Miraculous, les aventures de Ladybug et Chat Noir pertenece a su creador Thomas Astruc y a las empresas relacionadas: Zagtoon, Toei Animation, Method Animation y SAMG Animation.


III. Contraste

Mylène siempre fue una chica muy miedosa. Desde pequeña, sus padres la protegían de todo lo que le daba miedo. Por ejemplo, a la noche se quedaban en su habitación hasta que ella se durmiera; cuando creció, reemplazó la presencia de sus padres por una luz de noche.

Mylène siempre supo que era una chica miedosa, y no sentía vergüenza en admitirlo. Curiosamente, piensa que hay que tener cierta valentía para admitir ser cobarde.

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La primera vez que vio a Ivan fue el primer día de la secundaria. Él era el alumno nuevo y realmente no parecía muy feliz.

Lo que más impresionó a Mylène fue que a pesar de corta edad, Ivan se veía muy grande. Se preguntó si él realmente tenía la misma edad que ella y sus compañeros. No se atrevía a mirarlo a la cara, tenía miedo de que Ivan reconociera su miedo, como el cazador a la presa.

Siempre que lo veía acercase, ella se alejaba o tomaba otra dirección, pues no quería enfurecerlo por accidente.

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Mylène no era muy buena en los deportes, pero en lo que se destacaba y realmente le gustaba era el voley. A pesar de su corta estatura, ella era muy buena jugando.

Estaban en el campeonato intercolegial de París, ella se había ganado el puesto en el equipo de su escuela. De su curso estaban Alix, Kim, Ivan y ella, además de otros participantes de los demás cursos en el colegio.

En la cancha se encontraban Ivan, Kim, ella y otros tres chicos de su escuela compitiendo. Sólo le faltaban dos puntos para ganar el set y así ganar ese partido eliminatorio.

La persona del equipo contrario sacó, la pelota subió por el aire, atravesó la red. Ivan bloqueó, devolviéndola a la cancha contraria. En dos golpes de abajo, sus rivales les pasaron la pelota, que iba directamente hacia Mylène.

Ella ya los conocía. Todos los equipos hacían lo mismo. Como ella era la que menos estaba en forma y parecía la más débil, le pasaban todas las pelotas, pero por suerte tenía la capacidad de reaccionar rápido y dar buenos golpes. Era en esos momentos cuando sentía como todos sus miedos se disipaban.

Se posicionó para recibir la pelota. En el momento en que la estaba por golpear, un enorme puño se cruza frente a su cara, le golpea el ojo izquierdo y lleva la pelota a la cancha contraria, haciendo que caiga en medio de la cancha, ganando su equipo el punto.

Mylène se sobaba el ojo dañado, ve borroso por el ojo izquierdo y trata de estabilizarse para continuar jugando.

El partido había terminado en esos segundos en los que ella trataba de estabilizarse. Al parecer Kim había hecho un movimiento rápido bloqueando la pelota, cayendo nuevamente en cancha contraria, anotando el punto final.

Alguien se le acerca por detrás, la toma de los hombros y la gira. Era Ivan.

—Lo siento, mi intención no era golpearte —le dijo mientras le ponía algo frío sobre el ojo—. Fue algo involuntario, no pensé que iba a llegar a golpearte. Realmente lo siento.

Por primera vez Mylène se atreve a mirarlo a los ojos. Eran grises y realmente parecían sinceros.

—No es nada —lo calmó ella. Tomó la botella de agua que él le ofrecía y se dispuso al salir de la cancha. Mylène notó un pañuelo rosa envuelto en su muñeca. Ivan la tomó del brazo, haciendo que se detuviera.

—Excelentes partidos, por cierto.

Al parecer no era tan malo como parecía.

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Si había algo que a Mylène le gustaba, eran las cosas dulces. Por ese motivo le encantaba ir a la panadería de los padres de Marinette. Ellos hacían cosas deliciosas y podía sentir el amor que le impregnaban a sus creaciones.

El exquisito aroma la envolvió incluso ante de ingresar. Feliz, entró a la panadería. Como algo inusual el lugar estaba casi vacío.

