LOVE IN WARTIME

CAPÍTULO II

o.O.o Casi un segundo... o.O.o

Ya hacía mucho que había sonado las 3 de la tarde cuando Pandora entró en su casa, una bella mansión, en estilo gótico alemán, fechada del siglo pasado y que estaba en su familia hacía varias generaciones. El rostro sombrío, la mirada en el suelo, quitándose bruscamente la gorra de los cabellos despeinados, golpeando a la puerta luego de entrar por ella con tal fuerza que hizo temblar las pilastras, tan ruidosamente que los siervos se fueron al salón a ver qué pasaba.

Sin darles importancia, siguió su camino hacia la escalera. Cruzando el pasillo y pasando frente a la puerta del living, que estaba abierta, pudo reconocer a su madre, elegantemente vestida, un bello collar de perlas negras en su pálido cuello, los aros del mismo material raro y los cabellos rubio s recogidos por una tiara de terciopelo , muy distraída, con una señora cualquiera, tan torpe e inutil cuanto la rica anfitriona de grandes ojos azules.

El suave rostro de Frau Heinstein posó, asustado y curioso, en la cara alterada y furiosa de su hija, que le encaró por completo, girando los ojos críticos para la visita cómodamente sentada en la silla a un costado. La mujer dejó que la sonrisa que se había paralisado en sus labios pintados de rojo cuando surgió la hija, se fuera de inmediato cuando percibió una herida profunda encima de la ceja izquierda de la revelde joven.

- ¡mein Gott, Tochter! ¿Qué ha pasado?

Exclamó la madre, apretando la visión en una mueca de disgusto y verguenza. La amiga giró los ojos hacia el piso, ya había oído comentarios sobre la extraña hija de los Heinstein. Pandora ofreció sus espaldas a ambas y subió, presurosa, a su habitación, al final del pasillo. La pieza, que para ella se asemejaba a una prisión con algunas comodidades, era la más ampla e iluminada de todo castillo. No se preocupó por cerrar la puerta, tal era su euforía y enojo.

Sabía qué debía hacer y no perdería más tiempo. Abrió, con agresivedad, las puertas del ropero y sacó de allí una pequeña mochila, tirándola sobre la cama. Y rompiendo todos los cajones, agarrando, sin pensar, algunas piezas de ropa de sus interiores, empezó por llenar la valija sin organización alguna. Hilos de lágrimas escurrían por su rostro.

- ¿Qué has hecho ahora?

Su madre, luego de despedir a la visita, entró con autoridad en la habitación, las manos en los labios, como incrédula de la ruta peligrosa que tomaba aquellos asaltos juveniles de su única hija. Antes no le había prestado atención y creía que la chica así actuaba por esta razón. Pero al verla metiendo ropas y más ropas, de cualquier modo, dentro del bolso, su paciencia materna, que nunca había sido demasiada, explotó sin piedad. Parecía transtornada y asustada a la vez.

- ¿Te volviste loca, Pandora? ¿Qué piensas en hacer? ¿Quieres acabar con tu vida, con mi vida, con toda la familia? - le quita, violentamente, una chaqueta de las manos. - ¡Ya basta de estos achaques revolucionarios! No eres un hombre ni mucho menos un operario para que estés por las calles a ensuciarte con esta gente sin clase ni educación! - le gritó cuando vio que la hija no le prestaba atención y seguía en la dura tarea de arreglar la valija.

Pandora, sin mirarla ninguna vez, continuaba a meter en el bolso algunas cosas suyas, el básico, sólo algunas cosas para vestirse con pudor y decencia.

- Sólo hago lo que debí haber hecho hace mucho. - contestó fría, sin detenderse - Al fin y al cabo, ser joven y no ser revelde es una contradición genética, mamá. - irónica.

- ¿Quieres destruir el nombre de la familia? ¿Es eso lo qué quieres, estúpida? - la madre estaba histérica, sus manos temblaban.

- No, por eso me voy. No quiero destruir a nadie con mi estupidez. - hablaba sin prestar atención en la mueca de la madre.

