I had hunger a mouthful of interludes
You'll do anything just to get rescued
I had longing, isn't that the key?
Take take taste taste sweet
Febrero 4
Si es necesaria una definición para el papel de identidad, apunte que soy una mujer de buenas intenciones y que he pavimentado un camino directo y fácil al infierno.
—Rosario Castellanos.
...
Deshacerse del cuerpo fue fácil, lo envolvimos en la alfombra de la sala con ayuda de todos. El trabajo se realizó con mucha sutileza, siguiendo las estrictas medidas que mi hermano proponía; no sé si era un sentimiento real o yo estaba abrumada por las sensaciones, pero creo que incluso Kanna estaba de acuerdo con todo eso.
Lo que primero se me había ocurrido era deshacerme del cuchillo y de la sangre. Lavé y limpié todo alrededor del cuerpo con desinfectante y diluí alcohol etílico y agua oxigenada en agua para deshacerme de posibles manchas y rastros que pudiesen quedar entre las juntas de las baldosas o en los pequeños rincones de los alrededores. Mientras hacía esto, Naraku obligó a Kanna y Hakudōshi a drenar el cuerpo con ayuda de una bomba casera para bicicletas y un pequeño tubo, nunca le pregunté de donde había sacado esa idea… hasta hoy sigo pensando que la respuesta no sería muy corta ni muy alentadora al porvenir.
Byakuya no se había aparecido por ahí, lo cual, lejos de gustarme, me preocupaba. Si Naraku no lo había mandado llamar, o él no había ido por propia cuenta a la reunión familiar, debía encontrarse en lo de siempre: cumpliendo un encargo específico de su hermano mayor. Si Naraku, por razones sobre naturales o no habituales, de alguna forma había llegado a prever que yo acabaría con la vida de Ryo, era muy probable que lo hubiese enviado a ultimar detalles o hacer preparativos, pero, teniendo en cuenta la remota posibilidad de que las cosas fueran así, no podía imaginar que magnífico trabajo estaría cumpliendo.
Cuando analizo esas escenas rápidas: mi vestido volviendo a su lugar por mi propia mano para decirle a Hakudōshi que corriera por Kanna, sonrisa de Naraku observando el cuerpo inerte a sus pies, la alfombra que Kanna nos dio, el cuerpo rodando sobre ella, las manchas rojas en las baldosas coralinas, el agua corriendo sobre ellos, el borde recto del kimono de mi hermana ligeramente manchado, las botas de Naraku alejándose por el corredor con rapidez y mi corazón, mi corazón latiendo a mil con la adrenalina zumbando en mis oídos desde el principio hasta el final.
—Se la montaron bien ustedes dos —comentó Haku, divertido e impresionado.
—Cállate, bastardo —ladeé la cabeza molesta y caminé un poco más por la cocina para asegurarme que no quedaban rastros.
Nada. Impecablemente limpio y perfecto. Allí nunca hubo un asesinato, figuradamente hablando, claro.
—Vámonos, Kanna, hay muchas cosas que hacer.
La nueva interrupción del perfecto silencio en el lugar fue definitiva, Kanna le dio la mano y ambos salieron como dos fantasmas. El tiempo si se paró para mí en ese instante, fue la epifanía perfecta. Solo ver el vuelo del vestido de mi hermana desaparecer tras ella al cruzar la puerta, el viento entrando en la cocina por la ventana abierta tras el lavado, el claro clin-clan de las pequeñas gotas de agua que colgaban del grifo. Mi mente se expandió, y entonces lo vi.
Naraku me usó como carnada. Mi utilidad en sus planes fue simplemente una metáfora oscura de como quería llevar las cosas, estaba consciente de que la única forma de vengarse como quería era teniendo un pequeña presa para distraer a los demás. Yo estaba, en ese momento, condenada a dibujar mis movimientos con el único permiso del titiritero más sangriento e implacable de todos.
La adrenalina que había conservado durante todo ese tiempo salió expulsada de mi cuerpo junto con el contenido completo de mi estómago. No solo repudiaba el insano comportamiento de mi hermano, sino el mío propio, que como jovencita enamorada había dejado que no solo utilizaran su cuerpo sino que manipulado también su mente. El fregadero, antes perfecto, se veía en ese momento como el lugar por el cual un monstruo de las películas de serie B había dejado su rastro de baba.
El vacío hizo mella en mí y, por primera vez en años, vi todo con una objetividad clarividente. Salí corriendo hasta donde los pies me dieron, olvidando que la camisa que llevaba estaba rasgada por la sesión de sexo salvaje en la cocina.
Vi justo lo que esperaba.
Todos estaban subiendo a la vieja camioneta de Ryo, quien conducía era Byakuya y llevaba esa sonrisita traviesa que solo sale con las bromas más crueles.
—Pensé que no iba a venir, querida.
Y la voz de Naraku, tan dulce y melódica, le dio la vuelta mi estómago de nuevo. Sonaba tan inocente, invitándonos a todos al día de campo más delicioso que pudiésemos imaginar. Tan elocuente nuestro hermano.
Subí guiada únicamente por mi instinto, que previó el desafortunado cuadro que remataría el atardecer, aunque yo solo estuviese hilando a penas las primeras dos escenas de un tapiz más grande de lo que esperaba.
