Hola :D Vuelvo a ustedes con otro capitulo de este truculento fic, regalo para la queridisima Agatha (Mujer, te adoro por proponer esto, me lo estoy disfrutando al máximo).
InuYasha & cia. son propiedad de la siempre ingeniosa Rumiko Takahashi
They say I'd gone south, I'd gone asunder
They don't know hunger or what I've been under
They were all laughing thought I was debris
I was just free
…
Febrero 2
Siempre me vas a querer. Yo represento todos los pecados que nunca has tenido el coraje de cometer.
—Oscar Wilde.
Era simple, o así me lo pareció, si queríamos deshacernos de ellos debíamos acabar con su presencia de una vez por todas. Correr significaba la oportunidad de ser encontrados y devueltos una vez más, pero si su existencia dejaba de ser podíamos andar en el mundo sin temor a ser descubiertos. Un plan simple, de un solo paso y sin muchas complicaciones. Los mataríamos.
Creo que estuve pensando en el método más que en la ejecución en sí, al momento de tomar la decisión no teníamos muy clara la situación y nuestra experiencia ejecutando personas, al menos por mi parte, era totalmente nula. Al preparar la comida esa semana examine los cuchillos en repetidas ocasiones, sería un trabajo sucio y maloliente; el veneno era un arma débil, aunque la más ventajosa, mi deseo era verlos sufrir de la manera en que yo lo hacía y Naraku apoyaba por completo mi idea, él deseaba poder y solo los poderosos se dan el lujo de dictar sobre la vida y la muerte.
Yo tenía quince, casi pasaban dos años desde nuestro primer encuentro, y las ansias de salir de ese ambiente tóxico y mortal en el que nos movíamos ya nos empujaban hacía la única salida que nuestras mentes podían asimilar. Y es que no solo era el hecho de huir, era el deseo de terminar con todo, arrasarlo mientras nos alejábamos cada vez más. Burlarnos, sí, hacer una puesta en escena que compensara todos los malestares de nuestra infancia y cada uno de los cortes que mi cuerpo guardaba como fiel recuerdo de mis dolores espirituales.
—No me gusta —los quejidos de Hakudōshi solo causaban que mi odio aumentara gradualmente—. Cocinas pésimo, Kagura.
— Me importa una mierda si sabe bien o no —contesté con el mayor desdén posible, al colocar otro plato frente a Kanna.
Ellos siempre andaban fastidiándome, causando el peor de los desequilibrios allí donde se encontraran. No sé en qué momento exacto de sus vidas se convirtieron en una extensión del otro, como si el estar separados no implicara más que una situación física, pues ambos estaban estrechamente relacionados, hasta un punto casi caótico y anormal. Creo que no presté mucha atención a ello porque lo relacioné con mi vínculo con Naraku y sospeché entonces que las cosas no eran tan raras. En casa no existía una verdadera regla para etiquetar las cosas que sucedían, eran para nosotros todo tan normal que después de tanto tiempo la vida era casi un cúmulo de excentricidades.
Fue entonces cuando recordé nuestro plan, mí huida, e imagine las mil y unas maneras en que podía a deshacerme de ellos.
Sonreí. Fue involuntario.
A veces llego a pensar que fue todo una puesta en escena, una muy bien planeada obra teatral. Los hilos que movieron mi vida en aquella casa fueron resistentes, fuertes, sogas atadas por otros pero mantenidas por mí. Dolieron tanto que en un momento dado mi dolor fue de ellos y la culpa no existió. Creo que lo llaman Karma, o ley divina, yo pienso que es el curso natural de las cosas y el movimiento básico por el que se rige la existencia humana; solo el fuerte es capaz de esperar lo suficiente para planear la venganza que hará desfallecer a quienes le hirieron.
No voy a decir que todo fue malo, mis buenos días al servicio de mi mente maquinando ideas fueron en realidad la época más productiva de mi vida. Tuve igualmente el placer de cometer mis pequeños pecados con Naraku, mis navajas y los cigarrillos. Mis planes, el caótico orden de mi cabeza, fue el mejor de mis escondrijos en aquella casa incesante de ruido y perturbaciones, el único sitio hasta donde mi hermano nunca pudo llegar.
—Debe ser porque eres una amargada, Kagura —Hakudōshi, muy por el contrario de su melliza, hablaba tanto como sus cuerdas vocales se lo permitían—. Si no eres una chica normal con qué derecho exiges tener una hermana perfecta, me suena muy egoísta de tu parte.