En el salón, Herr Heinstein acababa de entrar vestido en su uniforme de la SS. Sus rasgos no eran los mejores y denotaban una profunda ira, procupación y cólera a la vez.

- ¿Dónde está mi hija?

Preguntó a suna sierva, que lo recibió con los ojos en el piso. La pobre mujer apuntó hacia las escaleras, indicando las habitaciones. Johann subió con su conocido paso militar, que hacía crujir el piso de madera pulida. Se dirigió al recinto donde madre e hija principiaban una lucha feroz.

- ¡Tú nos quieres desgraciar! - gritó Anneck el momento en que su marido surgía en la puerta. Ambas miraron en su dirección. - ¡Johann!

- Necesitamos charlar. - dijo él, entrando y cerrando la puerta.

- Johann, mein Lieber, ella está loca. Si acaso no vuelve a su juicio perfecto, la internamos y así podremos dar una satisfacción a la sociedad y al partido y...

- ¡Ya cállate, Anneck! ¿No ves que sólo empeoras la situación? - le gritó el marido, aburrido y furioso por las actitudes hipócritas de la mujer.

- No tengo nada a decir, Vatti. - respondió Pandora, cerrando la valija. - Ya me estoy llendo. No quiero perjudiarlo ni mucho menos ser la razón de la decadencia de la familia.

- ¿Y adónde vas? - la voz grave de Herr Heinstein tronó por toda habitación - ¿De qué vas a vivir? ¿Qué vas a vestir? ¿Dónde vas a dormir? ¿Crees que ser revolucionaria es matarse de hambre o salir por ahí pegando carteles por las calles y gritando nombres al keiser?

- Me voy a cualquier lugar lejos de esta casa. - gritó la joven - Trabajaré y pagaré lo que como y lo que visto. - una lágrima se unió al hilo de sangre de escurría por su rostro. - Hay millones de personas, en este momento, sobreviviendo con monedas, yo sólo quiero estar con ellas.

- ¡Tú no eres la salvación de la humanidad! Johan, ella no me escucha. ¡Seas duro con ella o nos va a estruir a todos! - gruñó la madre, disminuyendo la voz.

- ¿Será que no comprendes que hago esto por nuestra sobrevivencia? - explicó el hombre, acercándose a su hija y tocándole en el rostro herido. Ella se alejó con asco.

- Es muy fácil cerrar los ojos mientras tanta gente muere. ¡Tú lo sabes, papá!

- Lo sé, pero no hay nada que pueda hacer, Pandora. No soy el dueño de nada.

Contestó el padre, agarrando un trapo de encima de la cajonera y mojándolo en una bacía con agua a un costado, principió a limpiarle la herida, tocando con suavedad el punto abierto en el pálido rostro de Pandora, ahora rojizo por la rabia.

- ¡Luchar! Luchar es mejor que someterse a las ambiciones insanas del keiser. - gritó Pandora con ferocidad.

- Manifestaciones te llevarán a la cárcel, hija, y a nosotros a la desgracia. Estamos pisando sobre huevos, querida. - argumentó el padre.

- Ya he charlado eso millones de veces con esta imbécil, pero nunca me escucha. - dijo Anneck, con disgusto - Vive todo el tiempo con esos criminosos que son golpeados por la calle. Tú eres mi hija, naciste para ser servida. Pero cuando te miro, no veo una dama sino una sierva. ¡Mira cómo te viestes! Y tu comportamiento te vuelve casi un muchacho. No es digno de una chica de familia, bien educada y rica.

- Mutter, ¡cállate! - gritó Pandora, alejando la mano paterna y encarando a la madre con todo su enojo - Tú sólo piensas en ti misma. Mientras esté en una posición estratégica, que mueran los niños, los viejos...Tú sólo te preocupas con tus vestidos y joyas. ¡Sólo simpatizas con tun dinero!

- Por lo menos simpatizo con algo. - contestó Anneck, encarando a la hija - Acreditaba que Dios había sido bondadoso conmigo, mandánome una hija para compartir conmigo y consolarme en la vejez. Pero veo que tener una hija como tú es una maldición, pues nunca me has servido de compañía. ¡Antes nos servirá de asesina!

