¡Hola!

Aquí estoy de nuevo. Con mucho por hacer, pero sin poder evitar tomarme dos segundos para subir capítulo. En sí, el chapter está listo desde hace varios días, pero no he tenido tiempo para actualizar hasta hoy. Estoy bastante conforme con él y he disfrutado escribiéndolo.

Para las interesadas: en unos días subiré un Blaise/Ginny. Quien desee leerlo, será total y absolutamente bienvenido.

Seguramente alguien —a causa de mis ya conocidas demoras— se esté preguntando: ¿Abandonará el fic? ¿De un día para el otro desaparecerá y no sabremos más de ella? Les alegrará saber que la respuesta es "no". No abandonaré esta historia, me divierto escribiéndola; tampoco dejaré FanFiction... Con el tiempo, y luego de subir algunos fics, uno se va encariñando con la página. No planeo irme de aquí en un largo tiempo.

Uidf: no pude responderte directamente como a las demás, así que te agradezco por aquí.

También a aquella lectora cuyo nombre no pude saber, ya que dejó un review anónimo: Mil gracias, querida. Claro que seguiré escribiendo.

En fin, las dejo con el capítulo. De verdad espero que les agrade. Mil gracias a todas por su incondicional apoyo, son geniales.

Abrazos, una frutilla de plata y un beso de Teddy,

Suun.


Capítulo 7: De espejos y escondites

No supo cuánto tiempo había permanecido inmóvil, sin pensar en nada, sobre el suelo de piedra. El frío le calaba los huesos y ya no temblaba por el llanto, sino porque era evidente que la temperatura había descendido bastante y ella no estaba especialmente abrigada. De a poco, fue volviendo en sí y recordando los momentos de esa fatídica tarde. Sintió un nudo en el estómago al evocar todo aquello que la había llevado a encontrarse allí, acurrucada en un rincón de un aula desierta. Ya no lloraba, pero se sentía terriblemente cansada. Abatida. Reunió fuerzas para levantarse, mas apenas se hubo incorporado un poco, cayó de vuelta al suelo, a causa de un punzante dolor en su pierna derecha. Calambres. ¿Cuánto tiempo había permanecido allí, sola e ida? Tenía todo el cuerpo entumecido, los labios resecos y los ojos hinchados. Debía ser un completo espectáculo. Uno bastante desastroso, de hecho. Con una mueca de dolor, atravesando su rostro, se irguió ayudada por ambas manos. Se sentía horrible. Menudo espectáculo. Una vez que estuvo en pie, tuvo que sujetarse de uno de los pupitres que la rodeaban, para no resbalar y volver a caer. Merlín, aquel dolor de cabeza no se lo estaba poniendo nada fácil. Aspiró una gran bocanada de aire y decidió salir del aula. Lo que más ansiaba en aquel momento era regresar a su sala común, dirigirse a su habitación y sumergirse en un profundo océano de sábanas, protegida por las cortinas del dosel de su cama. Ante aquella perspectiva, hizo acopio de toda su fortaleza física y psicológica, y caminó hasta la puerta, con el objetivo de franquearla en cuanto pudiera. Estaba increíblemente mareada, por Circe, jamás había llorado tanto. Necesitaba descansar como no lo había hecho en días. Antes de salir del salón, vislumbró un destello a unos metros de ella. La curiosidad le ganó al cansancio y ella avanzó hasta el punto donde creía haber visto algo brillar. Entrecerró los ojos para distinguir qué era lo que yacía sobre la oscura piedra, emitiendo titilantes relampagueos luminosos. Al acercarse, notó que no emitía la luz, sino que más bien la reflejaba. Se trataba de un espejo. Aunque, en realidad, lo que se hallaba esparcido por el suelo eran los trozos de un espejo. Se encontraban dispersos, irregulares y de afiladas puntas. Hermione no tenía ni idea de qué hacía allí, ni de a quién podría habérsele roto, pero no pensó en ello cuando se agachó para recoger un pedazo. La verdad era que quería algo con lo que distraerse y lo primero que se le venía a la mente era utilizar el —ella creía— único recurso a su alcance. Lo cogió con cuidado; no deseaba acabar en la enfermería, para nada. El fragmento de vidrio se adaptaba perfectamente a su mano y le recordaba a la hoja de un puñal. Fino, pero certero.

