¡Bueeeenas!

Aquí vuelvo. No tengo mucho que comentar antes de empezar el capítulo... sólo espero que os guste. También quiero reviews y esas cositas, que nunca están de más :) Y sugerencias, o que escribiríais vosotros... ¡opinad! :D


Capítulo 2.

El despertador comenzó a sonar, indicándonos a todas que ya era hora de arreglarnos para empezar el primer día de clases. Me puse mi túnica, me maquillé muy poquito y me recogí el flequillo con unas horquillas.

–Bueno, primer día de clases –dijo Melissa, con una sonrisa–. ¿Lista?

Asentí con una sonrisa y Alice, ella y yo bajamos a la Sala Común, donde nos esperaban Ted y Zack para bajar al Gran Comedor.

–Buenos días –saludó Zack–. Ha venido Flitwick, dice que a segunda hora vayáis al despacho de Dumbledore.

Melissa y yo nos miramos, aburridas. Reunión de prefectos. Como cada año, sería igual: Dumbledore habla, los jefes de las casas deciden las guardias y todos contentos. Con suerte, serían lo bastante listos como para saber que no deben de poner las guardias de Gryffindor y Slytherin seguidas, para que no se armara una pelea en pleno despacho del director. Con suerte.

Entramos al Gran Comedor contando cotilleos que habíamos escuchado durante el trayecto en el tren y durante la cena, y nos sentamos a desayunar.

Las clases, como siempre, fueron de introducción. "¿Qué habéis hecho este verano?", "¿habéis celebrado vuestras notas en los TIMO?", "¿estáis preparados para empezar a dejar los codos estudiando?". Es decir, aburrimiento total. Luego nos explicaron la materia que daríamos durante el curso, nos hablaron de las visitas planeadas a Hogsmeade (algo más interesante, la verdad) y los partidos de quidditch. Eso sí que me interesaba.

El quidditch era, para mí, el mejor deporte del mundo. No sólo porque me gustara volar en escoba, sintiendo el frío viendo en mi piel y enredando mi pelo, la sensación de velocidad, el alivio al esquivar una bludger… bueno, ya paro. Era, simplemente, que mis mejores amigos también estaban en el equipo. Además, según me había dicho Gabrielle, Cho se iba a ir del equipo por culpa de los ÉXTASIS. La pobre se ponía muy nerviosa con los estudios, pero eso dejaría el puesto de buscadora libre y… oh, iba a ser mío. Al fin sería yo quien cogiera la snitch.

A segunda hora, como nos habían encargado, Melissa, Hannah, Ernie y yo (íbamos juntos a clase de Transformaciones) atravesamos el pasillo del segundo piso para ir al despacho de Dumbledore acompañados por la profesora McGonagall, que como jefa de casa de Gryffindor, tenía que ir también.

–No sabemos ya cómo deciros que para lo que está el vagón de prefectos es para que habléis sobre los temas que vamos a hablar ahora –dijo la profesora, algo estresada–. Las reuniones de principio de curso deberían ser para que vosotros expusierais vuestras ideas, no para que lo hagamos nosotros.

Ernie se encogió de hombros y Melissa, sin ningún tipo de timidez, le contestó.

–Es que profesora, ¡no nos puede pedir que el primer día que vemos a nuestros amigos y compañeros hablemos de un tema totalmente escolar! –se quejó.

Creíamos que McGonagall diría algo, pero sólo frunció los labios y nos encontramos frente a la gárgola que vigilaba el despacho de nuestro director. La profesora resolvió el acertijo, y subimos las escaleras de caracol hasta llegar al despacho. Allí ya estaban el profesor Snape, Flitwick y los prefectos de Gryffindor y Slytherin junto a, por supuesto, Dumbledore.

–¡Bienvenidos! –saludó el director, con una sonrisa en la cara. Desde luego, era un buen hombre, eso no se lo podía negar–. Sólo queda Pomona, y ya podremos comenzar.

Saludé a Ron y Hermione con una sonrisa y miré brevemente a Malfoy, a modo de saludo. Escuchamos unos pasos sonoros subiendo rápidamente por las escaleras, y la profesora Sprout apareció en el despacho. Dumbledore dio una palmada con una sonrisa.

–¡Pues ya estamos todos! –dijo–. Bien, chicos, vuestros jefes de casa y yo estuvimos comentando anoche, viendo que no habíais organizado nada para las guardias, un nuevo sistema.

