¡Hola! Gracias por seguir conmigo, y no denunciarme a la interpol (xD). Pido perdón por la tardanza, el colegio me ha absorbido completamente ya que tengo que avalar, además de la secundaria, un Tecnico en Producción Agropecuaria y ando jodida con las horas. A parte de eso, mi vida atraviesa una especie de crisis :P y ni idea de a donde irá a parar esta mierda.

Advertencias: Mi Beta no vio esto (sorry bruxi), el próximo capi si pasará por sus manos. Este capitulo contiene sexo incestuoso, es el primer "lemmon" que publico en la página y, además de ser una violación explicita, se encontrarán con que es bastante seco.


Oh, no, no, take me from my mysery

There's no such thing as living comfortably

There's no such thing as going home.


31 de enero.

Posiblemente me quería, vaya uno a saberlo, pero lo cierto es que tenía una habilidad especial para herirme.

—Mario Benedetti.

La primera vez fue en el sótano, en medio de la oscuridad y la pestilencia. Tengo grabadas en mi memoria las palabras y los gestos antes de que la luz se apagara y nos quedara solo oscuridad. Una oscuridad medio interrumpida por los resplandores esporádicos que se colaban desde el primer piso.

—¡Suéltame!— Grité a medias, intentando que me dejará levantar— Déjame en paz, asqueroso pedazo de mierda, no te quiero cerca.

—Claro, hermana, solo deja que termine —su voz, impregnada de todas las emociones menos las que debería dirigir hacia su hermana, me golpeó secamente. Estaba loco, desquiciado, más anormal que de costumbre. Su comportamiento asemejaba más a un animal en celo que a un ser humano.

Mi cuerpo entero se tensó. Tumbada sobre aquella mesa, con mi hermano encima tratando de aplacarme, no pude hacer menos cuando me di cuenta que mis manos estaban atadas una a la otra y que él halaba de mi ropa con rudeza. Contemplé estupefacta como una a una mis prendas caían, eran sacadas de su lugar por dos manos nada corteses. Y seguí ahí, tan quieta como si mi cuerpo fuese de mármol y no de carne. El repentino descubrimiento de lo que implicaba todo me desconcertó, me dejó helada, pero mi reacción tardía arrasó como un tornado, con todo.

Pateé, me revolví incesante, tratando de mantener lejos esas dos extremidades caprichosas. A mi hermano poco parecía importarle lo que yo hiciera, se cernió sobre mi cuerpo como un ave de rapiña; mordiendo, halando y disfrutando de su golosina. El asco acudió a mí con rapidez, su saliva caliente y su boca ansiosa, junto a sus dedos finos que me recorrían sin cesar, y mi inconsciencia desapareció junto con eso. Grité, grité muy fuerte.

Me callé solo a segundos de haber abierto la boca, una cachetada certera hizo saltar sangre de mis labios.

—¡Cállate! —ordenó sin reparos, apurándose en deshacerse del cinturón en su pantalón—. Si no, desearás de verdad que nuestro querido padre te escuche.

—Eres un malnacido, Naraku. Déjame en paz, no quiero.

Apreté fuerte las piernas, tan juntas como anatómicamente me era permitido. El sudor que vagaba por mi espalda ya era más que pegajoso, corría por mi columna y empapaba la mesa con su helado terror.

—Será mejor que cooperes —pidió con una muy anormal delicadeza.

—Será mejor que te largues —dije con decisión, haciendo más presión con las piernas al ver como Naraku terminaba por quedar sin ropa de la cintura para abajo.

—¿Y qué me harás si no? —preguntó desafiante, abriendo mis piernas de un tirón.

El corazón se agolpó en mi garganta, el miedo se convirtió en parte del ambiente, en una cosa material. Tragué saliva en seco, constriñendo cada musculo en mi cuerpo, mirando con indecisión ese rostro guapo y malicioso que pertenecía a mi hermano.

Mordí un labio y contesté:

—Te mataré.

—Lo espero, entonces.

Hasta ahí llegaron las ganas de conversar, pues en medio de mi descuido le di la oportunidad de posicionarse bien entre mis piernas. La estocada fue dura. Dolió. Pensé que todo en mí se rompía deliberadamente; y así siguió, entrando y saliendo de mi interior con rudeza y urgencia. En un primer momento todo estuvo fuera de lugar y al siguiente dejé que me hiciera, la furia de mi rechazo había sido transferida al solo acto de penetrarme. Lo sentía, toda esa ira contra el mundo, corriendo en sus poros y descargada contra mí. Otra vez era una víctima, una niñita usada, pequeña, impotente, demasiado ignorante. Era la última vez que me sucedía.

Yo misma estaba al borde, pero no de placer, era dolor. Un dolor tan físico que terminaba por ser del alma, de una forma incombustible e incorpórea. Dolía porque no solo estaba siendo utilizada, sino porque en un principio lo había propiciado de mi cuenta dándole espacio, haciendo que las cosas entre nosotros fueran más cercanas de lo que debieron ser.

