I became the color
I became the daughter and the son
When the feast is over
Welcome to another one
Febrero 3.
Y ella lo ha entendido muy bien. Sabe, es consciente que todo su cuerpo es sexo y debe sacar el mejor partido posible.
—Luis Viadel, Los Dioses no las prefieren ni castas ni puras.
...
Fue fácil. No de una manera sustancial y racional, física, sino espiritualmente.
—Eres una perra sádica, igualita a tu madre —gruñó Ryo, justo después de que el cuchillo en mi mano le hiciera un corte a la altura del codo.
Yo estaba lavando los platos, segura de encontrarme sola en ese manicomio. Mi distracción principal procedía de mi meditación profunda respecto a Naraku y a Byakuya, estaba segura, ahora es una certeza, de que sus "trabajos" fuera de casa se movían en el ámbito de contrabando. Ni por un momento llegué a pensar que me encontraba en compañía. Sus manos grandes y callosas se deslizaron por los costados de mi delantal, apretando suave, pero con firmeza la pequeña cintura que ostentaba en esos días. Me di la vuelta, como acto reflejo, empuñando el cuchillo que iba pasar bajo chorro de agua. Con el movimiento repentino alcancé a hendir la hoja en la parte interna de su antebrazo, dejando una línea de acorte a lo largo.
En ese momento fue que decidió decir abrir la boca y blasfemar contra mi madre.
—Ella no era una perra, ni mucho menos —me atreví a defenderla, con el mango del arma bien apretado—. El único animal pestilente en esta casa es usted.
—Ah, sí —me contestó con sarcasmo, girando la vista con fastidio—. Dile eso al maldito idiota que le dejó a ese par de bastardos —sabía perfectamente que se refería a Haku y Kanna, a quienes desde la muerte de nuestra madre a penas si volteaba a mirar—, yo nunca hui de mi responsabilidad como padre y le creí todas las bufonadas que dijo alguna vez sobre el tema. Mira que sorprendida pareces, hasta uno creería que eres una santa palomita que no rompe ni un plato.
Se burló descaradamente de mí, sin remordimiento, utilizando esos orbes tan rojizos como los míos como conductores de todo su desprecio.
—¿Recuerdas, mi niña linda, lo poco que se hacía cargo de ustedes? —el hecho de que utilizara ese apelativo cariñoso que no escuchaba desde niña activó mi sistema de defensas, la previsión ante un evento impactante—. Ella era igualita a ti, se revolcó con el estúpido de su hermano hasta que su padre los encontró, fue ahí cuando la obligó a casarse conmigo. Estoy seguro de que el perro inmundo de Naraku es de ese maldito y no mío. En cambio tú, querida —se acercó peligrosamente, poniendo su mano en mi mejilla—, tú eres mía…
La distancia entre ambos se esfumó y sus labios casi tocaron los míos, mientras sus manos y las mías luchaban ciegamente a tomar el control del cuchillo que me empeñaba en no abandonar.
—Eres un cerdo —escupí en su cara, viendo mi saliva deslizarse a ambos lados de su nariz—. La juzgas a ella por algo que tú siempre has querido hacer, y que no tienes ni la decencia de ocultar ¡das asco!
—Tú ni hables, ni me vengas con pendejadas, todos en esta casa sabemos que Naraku y tú se revuelcan todo el día a espaldas mías. Eres una puta, la puta de tu hermano.
La continua exaltación de mi padre ante los ataques verbales que le dirigía lo distrajo del cuchillo, descuido que yo muy amablemente utilice a mi favor para clavarle el artefacto entre las cotillas. No necesite mucho esfuerzo, entró con suavidad entre los últimos dos huesos de la caja torácica; le perforé un pulmón, estoy segura, pues me encargué de hundir toda la hoja hasta que el mango dio contra la piel. El placer invadió mi cuerpo, fue el descargue de un peso fulminante que era obligada a mantener. Todo mi cuerpo agradeció la acción, de pronto era libre y el aire me llenaba los pulmones con gratitud.
Las primeras gotas de sangre salieron tímidas por los costados del cuchillo, manchando mi mano fría y blanca debido al lavado, él me miraba sin ver, con alguna palabra atorada en su garganta. Mi boca seca, repentinamente árida debido al placer del acto, debió humedecerse antes de tomar aire y escuchar la última palabra que tenía para mí.
