Extensión: 979 palabras.

Notas: Tercera parte y me cumplo a mí misma con hacer algo de ellos aunque no sea la novena maravilla mundial. En cualquier caso me alegra hacer algo más del fandom porque, bueno, está medio muerto, como que se lo merece.

Advertencias: Spoilers del final. Post-manga.

.


Acerca de tres sonrisas.

Tercera—.


La tercera vez son ese todo de años en compañía. Hay unas manos entrelazadas, una mueca torcida por parte de Mei —que trata de sonreír pero está tan, tan cansada—, un río de lágrimas por parte de Ball —que no se ha percatado del momento exacto en que ha empezado a llorar— y un algo silencioso pero trascendental.

(Le apodan felicidad).

Hay un sendero tosco a sus espaldas que Mei recuerda con algo de nostalgia y es que ha sido un tanto difícil que la miren, y Ball parece anticiparlo en su expresión porque se avergüenza —finge que es porque se ha percatado de que está llorando pero no, no es algo tan nimio como la felicidad absoluta del momento, no se avergonzaría de algo así como sí de su inevitable ceguera—. Hay un momento de mudo entendimiento, aunque estén todos felices y celebrando y Mei ahora sí conozca a su familia y a su hermana y sepa sin lugar a dudas, aunque lo hizo entonces, que no mintió; aunque el mundo siga ahí aunque por medio instante (eternidad) sientan que ha desaparecido, carente de importancia.

Es que hay unas manos entrelazadas junto a un mudo entendimiento y Ball siente que se avergüenza y es este pedazito de culpa por ser tan ciego pero a la vez esta mano conciliadora que entrelaza los dedos de Mei, que se siente algo así como una mueca torcida al notar los ríos que le caen por la mejilla. Que son ese todo que ha cobrado forma en esos muchos segundos compartidos y se materializa en esos nueve instantes que le dan forma al hoy. Y Mei se siente un poco tonta por las mariposas en el vientre ante el momento, notando la mirada de Ball sobre ella, que nota que le va gustando mucho así, mucho-mucho, incluso más que antes (y cada segundo otro poquito más).

Es que

—Felicidades.

desea llorar ante lo dulce del momento, que es un poco raro y un poco tierno. Mei piensa lo mismo. Que eso es anormalmente lindo, como un cobijo ante el frío, ante la vida. Que eso es tener las manos cogidas y que el mundo no importe pero ser más que ellos dos en ese mundo de muda comodidad.

Porque hay un suspiro suave y todo parece medio grado más perfecto, grado entero con la otra exhalación. Que en esos minutos pareciera que la vida no necesita nada más para ser completa.

—Incluso si aún hay lágrimas por el pasado perdido y las siluetas difuminadas—.

Es que hay algo ahí que construyen juntos y es una nota de felicidad lo suficientemente alta para que cualquier otro inconveniente, previo o venidero, en esos segundos se esfume como polvo en el viento.

Mei es esa chica que entrelaza sus dedos con los suyos porque tiene ambas manos ocupadas. Esa chica que dice si él dice y refunfuña si él refunfuña, que calla cuando él calla —y que lo observa refutar y reclamar a su vez—. Esta chica que le coge las orejas y anhela desde entonces estar ahí, siempre. Que sueña con que él esté ahí, siempre. Que quiere tratar y quiere sonreír y quiere querer y quiere quererlo a él, porque le acoge por las noches frías y elimina la tristeza de su ser.

Y no podría ser otro.

Ball es ese chico que juguetea con sus dedos al sostenerlos entre los suyos porque necesita distraerse —le saltara el corazón del pecho y huirá lejos si no lo hace—. Ese chico que nota que le gusta y es un poco raro y un poco lindo y un poco torpe también. Porque querer les ha costado un poco y tropiezan a cada piedra pero sigue estando bien porque son ellos y siempre han sido así —los que se ponen máscaras y se las quitan luego al gritarse nimiedades porque así es como funciona—.

Y no podría ser de otro modo.

Que en las noches de nostalgia Ball posa su mano en su hombro y ofrece cobijo. Que en los días de cansancio Mei posa sus manos sobre sus orejas y ofrece cariño. Que en los momentos de media luz, con sus ojos contemplando las facciones contrarias a través del colchón medio roído de su vida juntos, hay un par de sonrisas satisfechas ante el camino trazado.

Que en esas horas de tenue espera hay un algo silencioso repitiéndoles que han llegado ahí tras tantos pasos y tantas caídas y que el fruto del andar lo sostienen entre sus manos entrelazadas y bosteza(n) como señal del nuevo día —vida—.

Se gustan —aman, añoran— un poco más así.

(Que el amor se trata de encontrar a cada detalle un motivo más para florecer y en tantas primaveras juntos han ido encontrando las razones suficientes para sonreír —y ser fuertes en sus inviernos y otoños y a veces veranos—).

Entonces el mundo vuelve a girar, otro día más, y el instante mudo de comprensión de atenúa un poco para darle paso al entorno que pregunta la única pregunta que puede formular en ese momento.

Y Ball siente que vivió por esa respuesta y Mei siente que construyó las letras que la componen.

Porque no pueden ser otros, porque no puede ser otro modo.

Porque son ellos (y ellos). Ambos con las dos semillas de la vida que armaron en compañía.

Mei sonríe entonces porque Ball le ha hecho mucho (mucho, demasiado) feliz. Y Ball sonríe porque Mei le ha hecho mucho (mucho, demasiado) feliz. Es que se sonríen porque no podrían tener otro gesto, que ese día no son ellos dos. No más.

Son una familia.

—Y algo de lo andado, algo de lo construido, de difumina para ser solo uno, tal como ellos han aprendido a ser—.

(Ball no necesita a Ball y Mei no necesita a Mei, solo necesitan el nosotros).

Nosotros.

Ball. Mei.

«Jio. Ruby».


Me cogí los tres momentos más importantes que pude hallar para ellos,

y cuando nacieron los retoños evidentemente era uno

(encima esos nombres son matadores).

En fin. Es todo.

Nos leemos. Bye.