Increíblemente no es 2018. Voy a dedicarme de ahora en más a los two shots y three shots y todos contentos !? anyway agradezco especialmente a Indie, Joshevisia-Chan, Binge Eater y Cattiva por dejar comentarios. Ahora, si me permiten, iré a llorar como una loca por haber terminado un fic
Tercera parte: Somos luz y tinieblas
"If you knew how much I love you
you, you would run away.
But when I treat you bad it
always make you stay".
Pretty when you cry; Vast.
i.
Ella busca un montón de cosas que él no puede ofrecerle. Seguridad, confianza, alegría, cobijo, paz.
Y ella lo sabe. Peor aún, no le importa en lo más mínimo. Sigue un rastro —de costillas y esternones, de órganos pisoteados y riachuelos de gotas secas, bermellones— igual que un sabueso al que se le ha dado una orden y profesa obediencia. Sólo que en su caso particular la orden es más bien parecida a un suicidio y ella actúa como un animal estúpido y ciego que se limita a dejarse llevar por sus instintos y no el pensamiento coherente.
— Creo que me quieres.
Y pese a los maltratos de su amo al can, éste se mantiene fiel. Porque eso hace un perro, se queda contigo hasta el fin de sus días.
Rogue permanece inmóvil. Ensimismado en una maraña de locura ponzoñosa. Lucy le observa, una estrella en su momento de gloria, antes de perderse en la galaxia, y morir.
— ¿Cómo llegaste a esa conclusión, se puede saber, Heartfilia? —Indaga. Quedo. Demasiado quedo. Lucy traga saliva (y con ella, el terror, enterrándolo lejos).
— Porque pudiste haberme asesinado. Muchas veces. Y heme aquí. Sí, sin un brazo y totalmente destruida y tal vez –seguramente– chalada. Pero viva. Muy viva, de hecho.
— El dolor te recuerda que aún existes —replica con hosquedad. Lucy se permite vagar hacia atrás, hacia los días buenos. Donde Frosch podía corretear sin ningún impedimento o temor. Sin ninguna herida. Donde ella regañaba a Natsu y procuraba ganarse la confianza de Juvia y reía con los malos chistes de Erza y gritaba a Gray «Por un demonio, ponte esa ropa» y todo era tan despreocupado, tan fresco y risueño.
— ¿A qué se deben tus lágrimas? ¿Acaso no tengo razón?
— No. Sí la tienes —Su llanto no cesa— sólo que…
(en este mundo, donde ya nada me queda)
(eres despreciable),
(y sin embargo, lo único que me da fuerzas para respirar con mis estropeados y enfermos pulmones, ¿qué tan confuso es eso?).
No se anima a explicárselo con palabras.
— Hay rumores de que una resistencia de magos consiguió crear un portal para viajar en el tiempo —cambia de tema, de la nada. Rogue se encuentra de espaldas a ella, admirando el crepúsculo. Con cierto esfuerzo, Lucy se deja caer a su lado. Manteniendo las distancias—. Rogue, dime, ¿si tuvieses la oportunidad de cambiar el pasado, impedir que esto suceda, lo harías?
¿Volverías, para ver a Minerva, y a Yukino, y Orga y Rufus? ¿A Sting, y Frosch? ¿Te atreverías a mirarles a los ojos, sabiendo que en un futuro remoto, les asesinaste con tus propias manos sin misericordia o escrúpulos?
— No. Yo me quedaría aquí —Lucy se encoje.
— ¿Por qué?
— Quién sabe. Soy así. Estoy roto. Y no me importa. Me alegra. No les extraño, a ninguno.
¿Es así? Piensa Lucy qué vida tan deplorable. Tan solitaria.
«Tal vez, por eso te tiene con él».
— Creo que me quieres —reitera ella, tras unos instantes.
Rogue ríe.
— Sí, Heartfilia. Te quiero. Te quiero muerta.
(¿Y por qué no acabas lo que iniciaste, entonces?)
— Estuve considerando que la dependencia podría ser una forma de amar —prosigue, ceñuda—. En ese caso, tú me necesitas –amas– tanto como yo a ti.
— Y, a pesar de eso, me odias.
— Exacto.
— Y el sentimiento es mutuo.
— Sí.
