Con el mismo cariño de los dos primeros capis, para mi querida Agatha, que se esforzó muchísimo esta semana para cumplir con otro regalo. Esto va para ella (Aún te debo el tequila, ya llegará), para que se divierta y se quite el estrés.
También agradezco a mi musa (la muy puta ha vuelto a hacer acto de presencia), por darse el lujo de exprimirme ayer hasta tan altas horas de la noche para terminar con los últimos capis de este fic... Sin más que agregar, las cosas obvias de siempre...
Lay my body down, down
Down upon the water
Wrapped up in the clothes of
My mother and my father
1º de febrero.
Pero, en definitiva ¿Qué es lo nuestro? Por ahora, al menos, es una especie de complicidad frente a los otros, un secreto compartido, un pacto unilateral. Naturalmente esto no es una aventura, ni un programa ni —menos que menos— un noviazgo. Sin embargo, es algo más que una amistad.
Mario Benedetti.
Con el tiempo llegué a odiarlos más, a todos. Byakuya con sus menudos intereses que jamás lograban ser plenamente visibles; mi padre y sus intentos de acercarse a mí, y su conformación tardía con esa figura insensible que representaba mi hermana; Naraku, haciendo que me revolviera en las sabanas hasta la locura, al tiempo que lo odiaba, lo odiaba con más necesidad y convicción; y luego esos dos fantasmas blancos, esos mellizos desligados del mundo que parecían poco afectados por las circunstancias que los rodeaban.
Mi madre murió un par de meses antes de mi cumpleaños número catorce, dejando en mis hombros las responsabilidades de la casa y el control de esa máquina averiada a la que usualmente llaman hogar. Me revelé, grité, proferí improperios y pateé objetos, yo nunca iba a aceptar eso ¡jamás! Pero a un golpe rápido de Ryo, mi mundo se volvió negro y me desligue de la realidad.
Desperté en mi cuarto, con una venda en la cabeza.
—¡Ay! —Dolía, mierda, dolía como pocas cosas duelen.
—No te vayas a levantar, si haces el mínimo esfuerzo tendremos problemas y eso nos enviará al hospital —Naraku estaba junto a la ventana, mirándome con aire arrogante, sucintándome ese temor secreto que siempre me embargaba el tenerlo cerca.
Su camisa estaba abierta, había moretones en su pecho y otros en sus brazos. Ryo lo había golpeado. No se debía ser adivino para saber esas cosas, ya en varias ocasiones sus peleas matutinas habían desbocados en altercados de mayor carácter. Ese combate en especial era por mi culpa, seguramente, y gracias al alcance de mi lengua Naraku se encargaría luego de cobrarme renta por exponer su pellejo, ya no había otra forma de pago que con mi cuerpo. Llevábamos en esa tónica algo más de seis meses y pasarían unos años más para que terminará con esa rutina.
—Vas a tener que hacer lo que él te diga —por su manera de decirlo, con total simplicidad y condescendencia, podía decirse que me pedía un favor, pero el tono grave y conciso denotaba una orden estricta—. Tomarás el puesto de nuestra madre, después del colegio te encargarás de la casa y de los mellizos, a Byakuya lo pondré a hacer algo por su cuenta, ya es hora de que deje esta pocilga.
Nuestro hermano era un ermitaño, más dado a las bromas crueles y pesadas que a las amistades y relaciones ¿Pero quién en esa casa mediaba para comportarse igual a los demás seres humanos? Yo, claro, pero era un juego sucio porque no soportaba a la mayoría de mis compañeros.
—¿Y si no? —me atreví a preguntar, mirando el techo sobre mi cabeza, imaginando las miles de maneras de incendiar ese lugar de locos— Yo no tengo edad, ni experiencia, esos niñitos me sacan de quicio y no quiero ir sirviéndole a Ryo como una mucama.
—Pues vas a tener que aprender si quieres mantener tu culo, hermanita. Si te opones a cualquier cosa, por pequeña que sea, estarás pasando hambre y miserias en menos de lo que canta un gallo ¿O quieres que te coja de monigote? ¿Eso es lo que deseas? ¿Quieres que él te toque?
