¡Perdón, perdón! ¡De verdad!
Primero que nada, me gustaría disculparme enormemente por haber demorado una bestialidad en subir capítulo.
En serio, lo siento. Me estaba costando horrores sentarme a pasar en limpio lo que tenía escrito. ¡Perdón!
En segundo lugar, mil gracias a todas las lectoras por darle una oportunidad a esta historia. También están dándomela a mí. Gracias a las que dejaron reviews por ser tan comprensivas y cariñosas.
Sin más -deben estar odiándome-, las dejo con el capítulo. ¡Gracias por leer!
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Capítulo 3: Frescura y Amortenia
—¿Qué le sucede ahora? —Blaise lanzaba miradas de soslayo a Draco, escrutando el rostro de su amigo en búsqueda de alguna señal de actividad.
—Ha estado así desde el sábado. Incluso fue a la enfermería esa noche —susurró Pansy, en voz apenas audible.
Los tres slytherins se dirigían con rapidez hacia las mazmorras, rumbo a su primera clase después del almuerzo. Dos de ellos miraban con curiosidad al tercero, que mantenía el rostro inexpresivo y la mirada algo perdida, distraído.
—Pero… ¿qué le ocurrió? —insistió el joven de tez morena.
—No lo sé, Blaise. Debe de haber sido algo importante, supongo. Aunque hay algo de lo que sí estoy segura —murmuró, enigmáticamente, la esbelta joven.
El muchacho moreno la miró, intrigado, y le hizo un gesto con la cabeza, instándola a seguir.
—Ésta es sólo la calma que precede la tormenta —reveló ella.
Ingresaron al aula empujando disimuladamente a un par de gryffindors que obstruían la entrada y se acomodaron en sus pupitres de forma relajada, a la espera del profesor. Pansy charlaba animadamente con otra alumna de Slytherin y Blaise las escuchaba sin prestar demasiada atención. Luego de unos minutos, notaron como Draco se envaraba en su asiento y tensaba la mandíbula, concentrado en un grupo de estudiantes que acababa de entrar en el salón.
Hermione sintió el peso de un par de ojos sobre ella y supo de inmediato de quién se trataba. Sin inmutarse, caminó hasta su lugar y, una vez que estuvo sentada, enfrentó al rubio, desafiante. La colisión de miradas fue abrumadora, pero increíblemente fría al mismo tiempo. Ella lo contemplaba con altivez, en clara posición de leona orgullosa. Él, en cambio, se mantenía inexpresivo… más sus puños apretados sobre el pupitre decían más que mil palabras.
Se vieron obligados a cortar el contacto visual con la llegada del profesor Slughorn, quien dio comienzo a la clase sin advertir las corrientes de tensión que surcaban el aire. Antes de pronunciar palabra, movió su varita en el aire y los calderos de todos los estudiantes se llenaron de una sustancia amarillenta. Parecía muy entusiasmado por alguna extraña razón y anunció, complacido, que tenía una sorpresa especial para ellos. Les mostró un pequeño frasco lleno de un líquido azulado y prometió entregárselo al primero que tuviera éxito en la tarea que les iba a encomendar.
—El objetivo es muy simple, chicos. Quien descubra qué ingrediente es necesario para finalizar la poción que coloqué en sus calderos, se queda con el premio —dijo, sonriendo y agitando la brillante botellita en el aire.
Hermione enderezó la espalda y alzó la cabeza. Debía ponerse a trabajar si quería ganar esa vez. Ese año, algo extraño estaba sucediendo. Harry igualaba su nivel en la materia e incluso, a veces, la superaba. Eso no era un problema grave, pero la frustraba enormemente. Deseaba triunfar en esa tarea, pero no por competitividad, sino por sus ansias de superarse a sí misma. No se trataba de que su amigo perdiera; ella tenía que comprobar que seguía siendo la Hermione estudiosa y aplicada de siempre, y que sus preocupaciones no la estaban cambiando. Observó, sorprendida, como el profesor Slughorn se sentaba tras su escritorio sin decir una palabra más.
—Disculpe, profesor… —comenzó, después de que el hombre le diera la palabra— ¿No nos dirá de qué pócima se trata? —inquirió, señalando su caldero.
Él sonrió, misteriosamente.
—Ahí está la diversión, señorita Granger. En esta estantería encontrarán diversos ingredientes y, entre ellos, está el correcto —explicó, pausadamente, señalando un antiguo mueble a su costado izquierdo—. Ése, y lo que ven sobre sus pupitres, son los únicos datos que voy a darles.
La chica paseó su mirada por las herramientas que reposaban sobre su mesa. Había tres recipientes de cristal del tamaño de un puño cerrado, una afilada navaja, para cortar los ingredientes, y una pequeña cucharita de plata. Se concentró identificar de qué brebaje se trataba, ya que ésa sería la única forma en llegar al componente misterioso. Luego de unos minutos de analizar el color, el aroma y la consistencia del líquido, llegó a dos respuestas posibles. En primer lugar, podía tratarse de una Poción Envejecedora. Le parecía la solución correcta, ya que su viscosidad era similar a la de la que habían preparado Fred y George para el Torneo de los Tres Magos hacía unos años. La segunda —aunque menos probable— era la Amortenia. Sinceramente, dudaba de que Slughorn la pusiera al alcance de ellos de nuevo, sobretodo teniendo en cuenta la fascinación que producía en algunas alumnas… pero no podía descartar la idea sin antes estar completamente segura.
—Oye, Hermione… —la llamó Ron, interrumpiendo su línea de pensamiento— ¿Qué crees que sea?
—Estoy en eso, Ron… —respondió ella, algo irritada.