Marinette la atendió al instante:

—¡Hola Mylène! Que bueno que has venido —la tomó de la mano y la guió hacia una mesa al fondo del lugar—. Ven siéntate con los demás.

Los demás eran Alya, Kim, Alix e Ivan. Todos estaban sentados alrededor de una mesa, hablando y comiendo.

Marinette le acercó un silla que le quitó a otra mesa para que se sentara.

Solo había lugar al lado de Ivan, y aunque no le gustara, se tuvo que sentar ahí.

Un par de horas se le pasó en un segundo, entre risas y charlas y las tonterías que cometía Marinette a causa de su torpeza.

La primera en irse fue Alix, quince minutos después fue Kim quién se despidió de ellos. Alya se retiró cuarenta minutos más tarde con la excusa de tener que cuidar de sus hermanas. Marinette estaba ocupada atendiendo la panadería –ahora llena– ya que sus padres habían salido de la ciudad.

—Entonces... —comenzó a hablar Mylène con notables nervios en la voz. Trataba de iniciar una conversación relajada, pero haber quedado sola con él se lo impedía— ¿Por qué te cambiaron de escuela?

—Ubicación geográfica —respondió Ivan—. En el verano mi familia se mudó de casa y esta escuela quedaba más cerca que la antigua.

Mylène no se atrevía a mirarlo a la cara, estaba temerosa.

—Oh.

—¿Te sientes bien? —Mylène levantó la cara y vio en la mirada de su compañero verdadera preocupación.

—Eh, sí. ¿Por qué habría de estar mal?

—Te ves mal.

«Eso fue muy directo», pensó Mylène. Le dio la mejor cara de enojo que pudo.

—No me malentiendas —Ivan levantó sus manos en modo de defensa—. Parece que tuvieras fiebre. Solo eso.

Mylène volvió a mirarse las manos sobre sus piernas.

—Entiendo. Pero estoy bien.

—Bien. Fingiré que te creo —Ivan se levantó de la silla—. Creo que ya es hora de irme.

Marinette se acercó a ellos.

—¿Ya te vas? Justo cuando tengo tiempo libre —se cruzó de brazos e infló los cachetes en actitud infantil. Mylène rió. El rostro de Marinette cambió, se notó en su mirada que recordó algo—. Espera Ivan, tengo tu libro.

Mylène observó por la ventana, dándose cuenta que la noche ya había caído sobre París.

—¡Oh, no! Ya es de noche. No puedo volver sola a mi casa.

—Si quieres puedo llamarte un taxi —ofreció Marinette mientras le devolvía el libro a Ivan.

—No me dejan viajar sola en taxi, y mucho menos de noche. Mis padres piensan que pueden secuestrarme o algo peor.

—Oh, entiendo —la cara de Marinette parecía decir «tus padres están locos».

—¿Por dónde vives? —preguntó Ivan— Puedo acompañarte.

—En realidad no es muy lejos.

Unos minutos después Ivan y Mylène salieron juntos de la panadería. Cuando Mylène le dio la dirección, Ivan reconoció vivir a un par de calles de allì. Y el tamaño grande del chico sería un gran escudo frente a ladrones o cualquier tipo de malhechor.

—Entonces, ¿te gusta leer?

Ivan metió las manos en sus bolsillos y agachó la cabeza.

—Sí.

Mylène caminaba mirando sus pies.

—Vi que el libro que Marinette te dio era Adolphe ¿Lo has leído?

—Sí. De hecho es mi favorito.

Sinceramente, Mylène no se esperaba eso.

Durante lo que les quedó de viaje hablaron más sinceramente sobre la pasión que ambos compartían: la lectura.

Esa noche Mylène aprendió que no sabía nada sobre el chico que había empezado en su escuela hacía unos meses atrás. Y que también tenía un humor bastante negro.

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El cabello de Mylène siempre fue rebelde. Aunque eso no le impedía experimentar con su pelo.

Desde pequeña siempre andaba haciéndose algo. Varias veces se había cortado el flequillo ella mismo. Un desastre.

Había intentado teñírselo con papeles de colores. Otro desastre.

Durante toda su corta vida lo había tenido de distintas formas: corto, largo, desnivelado, desmechado, corto atrás y largo adelante.