No, eso era absurdo. Yo en realidad soñaba con ponerlo a asar lento en un espetón, igual que si fuera un cerdo. Naraku lo sabía, él parecía saberlo todo sobre mí, y por ello me atacaba de esa forma para darme derecho con la realidad a la que me enfrentaba. Si me mantenía obediente, ocupada, sumisa, con un perfil bajo, Ryo no me tocaría porque eso implicaría dejar a la deriva todo el mecanismo con que funcionaba aquel nido de ratas.
Con mi hermano sería diferente, él estaría sobre mí tratando de acompasar sus pasos y los míos, moviendo los hilos invisibles que nos tenían tan próximos y alejados. Naraku tenía sus fichas en aquella apuesta, necesitaba de mí para satisfacer sus deseos perversos y yo necesitaba de él para mantenerme alejada del idiota que era mi padre. Yo era pequeña, pero entendía bien que mis probabilidades aumentaban junto a Naraku, si decía que sí: era solo suya; si decía que no: él y Ryo sacarían tajada a costa mía.
Para ser sincera, el sexo con Naraku ya era tolerable, después de pasar la primera impresión del sexo oral ya cada cosa que me pedía era solo un escalón más en ese vértice de contradicciones que era mi vida. La idea de hacer esas mismas cosas con el hombre que había considerado por tanto tiempo mi padre me revolvían el estómago.
—Lo haré, Naraku —respondí con pesadez, un rato luego de meditarlo todo—. Solo no dejes que se acerque, de otra forma no hay nada para ti.
Dejo escapar una carcajada presuntuosa, yendo desde la ventana hacia la cama.
—Eres tan tonta hermana —me dijo con fingida amabilidad, peinando mi cabello con sus dedos. Acercó su rostro al mío—. Tú no vas a prohibirme nada. Aunque quieras que no lo haga, lo haré, pero te quiero mucho, me preocupas. Vamos a dejarlo todo en que estamos haciendo esto por el bienestar del uno y del otro. Tú me mantienes feliz, papá no se acerca a ti —Me dio un beso casto, en la frente, en un alarde de su vanagloria— ¿Estamos?
—Estamos —contesté fastidiada.
El día de hoy me pongo a pensar en eso y no hallo otra manera para organizar la situación, tenía un circulo tan cerrado de opciones que me era imposible tomar una "buena" solo estaban a mano las menos difíciles o dolorosas ¿Por qué en que podía comparar el simple hecho de estar al servicio de mi hermano con el tener que dividir mis "atenciones" entre él y mi padre? Naraku era Naraku, un maldito, pero parecía el único maldito preocupado de mi comodidad.
En ese entonces los cortes, que había empezado a realizar el mi abdomen desde el día de la violación, comenzaron a volverse más frecuentes. Todo sea por mitigar el dolor. Y ese dolor, ese que era palpable en mí cuando debía correr a cumplir las órdenes de mi padre para mantener la casa con normalidad, cuidar de los progresos de los mellizos y soportar la charlatanería de Byakuya solo se desvanecía momentáneamente al cortarme, con la sangre saliendo en pequeñas gotas de las heridas, y cuando Naraku me utilizaba como su objeto sexual y metía su pene en todo lugar en mi cuerpo que podía ponerlo. Se iba, simplemente se iba, pero al volver era más fuerte y entonces necesitaba más, necesitaba que los cortes ardieran y dieran más sangre y necesitaba que mi hermano me golpeara, me pellizcara, me maltratara al momento de cometer el acto sexual. Aun así él poco sabía, tal vez una o dos veces preguntó por las cicatrices que aparecía y desaparecían (o quedaban constantes sobre mi piel), pero yo evadía o simplemente a viva voz le contaba que en mis horas de ocio encerrada en aquel lugar trabajando más que una puta, me hacía un par de arañazos para matar el aburrimiento.
—Estás loca —me decía sonriendo. Sonriendo como solo él sonreiría ante ese tipo de confesiones.
—Lo dices tú, que te acuestas con tu hermana —contestaba con grosería, saliendo inmediatamente del lugar en el que estuviésemos.