Sosteniéndose de la pared, se volvió hacia la puerta, pero el movimiento fue algo brusco y el mundo comenzó a girar rápidamente a su alrededor. Maldijo en voz baja y se llevó una mano a la cabeza, aturdida. Abandonó el aula dando traspiés, apenas logrando mantener el equilibrio. Anhelaba llegar a la torre de Gryffindor en aquel instante y la idea de tener que recorrer pasillos y recovecos de los cuales ni siquiera se acordaba no era alentadora. Estaba perdida y lo sabía. Giró en una curva que creía haber tomado anteriormente y se alegró al reconocer una de las estatuas que adornaban el corredor. Quizás, no estaba tan desorientada como pensaba. Tal vez, sólo debía concentrarse. Lo que no esperaba era encontrarse con un joven alto y pálido, recostado contra una pared, con la cabeza gacha y el cabello platinado cubriéndole los ojos. Ahogó una exclamación de sorpresa y las imágenes de esa tarde se agolparon en su mente. Él parecía inexpresivo, distante, pero algo en el ambiente hacía a Hermione sospechar que algo extraño sucedía. ¿No le había escuchado llegar? ¡Pero si prácticamente iba dando tumbos! Supuso que se hallaba abstraído en sus pensamientos y quiso continuar su camino. No lo logró: su dolor de cabeza aumentaba y apenas podía mantenerse en pie. Trastabilló y el sonido de sus inseguros pasos retumbó en todo el lugar. Draco pareció descubrir que no estaba solo y, como si viese todo a través de un difuso velo, miró a su alrededor, aparentemente sin ubicar en dónde se encontraba. Sus miradas colisionaron y la muchacha percibió un gran peso instalándose en su pecho al vislumbrar, en los ojos grises de él, el tono enrojecido y las secuelas del dolor. Quizá había actuado demasiado impulsivamente y había hecho mal en descargarse con él. La intensidad de la situación la puso aún peor y sus pensamientos se reflejaron en una puntada que atravesó fieramente su cerebro, arrancándole un grito agudo. Se llevó ambas manos a la cabeza, apretándolas con una fuerza inusitada, que ella ni siquiera creía tener. Inmediatamente, sintió como si hubiese cogido duro hielo entre los dedos y luego una llamarada ardiente y punzante arrasando su piel. Luego lo oyó. Uno, dos, tres. Tres cortos sonidos, constantes y bajos, que le indicaron qué era lo que le había sucedido.

Se había cortado. Granger se había cortado y sangraba, el líquido rojo escurriéndose entre sus dedos, dejando a su paso su inconfundible rastro. Le escuchó proferir un alarido sorprendido y le vio perder el equilibrio. Por reflejo, se adelantó dos largos pasos y ella se aferró a sus brazos, arrugando su túnica y dejando al descubierto su piel. Draco tensó las mandíbulas cuando el dolor surcó, fugaz, su antebrazo izquierdo. Con lo que fuera que se había herido, le había lastimado a él también. ¿Qué problema tenía la sabelotodo con su maldito antebrazo? Ni bien la hubo agarrado, intentó estabilizarla con toda la celeridad que su cuerpo le permitió. Debía soltarla cuanto antes. Aunque eso no se debía exactamente a que oliera a impura o que no soportara la idea de tocarle. Bien sabía que aquello sería lo correcto. No, en realidad, Granger olía jodidamente bien (Merlín sabía cuánto le gustaban las fresas) y su suave piel rozándose con la suya despertaba un inadmisiblemente placentero cosquilleo allí donde se tocaban. Mierda, aquello estaba asquerosamente mal. Cuando ella se hubo incorporado, la soltó como si se hubiese quemado y cubrió con su mano derecha el lugar donde ella le había lastimado. ¿Tenía que haberle herido justamente en ese antebrazo? La lesión era pequeña y recta, y sangraba. Se sintió tentado a comenzar a despotricar contra la joven y su estúpida manía de inferirle daño físico cada vez que podía, pero ella se le adelantó.

—Es igual —en su voz se percibía el llanto reciente y era evidente que había pasado un tiempo sin usarla. Draco le miró sin comprender. ¿Y ahora de qué hablaba la comelibros?

— ¿Qué? —atinó a preguntar, sin apenas poder concentrarse en lo que decía. Debía limpiarse la maldita herida de una vez.

—Nuestra sangre… Es igual —susurró ella, algo distante— ¿No la ves?

El muchacho enmudeció. Fue simple: se quedó sin una sola palabra para decir, sin alguna réplica amarga que dedicarle. Empezaba a odiar aquello. La miserable de Granger se empeñaba en dejarle estupefacto. Quiso enfadarse, en verdad lo deseó, pero pronto se vio atrapado por lo que había dicho la chica. Debía reconocerlo, pese a su aparente estado de somnolencia, mareo y desorientación, la joven no decía mentiras. Sí, sonaba absurdo (Por Circe, ¿qué coño hacía hablando de sangre con la empollona de Gryffindor?), pero tenía sentido. Su mirada se dirigió casi involuntariamente hacia la herida de su antebrazo y, sin pensarlo, tomó la mano de la muchacha en la que aún brillaba el líquido rojo. La acercó hasta su propio corte y la situó justo al lado, sus pieles rozándose levemente.