—Una cosa es ser asocial y otra parecer una maldita estatua insensible. —blasfemé con rabia ante las provocaciones de mi pequeño hermano.
—No sé, hermana, puede que se necesite ser de esa forma para sobrevivir en este manicomio. Yo la considero mucho más inteligente que tú, o Naraku.
Con su frase simple, llena de tanta verdad camuflada y bien negada, salió de la cocina donde llevaba casi una hora tratando de tragar la porquería que le serví por almuerzo.
Desde esa tarde vengo pensando en Kanna como la única cosa realmente acorde al ambiente, no porque se desenvolviese bien en él, sino porque lograba camuflarse en el maligno fondo del telón, a merced de las fieras y los fantasmas, sin que estos la molestaran en lo más mínimo. Ella tenía en la cabeza lo que al resto de nosotros nos hizo falta: raciocinio sin rencor. Kanna podía ver las cosas sin entremezclar sentimientos, no necesitaba de su pasado ni de su presente, ni siquiera de un futuro, era un suspiro ambigüo y pasajero en una tierra baldía y mentirosa. Conociendo esto, no hay razón para que en mi tiempo la odiara como lo hice. Suena una cosa extraña, lo sé, estoy al tanto de eso, pero tiene su sentido cuando tu sangre hierve por venganza y deseos de resarcir el daño que te han causado.
Incluso, si se mira desde un punto de vista más cercano a la conciencia humana, le hice un favor enorme al deshacerla de esas ataduras terrenales que impedían a su ser trascender a niveles de conciencia más elevados. Eso suena bastante religioso, muy alejado de lo que en realidad soy, pero al escucharlo una vez por un sacerdote budista se me quedo grabado en el cerebro —tal vez simplemente trato de justificarme, no me hagan mucho caso—.
—¿Crees que se dan cuenta? —Eso fue lo primero que escuchamos Naraku y yo de la conversación entre los dos mellizos. Nos sorprendió bastante, no que hablaran de nosotros, sino que fuese Kanna quien hiciera la pregunta.
—No, son demasiado tontos —respondió Haku, peinando el cabello albino de su gemela—. Si abrieran los ojos se darían cuenta de que todos lo saben, incluso Ryo.
—Me dan pena.
—Dan es asco.
Kanna alzó la vista, dos pozos grises de nada, y las dos gemas violetas de Hakudōshi le devolvieron el gesto con una sonrisa. Naraku me dijo luego que pensó se iban a besar —era un trastornado—, pero yo supe que más allá de una relación estereotípica o tabú, lo de ellos era una cosa intangible e inmisericorde, me di cuenta que debíamos deshacernos de ellos lo más rápido posible. Eran un peligro.
Lo digo porque sabían todo, no de una manera real y probable, sino a través de la misma forma en que se querían, nada quedaba oculto para sus nada infantiles miradas. Sentí el terror correr dentro de mí, adentrándose en mi interior por la posibilidad de que Ryo lo supiese también y anduviera en busca de pruebas.
—Vamos a hacer algo, lo sé —dijo Haku, sin despegar su mirada de la de Kanna y si quitar sus manos del cabello—. No será tan malo.
—No seas estúpido, sabes que no podemos hacer nada.
Ella se levantó, vi que no llevaba sino una delegada bata blanca, y se sumergió en la bañera llena junto a la que estaban sentados. El agua debió estar muy caliente, el humo subía muy rápido y su piel se coloreo también, pero ella hizo de esto tanto caso como del resto del mundo, simplemente se sentó dentro y espero a que Haku se deshiciera de su ropa y entrara junto a ella. Le peino el cabello, como antes había hecho con ella, y se lo lavó.
Naraku se quedó allí parado hasta que terminaron de asearse, motivado a encontrar algo que le dijera que estaban tan locos como él; salvo la tranquilidad casi enfermiza con que se miraban el uno al otro no había nada de lo que se les pudiera acusar.
—La próxima vez vigilaremos a Byakuya —concluyó cuando los mellizos salieron del baño.
—¿Para qué?
—Alguno tiene que estar peor que yo.
Nadie estaba peor que él, ninguno de nosotros estaba tan dispuesto a morirse tanto como él, ni siquiera yo. Yo estaba loca a causa del encierro, Byakuya por su exclusión, mi padre por su pasado en la guerra, los gemelos por todo lo anterior; mi hermano estaba loco por razones que es imposible explicar, Naraku era la tuerca más torcida de ese reloj en reversa.
