¡Hola!

Así es. Voy a actualizar. :D

En compensación a mis ya conocidas demoras, quiero decirles que este es un capítulo especial.

Como podrán notar, es el doble de largo en relación a los capítulos que suelo subir.

En parte, porque quería redimirme, en parte porque me visitó el bichito escurridizo: la inspiración. Já, genial, ¿no?

Eso es lo que lo hace especial. Cogí la pluma y me dí cuenta que tenía mucho por escribir y las palabras empezaron a fluir.

Espero de corazón que les agrade.

Gracias a todas y cada una por sus reviews. De verdad, son geniales. GENIALES. A las nuevas lectoras; Antria, luna-maga, Gaby27, Crimela, Kruvzkaya. A las que se engancharon; baneknight, LuHamDo, lizzy-black48, Patricilla21, Niktee Blume, Sakura Kuran-Haruno, londonHearts010, Nany Hatake C. A las lectoras sin cuenta; Cathy... y otra pequeña a la cual no pude identificar... pero gracias de todos modos:D. Y, por supuesto, a aquellas que aún son constantes y pacientes; Ninna Black, sailor mercuri o neptune, Oceanne Bellamont, Sabaana (mi querida compatriota), Gin-Kamelot (no iba a olvidarme de tí, claro. Qué bueno es saber que sigues allí).

También quiero agradecer a todas aquellas lectoras que siguen la historia, aunque no lleguen a dejar comentarios. No se preocupen ;) Sé que el tiempo es un factor que nos complica la vida y a veces ni siquiera tenemos tiempo de leer, pero aún así agradezco su paciencia.

En fin, hoy estoy de muy buen humor, así que de verdad les deseo...

Cariños, una cereza púrpura y un abrazo de Scorpius,

Suun.


Capítulo 6: Lágrimas ardientes y consciencia devastada

Antes de que Ginny pudiese pronunciar otra palabra, Ron ya había salido disparado hacia afuera del aula de Pociones. Un creciente murmullo comenzaba a llenar el lugar de insoportable ruido, y a Hermione de profunda irritación y nervios. Miró a Harry, preocupada y él se acercó a ella. Luego, tomándola de las manos, que habían comenzado a temblarle, murmuró:

—Vamos.

Juntos se dirigieron a la puerta y se frenaron bajo el marco. Las dos cabelleras pelirrojas de sus amigos desaparecían por una esquina, como fugaces relámpagos de fuego. La castaña lanzó una mirada breve a Slughorn, que asintió con seriedad, para luego intentar apaciguar los ánimos y detener los cotilleos del resto de los alumnos. Corrieron fuera del salón y atravesaron los pasillos, sin pensar en nada más que en el ataque, siguiendo a los dos hermanos que se perdían por los intrincados corredores a gran velocidad. ¿Qué rayos había sucedido? Se detuvieron, agitados por la carrera, al ver al señor Weasley, mortalmente serio, junto a una preocupada profesora McGonagall. Hermione vio el dolor entremezclado con la intranquilidad en el semblante normalmente alegre de Arthur y una nube gris comenzó a apoderarse de su corazón. La guerra ya comenzaba a cobrarse sus víctimas, si era que no había empezado ya. El año anterior, la muerte de Sirius; el otro, la de Cedric. Oh, pero el tormento había iniciado mucho antes. Giró sus ojos hacia Harry: sí, Lily y James también lo habían presenciado. Y los padres de Neville. Y todos aquellos que habían luchado contra el egoísmo de un hombre y sus ansias de poder. Un hombre al cual jamás le había interesado nadie más que él mismo, un hombre que no veía más allá de su propio reflejo, sediento de sangre, de muerte, de dolor y de destrucción. Entonces, la muchacha comprendió que pelear sería inevitable. Que ella era parte de esa guerra y que las pérdidas no debían haber sido en vano. Pensó en la madre de Harry y recordó aquella vez en la que Remus había comentado por lo bajo, creyendo que sólo Sirius le oía, lo parecida que era Hermione a ella. Y prometió, le prometió a Lily, que ayudaría a Harry. Que cumpliría su parte para hacer valer su sacrificio.

—Señor Weasley… —susurró la castaña, intentando mantener la calma— ¿Qué sucedió?

