Lo recuerda. El frío, la luna sin estrellas. Había algo diferente en esa noche. Estaba recogiendo plangentinas, le gustaba hacerlo mientras recordaba tiempos antiguos. A veces las recogía y miraba hacia la casa de al lado esperando ver una vez más a la pequeña Ariana. Pero todos se habían ido hace tanto tiempo que en ocasiones le costaba incluso recordar sus rostros. Ella seguía atrapada en esa misma casa repleta de recuerdos, menos con quienes hablar y más a quienes llorar.

Estaba lamentando la muerte reciente de Albus cuando oyó un ruido a sus espaldas, volteó lentamente esperando encontrar algún gato, o ardilla. Dientes y dolor es todo lo que procesó su mente.

—No la mates aún, Nagini —la voz que siseaba asustó mucho a Bathilda, sobre todo porque supo a quién pertenecía—. La necesitamos media viva para el hechizo.

Pensó en Gellet, inteligente y ambicioso, incapaz de querer a Albus como él le quiso. En Kendra, sufriendo la maldad del mundo sobre su hija, en la pobre Lily, contándole de sus sospechas de embarazo poco antes de morir, y luego en ella misma, tan vieja y olvidada como los libros de Hogwarts.

Era su fin, solo esperaba que al final de tan horrible dolor pudiese reunirse con los suyos de buena vez, y dejar de lamentar tan larga y solitaria existencia. Cuán lejos estaba de la realidad. Abrió los ojos y todo era oscuridad a su alrededor. El mundo era de un extraño tono grisáceo cuando pudo ver mejor. ¿Había sobrevivido? No tardó mucho tiempo en descubrir porque aún estaba ahí. En Hogwarts había tantos fantasmas que no le costó aceptar el hecho de que viva no estaba, muerta tampoco, al menos no del todo.

Lo difícil fue averiguar el porqué. No se sentía apegada al mundo de los vivos, no cuando nada había para ella. No tenía asuntos pendientes, todo lo que pudo haber hecho ya había sido hecho, ¿por qué seguía ahí entonces? Solo quería ver a su familia, no estar anclada a una casa completamente deshecha.

Muchos años después, cuando ya ser fantasma no tenía importancia, supo porqué estaba atada a ese mundo, y a esa casa. A veces escuchaba voces, pero nunca se quedaban mucho tiempo.

—...casa de una de las historiadoras más famosas, Bathilda Bagshot —decía un hombre de túnica gris.

—¿Por qué nadie la ha comprado? Han pasado más de 60 años —comentó el joven a su lado.

—Es por la magia negra que aún se percibe. Se dice que en la guerra del 97 su cuerpo contenía tanta magia negra que fue imposible acercarse al lugar. Algunos aseguran que fue usado por la serpiente de Riddle…

Ahora sabía, no vería nunca a su familia, no podría descansar jamás porque su cuerpo, su alma habían sido mancillados por magia negra. Mientras veía el sol ocultarse, sintió una vez más como las sombras de la casa la arrastraban de manera inexorable a la oscuridad.