El único experimento que resultó bien fue cuando se lo aclaró lavándoselo con té de manzanilla.

Pero el mayor desafío llegó cuando decidió hacerse rastas. Sus padres pusieron el grito en el cielo cuando cruzó la puerta de su casa con ese peinado.

—¿PARA ESO ME PEDISTE DINERO? —fue lo primero que le dijo su padre.

Pero no podían hacer nada. El desastre ya estaba hecho, y a Mylène le encaba como le quedaba.

En la escuela todos la miraron sorprendidos.

Algunos fueron amables, pero simples:

—Me gusta tu nuevo peinado.

Otros fueron un poco pasivo-agresivos:

—No me gustan las rastas, pero en ti quedan... bien.

Chloé también opinó:

—¿Qué te hiciste en la cabeza? —rió cruelmente— Parece que tuvieras un nido sobre ella.

Pero Ivan fue el más sincero:

—Excelente cambio, Mylène ¿Sabes como quedaría mejor? —se desató ese pañuelo rosa que siempre traía enrollado en la muñeca, lo estiró y se lo ató en la cabeza—. Ahora si está completo.

Mylène comenzó a apreciar más su amistad con Ivan.

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Todo el grupo estaba entusiasmado por hacer el proyecto audiovisual. Cada uno tenía su rol, como en un verdadero equipo de filmación.

Ella y Adrien serían los actores principales, e Ivan sería el monstruo que impediría que los detectives resolvieran el caso. Algo muy similar a Scooby Doo.

Todo iba bien. Pero ver a Ivan con la máscara le recordó todos sus temores y miedos que pensó ya había superado

No sabía exactamente cuantas veces habían filmado la misma escena, y todo por culpa de ella, por su miedo y el terror que le volvía a causar Ivan –ahora con máscara añadida–.

Hacía años que había superado el miedo a su amigo, no quería volver a caer en lo mismo.

Luego de asustarse nuevamente frente a la presencia del monstruo, Chloé tuvo que hablar:

—¡El premio a la actriz más ordinaria, torpe y miedosa es para... Mylène!

A pesar del apoyo de sus compañeros, Mylène se sintió herida. Sabia que era torpe y miedosa, pero Chloé no tenía porqué decirlo de esa manera, y mucho menos reírse de ella.

Salió corriendo del salón de clases, bajó las escaleras y se sentó en un banco.

El único que fue a reconfortarla fue su amigo grandote, Ivan.

—No escuches nada de lo que digan ese montón de cabezas huecas, es fácil ponerse nervioso frente a una cámara —dijo tratando de justificarla—. Pero haces un excelente trabajo. Vamos, prometo asustarte menos.

Ella le sonrió, agradeciendo el gesto.

Ivan buscó algo en su bolsillo y se lo dio.

—Ten, es un broche de mi banda favorita, los Zombies de la Muerte.

Mylène sonrió, tomó el broche y lo colocó en el pañuelo que él mismo le había dado.

—Es muy dulce de tu parte Ivan, pero tiene razón: soy una mala actriz.

Ivan se sentó a su lado.

—¿En serio vas a hacer caso a lo que diga Chloé? Es una tonta.

Mylène salió corriendo de allí y se encerró en el baño.

Luego de eso recuerda haber despertado en un extraño lugar, rodeada de sus compañeros.

Según ellos, se había convertido en un monstruo que los encerró a todos en capsulas de algo gelatinoso y, que Ladybug y Chat Noir fueron a su escuela para salvarlos.

Pero la mejor parte luego de tener conciencia fue lo primero que vio: las manos de Ivan tomando las suyas y él feliz de volver a verla.

Mylène siempre fue una chica muy miedosa, pero era realmente gracioso que ahora amaba a una persona a la que alguna vez le tuvo miedo. Todo por el hecho de juzgar por las apariencias.


Me tomé un poco de libertad en el último, pero eso no cambia lo sucedido en el episodio.

Y sí, también reconozco que la excusa para que Ivan acompañe a Mylène a su casa es bastante tonta, pero necesitaba esa idea o algo similar. Estos tórtolos necesitan más amor del fandom. A fin de cuentas son la única pareja (joven) oficial.

¿Un reviú, porfis?

¡Nos leermos mañana!