Hermione se estremeció. Malfoy había cogido su mano. Y no para tirar de ella con brutalidad o para estrujarla hasta que le saliesen cardenales. No. No había sido rudo o cruel, sino delicadamente indiferente. Había sido, cuando menos, suave y aquello la descolocaba completamente. Pero lo que más le desorientaba no era la extraña tranquilidad con que él actuaba, sino las chispas fugaces que había sentido cuando él le tocó. Ya de por sí era increíble que el muchacho con el linaje más puro de todo Slytherin le estuviera tratando casi con amabilidad, ¿también tendría que preocuparse por esa —antes desconocida— sensación expectación instalándose en su vientre? Merlín, ¿qué rayos era aquello? Desconcertada, clavó sus ojos en el rostro de él y se mordió el labio inferior. Podía esperar cualquier cosa. Que Malfoy soltara una carcajada desdeñosa y se burlara de ella con algún comentario acerca del aroma de su sangre. Que le empujara y le mirara con desprecio. Lo que no hubiese adivinado jamás hubieran sido las palabras que él murmuró, con voz ronca y un tono casi apesadumbrado, luego de aumentar imperceptiblemente la presión de sus dedos en torno a su piel.

—Lo sé.

La muchacha sintió como esa oración atravesaba su templanza, implantando en ella una inquietante duda. ¿Era eso… sinceridad en su voz? ¿Podían esas palabras ser honestas? Contempló al chico durante unos segundos, sumergida en una marea de cavilaciones. ¿Quién era él en verdad? ¿Qué había debajo esa supuestamente inquebrantable muralla de arrogancia, frialdad y desprecio? Era evidente que, al hablar, él se había referido al comentario de Hermione. Había respondido su pregunta. Sí, lo había notado. Sus sangres no eran más diferente que los trozos de un espejo: distintos, pero espejos en fin.

Draco elevó la mirada y se encontró con la de ella hundiéndose en su rostro. Se la sostuvo. ¿Qué podía hacer? No había podido mentirle. Otra vez, su cuerpo se le adelantaba y reaccionaba más rápido que su mente, que parecía quedar rezagada ante su instinto. Percibía que era algo tarde para espetarle un: "lárgate, sangresucia" o para alejarla a base de insultos. En verdad, lo odiaba. Odiaba encontrarse actuando guiado por fuerzas desconocidas y, como lo había comprobado, peligrosas. Tratando con gentileza y algo que rozaba el cariño a Granger. A la impura. A la gryffindor. A la mejor amiga de Harry Potter. Él. Un mortífago. Un escalofrío le lamió la espalda al evocar esa palabra. La palabra. Su honor. Él, un mortífago con una misión importante. Aquello era inaceptable. Incorrecto, total y absolutamente erróneo. ¿Qué pensaría su Lord? Se estremeció. No podía olvidar la sensación que le azotó al verle a la cara, a esos ojos vacíos y penetrantes. Temor. Claro que le generaba temor. Había sido escogido para cumplir con una tarea importante. Una oportunidad única e irrepetible de reparar lo que su padre no había logrado arreglar. Aún recordaba el dolor que le había invadido cuando su amo lo marcó. Casi inmediatamente, una duda le golpeó en pleno pecho. ¿Había dejado al descubierto…? Velozmente, intentó cubrir con su túnica su antebrazo izquierdo, asaltado por un fugaz miedo. ¿Granger había visto su marca? La tela se deslizó sobre su piel raspando su herida, que le escoció aún más. Hundió su mirada en el rostro de la chica, esperando ver algún tipo de reacción que delatara si había notado su oscuro tatuaje.

Hermione fue consciente del repentino escrutinio de Malfoy y se ruborizó. ¿Por qué le miraba así? ¿Ahora qué había hecho? Apartó la vista y apretó los labios; comenzaba a sentirse nerviosa. El joven la taladraba con sus ojos metálicos y aún lo le había soltado. Su mano se había deslizado lenta y, ella creía, inconscientemente por su piel. Ahora su muñeca se veía aprisionada por dos largos y blancos dedos.

Ambos se vieron arrancados de sus pensamientos por el sonido de pasos retumbando en un corredor cercano.

