N/a: ¡DIOS! Este capítulo quedó más grande de lo esperado... y eso es porque tuve que agregarle la escena M xD Demonios, está gigante! D: Amm... espero que les guste, es el primer lemmon que escribo asi que... sí... como sea, cuidense! :D

Diclaimer: ¿Lo tengo que repetir? Nada de LovCom me pertenece, lo demás sí xD


Capítulo Cuatro. Idiota.

Caminaba apurada por la calle, traía consigo miles de cosas, y sentía que de un momento a otro se le iba a caer algo al suelo. Acababa de ir al supermercado y como esta vez Otani no la había podido acompañar, tuvo que hacerse cargo de todo. No era que fuera inútil sin él… simplemente… ya era costumbre.

Risa se acomodó de la mejor forma que pudo para que no se le cayera nada y poder abrir la puerta del edificio. Sus audífonos sonaban a casi todo volumen con música de Umibouzu, y su bolso estaba en peligro de deslizarse por su brazo hacia el suelo, ya que las demás bolsas las había detenido con las piernas contra la pared. Apurada, sacó las llaves y trató de hacer que la puerta se abriera. La llave no giraba porque no podía meterla bien. Se estaba desesperando cuando escuchó unos pasos detrás de ella. El corazón le brincó involuntariamente al pensar que podría ser Otani; no lo había visto desde aquel día donde se había enojado como nunca. Risa estaba realmente preocupada, pero inconscientemente pensaba que tal vez él se había enojado por su culpa, así que tenía miedo de acercarse a su departamento y tocar. Ni siquiera lo había visto de lejos, nada. Parecía como si se lo hubiera tragado la tierra… Incluso un martes Risa se levantó más temprano de lo normal y se plantó en la puerta de entrada, esperando que él saliera para ir a trabajar, pero Otani no salió. Esperó por casi media hora, ahí parada, y su amigo no aparecía. Inevitablemente se tuvo que ir a trabajar y de regreso pasó por la escuela donde enseñaba, por si habría alguna posibilidad de encontrarlo, pero no lo hizo. En primera, no la dejaron entrar, y en segunda, cuando llegó solamente quedaban unos pocos estudiantes, aparentemente las clases de educación física ya habrían terminado.

Giró la cabeza lentamente, esperando que ahí estuviera él, quejándose como siempre, pero no era así.

Era una vecina que la ayudó con sus compras y a abrir la puerta. Al llegar a su casa, Risa aventó las cosas donde cayeran y se tiró al suelo, soltando un suspiro de derrota. ¿Por qué tenía tantas ganas de verlo? Era realmente desgarrador el sentimiento que se esparcía por su pecho cuando pensaba en el tiempo en el que ni siquiera un mensaje de él había recibido. Tampoco era tanto… pero dos semanas eran suficiente para que Risa ya quisiera colgarse de desesperación. Tomó su cabeza con sus dos manos y contempló su alrededor. Su departamento era un desastre, justo como ella. Todo estaba tirado en el suelo, nada estaba acomodado y parecía que si caminabas pisarías algo, casi como un campo minado. Risa suspiró nuevamente, el departamento de Otani era tan perfecto… siempre lo arreglaba. Demonios, ¿por qué ese enano era tan endemoniadamente pulcro? Era desesperante. Antes él no era así… Él era casi o peor que Risa en esos asuntos, pero quién sabe qué le pasó y se amargó. Bueno, Risa no quería pensar realmente en que se había amargado, pero honestamente el cambio que él había hecho fue muy radical, o eso le pareció a ella.

Se sentó y apoyó la espalda contra la pared. Se quedó un rato así, mirando la nada, cuando su celular sonó. Su corazón volvió a dar un vuelco y maldijo por dentro que así fuera. Pero aún así se puso de pie en el acto y casi voló hacia su bolso, donde se encontraba el celular. Sonaba un pedazo de una canción de Umibouzu, la favorita de ambos y cuando Risa se dio cuenta de que no la estaba alucinando, una sonrisa de idiota se posó en su rostro mientras, con manos temblorosas, contestaba el teléfono.

—¿Otani? —ni siquiera tuvo que dudar, pues ese era el tono de llamadas que tenía para él.

