, y no podría haber otra dama de honor más que Bella Swan. Sin embargo, cuando el padrino pertenece a un pasado que no quieres recordar y es capaz de volverte loca, salir ilesa en el juego del amor puede ser misión imposible.

Notas de la autora: Y por fin! El capítulo donde Bella y Edward se roban la noche de bodas ha llegado! Confieso que llegar a este punto de la historia ha sido de lo más satisfactorio y espero que lo disfruten tanto como yo disfruto escribir esta historia que va ya por la mitad ;).

Nota importante: Es un lemmon fuerte, así que si alguien se siente incómodo o no le agrada leer este tipo de escenas está advertido y puede abstenerse de hacerlo. No pretendo que nadie se sienta ofendido por las escenas. Recuerda que si lees es bajo tu propio criterio.

Sin más que decir espero que disfruten el picante, pero sobre todo que la espera haya valido la pena. Y no olviden dejar un review, por pequeñito que sea, para ver que tal les ha parecido. ;)

Enjoy!

Capítulo 8°: Sólo Ésta Noche

~Bella's POV~

No tenía idea de cómo había terminado en aquella situación. Tampoco me lo preguntaba.

Recargada contra el frío vidrio del elevador, con mis piernas desnudas y enredadas en la cintura de Edward y mis brazos alrededor de su cuello, no era capaz de pensar en nada más que no fuera en él.

En sus manos acariciando mis piernas, en sus labios besando los míos con desesperación. Y en mis manos inquietas recorriendo la poca piel de su pecho que quedaba expuesta mientras deshacía los botones con manos temblorosas.

Bajó sus labios por la curva de mi cuello, probando y reconociendo un territorio que antes ya había recorrido. Yo me pegué más a él y apresé su cintura entre mis piernas mientras me restregaba contra su pecho. Y cuando sentí la evidencia de su excitación contra mi pelvis gemí con fuerza y jalé su cabello desesperada. Lo deseaba al punto de la locura.

Lo necesitaba tanto que por un momento quise que el elevador se detuviera y me tomara ahí mismo, pero las puertas se abrieron antes de que pudiera entender realmente lo que estaba pasando y salimos de ahí con el objetivo de llegar a su habitación lo más rápido posible.

Cuidamos no hacer un solo ruido y caminamos hasta llegar a la puerta, y por un momento que pareció eterno Edward buscó la llave electrónica en el bolsillo de su pantalón hasta que la tuvo entre sus manos ansiosas.

Intentó abrir sin éxito alguno, metiendo la tarjeta en la ranura que parecía no ceder.

-Demonios-

Lo escuché decir entre dientes, y sacándome una sonrisa, rodeé su cadera con mis brazos al tiempo que me pegaba contra su espalda y colocaba mi barbilla en su hombro.

-¿Quieres que yo abra?-

Susurré juguetona contra su oído y llevé mis manos al zipper de su pantalón, obteniendo como respuesta un estremecimiento y una larga exhalación. En ese momento la puerta finalmente se abrió y en menos de un segundo, me jaló hacia adentro y la cerró de una patada.

Yo solo atiné a reír a carcajadas mientras lo besaba.


La habitación estaba totalmente a oscuras salvo por la luz de la luna que se colaba por el enorme ventanal del balcón y que bañaba todo con una ligera luz plateada.

Antes de poder hacer o decir algo, Edward volvió a besarme de nuevo con tanta fuerza que terminé pegada de espaldas a la puerta, con su delicioso peso aplastándome mientras sus labios jugaban con los míos en una danza interminable. Sintiendo mis piernas flaquear ante las emociones que me asaltaban e incapaz de seguir de pie, levanté mis piernas de nuevo y rodeé su cadera, y él gimió ante la sensación de mis muslos alrededor de su pelvis.

-Bella…- susurró contra mi cuello, y sus manos bajaron hasta mis caderas y subieron de nuevo por mi torso hasta detenerse en la curva de mis senos.

Masajeó aquella zona con cuidado, como si supiera que aquello me desesperaba más y me hacía perder la razón.