Silencio. Rogue es brusco al apretarle las mejillas, imponiéndole a quedar cara a cara. Lucy no retrocede, es un desafío.
— Si eso es cierto —sisea él— qué jodidos estamos, Heartfilia.
ii.
Almas gemelas, tremendo fiasco. Más bien Almas condenadas. A perderse, a encontrarse, a volverse a separar. Un ciclo sin fin. Un eterno suplicio. El hilo pierde color, belleza; se torna obscuro y se empapa en sangre y llanto; se vuelve más delgado pero firme. Le lastima, cortándole las muñecas, ahí donde enzarza. Y del otro lado está él. Torcido, demente, inseguro. Y el hilo se extiende, más y más y más.
Jamás se rompe. Lucy hace un intento por deshacerse de este. Jalándole, sin cesar. No funciona. Desiste. Lo enreda. Da muchas vueltas. Cae. Se tropieza. Solloza. Él avanza, y la descubre. No la levanta, pero tampoco le abandona. Son ellos dos. Ellos dos y Fiore desmoronándose en pedazos.
Ella se pregunta
(— ¿Fue necesario que me propusiera impedir el plan de Eclipse viajando al pasado para que al fin me dieses el golpe de gracia, Rogue?)
Si será lo suficientemente valiente para enfrentarle. Murmura
(— Lo único que deseaba era retornar a aquellos días soleados)
Que sí. Que ya se las apañará. Se lamenta
(— Salvar a Natsu y los otros, salvarte a ti).
Porque incluso en el último vestigio de su existencia todo debe girar en torno a Rogue.
iii.
Sólo que la cinta retrocede. Y Lucy, al parpadear, ya no está más en su pesadilla—sueño, espejismo, sino con él. Ambos tomando un té en la cafetería más próxima a la mansión Heartfilia. Y le sonríe tanto como sus pómulos se lo permiten, pese a que por dentro esté retorciéndose por la angustia (¿por él o para él?).
Rogue no ha mostrado emoción alguna desde que accedió a acompañarla y el perro —el otro, no ella— siguió su camino, yéndose tras el aroma de un bistec recién preparado. Resuena el tintineo de un cascabel. ¿Cómo llegan ahí, con exactitud?
— No sé por qué accedí a esto —confiesa, incómodo.
— ¿Tal vez porque te intereso lo suficiente? —Bromea Lucy.
— Fue algo que dijiste, "¿nos habíamos visto antes?" empero, no te conozco. De nada.
— ¡Ah, e-eso! No, ignóralo. Puros disparates míos, no hablé en serio —miente, y suelta una risita. El chiste (si es que es eso) no le provoca gracia. Rogue se mantiene serio. La sonrisa de Lucy se resquebraja.
— Para mí sonabas sincera.
(Lo soy, quise serlo cuando te prometí cuidar a Frosch, también).
Lucy divaga un momento.
— Tú… por casualidad tú… ¿tienes alguna mascota? Un gato, o, una rana.
¿Qué te ocurre? No actúas apropiadamente. Para ya.
Rogue lo piensa, mostrándose levemente afectado.
— Un felino, sí. Aunque murió.
Oh. ¿Y te mantienes en la cordura, pese a todo?
¿Cómo es posible?
A Lucy las siguientes palabras de Rogue le llegan igual que un baldazo de agua helada a mitad de un desierto.
(— Fuiste tú quien le mató).
— ¿Cómo?
La expresión de Cheney es de incertidumbre.
— Pregunté tu nombre —reitera. Y no figura estar al tanto, él no la manipula. No ahí. Ella–
Está llorando sin motivo. Para sus adentros.
— Es Lucy —duda— pero tú dime Heartfilia.
— ¿Por qué?
«Porque sé que aún hay bondad en ti».
— No entiendo.
«Sin embargo, noto que estamos en un cruel lugar, y tú terminaras corrompiéndote».
— ¿Es así?
«Y lo lamento. Lo lamento tanto».
— No es tu culpa.
«Se supone que soy la luz, y no alcanzo a iluminarte».
— Entonces fracasaste en lo único que podías hacer bien.
«...Tú y yo».
— No deberíamos ir en la misma frase, a menos que haya un "no" de por medio.
«Nos parecemos más de lo que piensas».
Al erguirse, mirando la silla de enfrente, Lucy la halla vacía.
