¡Hola!
He vuelto. De nuevo, disculpen la tardanza, pero subir capítulo me está siendo imposible. Debo darle prioridad a mis estudios, en un año y medio acabaré el secundario y quiero salir lo mejor parada posible. Espero sepan comprenderme.
Mil gracias por los reviews. En serio, a todas. Gracias, Teffy, no pude contestarte como a las demás, así que lo hago por aquí.
Este capítulo, en particular, va dedicado a una de mis autoras favoritas: Monik. Sí, muchas de ustedes deben conocerla como Monalisa17, escritora de historias geniales como La Revolución de las Bestias o Rojo & Negro. Me encantan sus fics y los recomiendo fervientemente. Es una forma de mostrarle mi apoyo y cariño, en especial considerando la no tan agradable situación por la que tuvo que pasar a causa de la poca paciencia de algunos lectores. Escribir no es nada fácil y de verdad admiro su capacidad de mantenerse constante. En fin, esto es para tí, querida :D
En fin, espero que lo disfruten :)
Saludos, una cereza azul y un abrazo de Sirius,
Suun.
Capítulo 5: Angustia
¿Qué podía hacer? ¿Negarse? ¿Qué le diría al profesor? ¿"No, señor Slughorn, no haré el trabajo con él porque su aroma me marea"? Claro. Pero ésa era su suerte. Había llegado a Pociones casi tranquila, dado que ya era jueves, había adelantado tareas de la mayoría de las asignaturas y en su mente se hallaba la perspectiva de dedicar parte de su fin de semana a algún tipo de lectura ligera. No había vuelto a pensar en Malfoy y, honestamente, prefería no hacerlo. Sabía que había cosas más importantes por las cuales preocuparse.
Como, por ejemplo, el futuro inmediato. Porque, sí, las clases estaban acabando y sus predicciones estaban más cerca de cumplirse. El año siguiente no volvería a Hogwarts. Muy dentro de su corazón, lo sabía, aunque nada estuviese confirmado. Harry estaba realizando una labor importante, podía verlo en la manera que sus profundos ojos verdes se perdían en la distancia, como meditando algo de sumo valor. Tenía la certeza de que ni Ron ni ella le dejarían solo, le acompañarían a donde fuera para ayudarle. Porque de eso dependía todo. Los días corrían. Pronto, no habría tiempo que perder.
No obstante, se le hizo inevitable retomar el tema que había apartado de su mente al ingresar al salón de clases. Más aún cuando Slughorn indicó, con serenidad, que para aprobar ese curso deberían realizar un trabajo especial por parejas. Porque además aclaró, con voz firme, que él mismo armaría los grupos, ya que estaba cansado de la rivalidad insana que existía entre las Casas. Hermione supo que se refería, con particular énfasis, a Gryffindor y Slytherin… y entendió que lo que aquel hombre regordete intentaba hacer era instaurar la paz no sólo dentro del salón, sino también fuera. Porque todos sabían lo que se avecinaba. Y tenían que permanecer juntos. Así que no le sorprendió escuchar cómo el profesor enlazaba apellidos, intentando fusionar rojo con verde.
—Potter… tú irás con Nott. Sí, sí… Siéntate en el espacio de Zabini, que irá con tu amigo Weasley. ¡Sin quejas, jóvenes! —Slughorn permaneció pensativo un momento y luego habló, mirando directamente a la castaña, con un brillo sagaz iluminando su mirada: — Veamos, señorita Granger… si es tan amable de unirse a Malfoy en su pupitre, por favor. Parkinson, ve con Finnigan… —el hombre continuó organizando las parejas, ignorando a una atónita Hermione que parecía no poder dar crédito de su suerte.
Ni siquiera se molestó en voltearse. Ya suponía lo que vería. Probablemente, la cara de desprecio más genuina de toda la historia mágica. Así que, sencillamente, se levantó y caminó hacia el pupitre que le habían indicado. Hacia su Infierno personal. No iba a quejarse ni a cuestionar la palabra del profesor: debía dejarse de niñerías y ponerse a trabajar, para obtener un buen Extraordinario. Se sentó, con dignidad y un discurso bien preparado. No lo miró a los ojos y comenzó a hablar.
—Mira, Malfoy, no creas que esto me hace más gracia que a ti. Pero debemos realizar esta tarea y no aceptaré…
— ¿He dicho algo? —la interrumpió él, con voz inexpresiva. Hermione enmudeció y bajó la mirada— Acabemos con esto de una vez, ¿quieres, Granger? —ella asintió, algo avergonzada.
— ¿Leemos la página ciento veinticuatro para empezar? —sugirió la joven, en un tono menos agresivo que el cual había usado al principio.
Él se encogió de hombros con elegancia, casi imperceptiblemente.
—Me da igual.
La muchacha articuló un minúsculo "oh" con los labios y abrió el pesado tomo que llevaba consigo. Comenzó a leer en voz alta, al principio evidentemente tensionada. Sin embargo, mientras la lectura fue avanzando, fue relajándose y su voz se tornó serena, natural, suave.
Draco la escuchaba en silencio. No le había prestado demasiada atención en un primer momento, pero el melodioso sonido producido por la chica no era fácil de ignorar. Ella parecía haberse sumergido en otro mundo, él percibía que estaba disfrutando la lectura. Posó su mirada metálica en el rostro de la gryffindor, que pronunciaba las palabras modulando con claridad. Le sorprendió descubrir que Granger no tenía un perfil… desagradable. La piel parecía… sana y sus ojos no eran de un marrón corriente. Su atención fue captada por los tersos labios de la joven, que se movían con delicadeza, y advirtió, incrédulo, que se le había secado la boca. Disgustado, se sintió tentado a chascar la lengua, pero se contuvo. Aquello hubiese interrumpido inoportunamente el fluir del relato de la chica y prefería que eso no sucediera. No sabía por qué, pero no quería que Granger se callara. Entonces, se limitó a fruncir mínimamente los labios e intentar centrarse en el contenido.