–¿Cómo que un nuevo sistema? ¿Eso es leg…? –protestó Malfoy, pero se vio interrumpido por Ron.

–Cállate, Malfoy.

Se dedicaron una mirada de odio y Dumbledore los miró con reproche. Luego continuó la profesora Sprout.

–El hecho es que queremos fomentar la amistad entre otras casas, aunque tampoco queremos peleas. Por ello, hemos decidido que cada semana, en vez de ser dos prefectos de la misma casa los que hagan guardia, sean uno de cada una.

–¡Yo no pienso hacer guardia con un Gryffindor! ¡No, eso sí que no! –exclamó, alterada, Pansy. Puse los ojos en blanco, conteniéndome una amenaza.

–Como ha dicho la profesora Sprout, señorita Parkinson, no queremos conflictos en el colegio –dijo Flitwick, recolocándose las gafas–. Por ello, hemos hecho una lista de las parejas de prefectos que harán cada turno. Comenzamos… Hermione Granger y Ernie Macmillan. Ronald Weasley y Hannah Abbott. Pansy Parkinson y Melissa Scower. Por último, Draco Malfoy y Fleur Bloomfleet. Ustedes dos se encargarán del primer turno, comenzando hoy, hasta el próximo lunes, que les seguirán Granger y Macmillan.

Hermione y Ernie se miraron con una sonrisa, y Ron y Hannah hicieron lo mismo. Qué suerte tenían. Melissa miró con desprecio a Pansy, que parecía a punto de explotar. Si había alguien a quien no soportara de Ravenclaw, esa era Melissa. Miré a Draco, que no parecía importarle nada la decisión de los profesores y miraba los cuadros de los antiguos directores como si su vida fuera en ello. Supongo que ponerle conmigo era lo mejor que le podría pasar. Además, así a lo mejor hasta podría aprovechar un poco para salvar a mi familia.

Continuaron recordándonos las ocasiones en las que se podían restar puntos de las casas, y que no se permitían quitarlos sin motivo ni a otros prefectos. Luego no recuerdo de qué más hablaron, pero creo que mencionaron algo de que teníamos que dar vueltas por los pasillos en las guardias, y no quedarnos en la Sala de los Menesteres o en algún aula vacía (como muchos hacíamos).

Al final, nos mandaron a cada uno a la próxima clase que tuviéramos, que resultó ser Herbología. Melissa, Hannah, Ernie y yo nos dirigimos a los invernaderos, siguiendo a la profesora Sprout. Melissa maldecía a todo el que se cruzara en su camino, dispuesta a lanzarle un Desmaius si se encontraba algún Slytherin "graciosillo".

–¡Es que no lo entiendo! ¡Si Parkinson y yo nos odiamos! ¡¿Cómo que no quieren peleas? ¡Y una mierda! –gritaba, provocándonos risas a los demás.

–Eh, pequeña, ¿te recuerdo quién tiene que aguantar la altivez de Malfoy? ¡Sí, yo!

–Ya, pero… bueno, tú tienes la capacidad de pasar de él cuando te llama "traidora a la sangre" y cosas así.

Y eso era cierto. Hasta hacía dos años, Malfoy siempre me había llamado "traidora a la sangre" por llevarme bien con Hermione. Nunca le había hecho caso, pensando que algún día maduraría y se daría cuenta de que lo de la pureza de sangre es una estupidez, y no me equivoqué. El año anterior sólo me lanzaba miradas hostiles a principios de curso, pero nada más. Se podría decir que hasta nos soportábamos.

La profesora Sprout se dedicó a enseñarnos distintos tipos de plantas que iríamos viendo a lo largo del curso, pero Melissa, Alice, Zack y Ted me distraían constantemente contando chistes o comentando el aspecto de algunas plantas.

El resto de la mañana pasó bastante rápido, y después de la última clase nos fuimos a los jardines para descansar un poco.

El viento que corría era suave y fresco, y el sol brillaba aún, por lo que estar allí tumbados era uno de los placeres del buen tiempo en el castillo. Cuando llovía era terrible.

Aproveché para echar una cabezadita, ya que normalmente las guardias solían dejarme agotada (y eso era con Melissa, con Malfoy si no acababa muerta sería de milagro).

Melissa me despertó para ir a cenar y a ducharnos. Tras ponerme mi túnica de nuevo y charlar con mis compañeros en la Sala Común, me dirigí hacia la puerta del Gran Comedor, donde ya estaba un aburrido Draco Malfoy esperándome.