El padre de los hermanos lucía realmente abatido y, cuando habló, su voz sonó cansada y triste.

—Fue en el Callejón Diagon. Fred y George estaban cerrando la tienda, escucharon gritos y… —hizo una pausa, respiró hondo y luego continuó:— cuando salieron a ver qué estaba pasando, un duelo estaba teniendo lugar afuera…

—Mortífagos —le interrumpió Harry. Hermione pudo ver cómo su amigo apretaba los puños al decirlo, muy posiblemente conteniendo la ira que lo inundaba.

—Sí —afirmó Arthur—. Estaban persiguiendo a una joven por ser hija de muggles... torturándola.

—Divirtiéndose —terció nuevamente el moreno. La frialdad y dureza que emanaban de su voz hicieron que la castaña se estremeciese. Por eso, y por las palabras del señor Weasley. Una joven hija de muggles. Como ella.

—Fred y George corrieron de inmediato a socorrerla y dejaron fuera de combate a algunos, pero eran sólo dos contra cinco encapuchados… Uno de ellos lanzó un Cruciatus y alcanzó a George… —en ese momento, la voz del hombre pelirrojo se quebró por el dolor.

Hermione se llevó una mano a la boca, horrorizada. Sabía que el dolor producido por la maldición imperdonable no podía compararse a ningún otro. Que no podía expresarse con palabras. Inspiró hondo y fue junto a Ginny, que parecía a punto de explotar. Le tomó una mano con cariño y le hizo saber que estaba allí. Ron se veía alterado, respiraba agitadamente y parecía dispuesto a romper a patadas lo primero que se le cruzara en el camino. Harry tenía las mandíbulas tensas y la mirada acerada.

—Está en San Mungo ahora. El Ministerio fue notificado, aunque no parecen dispuestos a ayudar. Kingsley acudió al hospital junto con Tonks, pero tuvieron que hacerlo por su cuenta. —el hombre dirigió su mirada a la jefa de la Casa de Gryffindor—. Minerva, quería pedirte que me dieras la autorización para llevar a los chicos a ver a su hermano.

—Arthur, tienes mi consentimiento. Podemos proporcionar el transporte necesario a las afueras de Hogwarts, desde donde podrán aparecerse —se giró para mirar a Harry y a Hermione—. Me temo, señor Potter y señorita Granger, que ustedes no podrán acompañarlos. Sólo puedo dar el permiso para que sean retirados por un familiar directo.

—Pero… —el Elegido se adelantó un paso, pero su amiga le detuvo, tomándole del brazo suavemente.

—Comprendemos. Señor Weasley, estaremos esperando por noticias. Sepa que permaneceremos aquí para lo que necesiten —la muchacha habló con serenidad, intentando controlar el torrente de sentimientos que la invadía y que amenazaba por volcarse en cualquier momento.

—Gracias, Hermione —dijo el hombre, aliviado. Luego, miró al Niño que Vivió directo a los ojos y le apretó el hombro con cariño, en señal de agradecimiento.

La profesora McGonagall indicó a los Weasley que le siguieran y pidió a Harry y a Hermione que volvieran a clases. Ambos asintieron y la castaña asió a su amigo de la mano y le condujo de vuelta a las mazmorras. Ninguno de los dos se sentía con ánimos de volver a Pociones, pero hacerlo era inevitable. Ingresaron al salón y un silencio sepulcral se apoderó del ambiente. Todos se giraron a mirarlos, a la espera de una explicación. Hermione sintió el enfado creciendo en su vientre: ¿A cuántas de esas personas les interesaba verdaderamente George? ¿Cuántas eran, en realidad, las que sólo buscaban un tema jugoso de conversación? Percibió que Harry debía estar pensando lo mismo, porque —luego de mirarla significativamente a los ojos— fue hacia su lugar, sin decir una palabra. Ella tampoco pretendía hacerlo, así que se dirigió hasta el pupitre que compartía con Malfoy y se sentó, sin intención de aclarar nada a sus compañeros. Hubo algunos murmullos desilusionados y hasta algún bufido ofendido, pero ni la castaña ni su amigo se inmutaron. No merecía la pena.

Miró el libro que yacía abierto sobre la mesa, aún consciente del tumulto que su entrada había despertado. Apretó los labios, diciéndose que sólo tenía que aguantar un poco más. Pronto acabarían las clases de esa tarde, ella llegaría a su habitación… y entonces podría derrumbarse. Pero no en aquel momento, no en aquel lugar.