Él se ha ido. Y sólo queda ella, ella y su sombra.
iv.
En lo más recóndito de su ser Lucy percibe que si Rogue llega a llamarla Lucy ella no tendrá esperanza alguna. Que si hay un vestigio de aprecio (uno ínfimo y ya) en su voz, caerá en la trampa. Y no habrá retorno posible. Ella está al tanto igual de que ahí él es un criminal en potencia. Un chico que perdió a su mascota (—se fue al cielo de los gatos, y si no existe, se coló en el de los perros) que suele saltarse las clases para pasar largos lapsos de tiempo en soledad y cuyo único amigo es un sol parlanchín y problemático que rara vez cierra la boca.
Lucy no busca espiarle. No. Más le atrae. Es un imán humano. O quizá–
— Un monstruo.
Uno que continúa en la búsqueda del niño correcto en el armario correcto para propiciarle un buen susto —Lucy añora ser esa niña—. Por eso le insiste que sea Heartfilia cuando está con él. Así no son tan cercanos y el riesgo de que la devore es menor. Patrañas.
— No sabía que eras zurda —comenta con genuino interés. Lucy se muerde la lengua.
— No lo soy. Sólo que me incomoda muchísimo usar mi mano derecha.
(A veces se siente igual que si me faltase ese brazo).
— Qué curioso.
— ¿Qué?
— Hace bastante, conocí a una niña manca. Tampoco tenía el brazo derecho. Y era rubia.
— Tienes razón. Es toda una coincidencia.
(—Sí, su nombre era Lucy. ¿No lo consideras raro, Heartfilia?)
Lucy se remueve en su asiento, incómoda. Rogue no ha dicho nada en varios minutos. Está —recordando, asimilando, convulsionando— como ido.
— ¿Rogue, estás bi…?
Él se levanta. Toma sus cosas con violencia. Le dedica una mirada indescifrable.
— Lo siento, me debo ir.
Ojalá nunca regreses, reza Lucy. En vano, no obstante. Pues ellos siempre retornan el uno al otro. No hay excepciones.
De pronto la garganta se le seca.
v.
— Soy el único que puede hacerte miserable, Heartfilia.
— Claro.
— Únicamente yo.
— Sí —Una pausa—. Pero, Rogue, no olvides —él encarna una ceja, la sonrisa que ella le dedica es amarga— mi existencia también te hará sufrir a ti.
«Este juego puede tener dos participantes».
Exaltada abre los ojos. Reposa en su cama, las mantas revueltas y con la respiración irregular. No hay nadie más y las palabras flotan en el aire, burlándose de su persona. Sin una causa racional (¿acaso algo tiene sentido allí?) le tiembla todo el cuerpo. Todo se debe a imágenes conexas. Destellos y luces de neón. Lucy se sujeta fuertemente la nuca, luchando contra las lágrimas. Es de madrugada y pronto deberá arreglarse e ir al colegio. Encontrarse con él. Con el ínfimo detalle de que Rogue la ha estado evitando y al mínimo contacto con ella parece exaltarse. Le dan escalofríos, como si tuviese cierta clase de poder para con Rogue. Solamente que no es así ¿verdad? No, ridículo. Es ella la de la soga en el cuello.
Y, quizá, se trata aquello de una oportunidad diminuta para esconderse. Lejos.
Sin embargo, al pedalear por las calles, con el viento matinal desmelenándole la coleta hecha con prisas, cruzándose con él y recibiendo toda su atención —ese día el muchacho sol no está en ningún lado, ninguno que no sean las tablas de madera en el sótano de Rogue, es decir— se pregunta el por qué un can no huye ante las humillaciones de su dueño. Qué lo mantiene a su lado.
«Amor».
— Cuánto tiempo –años– sin vernos —y si lo vale. Si vale el dolor, y los sollozos, y las pesadillas y la absoluta confusión y vulnerabilidad—, Lu-cy.
(— ¿Me extrañaste?)
Entonces sabe que la respuesta es un rotundo no. De igual manera ella va a quedarse.
— Hola, Rogue.
(¿Hoy me romperás suavemente?)
Porque Lucy no tiene el valor para sacarlo del infierno, pero sí el suficiente para aprender a convivir con sus demonios.
End