Anneck sabía ser cruel cuando quería. Abrió la puerta de la habitación y salió eufórica, el rostro hirbiendo por la cólera, caminando rápidamente hacia su habitación, las lágrimas quemándole la piel. Pandora quedó parada, en silencio. De sus ojos, lágrimas bajaban en desesperación. Su padre se acercó, tocándole en el hombro.

- Reconozco que tu madre no ve nada más que ella misma. Ni yo ni tampoco tú, hacen parte del mundo que ella ha construído para sí.

La voz de Johann era tierna y amistosa. Pandora se volvió hacia él, encarándolo. Sabía que su padre era el único que la podía entender.

- Pero no puedo dejar de reconocer también la razón de ella cuando dice que será nuestro fin se sigues actuando como lo estás haciendo, hija. Eres la hija del general Heinstein, la única, puedes hacer lo que quieres... ¿Por qué eso?

- Sé que nunca fui una chica bien comportada, como esperabas de una hija tuya, pero es que nunca tuve vocación para la alegría contenida, el amor sin orgasmo o pasiones sin fuego, sin arreglos, sin lágrimas...- ella abrió una casi sonrisa - Yo sólo quiero de la vida lo que ella tiene de más bello y de más crudo, papá. No vine al mundo para agradar a nadie. He venido para aprender a amar cada detalle que poseeo.

- HIja, reveldía sin trabajo es como un golpe de estado sin armas.

- Yo no lo entiendo, papá. No estás de acuerdo con las actitudes del partido, ¿por qué permanecer ahí? ¿Por qué no renuncias? - ella lo miraba con indignación.

- Soy uno de los más influyentes líderes del Nazismo, no puedo renunciar sin sufrir una punición, sin que ustedes también la sufran. Las cosas no son tan secillas, Pandora, y espero que un día comprendas eso.

- Jamás comprenderé. Las personas parecen anestesiadas. Por las calles ellas festejan la muerte de tanta gente inocente...

- Eso es sólo el inicio. Francia fue sólo el primer paso dentro de los objetivos verdaderos.

- Esta guerra es un error. Una nación entera siendo usada como arma para satisfacer la ambición y la locura de un sólo hombre. - Pandora hablaba con aflicción. Su padre la miró tiernamente.

- Infelizmente, la política aún es el mejor camino, hija. Es ella que mueve las sociedades.

- ¿Y de que lado te quedarás, padre? - ella lo encaró.

- Del tuyo, hija. Me quedaré de tu lado, siempre estaré acá, lo sabes.

Pandora giró sus ojos hacia la cama y acercándose de ella, tomó su pequeña valija y se precipitó por la puerta.

- ¿Adónde vas? - preguntó el padre.

- Ya he dicho. No quiero ser la razón de la desgracia de nadie. Me estoy llendo, papá.

- ¿Dónde te quedarás? - preocupado.

- En casa de algún amigo. Ellos son como yo: no temen morir por algo en el que creen.

- ¡Pass auf dich auf, Tochter! - dijo Johann! - ¡Cuídate, hija!

Pandora encaró al padre demoradamente y con un pronfundo suspiro, giró al pasillo y bajó las escaleras de su casa por la última vez. Por todo aquel día había pensado en su futura cita, pero si aquel muchacho verdaderamente iría aparecer, eso ya no sabía con seguridad.

o.O.o.O.o.O.o

- ¿Hello?

- Padre, soy yo, Radamanthys.

Aunque pareciera locura, cuando tiró la ficha en el aparato público y marcó el número de su casa en Londres, su voluntad era decir que no volvería más a su país, que se quedaría allí por siempre, en los brazos de aquella desconocida que de quien sólo sabía el nombre y nada más. Mientras caminaba por las calles de Berlín, buscando buenas historias para publicar cuando volviera a Inglaterra, sus pensamientos, insistentemente, convergían hacia aquella chica, vestida como un soldado listo para irse a la guerra. La suavedad de los rasgos contrastando con la reveldía de los atuendos y tal vez fuera eso que ponía a su personalidad en evidencia.