—Puta —dijo al final, antes de que yo sacará en cuchillo de un tirón y el chorro de sangre saliera despedido hacia el frente, manchando el delantal, mi cara y el piso al lado del cuerpo.
Me quedé allí un momento, quitándome en delantal, sintiendo el tamborileó incontrolable que mi corazón llevaba y saboreando la victoria. Era una euforia clara. Mis miembro luchaban por brincar y yo quería gritar de felicidad, hasta que mi voz saliese ronca y desigual. En menos de dos minutos había mandado a la mierda la razón más clara de mi sufrimiento.
Naraku entró cuando levantaba la mirada del cuerpo: era adictivo observarlo, toda esa sangre rojo escarlata que iba tan a juego con sus ojos, cuyos contornos se habían abierto hasta el punto de querer salirse.
—Que buen trabajo haces —Naraku me miró con sorna, admirando la obre d'art que mis impecables manos habían ejecutado. Apareció tan de repente que no supe en que momento estaba a mi lado. Se pavoneó ante el difunto como un futuro comprador se pasea frente a un auto, constatando que su estado fuese óptimo y confiable—. Eres estupenda.
Antes de darme cuenta me tenía por los aires, apretándome por la cintura mientras me llevaba de un lado a otro de la habitación. Sonreía, no estoy segura de haberlo visto sonreír de felicidad en alguna otra ocasión.
—Es perfecto, Kagura, perfecto —me besó en el aire, continuando con esa paradójica danza mortuoria. Su beso fue delicado, sensitivo, acorde al sentimiento reflejado en sus ojos lilas. Lo hicimos allí mismo.
Sí, tuvimos sexo sobre el cuerpo sangrante de nuestro padre.
—Creo que te amo, hermanita —proclamó cuando me volvió a besar, sofocando toda la emoción en nuestro poco legal encajamiento de labios. Era como droga, un estimulante tan potente que desenfrenaba cada parte de mi cuerpo conforme lo iba recorriendo.
Entre beso y beso me fue llevando al aparador, metiendo sus manos bajo el vestido y sacando mis bragas sin mucho pudor. Me sentó sobre el mármol frío a la par que utilizaba sus manos para acariciar toda la piel que podía, subiendo por mis piernas en espirales entrecortadas logró llegar a mi vagina y constatar que la adrenalina del momento me había hecho lubricar. Sus dedos agiles jugaron con los pliegues de mi zona más sensible mientras continuábamos besándonos. Con dos dedos masajeaba mi clítoris impaciente, subiendo y bajando un poco para tomar de mis jugos y masturbarme con ellos. Por primera vez no me estaba importando que hacíamos ni donde lo hacíamos, solo dejaba que mi cuerpo respondiese a sus caricias. Cuando el primer dedo entró en mi canal exhalé tal gemido que supe jamás iba replicar uno igual.
Dejando mi boca, y sin pedir permiso siquiera, tomó la parte de arriba de mi vestido y la rasgó; mi sostén quedó expuesto, un hermoso encaje de color salmón que se fue a la mierda cuando Naraku lo arrancó también. Terminó por desvestirme sin mucho cuidado. Dejándome solo con el tocado en mi cabeza y las sandalias de tacón en mis pies. Dejó sus prendas a un lado, tan alocadamente como las mías. Yo estaba ansiosa, fogosa, con las ansias a flor de piel, más sensible que cualquier virgen ante su primera experiencia. Ante tamaña excitación no vacilé en observar la descarada polla que mi hermano me ofrecía, totalmente complacida de tenerla a mi disposición por aquella vez… y es que no podía pensar con la claridad necesaria, toda la estimulante toxina que mi cuerpo seguía secretando en ese momento no me dejaba. Con la mayor desvergüenza posible abrí las piernas ofreciendo todo lo que tenía, llena de la más vulgar lujuria y bajos deseos, y tomando su verga con mi mano la guíe hasta el punto exacto por el que debía entrar.
—Quiero que me folles —exigí.
Él solo me miró, con unos ojos tan hambrientos como los míos, posicionando sus manos en mis piernas y abriéndome todo cuanto podía para luego entrar en mí sin mucho afán, disfrutando del recorrido. Yo lo sentía igual. Mi deseo me había hecho consiente de cada fibra de mi ser, pulgada a pulgada distinguí como entraba y me llenaba, y era pisar el séptimo cielo de todas las maneras en que podía hacerse. Yo lo tenía ahí, lo estaba disfrutando tanto que me importaba bien poco cuanto durase mientras me diera lo que quería.