Los días pasaban, con una lentitud que ponía mi salud mental en continuo desequilibrio. Mis intentos de sublevación no eran sino mímica bien preparada, al menor movimiento en falso una corriente ascendente, con el nombre de mi hermano grabado en todo lo amplio, venía y corregía mis vacilaciones e intentos de fuga. Así fue como mi verdugo pasó a ser mi válvula de seguridad, el ancla que me sujetaba a una rutina implacable y una vida desbordante de contrariedades, pero que aun así era vida y para él era mejor estar vivo que simplemente dejarse llevar por la eternidad.
—La muerte, hermanita —dijo una tarde en la que mis alegatos con Ryo habían terminado por lastimar uno de mis brazos, hasta el punto en que creímos que lo había roto—. La muerte es un agujero del que uno no escapa, no puedes patalear ni saltar y mucho menos gritar, allí eres igual a todo; en cambio la vida, ¡La vida, Kagura! es algo lleno de probabilidades, solo debes tener paciencia. Si colaboras conmigo te sacaré de este lugar, no será en poco tiempo, pero te sacaré y jamás nos volverán a encontrar.
Reí ante tamaña ocurrencia, el solo pensar en huir de allí con Naraku me revolcaba el estómago, aunque a la vez era una pequeña luz… una luz delgada y pequeña que hizo revuelo en la oscuridad de mi conciencia.
—Estas diciendo estupideces, hermano —dije, mirándolo con rencor—. Sabes tan bien como yo que no tenemos nada, ni un centavo, nuestra madre no dejó mucho. Ryo es lo único que nos sostiene, y ya que no nos permite salir demasiado, es también nuestro único punto de referencia… lo sabes bien.
—Que incrédula eres. Verás que tendré una idea, una que nos saqué de aquí sin rodeos. El único problema es que aún no tengo la edad suficiente, pero para eso hay tiempo ¿No?
— ¿Edad para qué?
—Para algo, no te angusties, ya te diré bien las cosas cuando mi plan este completo.
—Yo no he aceptado nada —No, pero ansiaba tanto algo a lo que aferrarme que no estaba en mis planes declinar a cualquier dispárate que saliera de los labios de Naraku, si me hubiese pedido que vendiera mi cuerpo para ello, lo hubiese hecho, es una lástima que él no contemplara la idea de compartirme con nadie.
—No necesito que lo hagas, sé que te encantará participar.
¡Y sí que tenía razón! Tenía claro cuál era mi posición, que pieza representaba en ese ajedrez compuesto de niños… Yo era el rey, esa pieza que solo da un paso a la vez, uno tras otro, ese que titubea antes de actuar, pero que al hacerlo es una cosa rotunda, ya no hay vuelta atrás. Naraku sabía que el tiempo, el tiempo y toda la locura que componía nuestras vidas, se encargarían de ponerme en el sitio preciso.
Ahora me pregunto cuan diferente hubiese resultado todo de no haber aceptado hacer tratos con él, si nuestro camino por la vida hubiera sido desviado solo un poco para apartarnos del incesto que nos llevó a las puertas del infierno. Naraku y yo, juntos, asolados de diferente manera por ese huracán hogareño que borraba todo rastro de humanidad y empatía de nuestro juicio. Es que precisamente fue el sexo, el haber cruzado esa frontera física de hermanos, lo que derribó nuestros escrúpulos, porque enredándonos como lo hacíamos, devorándonos como perros para no ver las cicatrices que llevábamos en la conciencia, fue la acción que despegó todo el plan. No lo despegó por que fuese el primer paso para romper cualquier otra ley natural, hizo que arrancara porque dio origen a algo entre nosotros, una relación que no era nada pero nos daba todo.
Nunca cuestioné ni hice preguntas, no hubo entre nosotros promesas de amor… solo cuerpos, cuerpos en busca de fricción, de excitación y desahogo. Un par de hermanos cansados de la vida, enterrados en el fango sin otra salida que dejarse hundir, las fuerzas para luchar se habían ido y nosotros, ciegos a lo que teníamos, dejábamos al curso seguir sin ningún incidente.
