¡Hola! Aquí estoy de nuevo, con el primer capítulo. Ya veréis que es bastante más largo que la introducción...

Sólo aclarar una cosita. Ya sé que Luna y Padma son las prefectas de Ravenclaw, pero quería darle a la protagonista un poco más de "rango". Además, ya veréis como en el transcurso del fic va teniendo sentido.

¡Disfrutadlo!


Capítulo 1.

Mirando fijamente al techo tumbada en mi cama, con los maullidos de mi gato Chambers, me di cuenta de que no iba a conseguir averiguar nada por mi cuenta hasta la cena. Es que no sabía qué demonios iban a tener que hablar mis padres con los Malfoy. Es decir, más de una vez se habían reunido mi padre y Lucius, pero había sido para hablar de temas económicos y negocios, nada urgente y preocupante.

Mi familia, la familia Bloomfleet, era una de las más conocidas en el mundo mágico. Mi bisabuelo fue uno de los aurores más destacados de su época, y nos dejó una fortuna que perdura todavía, y que perdurará durante al menos dos generaciones más. Mi abuelo y mi padre siguieron sus pasos, y mi familia no ha podido estar al margen de la sociedad mucho tiempo.

Por eso, en parte me extrañaba que tuvieran que hablar con los Malfoy. Ellos eran mortífagos, y mi familia siempre ha sido una familia de aurores, reconocida por la sociedad mágica. Desde siempre ha habido roces entre las dos familias y, bueno, era raro.

El caso es, que cuando bajé al comedor para cenar, mis padres estaban sonriendo, y todo me desconcertó un poco. Sin embargo, decidí escuchar atentamente lo que nos tendrían que decir.

–Veréis, chicas –dijo mi padre cuando mi hermana se sentó–. En julio, como recordáis, nos tuvimos que ausentar un par de días. Pues bien… estuvimos en Malfoy Manor.

Gabrielle me miró con su típica mirada de "lo sabía" y sonrió, animándole a seguir.

–El caso es que estuvimos un tanto ocupados allí. No estábamos sólo con Lucius y Narcissa… también estaba el Señor Tenebroso, y el resto de los mortífagos que quedan.

Me quedé de piedra. El Señor Tenebroso, Lord Voldemort, Quién-vosotros-sabéis… como se le quiera llamar. Mis padres habían estado en su presencia, y eso no presagiaba nada bueno.

Siempre habíamos estado de lado de Harry Potter, el chico que sobrevivió. Mi padre supo desde el primer momento que Voldemort volvería, y nos habíamos convencido tanto de esa idea, que ya apenas leíamos El Profeta. Leíamos más El Quisquilloso, que, gracias a Dios, era el único con el sentido común necesario de decir la verdad.

Pero lo que de verdad me sorprendió era el hecho de que mi padre hubiera estado con él, en persona. Él nos miraba, expectante, pero al ver mi cara, sonrió levemente y continuó.

–El caso es que nos ofreció un trato –prosiguió–: Si nos poníamos en contra de Harry Potter y le encubríamos, nos dejaría con vida.

–¿Nada más? ¿Ninguna condición? –dijo mi hermana, y asentí dando a conocer que estaba de acuerdo con ella.

–Literalmente no, pero creo que todos sabemos que eso implica varias cosas –añadió mi madre, juntando sus manos–. Fleur… no creo que puedas dejarte ver hablando con Harry, Hermione o algún miembro del Ejército de Dumbledore.

–Pero mamá…

–Ya sabes cómo es esto, cielo. Hemos ido a hablar con Lucius y Narcisa esta tarde, y hemos llegado a la conclusión de que lo mejor que podéis hacer es juntaros con Draco, Crabbe, Goyle y sus amigos.

Creía que las miradas de mi hermana y la mía fueron suficientes para hacerles comprender a mis padres que eso ya era imposible, pero creía mal.

–No hay peros que valgan, chicas –dijo mi padre, serio–. Está en juego algo más que nuestra vida. He decidido aceptar el trato por varios motivos, y uno de ellos es porque pretendo filtrar todo tipo de información útil al Ministerio de Magia. Por ahora sabemos que tienen planes contra Hogwarts.

Gabrielle y yo nos quedamos en silencio, conocedoras de lo que aquello significaba. Si conseguían autoridad en Hogwarts, serían capaces de controlar mejor al mundo mágico, y nadie quería eso.

La cena continuó en un incómodo silencio, que sólo era roto por el leve ruido de los cubiertos rozando el plato o los resoplidos de Effie, nuestra elfa doméstica por excelencia.