Draco vio entrar a Granger y hubiera jurado que, bajo ese matorral que llevaba por pelo, estaba hecha una furia. O tal vez algo más. Porque no sabía cómo interpretar el que se hubiese sentado a su lado sin pronunciar palabra, ignorándole a él y a prácticamente todo el mundo, salvo a Potter. A su adorado amigo con complejo de héroe. Se contemplaban de una manera especial, casi sensiblera, alardeando de esa estúpida conexión fraternal que compartían. Capullos. No sabía qué le molestaba más, si el imbécil de Cabeza Rajada, la estúpida conexión fraternal o que a él nunca le hubiesen mirado de ese modo. Por una ínfima fracción de segundo, sintió celos. Celos de no haber sido jamás parte de una relación tan fuerte, tan vital, tan… humana.

Fue ese pequeño concentrado de rabia y envidia, lo que hizo que hablara con una desconsideración que rozaba la dureza:

— ¿Continúas? —inquirió, insensible. Su pregunta había sonado casi como una orden despótica y tiránica. Como si Granger hubiese sido su esclava y no un ser humano con emociones y pensamientos propios.

La chica se envaró en su asiento y lo fulminó con la mirada.

—Puedes seguir tú —respondió, con un deje de violencia en la voz, logrando hacer aparecer una mueca de desconcierto en la cara del muchacho.

Que se jodiera. No pensaba tolerar sus juegos y provocaciones; su humor no era el mejor y la causa de su preocupación no era una estupidez banal, como la que seguramente estaba pasando por la mente de Malfoy. No, se trataba de algo serio. Habían atacado a un amigo suyo. Lo único que le faltaba era tener que soportar al hurón botador y sus delirios de grandeza.

El rubio frunció el ceño por un instante, descolocado. ¿Era Granger, Hermione Granger, la perfecta prefecta, la que le había hablado como si el fuese un molesto insecto en su privilegiado panorama? ¿La sangresucia empollona por excelencia de Gryffindor se atrevía a tratarle así a él, el príncipe de Slytherin? ¿Qué demonios estaba pasando?

Se quedaron en silencio por unos segundos; ella enfadada y ausente, él sorprendido y ofendido. El aire parecía más espeso y el entorno más tenso, pero a Hermione no le interesaba. Su mente estaba ahora preguntándose por el estado de salud de George y meditando acerca del peligro que les rodeaba. Sentía el corazón oprimido y el cerebro sofocado, y estaba tan nerviosa que hubiera podido echarse a llorar en cualquier momento. Sabía que, si dejaba de aferrar la mesa como si la vida se le fuera en ello, comenzaría a temblar incontrolablemente. Lo sabía, y por eso rogaba a Merlín que la lección acabara de una vez. Quería esfumarse, desaparecer. Necesitaba unos minutos de soledad para poder descargar todo el dolor y la incertidumbre que llevaba dentro y cargaba consigo.

—No sé quién te crees que eres, comelibros, pero a mí nadie me habla de esa… —comenzó a decir Draco, escupiendo las palabras. En ese momento, sonó la campanilla que indicaba el final de la clase. Hermione se levantó prácticamente de un salto, guardó con celeridad todos sus útiles, cogió su mochila y salió del salón, dejando al joven con la palabra en los labios.

El slytherin hubiera boqueado como un pez fuera del agua, de no ser por la ira que le llenó los pulmones. Aquello era el colmo. Desairarle así, a él. Increíble, inconcebible… e imperdonable. Sin preocuparse por tomar sus objetos personales, corrió tras la muchacha que desaparecía por el marco de la puerta. La siguió, peleando contra la marea de estudiantes que se movía en sentido contrario. Empujó a unos cuantos gryffindors y varios slytherins le abrieron el paso, pero no se detuvo a tomar mayores consideraciones. Granger era bastante rápida cuando quería, ya casi no podía distinguirla entre la multitud. No gritó su nombre ni llamó su atención de ningún modo: no era estúpido, no quería que se le asociase con esa impura más de lo necesario. Así que, simplemente, apuró la carrera todo lo que sus piernas le permitieron… no en vano era buscador de su equipo de quidditch.