Hojeó su libro durante unos segundos y se levantó de su asiento. Con paso decidido, enfiló hacia la estantería que el profesor les había indicado. Estaba tan ensimismada localizando las escamas de dragón, que no notó que alguien venía detrás hasta se sintió golpeando de frente contra el mueble, que se tambaleó, haciendo temblar los recipientes cristalinos. Soltó un quejido y se volteó.
—¿Pero qué…? —oyó, e identificó la voz antes de percibir la mirada fría. Claro, tenía que chocar con Malfoy. Cómico.
—Ten más cuidado, hurón —se limitó a decir, corriendo la cara a un lado.
—Granger —masculló él, receloso.
No lo miraba. ¡Estaba evitando mirarlo a los ojos! ¡Escapaba, como la rata de biblioteca que era! Esa reacción era más que esperable. Por supuesto, la inmaculada e inocente comelibros Granger jamás admitiría haber perdido los cabales con él como lo había hecho unos días atrás. No, claro que no; se escondería, evitaría al máximo cualquier tipo de confrontación y actuaría como si nada hubiese sucedido.
Bueno, era una lástima. Él no haría lo mismo.
—Muerdes excelente, sangresucia —susurró, con cruel ironía manando de su voz. Ella lo miró indignada. Frunció los labios con disgusto y le dio la espalda. Un atisbo de sonrisa se asomó en el rostro del rubio.
Hermione percibió que la distancia que la separaba del slytherin se había acortado porque sintió el pecho del chico pegarse indiscretamente a su espalda. Alarmada, se puso completamente rígida, pero no pronunció palabra. El aire se había impregnado de un olor extraño. A pesar de la palpable tensión que la invadía por dentro, quiso identificar el aroma. Inspiró disimuladamente y arrugó la boca, al no poder reconocerlo. Giró la cara a un lado, para que el joven pudiese ver su perfil y murmuró, nerviosa:
—Malfoy, aléjate, van a vernos… —se detuvo para serenarse y tomar aire, pero no pudo terminar la frase. El leve movimiento que había realizado hacía unos segundos había coincidido con uno de él. Desde su posición, la punta de su nariz rozaba sutilmente el pálido cuello de Draco. El aroma se había intensificado, y le llegaba directamente desde allí. Paralizada, no pudo más que llevarse una mano a los labios para intentar ahogar el imprudente suspiro que, irremediablemente, se le escapaba en aquel momento.
Se estremeció al notar que el slytherin había endurecido cada fibra de su expresión y retiró el rostro de inmediato. Desconcertada, aferró las escamas de dragón con una de sus manos y con la otra tanteó sobre la estantería, en busca del resto de los ingredientes que había separado. Los estrujó con fuerza entre los dedos y bajó la mirada al suelo, incómoda.
Draco apretó la mandíbula y volvió su rostro inescrutable. No le había agradado para nada el cosquilleo fugaz que había sentido en su contacto con la gryffindor. Aunque, la verdad, tenía que reconocer que le había sorprendido. No creía que una chica pudiese tener la piel más suave que Pansy…
—Señor Malfoy… ¿Algún problema con los ingredientes? ¿No estará intentando que la señorita Granger le diga cuáles son los correctos, cierto? —la voz a sus espaldas los alertó. Sobresaltados, ambos se voltearon para mirar a Slughorn, que los contemplaba, evidentemente en espera de una respuesta.
Hermione vio al rubio adoptar una mueca de indiferencia. Antes de que él pudiera decir algo, se le adelantó y habló, sonando bastante conviencente.
—Yo estaba tardando mucho en localizar los míos, profesor. Pero ya los he encontrado —afirmó, sosteniéndolos en el aire por una fracción de segundo. Luego, se dirigió a su asiento, presurosa. De verdad esperaba que Slughorn le creyera. O, por lo menos, no le hiciera más preguntas.
El profesor asintió una vez y se volvió hacia un alumno de Slytherin, no sin antes lanzarles una última mirada suspicaz.
—¡Pero, Edmund, ¿cómo rayos hiciste eso? —escucharon exclamar a Blaise. El caldero del joven castaño comenzaba a sacudirse, dando pequeños saltos sobre el pupitre. El líquido amarillento del interior se había rebalsado y se esparcía ahora por el suelo de piedra.
Draco aprovechó la distracción que se había generado para volver a su lugar, observando por el rabillo del ojo como Granger movía con rapidez sus manos y limpiaba el desastre, ayudando a Slughorn.
—No, señor Roosevelt, ese definitivamente no era uno de los indicados… —el hombre regordete se acercó al pupitre de Hermione, que había vuelto a trabajar, con claro interés marcado en la expresión— ¡Muy bien, señorita Granger, así se hace! ¡Atención, todos, he aquí a una futura ganadora! ¿Podría decirme ahora de qué pócima se trata, querida?
—Claro, profesor. Es Amortenia. Puede notarlo por el tono nacarado que comienza a tomar, luego de revolverla un poco.
—¡Oh, sí, sí, exacto! —celebró el hombre— ¡Diez puntos para Gryffindor! —miró a la joven, divertido e interesado a partes iguales— Díganos, señorita Granger… ¿Qué tal huele?
Ella dudó un segundo antes de contestar. El aroma comenzaba a invadirla, como un potente recordatorio de la escena que había vivido unos momentos atrás. Paseó su mirada por un pupitre aledaño y se cruzó, por un efímero segundo, con un par de ojos grises como el cielo en una tormenta. Turbada y completamente desconcertada, frunció levemente el ceño.
—Bastante bien, profesor— contestó, escuetamente.
Aunque ella sabía que, en realidad, debía haber respondido "menta".
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¡Gracias por leer! Si quieren, dejen reviews... que me ponen muuuuuy contenta. ¡Saludos!