Ah… Koizumi-san, disculpa. Atsushi-kun me prestó su celular para llamarte ya que se le acabó la batería al mío —era la voz de Yoko.

Risa sintió una furia que la poseía de abajo hacia arriba, principalmente por escucharla llamarlo 'Atsushi-kun'. Realmente no entendía porqué la enfurecía tanto, pero no podía evitar querer correr hacia donde fuese que estuviera ella y matarla. Bueno, quizás no matarla, pero sí noquearla al menos.

Y la enfureció todavía más el que fuera ella quien estuviera hablando desde el celular de Otani. ¿Qué demonios hace con ella?

De pronto la pregunta la golpeó con más profundidad: ¿Qué demonios estaba haciendo con ella?

Risa se mordió la lengua para no maldecirla y habló lo más relajada que pudo, lo cual no fue del todo posible.

—¿Qué? —fue lo único que pudo articular, ya que la rabia estaba tomando control sobre ella, cada vez más y más.

Que Atsushi-kun…

—¡Eso sí lo entendí! —gritó enfurecida ante el celular, con el agarre tan fuerte que pudo haber roto el aparato—. ¿Qué rayos haces con Otani? —no pudo evitar preguntarle.

Entonces la escuchó dudar un poco y luego de un breve lapso, en el que Risa claramente escuchó que ambos intercambiaban palabras (que no pudo distinguir claramente) Yoko habló:

Eso es lo que te iba a decir —dijo como si estuviera avergonzada—. Voy a llegar un poco tarde el día de hoy porque estoy comiendo con Atsushi-kun.

Eso fue. Bueno, realmente no sabía exactamente qué había sido, pero ahora definitivamente tenía ganas de matarla. Ni siquiera podía pensar con claridad… ¿comiendo con él? ¿Qué, como una cita? La idea la alarmó, no estaba bien, quiero decir… es Otani, él… él…

¿Él qué? Tiene derecho a hacer lo que quiera, ¿cierto?

—¿Y qué quieres que haga o qué? —de un momento a otro su voz se tornó distante, vacía. ¿Por qué rayos se sentía así?

Bueno, es que… No sé a qué hora vuelva.

—Ése no es mi problema —contestó Risa nuevamente molesta—. Yo no soy tu niñera o tu vocera para andarle diciendo a la jefa o a Rei que te vas a tardar porque estás en una cita con…

No es una cita.

El corazón se le detuvo, se hundió hasta la boca de su estómago y Risa podría jurar que estuvo a punto de rebotar y salir fuera de su boca.

Era él.

Millones de insultos, reproches, gritos e ideas asesinas se acumularon en su boca y no pudieron salir, dejándola casi ahogándose. Cerró los ojos con fuerza y estuvo a punto de reprocharle el que la hubiera abandonado todo este tiempo cuando él volvió a hablar.

Tienes razón, no tienes porqué hablar por Yoko.

Su voz se escuchaba muy seria, como si hablara con una persona conocida pero que no trataba mucho.

A Risa eso le dolió.

Pero aún así podrías decir que llegará un poco tarde…

—¿Y porqué demonios voy a hacer eso? —su voz se quebró al final de la pregunta, abrió los ojos y casi pudo sentir las lágrimas formarse en ellos—. Si ella quiere quedarse contigo y llegar tarde al trabajo, es su decisión —trató de hacer la voz seria como él lo había hecho, pero sonó más a capricho—. Que ella asuma las consecuencias.

Koizumi… —lo oyó suspirar y Risa se mordió el labio—. Tienes razón, perdón —estaba adoptando la maldita forma de ser de Rei—. Procuraré que no llegue tarde, entonces.

—No soy su madre, no tienes porqué decirme eso —ahora sonó como un reproche.

Lo sé, lo sé. Bueno, adiós.

—¡Espera! —ahora un leve tono de súplica—. Yo… bueno… O-Otani…

Tenemos que terminar de comer, lo siento. Luego hablamos.

—¿Pero cuándo? —casi le gritó—. No te he visto en dos semanas…

Oh, cierto —Risa sintió que en serio iba a llorar cuando escuchó que hablaba como si no se hubiera dado cuenta de ello—. He estado ocupado, lo siento. Perdona, tengo que terminar, adiós.