Por fin una de sus manos se posó sobre mi seno y masajeó con lentitud, yo contuve un gemido contra su boca y mordí levemente su labio inferior en espera de más. No podía tener suficiente con aquello, ya no. Tal vez estaba cometiendo el peor error de mi vida, tal vez aquello ni siquiera era real, sino otro sueño como otros tantos que ya había tenido. Pero no quería pensar en eso.

Y cuando sus dedos pellizcaron mi pezón endurecido gemí sin poder evitarlo, echando mi cabeza para atrás y dándole acceso a mi cuello.

Pronto sus dos manos se unieron a la tarea, y yo sentí que podría desfallecer en aquél momento.

Masajeó mis senos sin piedad, frotando sobre la tela mis endurecidos pezones mientras sus labios recorrían insaciables la curva de mi cuello.

-Ah…Edward-

Me pegué aún más a él, en una muda petición a que siguiera con sus caricias, exigentes y deliciosas, sobre mis senos adoloridos y apretados contra la maldita tela del vestido. Completamente cegada por el momento, pegué mi pelvis contra su cadera aún más, sintiendo su deliciosa erección apretar contra mi centro mientras mis brazos se enganchaban aún más alrededor de su cuello.

Y él entendió de inmediato. Separó sus labios de mi cuello lo justo para soltar un gemido frustrado y sus manos dejaron por un momento las caricias para dirigirse rápidas y ágiles hacia el broche del vestido que se encontraba detrás de mi cuello.

Lo deshizo de un solo movimiento y la tela del vestido resbaló sedosa sobre mi cuerpo para detenerse en mis caderas, dejando mi torso completamente desnudo y expuesto a él.

-Vaya, mira nada más lo que tenemos aquí-

Con una mirada satisfecha, contuvo el aliento y admiró mis senos palpitantes que rogaban por sus caricias. Como niño que descubre un delicioso caramelo, mordió su labio inferior y sus manos ascendieron sobre mi torso, acariciando la piel que quedaba a su paso hasta que se detuvieron en el borde de mis senos donde rozó por una fracción de segundo antes de volver al ataque.

Sin miramientos comenzó a acariciar lentamente, restregando sus palmas contra la sensible piel. Sentí un estallido ante la nueva caricia y me retorcí de placer sin poderlo evitar al tiempo que gemimos juntos ante la nueva sensación de sus manos sobre mi piel desnuda, sin la tela de mi vestido de por medio. Y por Dios que supe que jamás había sentido algo más exquisito…

Delicioso. Demencial.

Las caricias se volvieron más y más exigentes, sus manos acariciando y reconociendo toda la piel a su paso. Apretó mis senos y contuve el aliento, pellizcó mis pezones erectos y gemí extasiada. Pero cuando sus labios reemplazaron a sus manos tuve que aferrarme a él con fuerza y mis labios contuvieron un gemido.

-Edward…-

Perezosos y glotones, sus labios recorrieron mis curvas lentamente, su lengua trazando el recorrido de mis pechos y lamiendo todo a su paso. Y cuando llegó a la punta y mordisqueó uno de mis pezones, me retorcí de placer contra él y jalé su cabello desesperada, pegando mi centro contra su erección aún más.

-Bella…-

Murmuró entre dientes, y la simple mención de mi nombre me excitó aun más. Quería tenerlo para mí, dentro de mí.

Y al sentir sus labios y su lengua recorrer mi pecho desesperado, supe que él quería lo mismo. Solo hasta que se hubo cansado de lamer y mordisquear mis pechos sin piedad y dejarme completamente excitada, rodeó mi espalda con sus anchas manos y dando media vuelta comenzó a caminar rápidamente hacia la cama.

Nos golpeábamos torpemente contra las paredes sin dejar de besarnos, tiramos un cenicero de una de las mesitas, un cuadro pegado en la pared del pasillo cayó al suelo. No nos importó.

Desesperados, yo deshacía los botones de su molesta camisa y él jalaba mis muslos hacia su erección, besándome sin piedad.

Me dejó caer en la cama sin dejar de besarme, pegando su torso aún cubierto contra mis senos saciados. Temblando de excitación, arranqué los botones de su camisa, desesperada por sentir su piel contra la mía.