—Filch —murmuró la muchacha, golpeada por la inquietud. Si el conserje les encontraba allí, ambos heridos, solos, en un sector seguramente prohibido del colegio… No quería ni siquiera pensar en el castigo que les impondrían. Y, dados los tiempos que transcurrían, ella no estaba en condiciones de darse el lujo de acabar castigada.

Estuvo a punto de lanzar un alarido al sentir una mano sujetándole del brazo y tirando de ella con rudeza. Se estampó contra su captor y estuvo a punto de perder el equilibrio, pero él la estabilizó. Malfoy. Malfoy se había escondido tras una enorme estatua de piedra y le había llevado consigo. Un profundo y penetrante aroma a menta invadió su espacio y, por un segundo, se sintió mareada. Inquieta, intentó zafarse del agarre del chico, pero lo único que consiguió fue que él la inmovilizara, rodeándole la cintura con las manos.

— ¡Quieta, Granger! —le ordenó en un susurro — Silencio —indicó en voz baja, sin disminuir un ápice la presión sobre la piel de la muchacha.

Merlín, aquello estaba mal. Él, Draco Malfoy, en la oscuridad de la noche, con una chica removiéndose contra sus caderas y ella resultaba ser la sangresucia de Gryffindor. ¿Dónde había quedado su buen paladar? Joder, si parecía un maldito acosador. Reteniendo contra su voluntad a la mejor amiga de Harry Potter. A la empollona más grande de todo Hogwarts. Pero era que, si no se quedaba quieta, el chiflado de Filch los encontraría y castigaría memorablemente.

Sus nervios aumentaban y a cada momento se sentía más abochornada e incómoda. Rehuyó la mirada del chico y se quedó dura como el hielo, sintiendo los dedos del slytherin clavándose en su carne. Lo único que deseaba era largarse de allí, para alejarse de una vez de ese condenado olor a menta, que parecía haberse enredado a su cuerpo. El volumen del sonido de pasos había aumentado y ahora se oía peligrosamente cerca. Como reflejo, Hermione se apretó aún más contra su punto de apoyo, aunque se tensó por completo al comprender que se estaba apretando contra Malfoy. Su respiración era agitada por la adrenalina y era plenamente consciente del calor del cuerpo del joven junto al suyo.

—Oh, señora Norris, tú también lo percibes, ¿cierto? —la voz herrumbrada del conserje reverberó en el lugar— Estudiantes rompiendo las reglas…

Draco aprovechó el momento de distracción y giró a Granger para pegarla a la pared. No podía arriesgarse a que ella decidiera jugar a la santurrona arrepentida y saliera al encuentro de Filch. Prefería aguantar unos minutos más el estar en contacto con la sangresucia a pillar un castigo de dimensiones inconmensurables. Se llevó el dedo índice a los labios para indicarle que hiciera silencio y esperó a que algún milagro los salvara de aquella. Sólo deseaba poder soltar a la gryffindor y correr a buscar a Pansy o a alguna de sus muy buenas amigas, para intentar acallar el inconcebible torrente de pensamientos que habían llenado su mente de manera fugaz, al apretar a Granger contra su cuerpo. Nunca le había tenido tan cerca y lo único que sabía era que no podía permitir ninguna de las ideas que se habían cruzado involuntariamente por su cabeza. Aquella tortura debía acabar, eso era asqueroso.

— ¿Dónde están escondidos, señora Norris? —volvieron a escuchar al hombre, dirigiéndose a su gata— ¿Ya se han ido? ¿Hacia allá? —la voz comenzó a alejarse, volviendo por donde había llegado.

La tensión que invadía sus cuerpos empezó a abandonarlos y nuevos sentimientos ocuparon su puesto. Hermione estaba completamente avergonzada y confusa. Draco, por su parte, se encontraba desesperadamente aterrado. Al cabo de unos minutos, el silencio reinó de nuevo en el pasillo. La muchacha vio al chico a los ojos y desvió la mirada, notando como el color acudía a sus mejillas.

—Yo… yo… debo irme —farfulló, confundida, y salió disparada de su improvisado refugio.

Draco permaneció callado y, al cabo de un rato, se arrojó contra el muro de piedra y se dejó resbalar hasta el suelo, con los párpados fuertemente apretados. Su murmullo sonó cargado de enfado, irritación y frustración:

—Mierda, mierda y mil veces mierda.


Nota de autora: Ahí lo tienen. Espero que les haya agradado. Gracias por todo su apoyo, en verdad lo aprecio. Si quieren, denle click al botoncito mágico de aquí debajo. Suele hacerme muy feliz.

Mucho cariño,

Suun.