Cortó la llamada antes de que Risa dijera algo y, de la nada y con un dolor indescriptible en el pecho, comenzó a llorar.

Tapó su rostro con sus manos y se volvió a recostar en el suelo, reposando en un costado.

¿Qué diablos había hecho mal? ¿Qué era lo que había hecho para hacerlo enojar tanto?

La culpa borboteaba en todo su ser y ni siquiera sabía por qué.

Maldijo al enano durante un buen rato, mientras seguía llorando y pensando en lo idiota que era.

Otani recostó la cabeza sobre el asiento de la cafetería. Yoko lo miró y se mordió el labio inferior.

—Siento mucho lo que te dije —dijo—, realmente me sorprendió que me llamaras…

Otani negó con la cabeza, ésta nuevamente incorporada, y luego miró hacia otro lado. —No te preocupes por ello —mencionó, con la vista fija en la pared—, yo… —abrió la boca para decir algo y luego la cerró. No sabía qué decir, simplemente las emociones lo embargaban y luego se desaparecían, dejándolo en blanco—. Mejor no hay que hablar de eso, ¿te parece? —volteó a verla y le sonrió débilmente. Yoko le sonrió de vuelta y ambos se dispusieron a terminar su comida.

Claro que Otani tenía muy en cuenta que habían pasado dos semanas. Más aún, sabía que eran dos semanas, tres días y, si su reloj no fallaba, cinco horas desde que tuvo su pequeño episodio de rabia en su departamento. No estaba orgulloso de ello, pero tampoco pensaba que hubiera estado mal. Tenía derecho a enojarse de vez en cuando, ¿no? ¿O acaso siempre tendría que comportarse serenamente? De hecho nunca lo hacía, pero… no quería pensar en ello.

Ni en la forma absurda que la había estado evitando. Creía que debía mantener la cabeza fría ante aquella situación, no quería verla pues sabía que si lo hacía toda la determinación de olvidar se iría por un tubo y volvería a ser el esclavo de Risa. No quería eso, pero sabía que tarde o temprano la tendría que encarar, quisiera o no.

Y también sabía que por más que intentara olvidarla, no podía sacársela de la cabeza. Aunque desde que se propuso olvidarla, supo que sería una misión imposible. Aún así, intentó soportar aquellas dos semanas sin verla, y aún así le fue imposible sobrevivir. Sí, se sentía lo suficiente avergonzado como para escaparse por unos días, pero honestamente él tampoco podía soportarlo. No podía soportar tanto tiempo… y se sentía enfermo de sostener el teléfono cuando ella llamaba y no contestarlo. Su corazón se aceleraba al pensar en lo desesperada que estaba de comunicarse con él, pero luego pensaba que seguramente era porque lo necesitaba como su mejor amigo nuevamente, y aunque así fuera, quería saber qué se sentía el ser al que buscan esta vez.

¿Pero por qué demonios eso lo hacía sentir como basura? ¿Por qué tenía tanta ansiedad? Debía controlarse, debía al menos intentar. Soltó un suspiro, desesperado, al enojarse por nunca estar de acuerdo. Siempre se contradecía, siempre actuaba como nunca lo hubiera hecho antes. En Osaka todo era más sencillo… Su vida no tenía tantas complicaciones como ahora.

Yoko lo miró con el ceño fruncido, tomó un sorbo de refresco y dijo: —Entre más tratas de olvidarte de ella, más la tienes en la cabeza —su mirada se posó en su plato, casi vacío, mientras seguía hablando—. Pero no puedes huir todo el tiempo —levantó la cabeza y lo miró fijamente a los ojos—. Ya sé que no quieres hablar de ello, pero… Atsushi-kun, ¿no crees que podrías salir con más chicas? Quiero decir, tal vez la mejor manera de olvidar no es precisamente alejándose, tal vez necesitas estar con alguien más.

Otani suprimió un resoplo. A decir verdad la idea sí le había cruzado la mente, pero sentía que no estaba bien. Por ridículamente estúpido que se oyese, sentía que estaría siéndole infiel a Risa. Bueno, tal vez no a Risa en sí, sino a lo que él siente por ella. Sí, y el círculo de las contradicciones volvía a hacer acto de presencia. ¡Maldición! ¿Por qué era tan complicado?