Él besaba la piel de mi cuello y mi escote, lamiendo de vez en cuando mis pezones mientras sus manos viajaban por el recorrido de mis piernas, dejándolas desnudas cuando tiraba del vestido hacia arriba.

Finalmente y con un poco de su ayuda, la molesta prenda quedó fuera para poder tocarlo a mi voluntad y recorrí sus hombros y su espalda, explorando cada recoveco desde su amplio tórax, paseando mis dedos después por su columna vertebral hasta llegar a la curva de su trasero y apretar con fuerza.

Reprimiendo un gemido, se acercó a mí para besarme de nuevo y pegó su torso desnudo contra mis senos, aplastándome bajo su delicioso peso. Sentí su erección presionar contra mí sexo de nuevo, como un delicioso augurio de lo que vendría.

Gemimos con fuerza.

Subió sus manos traviesas por el recorrido de mis piernas y sin más introdujo sus dedos debajo de la tela del vestido, ahora arremangado por completo en mi cadera. Tocó la cara interior de mis muslos, acariciando y tentando mientras se acercaba a mis bragas húmedas. Y cuando sus dedos rozaron sobre la tela, mordí su labio inferior con fuerza.

-Quítame el vestido-

Susurré exigente, y obedeció aquella orden con tal eficacia que no supe ni cuándo ni cómo terminé casi desnuda debajo de él, solo con mis diminutas bragas de encaje negro encima. Él se detuvo lo justo para mirarme después de haber tirado el vestido al otro lado de la habitación.

Y volvió a besarme desesperado. Comenzó el recorrido frenético de sus manos sobre mis piernas, y sin más se acercó de nuevo hasta mis bragas donde acarició mi sexo húmedo sobre la tela sin miramientos.

Edward soltó una imprecación al darse cuenta de mi evidente humedad, y excitado, mordió levemente la curva de mi cuello y marcó las líneas de mi sexo a través de la tela.

Gemí con fuerza, desesperada por más.

En iguales condiciones, él encajó sus dedos en los bordes de mis bragas, las sacó rápidamente de mis piernas hasta que tuvo la estorbosa prenda entre sus manos y la aventó junto con el montón de ropa que había en el suelo.

Dejándome completamente desnuda.

Me miró de nuevo de arriba abajo mientras me sujetaba posesivo por la cintura.

Su mirada verde se nubló por completo, y lo vi tragar en seco cuando sus ojos se detuvieron en el lugar que acababa de descubrir y que finalmente quedaba expuesto y esperando por él.

-Por Dios…-

Lo callé con un beso exigente, y colgando mis brazos detrás de su cuello pegué mis senos contra su pecho desnudo. Soltando un montón de quejidos incontrolables, lamí sin control el borde de sus labios hinchados y pegué mi pelvis contra su cadera, pidiendo más.

Y aquella muda petición bastó. Sin dejar de besarme y con extrema lentitud, trazó el recorrido por mis piernas que ya tantas veces había hecho y sus manos se aventuraron a tocar el interior de mis muslos. Y cuando apretó ligeramente contra mi centro mordí su labio inferior y gemí quedamente.

Que el cielo me amparase. Aquello era la gloria misma.

Edward se separó de mi lo justo para mirarme, y a pesar de la oscuridad pude observar la pequeña sonrisa torcida que me dirigió cuando, con dedos expertos, tocó el botón de mi excitación y yo reprimí un grito.

Y cuando introdujo un dedo en mi mojada cavidad, arqueé mi espalda y solté un grito sordo.

Sin piedad hizo suyo cada rincón, introduciendo lentamente su dedo y acariciando con el pulgar aquél sensible botón resbaloso a causa de mi excitación. Incapaz de pensar, yo levantaba mi cadera contra él, desesperada por sentirlo más. Quería más. Necesitaba más.

Los pliegues de mi interior se cerraban en torno a él y apresaban al experto intruso en su calor. Y cuando introdujo no solo uno, sino dos de sus dedos y apretó con fuerza, sentí que desfallecería de placer ante la sensación.