No tardamos mucho en irnos a la cama. A la mañana siguiente tendríamos que estar temprano en la estación, listas para empezar el nuevo curso en Hogwarts.

Al meterme en la cama, suspiré. Nuevo curso en Hogwarts… podría haberme sonado bien aquella mañana, pero más bien me aterrorizaba. Iba a ser ya mi sexto curso como una Ravenclaw, algo de lo que me sentía bastante orgullosa. Sin embargo… bueno, nunca había sido amiga íntima del Trío Dorado, pero los tres, junto a los demás Weasleys, eran muy agradables, y me iba a dar pena no poder hablar mucho con ellos.

Y, bueno, el tema de Draco… lo aguantaría. Sí, era un arrogante, un estúpido y un maleducado, pero a lo mejor era capaz de razonar y llegar a la conclusión de que, quizás, a él también le convendría llevarse bien conmigo. O eso, o tendríamos que practicar arte dramático.

El caso es que iba a ser un curso distinto, y seguramente con alguna que otra sorpresa. Ser amiga de Harry Potter y fingir ser amiga de Draco Malfoy… no, eso no podía ser bueno.

Al menos, Gabrielle había convencido a nuestros padres para poder seguir siendo amiga de Cho, a pesar de estar en el Ejército de Dumbledore. Habían sido amigas desde que entramos a Hogwarts, y una amistad como aquella (parecía nuestra tercera hermana) no se podía perder así como así.

Ni mi hermana ni yo nos habíamos metido en el Ejército de Dumbledore. Lo consideramos durante un tiempo, pero llegamos a la conclusión de que lo mejor sería quedarnos al margen. Nuestra familia bien podría caer o quedarse como estaba según lo que eligiéramos, y el Ejército de Dumbledore nos supondría un problema con Voldemort.

Dándole vueltas a la cabeza acabé profundamente dormida.


A la mañana siguiente, mi madre me despertó tan risueña como siempre. Sinceramente, creo que a ella le hacía casi más ilusión que a mí el hecho de empezar un nuevo curso en la escuela mágica, y que mi hermana Gabrielle ya cursara el último año.

Desayunamos pronto y metimos los baúles en el maletero. No tardamos mucho en llegar a King's Cross Station.

La estación estaba abarrotada, tanto de muggles como de magos y brujas que acompañaban a sus hijos al Andén 9 y ¾. Agarré con fuerza mi carro con mi baúl y Chambers tumbado sobre él, y avancé por la estación, acompañada de mi familia. Distinguí fácilmente a los que empezarían aquel curso, simplemente por la expresión de emoción y felicidad de todos aquellos que habían escuchado hablar de esa escuela desde que tenían uso de razón, y la de… ¿miedo?, que tenían aquellos cuyos padres eran muggles y se habían enterado de lo que era Hogwarts el mismo día que cumplieron los once años.

Observé a Neville Longbottom, acompañado de su abuela, atravesando la columna que daba al andén mágico. Nos colocamos frente a la columna viendo que nadie la iba a atravesar por el momento, y la atravesamos. Primero yo, luego Gabrielle, y por último mis padres.

Cuando digo que la sensación de atravesar esa columna de ladrillo es la mejor del mundo, no estoy siendo justa con mis palabras. Una vez has llegado al conocido Andén 9 y ¾, el olor que impregna todo es distinto, y te hace sentir como si estuvieras a salvo, en casa. Tenías la sensación de que, hasta Navidad, no ibas a estar en peligro en ningún momento. Cerré los ojos, concentrándome en aquel olor y en los murmullos emocionados de los estudiantes. Aquel era mi momento preferido de todos los años que había cursado en Hogwarts (es decir, cinco, y con éste seis).

Gabrielle fue corriendo hacia Cho Chang, que la abrazó. Yo me acerqué a saludarla y nuestros padres hablaron brevemente, ya que fueron interrumpidos por una pareja de rubios platinos, acompañados por su hijo, que estaba casi más alto que su padre. Le dediqué una rápida mirada a Draco Malfoy, y volví a escuchar la conversación de mi hermana y su amiga, que no se habían percatado de la llegada de ellos.

–Qué suerte tienes, Fleur –me dijo Cho con nostalgia en los ojos–. Aún no tienes que preocuparte mucho por los ÉXTASIS. Nosotras –señaló a mi hermana y a ella misma– nos vamos a tener que meter la paliza a estudiar.

–Pero los sacaréis, estoy segura –sonreí–. Además, no sois prefectas y no tenéis que hacer guardias, lo que os deja más tiempo.