Había dejado a Malfoy con la palabra en la boca. Nuevamente, que se jodiera. No es que ella fuera descortés, al contrario, su educación la instaba a ser cordial con las personas. Los demás no tenían la culpa de su malestar. Pero, en aquel momento, no podía pararse a decidir cómo trataría al rubio para no herir sus sentimientos. Frenó sus pensamientos para corregirse: su orgullo. Para no herir su orgullo. Aquel hurón no tenía sentimientos, su corazón debía ser una piedra de hielo recubierta con púas. Sentía la sangre palpitar en sus sienes: creía que iba a estallar de un momento a otro. Había escapado de Lavender y Parvati, que la habían abordado afuera de la clase, hambrientas de cotilleos. Ahora caminaba en dirección contraria a la que debía, alejándose de la Torre de Gryffindor y adentrándose más aún en las frías mazmorras. Iba a llorar, lo sabía. Era demasiada tensión en su interior y, de un momento a otro, de volvería incontenible. No tenía idea de adónde se dirigía, pero lo mejor que podría conseguir sería no ser vista. Su respiración era agitada, los labios habían comenzado a temblarle y su visión ya empezaba a nublarse por las lágrimas. Sólo podía oír los latidos de su corazón, retumbando en su cabeza y sus acelerados pasos martilleando el suelo. Había dejado a sus compañeros atrás y ahora podía estar un poco más tranquila.

Mentira. Eso era una completa y absoluta mentira, y lo sabía. No iba a estar tranquila, no podría estarlo jamás en la situación en la que se encontraban. De dolor, de pérdida, de oscuridad. Se le escapó un gemido ahogado y lo amortiguó cubriéndose los labios con ambas manos. Dobló una esquina, corrió más deprisa, tomó un atajo y se detuvo para tomar aire, agitada. Tenía el pulso acelerado y se llevó una mano al pecho, un poco para calmar su alteración, un poco para intentar controlar las emociones que parecían querer despedazarlo. No había notado que alguien la perseguía hasta que escuchó unos pasos retumbar en el silencioso pasillo. El sentimiento de alerta se sumó a la montaña que escondía dentro suyo, poniéndola aún más nerviosa. Volteó, con la adrenalina fundiéndose con sus huesos y tensando sus músculos.

— ¿Eres estúpida o simplemente pretendes serlo? —la voz sonaba glacial, ácida, despiadada. Sus ojos grises se veían de la misma manera.

Hermione, todavía recuperándose de la huida, sintió sus palabras como un golpe más, como otra espina atravesando su templanza. Y también su corazón. Porque no era que el joven le importase de sobremanera, pero ella era un ser humano y no podía mantenerse firme y fuerte ante las agresiones todo el tiempo. Contuvo las lágrimas con sus últimos dejes de voluntad y no se atrevió a apretar los párpados, porque temía que el dolor que se alojaba en su alma se derramara al fin, frente a la persona que más la repudiaba y humillaba en el mundo. Así que sencillamente le miró, dejando traslucir sólo un poco de lo que conservaba en su interior.

Él, al ver que no contestaba, continuó hostigándola:

—Sangresucia inmunda… —escupió, con amargo desprecio fluyendo de cada sílaba. Iba a seguir, pero la frase se le quedó atascada en la garganta cuando reparó en sus ojos.

Bañados en lágrimas, brillantes y desprovistos de cualquier escudo. Rotos. No supo qué decir, ni qué hacer. Por un segundo, se sintió desnudo, indefenso, vulnerable. Y eso le aterrorizó.

Sintió una punzada de expectación en el vientre cuando vio que ella entreabría los labios para hablar, y se quedó sin aliento cuando oyó sus palabras:

—Eres la criatura más vil y cruel que jamás he conocido, Malfoy. —Tenía la voz quebrada, impregnada de sentimiento—. Y lo peor de todo es que actúas así sólo porque estás asustado… —se hundió aún más adentro de sus ojos, contemplándole directamente— y porque no tienes las agallas para enfrentarte a tus demonios —le perforó todavía más profundo y se dio la vuelta para salir corriendo, desesperada. Dejando atrás a un joven con la consciencia partida en dos.