Miró a su alrededor y observó a la gente que se encontraba en aquel sitio con ellos. Observó que todos parecían tener prisa, y fue cuando recordó: —¿No se supone que tienes que llegar al trabajo? Koizumi se escuchaba demasiado enojada como para hacerte alguna clase de favor —mencionó, ignorando la pregunta que ella le había formulado—. Además, siento que ya te robé mucho tiempo, lo mejor será que nos vayamos ya, ¿no crees? —murmuró, haciéndole una seña a la mesera para que les llevara la cuenta.

Yoko miró hacia abajo nuevamente, algo deprimida, pero accedió.

No lo había logrado esta vez, pero no se rendiría. Al menos ya había logrado que Atsushi-kun se propusiera olvidarla, y eso ya era un gran paso.

Ya que su turno en la escuela había terminado, acompañó a Yoko a su trabajo. Ninguno de los dos dijo algo, ambos estaban ensimismados en sus pensamientos. Otani no quiso entrar con ella al enorme edificio que era la agencia de modelos en donde Risa y Rei también trabajaban. No quería toparse con ellos por accidente, ni nada parecido. Así que se despidió de Yoko antes de que llegaran a las puertas de cristal y cuando estaba a punto de dar la vuelta, sintió que una mano lo tomaba posesivamente del brazo.

—¡A-chan! —acto seguido creyó ahogarse por el firme abrazo que le dieron, cuando pudo separarse se dio cuenta de que era Mimi, su vecina en su añorado Osaka—. Sabía que estabas en Tokio, qué grandiosa coincidencia. ¿Por qué viniste a esta agencia? ¿Estás saliendo con alguien? Es que hace tanto que no nos vemos —mientras decía esto (lo cual expresaba demasiado rápido para el gusto de Otani) lo agarraba más fuerte—. Debemos salir un día de estos, dame tu teléfono…

—¡Mimi! —la calló de golpe—. Vete por partes, por Dios… Me mareo —se quejó, soltándose ligeramente del agarre de Mimi—. Vine a acompañar a una amiga que trabaja aquí.

—¿Una modelo? —los ojos de Mimi se agrandaron un poco, pero a Otani le pareció que más que sorpresa era enojo—. ¿Quien es? ¡Dime quien es, A-chan! —exigió.

—No es modelo —respondió secamente—. Es estilista…

—¡Ah, ya recordé! Esa alta amiga tuya, ¿verdad? La llevabas muy seguido a tu casa cuando vivías en Osaka —lo miró con ojos acusadores—. ¿Estás saliendo con ella?

Otani cerró los ojos por un segundo, pensando en lo genial que sería poderle decir que sí, pero la cruda realidad no podía evitarse, claro que, antes de que pudiera decir algo, Mimi se le adelantó.

—Oh, no, ya recuerdo. Ella está saliendo con ese fotógrafo guapísimo —dijo más para sí misma, y luego giró hacia él—. Qué alivio, pensé que habías logrado estar con ella después de que te fuiste de Osaka solamente para no dejarla sola —lo último dicho con repulsión, como si lo que Otani hizo hubiera sido desagradable para ella—. Por el momento yo estoy trabajando aquí, A-chan —mencionó, dejando aquello de lado y concentrando la atención en ella—. ¡Y es tan genial…!

—Eso es bueno —contestó simplemente Otani, mientras Mimi lo arrastraba dentro del edificio—. ¡Espera! ¿Qué crees que haces? —gritó, mientras entraba en aquel lugar.

Otani pensó que nunca antes en su vida había visto tantas mujeres hermosas. Su mandíbula casi rozaba el suelo mientras Mimi lo arrastraba limpiamente del brazo y hacía que lo acompañara a una de sus sesiones de fotos. Cuando iba a mitad del camino, volvió a la vida y recordó lo que estaba sucediendo e hizo todo lo posible por soltarse, pero nada podía contra la determinación de su alta ex-vecina.

—Tienes que ver la sesión que me van a hacer —declaró. Luego, con una sonrisa malvada y lasciva murmuró: —Es de lencería.

Otani se congeló. ¿Lencería? Demonios… No pensó precisamente en Mimi en ropa interior, sino en que según tenía entendido, Rei… ¡Rei era el fotógrafo de lencería!