–Siempre me he preguntado cómo es posible que sacaras Extraordinario en casi todos tus TIMO, siendo prefecta y estando en el equipo de quidditch –dijo una fría voz a mis espaldas. Me vi forzada a girarme y sonreírle levemente.

–Estudiando, Malfoy, como siempre –puse los ojos en blanco.

Reinó un incómodo silencio. Ni Gabrielle ni Cho sabían cómo reaccionar exactamente ante la repentina llegada del rubio, y yo no tenía mucho más que aportar a la conversación. Gracias a Merlín, el sonido de la locomotora nos hizo volver a la realidad: el tren marcharía en breves.

Nos despedimos con rapidez de nuestras familias, y entramos al tren. Me alegré de tener que ir al compartimento de los prefectos, ya que allí estarían Ron y Hermione a ratos, además de mi queridísima Melissa Scower, mi mejor amiga y compañera de habitación desde que entré a Hogwarts. Tras colocar mis cosas y dejar que Chambers se quedara en el asiento, Melissa y yo fuimos en busca del compartimento donde estarían nuestros compañeros de Ravenclaw. Zack Richmond, acompañado de Ted Holmes y Alice Baldock reían contando anécdotas del verano, por lo que entramos a saludarles.

Aquellas cuatro personas que me acompañaban eran mis mejores amigos. Compartíamos todo, y cuando estábamos en Hogwarts rara vez se nos veía separados (a no ser, claro está, que Melissa y yo estuviéramos con algún que otro miembro del Ejército de Dumbledore). Alice y Ted llevaban ya un año y medio aproximadamente saliendo, pero no era de este tipo de relaciones en la que sólo existen ellos y nada más importa, no. Ellos siempre estaban pendientes de nosotros, eran algo así como los "padres" del grupito.

Recibí un abrazo de los tres, y tras conversar brevemente, una sonriente Hermione Granger vino a avisarnos de que teníamos que ir al vagón de los prefectos. Cuando llegamos, Draco y Pansy, los dos prefectos de Slytherin, estaban metiéndose con los demás (como siempre, vamos). Tratamos de poner un poco de calma entre ellos y los de Hufflepuff, que parecían a punto de estallar de rabia, y nos sentamos tranquilamente.

Técnicamente, en esos momentos deberíamos estar discutiendo las guardias que montaríamos a lo largo del curso, pero como las únicas que parecíamos tener interés en eso éramos Hermione y yo, siempre acabábamos hablando entre nosotros sobre temas bastante alejados de cualquier tipo de guardia.

Hermione y Ron discutían, Hannah Abbott y Ernie Macmillan hablaban de quidditch y Draco y Pansy parecían estar muy ocupados insultando a los demás. Melissa y yo hablábamos de las clases que tendríamos (de las optativas, Runas Antiguas y Adivinación), y debatíamos si quedarnos en Pociones u optar por Herbología.

Por lo visto, Draco y Pansy parecían muy interesados por nuestra conversación, y Pansy saltó en cuanto dije que no me apetecía mucho dar clases de Pociones.

–¿Es que la niña de papá no soporta al jefe de la casa de Slytherin? –me dijo con voz repelente.

–¿Es que Parkinson no sabe que Snape no va a dar Pociones este año? –al contestarla, imité su voz.

La chica se quedó callada y volvió a su conversación con el rubio, que había estado mirando la breve intervención de su compañera con una sonrisita en la cara.


El trayecto en tren pasó rápido, como de costumbre. Nos íbamos cambiando de nuestro vagón al de nuestros compañeros, y de vez en cuando íbamos por todos los vagones, revisando que los alumnos de primer curso y algún que otro más revoltoso no hiciera ninguna gamberrada.

Cuando llegamos al castillo, tras la ceremonia de Selección y el gran banquete de bienvenida, Melissa y yo acompañamos a los recién nombrados alumnos de la casa Ravenclaw a los dormitorios. Les explicamos que para entrar en la Sala Común debían resolver el acertijo que se les pedía en la puerta, y nos fuimos a los dormitorios. Alice, Melissa y yo, junto a Luna Lovegood y Padma Patil, compartíamos dormitorio. Ambas eran bastante agradables (Luna un poco rara, sí, pero era una buena chica y siempre te aconsejaba y animaba), y llevábamos compartiendo dormitorio desde que entramos en Hogwarts.

Estábamos cansadas del viaje, pero eso no fue excusa para quedarnos hablando hasta las tantas de lo que habíamos hecho durante las vacaciones.

Finalmente nos quedamos dormidas, y Chambers se acurrucó a mi lado para dormirse.