-Oh…Edward…por todos los cielos…-

Gemí y me pegué a él en un intento por aferrarme a la realidad que comenzaba a abandonarme sin remedio. Sus dedos, largos y expertos, penetraron una y otra vez con fuerza mientras su pulgar acariciaba sin piedad mi clítoris. Sentí sus labios bajar sobre mi cuello y detenerse en mis senos, y cuando lamió mi pezón reprimí otro grito.

Y la tortura siguió. Probó sin cansancio, su boca juguetona lamiendo y mordisqueando mis pezones endurecidos, sus dedos explorando mi sexo a su antojo. Yo solo gemía y arrugaba con fuerza las sábanas bajo mis manos, arqueando mi espalda, ofreciendo mis senos a su boca insaciable, incapaz de pensar en nada más que en eso. Edward acariciándome, Edward tomando y reclamando.

Edward haciéndome el amor.

-Edward!-

Y con aquella idea llenando mis sentidos y mi cerebro, el orgasmo me golpeó sin remedio. Sentí como aquel caleidoscopio de emociones me envolvió por completo haciendo estallar mi interior, y sin poder evitarlo, enterré mis uñas en su espalda al tiempo que un millón de descargas se apoderaban de mis extremidades, nublando mi razón y llevándome al cielo.

Y grité. Grité tan fuerte que me atronó los oídos. Grité su nombre. Edward.

Quien me miró satisfecho mientras llegaba al clímax, y con una ligera sonrisa plantó un pequeño pero significativo beso en mis labios y siguió acariciando mi interior con destreza, resbalando sus dedos a causa de mi humedad. Cuando un segundo espasmo me atacó por completo y me llenó entera, sacó sus dedos y se dejó caer a mi lado, mirándome con los ojos obnubilados por el alcohol y la pasión.

Yo lo miré de igual manera recostada a su lado, completamente desnuda, excitada, empapada en sudor, y sobre todo sin poder creer lo que estaba pasando. Parecía uno de aquellos sueños húmedos en los que siempre había el mismo protagonista dándome placer y haciéndome gritar, solo que ahora parecía que se había convertido en una realidad mucho mejor de la que había podido imaginar.

No estuvimos así por más de diez segundos antes de que nos entregáramos de nuevo a aquél juego del que ya no teníamos escapatoria, y pronto me di cuenta de lo injusta que la situación era en aquellos momentos, conmigo completamente desnuda y Edward con sus pantalones aún puestos.

-Me parece que ahora me toca a mí, Cullen-

Murmuré seductora en su oído y mordí el lóbulo de su oreja al tiempo que me hincaba sobre el mullido colchón de la cama y de frente a él.

Entre curioso y confundido, me miró recostado sobre sus codos mientras yo le quitaba los pantalones de manera rápida y ágil, consciente de la gran erección que se marcaba por debajo del pantalón.

Y que quería dentro de mí.

Una vez fuera, Edward me quitó los pantalones de las manos y los lanzó desesperado al otro lado de la habitación, a un lado de mi vestido y mis braguitas. Yo lo miré entre sorprendida y divertida con una ceja levantada y sonreí de medio lado.

Él se enderezó solo lo suficiente para tomarme por la cintura con ambas manos y antes de que sus labios se pegaran a los míos en un beso, coloqué mi dedo índice sobre sus labios y negué lentamente.

Ahora me tocaba a mí hacerlo sufrir. Y sobre todo, disfrutarlo. No pensaba, no me detenía siquiera a analizar lo que estaba haciendo. Solo me dejaba llevar al igual que él, sin poder discernir si aquello que estaba pasando era la realidad u otro de mis sueños.

Como fuera, estaba dispuesta a aprovecharlo al máximo.

-Ni creas, chico listo- murmuré contra sus labios al tiempo que lo empujaba lentamente hacia atrás y lo recostaba de nuevo sobre la almohada.

