Extensión: 1103 palabras.

Notas: Segunda parte.

Advertencias: Spoilers del final.

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Acerca de tres sonrisas.

Segunda—.


La segunda vez Ball es un río que se quiebra. Hay un rasgado ahí donde se ubica el alma y pareciera no tener cura, como una —dos, tres, veinte— silueta que se extingue.

Entonces Mei es un pedazo de culpa. Porque está triste, oh tan triste —Jio, Jio—, pero no lo suficiente, no lo que debería para esas personas que lograron ser tan importantes para ella en tan poco tiempo —Ruby, Ruby—. Porque le duele la pérdida pero no logra que le duela más que Ball, que se deshace en trozos de alma como gotas de agua. Es que fueron tantas vivencias y tantos recuerdos y tantos años de añoranza para encontrarlos y ahora se le han ido como agua entre los dedos, todos ellos —Cross, Cross—, como el rocío que se esfuma llegada la mañana.

Y está triste, oh tan triste. Derrama agua como un cántaro roto y Mei se siente mal (como un pedazo de culpa) al sentirse tan mal por él, porque no le permite sentirse adecuadamente mal por todo lo demás. Es que Ball es esa máscara protectora que sonríe, siempre sonríe, buscando que todos estén bien y es entonces ese hermano mayor que tarda en pensar en sí, y Mei está mal entonces.

Está mal si él está mal.

Pero Mei es esta cosa que grita y reclama y le cuesta pensar más allá de sí si no está esa silueta —que le ponía manos en las orejas— en su camino. Empero esa silueta se fue y ella quedó —y cree que también quedó Ball pero duda al verlo deshacerse a sus pies—. Mei es este pedazo de egoísmo que es consolada pero no está segura de cómo consolar, pero por Ball quiere hacer el intento y es un poco raro y un poco lindo también, como mariposas en el vientre.

Es un camino corto y fragmentado tras su primera sonrisa, —«dejame leerte la mano», «¡tus palabras no se relacionan con tu reacción!»—, y Mei se nota algo egoísta —«¿están todos bien?, ¿estás bien, Mei?», «Mei, ella es un poco melodiosa al hablar cuando no grita»— porque le cuesta pensar en algo que no sea ella, porque está triste pero no lo suficiente porque él le importa más y él le importa porque le necesita y está mal porque se siente mal. Cree no pensar en él lo suficiente.

Y —«tú tampoco pareces una chica, te faltan dos cosas redondas», «¡¿cuál es tu problema?!»— quiere hacer el intento y es como mariposas en el vientre, que Ball es un idiota —no la mira, no se percata— y ella solo puede ser idiota a su vez porque no es como con Jio, no está resignada (en el fondo) sabiendo que hay algo más, no hay nada más y la esperanza no la deja ser racional porque tiene mariposas en el vientre y le salpica el pecho y no quiere que él llore —quizás ama de verdad—. Pero se han ido a pesar de todo y no sabe cómo podría consolarlo, ¿cómo consolar la pérdida?

Sin embargo ella perdió a su hermano —sus manos en las orejas— y él siguió ahí, se lo debe. Le debe (quiere) estar ahí.

Porque Ball es esa cosa que la hace feliz cuando le costaba tanto serlo —Jio, hermano— y quiere ser esa cosa que lo haga feliz cuando a él le cuesta tanto serlo —Jio, Ruby, Cross—, pero no sabe cómo y es aún más frustrante que no ser vista —preferiría que no la viera nunca si a cambio sonríe, ser una sombra si a cambio le ve feliz—.

Es encogerse a su lado y querer tomarle la mano y decirle que está ahí, querer darle un abrazo y soltar algo como «todo estará bien» aunque sea una vil mentira. Pero no hace ninguna de esas cosas (porque son tan falsas y superficiales) porque eso no es ella y es que en realidad no sabe muy bien qué hacer. Y porque ha pasado tanto que es tan nimio e ínfimo estar ahí que se siente tonta, como cuando estás enamorado. Es que nada de eso importa pero se le calienta tanto el pecho que el mundo no le importa y entonces no le importa que en comparación al mundo ellos no importen y...

y le coge las orejas y cuando Ball la mira Mei no está segura de si anhela reír o llorar. Es que es tan bobo pero es lo único que sabe hacer, es lo que su hermano hubiera hecho.

Y Ball piensa que eso es extraño y un poco lindo, cuando Mei fuerza una sonrisa al decirle:

—Truco mágico.

Con los labios salados porque las lágrimas han ido a morir a su voz.

Porque es... es un lindo intento. No podría sonreír solo por eso pero al menos ahora tiene las ganas de hacerlo y eso no está tan mal (se le escapan al menos las ganas de llorar).

Entonces Ball es esas ganas de reír aunque no pueda y Mei le conoce un poco más así y le gusta un poco más así y se siente estúpida pero... no es tan malo (a la larga). Que al menos lo ha intentado y aunque no resulta como quiere no está molesta o triste del todo —como Ball, que le mira fijamente y de pronto Mei no tiene mariposas en el vientre (más asemejan bestias indomables).

Y cuando Ball le coge los antebrazos, a saber si para retirar sus manos o para que eso sea más vergonzoso de lo que ya es —es que casi pareciera que se han olvidado del mundo pero todavía no están solos—, es que Mei tiene estas cosquillas en el vientre por el insecto que sea y siente las mejillas calientes (y el alma). Y a Ball se le atoran los ojos en su rostro de intentos dulces —es que es tan extraño y raro, e inexplicablemente tierno— porque pareciera que casi se ha olvidado del mundo así que entonces no le duele tanto haber perdido una parte del mismo —su mundo—.

Y Mei le gusta un poquito así —no para que hayan mariposas en el estómago pero sí para esbozar una sonrisa y estar entonces un poco feliz.

O no solo un poco, quizás más bien lo suficiente, lo suficiente feliz para que Mei no sea una boba ni esté haciendo el ridículo. Lo suficiente para que Mei le guste un poquito y él pueda sonreír a pesar de todo —la pérdida—.

(como hiciera ella antes cuando él fue su consuelo).

Así que sonríe y Mei es entonces un pedazo de sonrisa (de mundo).

—Gracias.


Me queda la tercera parte.

Nos leemos.