Por tres veces, cuando escuchaba la voz paterna, colgaba el teléfono, sintiendo que se le iban las fuerzas para hacerlo. A parte, venía a su mente, como una tormenta de verano, las responsabilidades que había asumido en su ciudad natal y una de ellas era Emma. Si fuera una novia sencilla, a quien hubiese visitado y estuviesen unidos sólo por la palabra dada y la fecha de la boda, todo sería más fácil. Pero la había deshonrado y eso la prendía a ella por siempre. Aunque hubiese descubierto que no la amaba como había imaginado, no sería capaz de abandonarla en estas condiciones. No, no era un canalla completo.

- Padre, yo...

- ¡Hijo! - la voz de Phillip se puso exaltada - ¡Quieres matar a tu padre! No sabes las terribles noticias que llegan en Londres desde Alemania. Asesinatos, secuestros, un sin fin de atrocidades terribles hacia los enemigos del Keiser...

- Padre, no te preocupes, vaso malo no se rompe con facilidad...- sonrió por la preocupación paterna - Tu hijo está bien, está sano y con mucho trabajo...- suspiró.

- Me han llamado de todas partes, tienes trabajo para elegir cuando vuelvas, hijo...Propuestas no te faltarán y con sueldos maravillsos. Al fin podrás empezar a ser reconocido por tu trabajo. Todos los periódicos de Londres te quieren contratar. Las historias que mandas están haciendo mucho éxito.

Radamanthys perdió la respiración. SIntió que se le fallaba un latido en el pecho. Tuvo que correr para alcanzar el aliento y controlarse para que el corazón no se detuviese. Lo cierto era que no sabía si lloraba o saltaba de felicidad. ¿Cómo era posible dos sentimientos tan antagónicos tomar cuenta de una sola persona a la vez? Luego de algunos minutos de silencio, minutos estes rellenados por las palabras de congratulaciones y afecto de su padre, el joven tuvo tiempo de poner la cabeza en su lugar y dar la respuesta devida.

- Me pongo feliz, padre. Ahora ya falta menos para que nos reunamos otra vez. Mal puedo esperar para empezar mi carrera, sabe que eso era lo que más deseaba.

- Y lo harás, hijo, con una bella esposa a tu lado, dedicada y afectuosa. Eso es todo que necesita un hombre.

- Sí...Eso es todo que se necesita...

- ¿Qué pasa, hijo? No me pareces muy satisfecho.

- Padre, yo...- se calló por un rato - Sabes que yo, he conocido a una persona...

- Que la disfrutes, hijo. - dijo el padre sin dejar que él terminara lo que quería decir - Que la disfrutes, que tengas mucho sexo, mucho placer y que luego la descartes. Diviértite, aprovecha eso que es gozar la libertad y la juventud a la vez, aún no eres casado. Cuando vuelvas, será otra cosa.

- Pero, padre...

- Espero que no me decepciones. Te he educado para que sepas elegir bien tu camino y las personas que deben estar en él. Confío en ti y en tu juicio y sé que jamás te casarías con alguien indigno de ti y de tu familia, ¿no es verdad?

- Seguro que no, papá. Jamás lo decepcionaría. Sé que espera mucho de mí y he hecho de todo para que tenga orgullo de su hijo único.

- Y lo tengo. Me has llenado la vida de placer, hijo, por eso no te alejes de tu camino. Una aventura todos nosotros la tenemos antes del casamiento, pero no deben significar nada más que eso. La esposa es sagrada, será la madre de tus hijos y la debes respetar.

- Gracias por los consejos, papá, tú no sabes cómo me has ayudado.

Tal vez la felicidad de escuchar la voz de su hijo no dejó que Phillip percebiera la tonada irónica y bromista de su voz. Cuando Radamanthys colgó el teléfono, su pecho quería abrirse. Pasó las manos por los cabellos y empezó a caminar por la ciudad, sin destino, atónito, sintiéndose un verdadero cobarde. De golpe miró al reloj y no pudo sostener la sonrisa que se abrió en sus labios al ver que ya era hora de ir al encuentro de su aventura con final agridulce. Tal vez su padre tuviera razón. Y con las manos en los bolsillos, siguió calle arriba hacia el punto donde la debía esperar.