Antes de que él pudiera decir algo, le saqué los bóxers de un solo jalón y finalmente quedamos en igualdad de condiciones, completamente desnudos y perlados por el sudor. Sin perder tiempo, me coloqué a horcajadas sobre sus piernas extendidas, colocando una pierna a cada lado de las suyas y sintiendo como él se estremecía ante el contacto de nuestros cuerpos totalmente desnudos.

Yo también lo hice, incapaz de ignorar las descargas que recorrían mi cuerpo anhelante.

Mordiendo mi labio inferior lo miré de arriba abajo sin reservas, sintiendo como mis manos escocían por tocarlo en aquél instante. Quería retribuirle el enorme placer que él me acababa de hacer experimentar con sus dedos y sus caricias, pero la visión de su cuerpo desnudo me pareció un espectáculo digno de admirar.

Tantos años deseando aquél momento, tantas noches soñando con la visión de su cuerpo completamente a mi disposición, y ahora que lo tenía enfrente parecía una realidad imposible de creer.

Y definitivamente mucho mejor de lo que jamás había imaginado.

Sin poder evitarlo, mi mirada se detuvo en la evidencia de su excitación y como una niña curiosa, llevé mis manos hasta aquella parte de su cuerpo y acaricié lentamente esperando su reacción. Lo miré morder su labio inferior y con una larga exhalación, logró enfocar sus ojos en mi rostro.

-Bella-

Dijo aquello en un tono autoritario, claramente debatiéndose entre el placer de la caricia y las ganas de detenerme. Estaba claro que Edward Cullen jamás perdía el control y mucho menos el mando, y sin embargo en aquellos momentos, lo único que podía hacer era exhalar con fuerza, frustrado ante la situación.

Añadí mi otra mano a la tarea y seguí acariciando lentamente su miembro con destreza, observando todos y cada uno de sus gestos ante las caricias, aprendiendo a interpretar cada una de sus reacciones y disfrutando verlo rendido ante mí.

-Bella- murmuró con más fuerza en esta ocasión, disfrutando de las caricias que daba debajo de su cintura.

Sonreí satisfecha al mirarlo, cobrándole poco a poco la deliciosa tortura que él me había hecho pasar momentos antes y que me había llevado hasta la locura.

-¿Dime, Edward?-

Pregunté arrogante y me incliné sobre él lo suficiente para que mis senos rozaran su pecho. Y aquel simple roce me hizo estremecer de deseo al tiempo que le sacaba a él un gemido de frustración. Decidida a torturarlo aún más, me separé al instante mientras lo miraba contener una maldición.

Alentada por sus reacciones, mis caricias se volvieron más ágiles y rápidas al tiempo que lo miraba respirar de manera más agitada, mientras sus manos vagaban inquietas por mis muslos y seguían su camino hasta mi cintura, en un intento desesperado por evitar llegar al clímax.

Y antes de que sus manos se cerraran sobre mis pechos me incliné de nuevo sobre él hasta que mi rostro quedó a escasos milímetros del suyo. Él me miró con intensidad y se enderezó lo suficiente para besarme, pero yo me alejé de nuevo lentamente y me enderecé con una sonrisa en el rostro.

Frustrado ante mis deseos de torturarlo, Edward soltó un gruñido desesperado.

-Maldición, Isabella-

Sin dejarme sin más opción que detener mis caricias, me tomó por la cintura con fuerza y de un rápido movimiento me pegó de espaldas al colchón.

Y quedé atrapada bajo su delicioso peso.

Me besó con fuerza y nuestros alientos se entremezclaron mientras nuestros cuerpos se pegaban en un abrazo delicioso. Y algo se encendió en aquél preciso momento. Incapaz de esperar un momento más, Edward separó mis piernas con sus manos y se abrió paso entre ellas, acercando su miembro a mi entrada húmeda.

-Necesito entrar en ti, ahora- murmuró contra mis labios desesperado, y cuando sentí la punta de su erección rozar mi sexo empapado solté un gemido de desesperación.

Yo también lo necesitaba dentro de mí, más que nunca.

Sin más respuesta que mis brazos aferrándose a su cuello y mis piernas enredándose alrededor de su cintura, lo miré fijamente durante unos instantes y de una ágil embestida Edward se enterró en mí con fuerza.