Merlín, era jodidamente difícil. La muchacha parecía poseer algún tipo de don en la boca. Al oír la idea en su cabeza, Draco no pudo evitar que se le escapara una burlona media sonrisa. Con lo mojigata, santurrona y comelibros que era, Granger no podía tener ninguna virtud escondida en el cuerpo. Sonrió aún más al imaginar que, seguramente, ella no había siquiera besado a alguien todavía… ¿O sí? Un ínfimo hormigueo de curiosidad se instaló en su estómago. ¿Cuáles serían las experiencias de la sangresucia en ámbitos tan… exclusivos? Con certeza, nulas.
— ¿Quieres? —notó como ella lo miraba, esperando una respuesta de la cual él no había oído la pregunta, por estar perdido en sus pensamientos.
— ¿Eh? —fue todo lo que pudo decir, y en el acto se sintió estúpido.
—Que si querrías seguir leyendo tú. ¿Lo prefieres así? —preguntó la castaña, con el mismo tono que hubiese utilizado para explicar algo muy sencillo a un niñito de no más de cinco años. Aquello irritó visiblemente a Draco, que iba a responderle con algún comentario ácido, mas no pudo hacerlo. Algo en su interior —algo que, honestamente, empezaba a odiar—, deseaba continuar oyendo a Granger leer. Y supo que, si lanzaba alguna frase hiriente —por mucho que se la mereciera—, ella se ofendería y se negaría a seguir. Y él no quería eso. Se trataba de un interés bastante egoísta: no quería que la joven se detuviera simplemente porque él obtenía beneficio de ello. Pero, después de todo era un Malfoy. Se regía por la ley del costo—beneficio. Y si el costo de permitirse el placer —bastante vergonzoso y bajo, lo sabía— de oír a la chica era tragarse una réplica ingeniosamente venenosa, se creía dispuesto a pagarlo. O, por lo menos, su cuerpo parecía dispuesto a hacerlo, porque su garganta se negaba a emitir ningún sonido que perjudicara la situación. Se limitó a negar con la cabeza en un gesto hosco, dando a entender que se encontraba conforme así.
Hermione suspiró. Realizar esa tarea con Malfoy no sería empresa sencilla. Hasta ese momento, él no había puesto trabas, pero su actitud indiferente no era de gran ayuda. Se suponía que, si el profesor les había asignado trabajar por parejas, la idea era que ambos aportaran su parte. Y, si bien el slytherin no parecía propenso a obstaculizar el camino, tampoco se disponía a transformarlo en un sendero de pétalos de rosa. La situación era incómoda, pero sobre todo, injusta. No le parecía correcto cargar con todo el peso ella sola… pero sabía, muy dentro suyo, que moriría antes de permitir que la labor quedase inconclusa. Así que decidió darle algo de tiempo al chico para que se acomodara a las circunstancias. Pero sólo el suficiente. Después de todo, ella también estaba haciendo un esfuerzo enorme para tolerarlo. Frunció los labios, levemente disgustada y tomó aire, con tranquilidad, para continuar con la página. Cuando volvió a adecuarse al ritmo de la lectura, su pulso fue descendiendo la velocidad y su cuerpo se relajó, reencontrándose con esa paz tan conocida que le otorgaba la lectura. Tan absorta estaba, que no percibió que se había acercado unos centímetros más a Draco y sus rodillas se rozaban por debajo del pupitre. No notó cómo él se tensaba y aferraba la madera de la mesilla con fuerza, cómo su ceño se fruncía, cómo sus labios se separaban. Ella sólo leía, como siempre, viajando a través de las palabras. Ella sólo leía.
Pero, para Draco, ella no sólo leía. Ella… se acercaba, invadiendo su espacio personal con su perversamente reconocible aroma a fresas, haciendo que su propio cuerpo reaccionara, llamado por el instinto. Y es que el joven había descubierto que la sangresucia despertaba algo en él, pero no se había percatado de qué exactamente. Hasta aquel momento. Porque, entonces, escuchándola leer y sintiéndola acercarse, inocente e ingenua, la había sentido una presa. Y era que, si lo pensaba, se volvía asqueroso y oscuro… pero también enormemente tentador. No le gustaba la idea, Merlín, le repugnaba. Pero él era un depredador. Siempre lo había sido y siempre le había encantado serlo. Y Draco sabía que era su cuerpo, no él, el que le incitaba a perforar a la chica con la mirada, buscando algún tipo de reacción. Porque le divertía. Porque era eso, instinto. Poder. Desafío. Lo que él anhelaba. Era simple: o él dominaba a su cuerpo, o su cuerpo le dominaba a él. Su padre siempre le había enseñado que lo óptimo era ser astuto, saber elegir la manera de salir mejor parado. Y Draco comprendió que, en ese momento, debía ser él quien llevase las riendas. Así que permitió a la chica continuar leyendo y, por su parte, actuar como un Malfoy lo haría. Una sonrisa glacial se dibujó en su rostro.
En ese momento, Harry Potter se incorporó en su asiento y dirigió su mirada alarmada a la puerta del salón, que se había abierto inesperadamente. Una melena pelirroja, revuelta por la carrera, centelleaba bajo el marco. Hermione se sobresaltó al contemplar a su amiga, con el rostro marcado por la desesperación, respirando entrecortadamente. El trío dorado se puso en pie.
—Han atacado a George —alcanzó a pronunciar la menor de los Weasley y, con esas cuatro palabras, logró encoger sus corazones.