Rezó con todas sus fuerzas que ya lo hubieran promovido o algo así, pero inconscientemente pensó que para cualquier ser humano masculino japonés, el ser fotógrafo de lencería ya era un puesto muy preciado. Comenzó a sudar frío cuando recordó que Risa era su estilista. ¡Ah, maldición! ¿Por qué justamente tenía que verla ahora? No, no. No lo iba a permitir. De la forma más increíble posible, y casi mordiendo la mano de Mimi, se soltó de su agarre y corrió despavorido hacia el otro lado. Mimi levantó una ceja en incredulidad y corrió detrás de él.

Los pasillos eran muy estrechos y cuando Otani llegó a la zona de elevadores, supo que tendría que bajar las escaleras, ya que había montones de modelos esperando por subir a un elevador. Con disculpas estúpidas casi las aventó para abrirse paso y al abrir la puerta que conducía a las escaleras, chocó con alguien que venía de subida. El impacto había sido tan fuerte, que casi tira a la otra persona. La tomó del brazo antes de que él también se cayera y luego la vio.

Los ojos de Risa se agrandaron mientras soltaba su mano.

—¿Qué? —preguntó él a la nada, molesto porque su plan de escape hubiera fallado.

Risa parpadeó sin comprender, luego frunció el ceño y lo tomó de la oreja, jalándolo con ella.

—¡Koizumi! ¡Ah, demonios! ¡Suéltame! ¡No soy un niño, maldición! —se quejaba, mientras era llevado por Risa esta vez. En el camino Mimi apareció.

—¡A-chan! —se quejó, resoplando—. ¿Qué demonios te pasa? ¿Por qué corriste así? —luego se dio cuenta de que su oreja era sostenida por Risa—. No es un niño, ¿sabe? Koizumi-san, suéltalo.

—Sí, suéltame —concordó él tratando de tomar su mano y hacer que soltara su pobre oreja.

—Mimi-chan, tú ve a prepararte. Llegué hace rato y ya te dejé los conjuntos que te pondrás —y dicho esto, jaló con más fiereza a Otani, casi lo levantó del suelo e hizo que la mirara—. Y tú, maldito enano, me vas a dar explicaciones.

—Ah, yo lo hice entrar, Koizumi-san —se disculpó Mimi, sin saber realmente a lo que Risa se refería—. No tiene por qué culparlo…

—Mimi, sólo lárgate, ¿quieres?

Otani tragó saliva con dificultad al notar el grado de enojo de Risa. Desde que había hablado con ella por teléfono supo que la había hecho enojar un poco más de lo permitido.

Mimi asintió con la cabeza ligeramente y se dirigió hacia la sesión de fotos dando zancadas.

Cuando Otani y Risa llegaron a su oficina, ésta lo aventó dentro y cerró la puerta delicadamente. Se giró tétricamente lento y lo enfrentó con la mirada.

—Por cierto —dijo—, tu amiguita llegó justo a tiempo —comentó—. Veo que cumpliste lo que dijiste.

—Koizumi…

—Cállate —le espetó. Se acercó a él, aún enojada, y, con la voz un poco quebrada, dijo: —Eres un maldito, ¿lo sabes? ¿Quién demonios te crees que eres para desaparecerte así nada más? ¿Sabes lo preocupada que estaba? De milagro no hablé a la policía porque sabía que seguías vivo, pero aún así… ¡Te llamé, maldita sea! ¡Te hablé como mil veces y nunca contestaste! —ahora se encontraba justo frente a él, y de pronto sus ojos se llenaron de lágrimas—. Eres un maldito… —lloró—. ¿Por qué lo hiciste?

Otani miró hacia otro lado, se rascó el cogote y luego se recargó contra la pared. —Supongo que porque soy un idiota. No debí hacerlo —la miró fijamente y, dudosamente, le limpió una de las lágrimas que corrían por su rostro—. Si quieres golpearme, siéntete libre de hacerlo.

—Oh, claro que lo voy a hacer —contestó ella—. Pero será cuando menos te lo esperes, maldito enano —se mordió el labio—. Realmente no mereces que te perdone.

—No te pedí disculpas.