—¿Qué esperas? —pregunté cuando lo vi detenerse, justo al momento de terminar de entrar, cuando yo me sentía dispuesta a arrojarme de lleno a ese pozo de sensaciones que me abrumaban.
—Es que me encantas así: sonrojada, ansiosa y mandona.
—Entonces date prisa, cabrón, que se me pasan las ganas y ya no tienes nada.
Una mano traviesa apretó uno de mis senos, con calma, como lo haría cualquier niño con un oso de peluche, y su boca se fue contra la mía, sacudiendo mis instintos y remojando mis ganas; sus besos han sido siempre húmedos y ese valió por un orgasmo porque en cuanto nuestros labios se tocaron él comenzó a follarme como pedí. Con una estocada fuerte comenzó la sucesión de ires y venires que convirtieron mi respiración en un huracán entrecortado, mi pulso en un desbocado tren de carga y mi cuerpo en un terremoto continuo y desatado. No respiraba más de lo que me alcanzara para vivir. El tiempo se disolvió, llevándose con él mis pensamientos más audaces y la conciencia absoluta de lo que estaba haciendo; solo estábamos yo y el placer, y ese placer no me soltaba, me quería matar, y yo estaba dispuesta a dejar que lo hiciera.
Sus labios relamieron los míos y los friccionaron tanto que terminaron por sangrar, y la sangre supo bien cuando la incluimos en los besos y en las mordidas, cuando a mitad de ese copular incestuoso y arrebatador ya no parecía sexo sino una pelea de perros. La desesperación y deseos de más eran palpables, tanto como el aire condensado a nuestro alrededor y el sudor pegado a nuestros cuerpos como una segunda piel. Me excitaba, me agradaba bastante el darme cuenta que en la cama podía llegar a ser tan brutal como en el día a día y que Naraku no me lo podía impedir. Todo ese gocé contenido durante gran parte de mi existencia hacía gala por primera vez esa tarde, regodeándose de la libertad recién adquirida por mi propia mano. Era delicioso, paradisiaco y todo mío, mejor que cualquier relato y película para adultos, pero quizá me sintiera así más por ver a mi padre en el piso, con los ojos bien abiertos, disfrutando del hermoso primer plano que le brindábamos.
La penetración continuaba, bastante apremiada, consumida por la gran necesidad de sentirnos satisfechos del mundo, de nuestro acto y de mi gran momento en el teatro casero. Yo gemía como loca, más que puta necesitada, y eso me excitaba aún más. Estaba cerca, tan cerca…. Ahora que rememoró la escena recuerdo que Naraku encajó sus dientes en mi hombro para suprimir los sonidos guturales que luchaban por salir de su garganta; me sentí poderosa, había desatado tanto en mí que no podía opacarme. Cerré los ojos y descargué todo lo que sentía en un último gemido, a la par que encontraba el orgasmo más satisfactorio de todos, rodeada por mi propia maquinación y en manos del idiota que me quería solo para él.
Mi propia culminación propició la de Naraku y en un momento más me sentí completamente llena de él y de su esperma. La parte de mí que hallaba eso asqueroso no estaba más, en cambio me reconforté con la idea y dejé que la sensación de deleite me permitiera besar a mi hermano una vez más y dejarlo salir de mi interior. Me encontré renovada, feliz, lista para darle un giro a mi vida.
—Naraku —era la voz de Hakudōshi, estaba tensa.
Lo vi por sobre el hombro de Naraku, admirando el cuerpo de nuestro padre con la misma frialdad con la que Kanna lo hubiese hecho. Pasó sus ojos lilas del cuerpo a nosotros, al tiempo que una risita burlona aparecía en su rostro.
—¿Qué haces aquí, bastardo? —preguntó Naraku, sin mover ni un musculo del lugar donde se encontraba; justo entre mis piernas.
—Yo, disfrutando de las buenas nuevas menos que tú, al parecer.
Estoy muy segura de que no era lo que esperaban xD Pero el lemmon que escribí para este fic no me convenció en lo más mínimo, sentí que no encajaba con la narrativa de los pasado capítulos y se salía del estilo de Kagura, ya que se supone que este es su diario.
como dato aparte: Si no se dieron cuenta, pues miren arriba y se verán que tengo un nuevo nick (el cual espero me acompañé durante mucho, mucho tiempo) así que no se asusten si no vuelven a ver a Erly Misaki.
Saludos y perdón por la tardanza.