Le tomó unos instantes reaccionar y, antes de darse cuenta, ya había salido disparado tras la chica. Se sentía herido por la verdad en sus palabras, por la irrefutable realidad que le había echado en cara. Corría a toda velocidad, sin pensar siquiera en respirar, vencido por la devastadora certeza que era su vida.

No pensaba detenerse jamás. Quería seguir huyendo hasta que le sangraran los pies y se le desgarraran los músculos. Se abrazó a sí misma y clavó sus uñas en su propia carne, ansiando despertar de aquella difusa pesadilla. No supo cuándo, pero en algún momento tuvo la certeza de que se había perdido. Aquello la calmó inconmensurablemente, como un extraño sedante. Sin sopesarlo un solo segundo, abrió una de las puertas que divisó dispersas en el corredor y entró como una ráfaga en el aula vacía. Se arrojó en el suelo y rompió a llorar.

Sentía su pecho rasgándose con cada sollozo entrecortado, con cada lágrima ardiendo en su rostro, con el temblor de sus labios. Pero no le importó. Lloró con desconsuelo, devastada y maltrecha, rodeada de oscuridad y horror. El suelo estaba helado y duro, pero ella sólo podía distinguir su alma descargándose, sus manos aferrando la túnica, su respiración precipitada. Esperaba quedarse así todo lo que su cuerpo le permitiera, no quería volver. No quería retornar a su consciencia, a su raciocinio; porque aquellos le harían ver que no estaba haciendo lo correcto, que se estaba comportando de manera egoísta y ridícula. Se abrazó con aún más fuerza y no dejó de llorar.

No sabía qué estaba haciendo, pero no podía siquiera preocuparse por eso. La siguió, moviéndose a toda velocidad, con un dolor agudo atravesándole el estómago. Se sentía expuesto, descubierto, dañado. Demasiada verdad, demasiada franqueza había habido en las palabras de la chica. Verdad que él no quería oír. Escuchó sus pasos acelerados lejos de él, pero no le afectó en gran medida. Le alcanzaría. No tenía ni idea de dónde estaba, pero tampoco podía concentrarse en eso, su cuerpo se limitaba a correr, sólo a correr. La sangre le hervía y su pulso acelerado le impedía pensar.

De pronto, sintió cómo algo en el aire se rompía. Algo que se quebraba en mil pedazos y se esparcía por el suelo, destruido. Y, guiado por un sentimiento instintivo que desconocía, ingresó a uno de los salones del corredor por el cual estaba transitando y supo qué era lo que se había roto.

Granger yacía en el suelo, pálida y temblorosa. Tenía los párpados fuertemente apretados y los labios entreabiertos. Pero lo más impresionante no era la forma en que se sacudía casi imperceptiblemente por el frío del ambiente, ni cómo sus manos pequeñas apretaban la tela de su ropa hasta que los nudillos se le blanqueaban. No. Lo que más impactaba a Draco era su manera de llorar. Afligida pero conteniéndose, desolada pero incapaz de soltarse del todo. Como si el cielo se hubiese apagado para siempre y la oscuridad se cerniese sobre ella. Desconsolada, atormentada, desnuda y desprotegida. Oyó la puerta cerrándose a su espalda y el impacto reverberó en su cráneo. Y, de pronto y sin anuncio, al joven lo golpeó la certeza fugaz de que alguien debía de estar sufriendo profundamente para llorar así. El sonido se le coló entre los huesos y se infiltró en su memoria, porque nunca había oído a nadie tan herido e indefenso. Entonces, como su la realidad quisiese hundir un poco más su daga en él, ella elevó los ojos y le miró. Otra vez esa mirada tranparente, sin barreras, que lo descolocaba. No hizo tiempo de elevar sus propios escudos, sólo pudo verle allí, en el suelo. Impotente por no encontrar ninguna frase ácida que dedicarle, ni poder mirarla con odio. Mierda, si hasta parecía una humana tan humana como él. Se contemplaron unos segundos… o tal vez fueron minutos, Draco jamás pudo saberlo con exactitud. Cuando sintió que no podía soportarlo más, apartó la mirada de los ojos castaños de la chica y abrió la puerta con brusquedad, para luego abandonar el aula sin decir una palabra.

Hermione le vio irse y se arrebujó con más fuerza en su túnica, sin poder comprender aún porqué había dejado de llorar.