A las 8 en punto él estaba en la puerta de la biblioteca, oculto por un suave, pero encantador ramo de flores. Eran crisántemos rojos. No sabía como, pero aquel desconocido había adivinado sus rosas preferidas. ¿Será que presageaba de la concordancia de sus destinos?

- Traje otra botella. - dijo él cuando ella se acercó - Nunca se sabe. Y esto es para ti. - le entregó el delicado ramo.

- Gracias . - contestó con una sonrisa tímida - Es la primera vez que alguien me regala flores. - sintió el perfume - Aunque acredite que no es una época muy propicia para recibirlas. No imaginé que un país como este aún fuera capaz de producirlas.

- ¿Por qué no hacemos un armisticio esta noche? - preguntó él con una sonrisa, mirando discretamente la curita que ella traía en la ceja. - Cometer errores es humano, poner la culpa en otra persona, es política. Intentemos consertar el mundo esta noche.

Pandora sonrió.

- Por un momento acredité que la política fuera la segunda profesión más antigua del mundo. Hoy percibo que se parece inmensamente con la primera. - comentó ella - Por eso, ya que nada es tan admirable en política cuanto una memoria corta, decretemos nuestra paz esta noche, me encantaría salvar el mundo contigo.

- Tú eres aún más bonita de lo que pude imaginar.

Ella bajó la cabeza por el comentario, roja.

- Tú eres loco, inglés. - habló ella, sonriendo. Aquella sonrisa enigmática que tanto le había encantado.

- ¿Loco? Espero que perdones mi locura, porque mitad de mi ser es amor...- contestó él, tomando la mano femenina para llevarla a los labios.

- ¿Y la otra mitad? - preguntó ella, volviéndose seria por la intimidad.

- La otra mitad también...- Radamanthys le besa la mano.

Pandora lo encara con sus bellos ojos negros, los ojos de los Heinstein, y ambos se contemplan por algunos minutos, preguntándose qué estaría pasando.

- ¿Nos quedaremos acá toda la noche? - interrumpió ella, meneando el ramo en su mano.

- No. Caminemos. La noche está muy tranquila hoy.

Él agarró dos vasos de vidrio que había puesto sobre la vereda y tomó la botella por su cuello, acompañándola en una caminada lenta y deliciosa.

- ¿Has traído vasos?

- ¡Claro! ¿Cómo beberíamos el vino? - dijo él con una tonada óbvia.

Pandora, tomando en las manos la botella, la abrió sin dificultades, pues ya estaba descorchada, y tocando con sus labios la dulce abertura, sorbió una gran cantidad, de una sóla vez, bajo la mirada asustada de Radamanthys.

- ¿Qué pasa? - preguntó ella, luego de tomar mitad de la botella, dando atención a un admirado compañero - ¿Una chica no puede tomar?

- Confieso que eso simplifica mucho las cosas. - dijo él, sonriendo y haciéndola sonreír con orgullo.

Berlín era una olla de depravación, agitación, tiros y borrachos. En todas partes se podía ver nazis comportándose como los verdaderos dueños del mundo y servidos por bellas y elegantes prostitutas. Había muchas personas en la calle esa noche, alegres por las buenas noticias recibidas.

Radamanthsy llevó a Pandora a los sitios que conocía. No había pensado, claro, en la posibilidad que pudiese no agradarle, pues eran ambientes sencillos. Pero en aquella noche descubrió una nueva Pandora, tan hambrienta de vida como él. En uno de los muchos bares alternativos que visitaron aquella noche, uno de ellos atrajo especial atención de la pareja.

Era un ambiente muy cómodo y colorido, donde los clientes se sentaban sobre tapizas, alrededor de una mesa baja y comían con las manos. Pandora, como una niña, pensó que todo aquello era muy divertido y por algunos minutos, se olvidó completamente de los problemas sociales y personales por los cuales estaba pasando. También Radamanthys se había olvidado de su novia y de su padre, pues en aquel momento, sólo existía aquella mujer que estaba sentada allí delante de él.