—Cínico.

—Llorona.

Risa le dio una cachetada.

—Cállate, idiota. Aquí la víctima soy yo, así que tengo derecho a llorar.

—Pero siempre lloras —contestó él, sobándose en donde le dio—. No es justo que yo siempre sea el agredido.

Eso era todo lo que Risa pudo soportar, y con ese último comentario, le dio un puñetazo directamente en el estómago, sacándole el aire a Otani, quien cayó al suelo. Ella lo vio en el suelo, molesta, y luego se tiró a su lado para ver si estaba bien.

Al parecer todo estaba en su lugar nuevamente.

Ese día había sido loco, sin duda. Cuando por fin pudo salir de aquel sitio, Otani decidió ir a la tienda de música y ver qué había nuevo, para distraerse un rato.

A decir verdad estaba feliz. Ella lo había perdonado a pesar de haberse comportado como un bastardo. Miró los escaparates de las diferentes tiendas que se abrían paso delante de él, o bueno, lo poco que podía ver a causa de estar rodeado de gente: aún siendo el atardecer, siempre había un mundo de gente en los lugares más pequeños.

Se sorprendió al seguir encontrándose con más personas. Vio a un grupo de alumnas suyas que estaban tomando un café, vio a unos compañeros maestros con sus familias, dando un paseo. Y fue entonces cuando decidió cambiar su rumbo y se dirigió a su casa, ya que se estaba haciendo de noche y el ver a tanta gente feliz lo hizo sentirse mal. Sintió nostalgia de su hogar, ya que Tokio, aún siendo un lugar del demonio, tenía familias y algunas de estas familias decidían ser felices y aprovechar lo que la ciudad les ofrecía. Además de que se sentía deprimido de no tener a nadie con quien poder salir y divertirse… Bueno, sí lo tenía, pero esta persona había decidido salir con otra persona muy diferente a él.

En fin, al llegar a la puerta de su departamento, la nostalgia y depresión se apoderaron de él nuevamente. Decidió ir a la azotea para despejar su mente, y entretenerse con el reto imposible de encontrar una estrella en ese cielo tan contaminado.

Estando ahí se tiró al suelo y se dispuso a contar estrellas invisibles, cuando escuchó una voz que lo espantó y lo hizo brincar. Había dicho su nombre, y Otani ya estaba cansado de seguir viendo gente, simplemente quería descansar un poco cuando se dio cuenta de quien había hablado.

—Sabía que ibas a subir aquí —Risa se sentó a su lado y le sonrió tímidamente—. Perdona por el puñetazo.

—Ah, ya olvídalo —murmuró él mientras se recostaba nuevamente. Risa se quedó sentada y el contorno de su figura era lo único que él podía ver, ya que las luces de la ciudad pegaban en su espalda. Aún así, supo que ella seguía sonriendo, y él sonrió débilmente—. ¿Quieres buscar estrellas? —le preguntó juguetonamente.

—Claro —susurró ella, Otani se estremeció. Se recostó a su lado y ambos quedaron al mismo nivel, lo que hacía que su diferencia de estatura desapareciera. Risa recostó su cabeza en su hombro y Otani casi se moría al percibir su aroma y sentir el peso de su cabeza sobre él. Suprimió las ganas de rodearla con sus brazos. Suprimió las ganas de acariciar su cabello. Suprimió las ganas de rozarla, de cualquier manera. Suprimió la urgencia que se comenzó a formar en su pecho de rodar sobre ella y besarla. Bueno, al menos intentó suprimirlo.

Pero las ganas seguían ahí. La necesidad aumentaba y comenzó a ser doloroso el permanecer quieto. Realmente necesitaba besarla, al menos una vez… Pero sabía que si lo hacía probablemente se le iría de las manos. Además de que eran amigos solamente, demonios. ¿Por qué no podían dejar de serlo al menos por esa noche? Su palpitar aumentó al sentirla apoyarse aún más sobre él. "¡Maldita sea, Koizumi!" pensó, mientras involuntariamente su mano se resbalaba por su hombro y la sostenía. Risa levantó la mirada y sus ojos se conectaron por lo que parecieron horas. Entonces, ella se inclinó un poco y juntó su cabeza con la suya, haciendo que sus narices se rozaran. Otani no lo pudo soportar más. Con un leve impulso sus labios rozaron los suyos.