El auto olía sospechosamente a hierro, a sangre seca, y parecía ser que la única afectada, o que lo expresaba con más ahínco, era yo. Byakuya se mantuvo en el asiento de piloto y Naraku subió luego a su lado. Kanna estaba junto a mí, estática, mirando al frente, al tiempo que su gemelo recargaba la cabeza en sus menudas piernas e intentaba que ésta le prestara atención. Ella no bajaba los ojos, estaban fijos en la curva que describía el cuello de Naraku y que apenas se veía a través de su densa mata de pelo.
Todo se mantuvo de la misma manera lo que duró el trayecto. Un ambiente de pasividad enajenada, donde el aire podía cortarse con la más vieja navaja y yo solo escuchaba el sordo susurro de canción que llevaba Byakuya en la boca.
—Es aquí —dijo Naraku cuando entramos en un camino irregular que llevaba a las montañas, algo que parecía más un paso para cabras que una carretera. Bajé con precaución, atenta a como se movían los demás.
Cuando los tres pasajeros de atrás estuvimos fuera del auto, los dos de adelante sacaron el cuerpo de la parte inferior de nuestros asientos, con un par de sonrisas socarronas.
Los vi moverse en cámara lenta, figuras de papel que debutaban en mi historia por los hilos de sangre que los conectaban. Todos tan apagados, tan frágiles y maniobrables. Un sentimiento, algo parecido a la pena, pero sordo y ciego como todo lo que habita en mí, se instaló en mi pecho al ver la alfombra vieja, testigo de los juegos infantiles entre Naraku y yo, perderse en las entrañas de la tierra con el cuerpo de alguien que alguna vez fue mi padre.
El agujero era grande, haciendo que la carga se viese pequeña e insignificante, un juguete roto. Era la tarea que había mantenido tan ocupado a Byakuya durante toda la tarde. Y el tiempo lo valía, pues a pesar de encontrarse prácticamente al borde del camino, un pequeño desnivel del terreno y unos arbustos espinosos impedían que el ojo incauto reparase en la excavación. Cuando estuviese tapada no abriría ninguna sospecha.
Después de arrojar el cuerpo, Naraku dijo que buscaría la pala. Creí que eso terminaría el asunto, pero el repentino empuje que le dio Byakuya a Hakudōshi hizo que el mellizo cayera con un sonido seco sobre el cuerpo y luego maldijera un par de veces en voz alta contra su hermano mayor. Entonces todo fue rápido una vez más, Byakuya saltó sobre el pequeño de manera animal y comenzó a golpearlo. Los puños delicados del niño no podían contra los del adolescente, era risible ese intento de defensa, y por ello el tiempo que tardó en verse lleno de sangre el rostro fue muy pronto. Un labio destrozado, una nariz rota, dientes blancos triturándose en medio de un espesor rojo. Y Byakuya no se detuvo ahí, golpeó y golpeó y golpeó, la ropa y el cabello siempre blancos se teñían de un escarlata encantador y atrayente.
Fui yo quién empujó a Kanna. Porque ella no se había movido de la orilla, mirando por encima de horizonte verde y fresco de ese día. No le estaba prestando atención a nada —más que a ella misma y a sus fantasías, claro— y no me pareció justo que siendo melliza de Haku se perdiera de su mueva aventura. Debo acotar que cayó con gracia, justo al lado de su hermanito, al cual ya no se le reconocía el rostro y al cual Byakuya había logrado fracturarle una pierna en medio del forcejeo. La extremidad se extendía bajo él de forma grotesca, en un ángulo casi imposible, y su respiración se hacía errática mientras mi otro hermano continuaba mirándolo con sorna y comparándolo con el rostro perfecto de su hermana, que se había acomodado a la misma altura que él, pero sin perder su vista del cielo. Y allí se quedó, porque cuando Naraku pasó a mi lado y le entregó la pala a Byakuya, lo único que pudo hacer Kanna por su vida fue enfocar su mirada vacía en el rostro de su hermano y ver como éste le cercenaba la garganta a un solo golpe.
El hueso se quebró un solo click, seco y sonoro. La sangre se esparció con lentitud, como si no existiera en el cuerpo sino hasta el momento de perder la vida.
No recuerdo si Hakudōshi tardó mucho en morir, solo tengo en la memoria la carcajada histérica del asesino que alzaba la cabeza de Kanna como un trofeo. Sus ojos seguían abiertos, tan vacíos como en sus mejores días. Dos perlas grises pérdidas en la inmensidad de un cuerpo tan blanco, ambas más vivas que los dos pares de ojos que observábamos a ese loco jugar con el cadáver entre sus brazos.
Tal vez alguien sí tenía la cabeza más perdida que Naraku.
Y quizá fui yo quien con la otra pala comenzó a enterrar vivo al asesino junto con sus víctimas, a éste no le importó, seguía perdido en su victoria… la única cosa que Naraku le había dejado hacer en toda su vida sin supervisión.
Nota: Bien, el capitulo de los capítulos esta oficialmente entregado, el cual espero que Agatha disfrute mucho (o me mate por él, tú dirás) y que le haga más llevadera esta semana que sé no ha sido de lo mejor.
Otra cosa que decir, en un principio iban a ser solo cinco capítulos, luego empece a pensar en las cosas en las cuales me iba a quedar corta así que dije que iban a ser siete, viendo mi ultimo capi creo que tendrán que ser ocho. Así que sabrán más de mí, y en poco tiempo.