- ¿Dónde naciste? - preguntó ella, sirviéndose de una rara pero sabrosa harina codimentada.

- Islas Fellows, pero vivo en Londres con mi papá. - contestó él, abriendo otra botella de vino, la tercera de la noche - Él es abogado, o sea, un gran mentiroso.

- ¿Y qué haces allá además de "desórdenes"? - preguntó ella irónica por la última palabra.

- Como ya te había dicho, soy periodista y estoy en experimentación para trabajar en el Daily Star. Seguro lo conoces.

- Sinceramente no. - respondió ella cínicamente. Radamanthys la encaró sonriendo.

- No es un gran periódico, pero me pagarán bien.

- No sé por qué los hombre se preocupan tanto por el dinero. - comentó ella.

- Tenemos nuestros ideales, Pandora, pero también somos humanos, necesitamos comer, vestir, vivir...No podemos olvidar eso.

- Todos necesitan comer, pero ni todos tienen dinero para eso. ¿No crees que es egoismo de tu parte sentirte satisfecho por el hecho de que tú puedas comer?

- Olvidemos el comunismo por esta noche. - pidió él. Ella miró para su propio plato - Entonces, ya he hablado sobre mí, pero nada me has dicho sobre ti.

- No hay mucho. MI padre pertenece al partido nazi, mi madre es una gran dama de la sociedad. - habló con asco. - Y yo...bueno...soy sólo una chica perdida...

- ¿Así te ves? - preguntó él, muy serio.

- No. Así tú me ves. Seguro estás pensando: "Pobre chica rica, ¿Qué entiende ella de sufrimiento?"

- No, no estaba pensando eso. Yo pensaba: ¿Por qué se sentirá sin salida? - Radamanthys dio toda su atención a la joven delante de él - Quizá yo sea perdido también. Todo que necesito lo llevo conmigo. El aire en mis pulmones, un bolígrafo y hojas de papel...Me gusta despertar cada mañana sin saber qué pasará, o quién conoceré, o qué voy a comer. La vida es única y no podemos desperdiciarla. Debemos vivir cada minuto como si fuera el último, hacer con que cada instante valga la pena. Un día acertaremos...

- Es mi mundo y las personas que están en él. Veía tanta tristeza y me preguntaba si era la única a percibir. Toda esa gente muriendo y sé que va a empeorar. Sólo quería ayudarlas de alguna forma...

- Siempre tan preocupada por los otros...- comentó él sonriendo con suavedad - Seguro no te queda tiempo para pensar en ti, para ser mujer...

- Tú me has dado este tiempo. - ella lo encaró - Aunque tuviese miedo de este acercamiento, tú me hiciste ver lo que anseo...

Ella hablaba con emcoción y su pasión contagió al joven inglés, que la encaró encantado, sin palabras. Y él pensó que, lo que había imaginado como una dulce aventura veraniega, con un final agridulce, se había transformado en algo más fuerte y sublime. No era sólo atracción lo que estaba sintiendo, sino amor, algo que jamás había sentido antes.

- Yo la entiendo, Pandora...- dijo por fin - También siento lo mismo...

- Por un instante, cuando nos conocimos, pensé que eras sólo un imbécil británico soberbio que quería sólo una aventura veraniega...- ella meneó la cabeza.

Radamanthys limpió la garganta, también sonriendo de forma algo torpe.

- ¿Cómo pudiste imaginar eso de mí? - comentó con una tonada culpable.

- Pensé tantas cosas, pero al final, descobrí algo completamente distinto. - dijo ella.

- Entonces, que la belleza de todo en que acredito, no me tape los ojos y la boca...- dijo él, acercándose más a ella. - Porque mitad de mi ser es lo qué grito...

- ¿Y la otra mitad? - preguntó ella en un murmullo.

- La otra es silencio...