Presionó con fuerza, pensando que ella querría romper con el beso, pero se sorprendió al sentir que ella le correspondía. Incluso presionaba sus labios mucho más fuerte, como si estuviera tan desesperada como él por sentir sus labios sobre los suyos. El beso fue tomando intensidad, y Otani se rodó encima de ella, besándola más apasionadamente. Risa colocó sus manos en su cabeza y lo atrajo con más fuerza, mientras sus lenguas bailaban en la boca del otro. Luego pasó una de sus manos por su cuello y la otra se quedó en su cabeza, pero ahora su agarre era más fuerte que antes. Ninguno de los dos quería separarse, pero Otani siguió el camino que hacía su cuello hasta llegar a su clavícula. Las manos de Risa se volvieron a colocar en su cabeza y ahora revolvían su cabello con desesperación, y lo impulsaban a seguir hacia abajo. La blusa que ella llevaba tenía un cierre en el centro, el cual él bajó sin dudar. Risa jadeó y Otani enterró su cabeza en sus pechos, disfrutando la sensación de sus pechos en su rostro, la escuchó jadear nuevamente y podía sentir la desesperación que de ella emanaba. La miró y observó que ella lo miraba apasionadamente, y eso lo desconcertó un poco, pero luego ella sonrió y se mordió el labio inferior. Otani sonrió y regresó a sus pechos, colocó sus manos sobre ellos suavemente y apretó gentilmente, haciendo que de la boca de Risa se escapara un pequeño gemido. Él sonrió de placer y sin dudar más, le quitó la blusa, Risa cooperó levantando los brazos.

Sin poder resistirse, volvió a besar sus labios, la escuchó quejarse en su boca pero después sintió cómo ella le quitaba su playera. Otani la levantó un poco e hizo lo posible por desabrocharle el sostén mientras ella enroscaba sus piernas alrededor de su cadera. Cuando logró deshacerse de la prenda, Risa presionó su torso contra el suyo y esta vez fue él quien gimió de placer. La empujó nuevamente hacia el suelo y él, sin desperdiciar ni un segundo más, se dirigió a sus senos, puso su mano derecha sobre uno de ellos y con la lengua jugó con el otro, haciendo que Risa jadeara y gimiera ligeramente. Succionaba como si fuera un bebé al que le estuvieran dando de comer. Risa movía sus manos por todo lo ancho de su espalda, hasta que se hartó y bajó un poco más, hasta llegar a su zona más sensible. Otani soltó un gemido más fuerte al sentir como la mano de Risa sostenía su miembro y lo apretaba ligeramente. Poco a poco fue subiendo la fuerza con la que presionaba y Otani sentía que se iba a volver loco; Risa movía su cadera contra la suya, aún con su miembro atrapado entre sus dedos y gemía un poco más fuerte que antes. Otani arrancó el resto de ropa que les quedaba a ambos, sin siquiera pensar en lo que estaba ocurriendo, y, soltándose del firme agarre que ella tenía, descendió hasta llegar a su intimidad. Esta vez él la miró pidiendo permiso, ella sonrió divertida y acarició su rostro, dándole a entender que podía proceder.

Otani, sin saber muy bien qué estaba haciendo, lamió tímidamente su intimidad, y la observó arquearse y gemir. Probó presionar su lengua un poco más contra ella y dio resultado, pues Risa comenzó a gemir y a pedir por más, incluso tomó su cabeza y la apretó contra su intimidad. Otani estaba maravillado, hacía un buen rato que había perdido la cabeza y ahora simplemente seguía a su instinto; ahora probó introducir su lengua dentro de ella y supo que había hecho bien cuando sus gemidos incrementaron y presionaba más fieramente su cabeza contra ella, suspirando su nombre sin parar.

Pronto él se incorporó y la besó con mucha más pasión que antes. Risa correspondió al beso de buena gana, abrazándose a él firmemente. Se separaron un poco y Otani la observó. Risa jadeaba y su respiración era pesada. Tenía sudor en toda la cara y sus ojos brillaban con deseo. Otani se inclinó nuevamente y le dio un beso suave, con toda la ternura que pudo, y cuando se separó, observó que Risa lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Era tan hermosa… Otani no pudo controlarse nuevamente y la besó nuevamente, comenzando con un beso dulce que pronto se convirtió en salvaje.