–Buenas noches, Malfoy –le saludé.

–Buenas noches, Bloomfleet –me dedicó una mirada inexpresiva y comenzó a subir las escaleras–. ¿Vamos, o qué? Me gustaría pillar a Potter o a algún Gryffindor haciendo de las suyas.

Puse los ojos en blanco y le seguí. El castillo estaba sumido en un profundo silencio, que sólo era interrumpido por el sonido de nuestras pisadas en las escaleras. Escuché maullar a la Sra. Norris, y Draco soltó una maldición por lo bajo.

–Dios, no. En la última guardia en la que me crucé con Filch, me llevó a su despacho y me enseñó todo su arsenal de armas de castigo –por la luz de los candelabros que se iban encendiendo a medida que andábamos, pude adivinar una mueca de desagrado–. Me dijo que podía utilizarlos si quisiera.

No dije nada, y continuamos subiendo escaleras. Aún teníamos unos cuantos pisos por delante hasta llegar a la séptima planta.

–Me extraña que me hayas contado eso –dije, al fin. El rubio me miró con una ceja alzada–. Sí, como lo oyes. Es que eres siempre tan borde con todos, que creía que no sabías decir otras cosas.

Frunció los labios y volvió su mirada hacia delante, para continuar el camino. Bien, íbamos por la sexta.

–No puedes juzgar sin conocer a una persona.

–Mira quién fue a hablar.

Me dirigió una mirada más fría que el hielo y aceleró su paso para quedar aún más alejado de mí. Me encogí de hombros y continué a mi ritmo. Si se iba a enfadar cada vez que le dijera la verdad, no llegaríamos ni a soportarnos siquiera. Pero peor para él, porque estaba claro que no le iba a ir lamiendo el culo como sus admiradoras o como su Pansy.

–Me he estado preguntando todo el verano por qué el Señor Tenebroso se interesó por tu familia.

–Siempre te has preguntado muchas cosas, Malfoy, pero si necesitas que sea yo quien te las responda, vas listo –respondí, sentándome en el suelo, cerca de las escaleras.

Él se me quedó mirando durante un largo rato y se sentó en la pared que había frente a mí. Pero nada, no apartaba sus ojos grises de los míos. Estaba empezando a inquietarme.

–¿Tengo monos en la cara, Malfoy? –solté un gruñido. Este chico me ponía de los nervios.

–Y yo que creía que iba a tener una guardia tranquila –rió–. Esta mañana no parecías molesta porque nos hubieran puesto juntos.

–Porque creía que el verano te había hecho madurar un poco. Veo que no.

Su expresión, con su típica sonrisita "oh-mírame-soy-un-Malfoy", pasó a ser sombría. Bajó la mirada y se acarició el antebrazo.

–Tú no sabes nada, Bloomfleet. Si quieres podemos hacer la guardia por separado –dijo, con una voz carente de cualquier tipo de emoción–. Sé que no querrías pillar a alguno de tus adorados Gryffindor, así que mejor vete.

–¿Sabes que es lo peor, Malfoy? Que creía que a lo mejor podríamos intentar llevarnos bien. Ya sabes, por tu familia, por la mía. Sólo somos…

–… peones. Lo sé. Siempre nos quedará la mentira.

–Te quedará a ti, Malfoy, porque a mí no –dije, levantándome de mi sitio y bajando las escaleras.

Aquel chico era de lo peor. Le importaba lo más mínimo alguien que no fuera él, o al menos eso era lo que dejaba ver. Al menos podría importarle lo más mínimo su familia.

Bajé las escaleras con velocidad con dirección al vestíbulo, dispuesta a quedarme allí hasta que llegara el final del turno y me fuera a mi cómoda cama. Me habría gustado quedarme en el séptimo piso y haberme ido a mi dormitorio, pero me podría ganar un buen castigo. Así que nada, me quedé sentada en los escalones del vestíbulo, observando el reloj, hasta que a los cinco minutos de que fuera la hora de irme a mi Sala Común, bajó Malfoy.

–He pillado a Longbottom en el pasillo –me comunicó–. Estaba sonámbulo, así que lo he mandado de vuelta a su torre. Pensé que querrías saberlo.

Dicho aquello, se fue sin más, y yo decidí subirme a dormir, algo desconcertada por que Malfoy me hubiera comentado aquello.