-Edward!-

Grité ante la sensación que me invadió, y completamente nublada por aquél momento dejé caer mi cabeza sobre la almohada, consciente solo del hecho de que Edward estaba dentro de mí.

Que como dos piezas perfectas de un rompecabezas estábamos unidos. Éramos uno.

Y aquella verdad me golpeó tan fuerte que por un momento todo pareció desaparecer hasta que solo estuvimos nosotros dos, sumergidos en aquella burbuja de deseo que nos había cubierto desde que lo había vuelto a ver.

Contrario a lo que esperé se abrió paso entre mí lentamente, y cuando llego al final de mi entrada soltamos un gemido refrescante al unísono, completamente extasiados e incapaces de detener aquél torbellino de sensaciones que nos asaltaban. Con mi cabeza pegada a la almohada, lo sentí besar mi cuello con dulzura al tiempo que comenzaba, con ligeras arremetidas contra mi entrada, a moverse deliciosamente dentro de mí.

Se movía de arriba abajo sobre mí cuerpo, pegando su pecho resbaloso al mío de manera deliciosa y delirante mientras yo sentía como mi estrecho interior lo recibía gustoso y lo apresaba ahí, reteniéndolo en su calor. Solté un gemido desesperado y ansiosa por sentirlo aún más, comencé a mover mis caderas contra él en un ritmo suave y cadencioso, en una clara señal de que necesitaba más.

Y cuando arqueé mi espalda para recibirlo aún más en mi interior, Edward soltó un gruñido contra mi cuello y comenzó a moverse con más rapidez.

Pronto aquellas arremetidas dejaron de ser suaves y ligeras para convertirse en embestidas fuertes y rápidas, mientras Edward se movía con agilidad sobre mí y yo movía mi cadera contra él para sentirlo aún más cerca, aún más dentro.

Tantas noches soñando con aquél momento se veían ahora materializadas en el vaivén de nuestros cuerpos y aquella sinfonía de gemidos y quejidos, que poco a poco iban inundando la habitación.

Y al diablo si aquello era otro sueño debido al alcohol que había tomado aquella noche. Al diablo si aquella ilusión desaparecía por la mañana, cuando me diera cuenta que solo había sido un sueño.

En ese momento, sólo ésta noche, Edward era mío. Solo mío.

-Edward…más-

Cambiamos de posición varias veces.

Tantas que no supe cómo ni cuándo terminé hincada sobre la cama, con mis manos aferradas a los barrotes de la cabecera mientras Edward, hincado detrás de mí, me embestía con agilidad y apretaba mis senos con sus manos al tiempo que lamía el lóbulo de mi oreja, susurrando mi nombre al oído una y otra vez.

-Bella…Bella-

Yo jadeaba con fuerza mientras movía mis caderas en dirección a él, sintiendo la deliciosa sensación de aquél intruso invadiendo y llenando mi entrada que se contraía a su alrededor. Gimiendo cuando llegaba hasta el final de mi entrada, gritando cuando penetraba con fuerza.

Sentía su miembro arremeter con fuerza una y otra vez, en una danza deliciosa que parecía no tener fin y que no quería que terminara jamás.

Cuando finalmente quedé sentada encima de él y pude tomar el control de la situación, comencé a marcar el ritmo de las embestidas mientras me dejaba caer sobre su miembro rígido. Él me ayudaba tomándome de las caderas para guiarme de nuevo y penetrarme con fuerza, subiendo de vez en cuando sus manos para apretar mis senos y pellizcar mis pezones, arrancándome más gemidos de placer.

Y yo solo tenía un pensamiento en mente, una idea ocupando todos mis sentidos y mi razón.

Subir y bajar sobre Edward.

Dejarlo entrar y luego salir, y luego volver a la misma danza maravillosa que habíamos comenzado antes.

Mis gemidos callados se convirtieron en gritos desesperados, consciente de que el clímax me alcanzaría por segunda o tercera vez esa noche. Y arqueando mi espalda hacia atrás, me detuve para permitir que la maravilla del orgasmo me llenara por completo mientras una o dos embestidas más tarde Edward me seguía en aquél caleidoscopio de emociones, tomando también su pedazo de cielo.