Abrió sus piernas y se introdujo dentro de ella, Risa gimió y lo abrazó fuertemente. Pronto ambos adquirieron un ritmo constante, Otani volvió a succionar sus senos y Risa se arqueaba y gemía sin parar. Ella se agachó un poco para poder besarlo y él tuvo que inclinarse hacia adelante un poco, pero no le importó. Risa rodó y se colocó encima de él, gimiendo con más fuerza. Lo miró a los ojos por una eternidad mientras con sus manos trazaba el camino del pequeño pero perfecto cuerpo de Otani. Los pectorales que gracias al basquetbol tenía entretuvieron a Risa un buen rato. Los besó, los lamió, los acarició y frotó su cuerpo contra el suyo, mientras ambos gemían de placer. Risa brincaba contra él a pesar de que ya se encontrara dentro de ella, y el verla subir y bajar hipnotizaba a Otani. Veía su rostro bañado en placer, sus senos brincar y su cuerpo conectado al suyo y se sentía el hombre más dichoso en el planeta. Apretó sus pechos con las manos y Risa brincó más y más y más… Hasta que ambos se unieron en un grito de placer que pudo haber sido escuchado por la ciudad entera.

Risa se desplomó a su lado y se besaron nuevamente. Ella sonrió y lo abrazó, acurrucándose en su pecho. Aún jadeaban, y en lo que sus respiraciones regresaban a la normalidad, contemplaron el cielo estrellado que se encontraba sobre ellos.

Entonces Otani supo que algo estaba mal.

—Te amo —la escuchó susurrar, mientras su cabeza se escondía en su cuello y le daba un beso suave.

"Oh, no… ¡Maldición, no!" se quejó mentalmente, al tiempo que se aferraba a ella con todas sus fuerzas y le daba besos en el cabello.

—¿Otani?

Abrió los ojos, preparado para la desilusión. Se encontraba en la misma azotea, así que seguramente se había quedado dormido al instante en el que se acostó. Tendría sentido, porque el día había sido agotador. Aún así, se sentía fatal al darse cuenta de la realidad. El sueño había sido tan real… Maldijo a todo lo que se le cruzaba por la mente en lo que se incorporaba y miraba a quien le había hablado.

Ah, genial. Justo lo que le faltaba… Tenía que ser ella.

Su expresión era de confusión total. Otani suspiró, agradeció al cielo porque estuviera oscuro y así ella no pudiera ver las consecuencias de su sueño, aunque de todas formas se sentía mal de verla después de lo que soñó. ¿Cómo fue posible que todos aquellos detalles le llegaran a la mente, de todas formas? Quiero decir, él nunca había visto pornografía ni nada de eso, ya que se había jurado serle fiel a una sola mujer y no ver a otras, y Risa se convirtió en esa mujer, pero… ¿cómo demonios supo todo eso?

¿Por qué ese sueño había sido tan real?

Maldición, odiaba sentirse así.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó él, quitándose la chaqueta y cubriéndose con ella, Risa no pareció percatarse de ello así que estaba bien.

—Fui a buscarte a tu departamento, y como no abrías pensé que a lo mejor estabas aquí… Aunque me espanté al pensar que quizás no estarías aquí y me volverías a evitar —confesó.

Otani se ruborizó, pero la oscuridad prohibió que Risa viera eso.

—No seas idiota —replicó, intentando serenarse.

Risa sonrió y ambos se dirigieron a las escaleras, cuando ella se dio cuenta de la chaqueta.

—Otani… ¿por qué sostienes la chaqueta así?

—Eh… Pues… No importa —intentó quitarle importancia al tema, y ella alzó una ceja en incredulidad.

—¿Qué estabas haciendo aquí arriba? —inquirió, con un tono burlón.

—¡Cállate, idiota!

No, al parecer no podría olvidarla aunque quisiera, ya que la tenía más adentro de lo que pensaba… Se ruborizó al pensar en ello y trató de evitar hablar con ella en todo el camino hacia sus departamentos.