Dejé que mis miembros colgaran en el borde de la mesa, sostenidos solo a medias por las manos de mi hermano, no quería darle pie a nada. Deseaba salir de mi cuerpo, escapar y no volver. Pero él estaba ahí: sobre mí, dentro de mí. Él disfrutaba de aquello, sus ojos eran la imagen viva de la lujuria mientras toda la longitud de su polla se hundía, rápido y sin misericordia, en mi interior, haciéndome saltar lágrimas de miedo y desesperación. Naraku no se preocupaba, solamente estaba ahí disfrutando de ese momento a sus anchas, tratando de sostener las piernas que yo empeñaba en mantener laxas y fluctuantes. Vi con recelo, y candor, que no era sino otra de las cosas que debían ocurrir en esa interminable lista de pendientes que estaba en mi vida. Descorrí la cortina de la mentira infantil y me enfrenté de lleno con la realidad absoluta del mundo adulto.

Contra todo pronóstico ni una lágrima salió de mis ojos, todo sentimiento en mí se enfrasco rápidamente, permitiendo a mi frágil conciencia y memoria forjar planes con precisión, hilarlos con una decisión impresionante y no permitir que jamás se fueran, que permanecieran constantes en mi lista de quehaceres diarios. El rencor que desataba en ese acto, penetrándome con tanto odio y lujuria, yo lo recogía amablemente, nutriéndome de él para crear un arma.

Al momento de ir más rápido me hizo daño, lo sentí. Dentro, allí a donde solo él, durante más tiempo del que me hubiese gustado, tendría el placer de ir, algo se desgarró y el escozor de esta herida aumentaba con cada brutal embestida. Era como si de pronto me hubiesen abierto con un cuchillo y dejaran la herida expuesta para que un poco de sal callera en ella. La sangre rodó por el borde de la mesa y mis extremidades.

Las lágrimas no salieron. No permití ni siquiera que mi boca expresara el dolor, debía mantenerme apartada de allí mientras que terminara. Y lo hizo, por fin, cuando mis barreras mentales estaban totalmente selladas, y mis venganzas tenían ya estructura de verdad. Fue asqueroso, repugnante.

Contabilicé los segundos que tardó en salir, como anticipación de una letanía futura. Uno, se merece que lo mate. Dos, de forma tan personal que le cause orgullo. Tres, rogará piedad. Cuatro, será el ultimo. Cinco, lo último que verá será una sonrisa sardónica. Seis, sufrirá más que yo. Siete…. Se detuvo.

Abrí los ojos y comprobé que me miraba, trataba de adivinar que pensaba. Sonrió y terminó por sacar ese asqueroso trozo de carne de mi interior.

Siete, me encargaré de que sea lento, muy lento.

—La próxima vez creo que te enseñaré un par de cosas —dijo, arreglándose la ropa y encendiendo la luz. Salió de allí rápidamente y yo me quedé tumbada en la mesa.

Creo que dormí, o tuve uno de esos momentos en que la mente queda en blanco, pero al mirar de nuevo en dirección al lugar de donde provenían los haces de luz ya no eran del sol, eran reflejos de las bombillas del primer piso. Me senté, tomando conciencia del dolor que tenía en la entrepierna. Había allí una mancha de sangre, la falda que había caído al piso ya no podía decirse que era de color beige, corrí rápidamente a las escaleras y me escurrí hasta mi habitación para cambiarme.

La pequeña Kanna entró cuando me disponía a arrojar la ropa en una bolsa de basura. Era delgada, albina y menos efusiva que un fantasma. Solo me miró, con unos ojos grises que parecían saberlo todo, sostuvo su mirada en mí y abrió la boca para hablar con las pocas palabras que recordaba, su voz era una cosa incolora, llena de una nada asombrosa.

—Ryo hizo lo mismo.

Supe a qué se refería a ella, supe que no le importaba, supe entonces que la odiaba. La odiaba porque no sentía, no le dolía, no existía en ella la concepción del daño; la odie tanto que quise ahogarla con la bolsa que llevaba en la mano.

Kanna lo percibió, estoy segura, por eso salió con la misma indiferencia con que había entrado y me dejó sola. Me dejó con la aterradora soledad que iba a perseguirme desde ahí, haciendo que mi mente solo buscará un objetivo.

Pensé en Naraku, en lo que había pasado en el sótano. Lo rememoré, una y otra vez, y me enteré de ese modo que mi hermano había corrido a marcar su territorio antes de que lo hiciera mi padre.

Lloré, lloré agarrada a esa maldita bolsa. Lloré mientras me acercaba a la puerta y le echaba tranca. Lloré cuando me aproximé al espejo y me desvestí de nuevo, tomando nota mental de aquel cuerpo de niña que ya mostraba signos de madurez. Lloré porque esperaba agotar el suministro de lágrimas para toda la vida, encontrar la manera de volverme invisible o menos yo para no ser lo que era. Lloré mientras registraba mi cuerpo en busca de esas señales que la boca y manos de mi hermano habían provocado.

Me sequé las lágrimas después de un rato, cuando el agotamiento no permitía que salieran en igualdad. Ahí fue donde tomé la navaja que guardaba en mi mesa de noche para destapar y cortar bocadillos, cogí con fuerza el mango y comencé a hacer líneas, cortes, sin derramar ni una lagrima ni permitirme un quejido.