Y sin darle tiempo para la repuesta, la mano masculina ya había encontrado la nuca delicada, ocultada por los largos cabellos negros y trayéndola para sí, tocó con sus labios los labios de ella, suaves y húmedos, como él sabía que eran. Pandora, aunque hubiese deseado aquella caricia, permaneció paralisada en un primer instante, para pronto llevar sus manos al cuello del joven, profundizando más el beso.

Las bocas tocábanse calientes, hambrientas, tiernas y voraces. Era como si el mundo hubiera súbitamente paralisado. Luego de algunos minutos, se alejaron lentamente, aún queriendo entender qué habían hecho. Ella, discretamente, tocó los labios con sus dedos largos y delgados. Había sido su primer beso. Fue Radamanthys que, tomando todo su vaso de vino, rompió el silencio:

- ¿Dónde vives?

- En este momento, mi dirección es HauptsacheStrasse, 415. - contestó ella, haciéndolo sonreír al decir la dirección del humilde restaurante donde estaban - Luego, sólo Dios sabe...

- ¿No tienes dónde pasar la noche?

o.O.o.O.o.O.o

El departamento era pequeño y sencillo. Poseía el necesario para abrigar a una persona del sexo masculino por algunos días. Pandora entró, dirigiéndose hacia la ventana inmensa delante de la cama algo desarreglada.

- Por favor, no te preocupes por el lío. Tú sabes, un hombre viviendo sólo...- comentó él. Ella sonrió.

- ¿Hace cuánto estás acá?

- Tres meses. - dijo él sacándose la chaqueta. Ella hizo lo mismo - Tres largos meses...¿Algún problema?

Preguntó él mostrando un cigarrillo.

- Nö. - contestó ella, sientándose en la cama.

- ¿Por qué has dejado tu casa?

- Bueno, podemos decir que, para un padre como el mío, tener una hija comunista no es algo muy digno de aplausos.

- Pero me has dicho que no está de acuerdo con las ideas de Hitler.

- Sí, pero nada hace para ponerlas en práctica. Mi padre es un gran hombre, pero tiene miedo. Y yo... - ella sonrió cínicamente - Yo soy una espina en sus espaldas.

Radamanthys sonrió por el comentario. Ella bostezó, dejando la cabeza caer por el vino. No estaban borrachos, pero muy cerca de eso. Tirando el cigarrillo en el piso y pisándolo a fin de apagarlo, el joven se acercó a la compañera y se sentó a su lado, sobre las sábanas desarregladas de su lecho. Pandora giró la cabeza en su dirección, algunos centímetros separando las dos bocas. También él la miraba, entre este mundo y el de los sueños.

- ¿Crees que sea mejor que durmamos separados? - preguntó él, la voz un tanto lenta por la bebida.

- Creo que sí. - dijo ella, con la misma tonada, el vino parecía actuar - O haremos lo que no debemos hacer...

- Puedes dormir en la cama si quieres, estaré muy cómodo en la silla...- comentó él, acercando más la cabeza.

- Espero que no esté incomodando...- habló Pandora, también acercando más la cabeza.

- No me importa. - murmulló él - Me puedes incomodar siempre que quieras...

Se levantó, bajo la mirada ebria de su compañera y se arrodilló frente a ella.

- Tú fuiste la mejor cosa que ya me ha pasado...

Dijo, antes de besarla una vez más. Sus manos la agarraron por la cintura, mientras ella le envolvía el cuello en un abrazo invitador. Fue él quie súbitamente se alejó, sintiendo que, si aquella caricia si prolongara más, no controlaría sus deseos. Pandora se quitó los zapatos y se acostó en la cama. Se acomodó y miró al compañero. La almohada teía su olor. Radamamanthys, por su vez, quitando los suspensores, se libró la remera y se tiró sobre la silla, su tórax desnudo subiendo y bajando por la respiración ritmada. Felizmente no había visto el rostro soronjado de su invitada cuando lo vio con el pecho desnudo.

- Good night...- dijo él en su idioma, cerrando los ojos.

- gute Nacht...- contestó ella, suspirando.

o.O.o Continua o.O.o