Y juntos disfrutamos de aquél paraíso, transportándonos a un lugar donde nada más importaba. Donde no importaba que era realidad y que era fantasía, donde solo importaba la unión de nuestros cuerpos.

Solo importábamos nosotros dos. Edward dentro de mí. Edward y yo haciendo el amor.

Y con aquél simple pensamiento, me desplomé entre sus brazos al tiempo que él me recibía con un beso en los labios, ambos jadeantes, exhaustos y perlados por el sudor. No importaba si todo eso desaparecía en la mañana, solo por ésa noche, quería disfrutar el calor de su cuerpo desnudo contra el mío.

No tardé más de dos minutos en quedarme profundamente dormida entre sus brazos, encima de su pecho.


Desperté con la suave luz del amanecer golpeándome de lleno en el rostro y un ligero pero perceptible dolor de cabeza martilleándome las sienes. Parpadeé varias veces antes de abrir mis ojos por completo.

Miré la inmensa ventana que tenía frente a mí e hice un puchero al sentir los ligeros rayos del sol atravesando mis ojos. Comenzaba a amanecer, y aún se podían observar tintes azulados de un cielo nocturno.

Me quedé quieta en mi lugar. Algo era muy diferente esa mañana.

No estaba en la habitación de hotel que había ocupado la última semana y media. Aunque los muebles eran casi los mismos solo que en tonos más oscuros, la distribución era completamente distinta, pues jamás solía despertarme con la luz del sol entrando por la ventana.

Y sobre todo, no amanecía con el cuerpo adolorido y pegajoso, y con una sensación de placer que me llenaba por completo.

Soltando una larga exhalación ante la sensación de dolor placentero, me enderecé al percatarme que una sábana de seda cubría mi cuerpo y la levanté para darme cuenta que debajo de ella estaba desnuda.

Totalmente desnuda.

Y todo lo ocurrido la noche anterior llegó a mi memoria como si me hubieran dado un golpe en la cabeza. Como vistazos borrosos a causa del alcohol, recordé todo lo que había hecho anoche, y también con quién lo había hecho. Al borde de la histeria, miré a mi lado para descubrir que, con solo un pedazo de sábana cubriendo su cadera y en igualdad de condiciones, Edward dormía plácidamente a mi lado.

Entonces no había sido un sueño. Con un demonio, había hecho el amor con Edward.

Entré en pánico.

Tragué con fuerza y conteniendo las ganas de gritar, me levanté como un resorte de la cama y comencé a buscar mi ropa desperdigada por la habitación. Me cambié lo más rápido que mis manos temblorosas me permitieron, mirando siempre en dirección a la cama para cuidar que Edward no despertara y pensando la manera de salir de ahí sin que él lo notara.

Y sobre todo, como hacer para que pareciera que ahí no había pasado nada.

Decidí que debía empezar por acomodar su ropa, y una vez hube cerrado la pretina de mi vestido, recogí sus prendas una a una y las fui doblando hasta tener un bulto que deje en el sofá cercano. Cualquiera que las viera podría pensar que él mismo se las había quitado anoche cansado y desesperado por meterse a la cama.

O al menos eso quería creer. Quería creer que había tomado lo suficiente para no recordar nada.

Y que también tuviera por costumbre dormir desnudo.

Después de eso, recogí el cenicero que habíamos tirado y el cuadro que había caído al suelo al golpearme contra él y sentí mi rostro enrojecer con furia al recordar cómo habían terminado en el suelo.

Conteniendo una maldición y mirando alrededor para asegurarme de no dejar nada que delatara mi presencia ahí, caminé hacia la puerta con prisa y con una última mirada a la persona que dormía en la cama, salí de la habitación cerrando la puerta con cuidado.

Una vez fuera, comencé a correr de puntillas hasta mi habitación mientras sentía mi cabeza a punto de estallar.

Había hecho el amor con Edward toda la maldita noche, y como jamás lo había hecho con nadie.

¿Cómo rayos iba a librarme de eso?


¿Review?