Capitulo 1

De no haber sido por el ruido de la multitud, cualquiera de los que estaban a dos metros a la redonda de Yuma Mukami, habría oído fácilmente las dos palabras bruscas y entrecortadas que se le escaparon por la tensa línea de su boca.

- Oh, mierda...

Quizá no era la mas erudita de las expresiones, pero lo que le faltaba en elocuencia le sobraba en convicción. Desde el punto de vista de Yuma, resumía la situación perfectamente.

Al fin y al cabo, los de su especie no se topaban todos los días con una compañera para siempre, y mucho menos entre una muchedumbre de adictos a la cafeína. Cinco segundos antes, habría jurado que eso era imposible; que no existía la pareja perfecta para él, que no existía otra mitad de si mismo. Sin embargo, ni podía negar el aroma que se había subido a la cabeza ni en endurecimiento de ciertas partes de su cuerpo.

Tiró del faldón de la camisa de franela, para ocultar su hinchado miembro, y murmuró entre dientes:

- Maldita sea. Estoy perdido.

Notó su olor en cuanto abrió la puerta de The Coffee and Croissant, que estaba abarrotado; lo notó con la fuerza de un puñetazo y lo saboreó en la boca como si fuera el más dulce de los pecados, la más perversa de las tentaciones. Era algo suave y enteramente suyo, algo en lo que quería clavar los dientes; la promesa erótica de una carne húmeda y rosada que estaría caliente y resbaladiza bajo el contacto de su lengua, rica y suculenta como un tesoro.

Sentía la necesidad de devorarla. Y ni siquiera la conocía.

Pero sabía donde estaba: en algún lugar de aquel establecimiento lleno de cretinos al que su hermano de alma, Shu Sakamaki, había insistido en que entraran. No se podían permitir el lujo de estar un día entero sin comer; con su metabolismos acelerados, sería poco saludable para ellos y extraordinaria y terriblemente peligroso para la población.

Sí. Sabía donde estaba.

Y también sabía lo que era: era suya.

Entrecerró los ojos y miró a su alrededor, empapándose de hasta el último detalle de la escena; después, aprovechó sus sentidos sobrehumanos para tener una noción mucho más profunda de las cosas que su simple visión.

En ese momento estaban sacando unos croissants recién hechos del horno industrial de la cocina. A su izquierda, notó el tintineo claro y leve de la cucharilla de metal con la que un hombre echaba azúcar a su capuccino doble. Un niño pequeño alborotaba en una esquina, junto a una adolescente beligerante y vestida de negro que miraba de mala manera a su padre mientras éste la sermoneaba sobre la importancia de sacar buenas notas.

Yuma se sintió asaltado por el sinfin de olores y sonidos, tan caóticos como intensos; a pesar de ello, la presencia de la joven le seguía quemando por dentro con la fuerza de un rayo de sol en un día gélido y nuboso. Era una sensación dulce, muy agradable, como haber regresado al hogar.

Le entró tanta hambre que casi tuvo la seguridad de que, si bajaba la mirada, vería un borbotón de sangre surgiendo por debajo de su camiseta negra, manchando la franela gris de la camisa y extendiéndose hasta el algodón desgastado de sus vaqueros.

Olisqueó al sentir otra oleada de aquel aroma y la boca se le hizo agua. Notó que su piel se humedecía y aumentaba de temperatura; notó un calor muy poco familiar en la parte baja de su estómago. Era un deseo animal, pero distinto al que estaba acostumbrado. Era el deseo de una relación sexual, pero un deseo mucho más descarnado, duro y contundente del que había sentido hasta entonces.

A lo largo de los años había mantenido relaciones con algunas mujeres. En todos los casos, las abandonaba deprisa; y en todos los casos, las dejaba completa y totalmente satisfechas. Pero aquello era más profundo; una necesidad explosiva, torrencial, incontrolable, que no se parecía a ninguna de sus experiencias anteriores.

No es que quisiera poseerla. Tenía que poseerla.

Pero en primer lugar, debía encontrarla.

- Estás gruñendo.

La voz profunda que sonó a su lado tenía un fondo de aburrimiento. Yuma conocía a su amigo lo suficientemente bien como para saber que Shu habría notado su tensión incluso sin los reveladores gruñidos que salían de su pecho.

- Cállate. - murmuró

Shu bufó en respuesta y lo empujó un poco para entrar en el local. La puerta de cristal se cerró a sus espaldas y cortó el paso al viento helado del exterior.

Varios clientes se giraron y los miraron con interés, sorprendidos por la aparición súbita de dos hombres musculosos y uno de ellos muy por encima del metro ochenta de altura cuya vestimenta informal no disimulaba la fuerza bruta de sus cuerpos. Los hermanos de alma reaccionaron como siempre en esas circunstancias: hicieron caso omiso.

Yuma volvió a olisquear, concentrado en localizar a la joven. Oía los latidos de su propio corazón, que latía de un modo tan fuerte y resuelto como el ritmo de una canción gótica.

- ¿No lo hueles? - preguntó a Shu.

- Lo único que yo huelo es la comida. Te recuerdo que nos saltamos el desayuno para tener ventaja nuestra cacería y que seguimos con el estómago vacío. ¿Nos vamos a quedar todo el día en la entrada o vamos a pedir algo de comer, antes de que deje seco a alguien? - preguntó con humor el joven de ojos celestes.

- ¿Acaso no la hueles? - insistió.

Yuma notó que sus palabras sonaban cada vez más bruscas, el síntoma inequívoco de que empezaba a perder el control. Y no era precisamente el mejor momento, rodeados como estaban de la sangre de tantos seres humanos.

Pero no se marcharía de allí sin encontrarla.

- ¿A cuál de todas? - murmuró Shu, mientras se frotaba la mandíbula - . Las mujeres se echan tanta colonia y tantos potingues en la actualidad que, además de comida, aquí sólo huele a flores.

Yuma sacudió la cabeza, frustrado. Él olía algo más que flores. Olía algo evocador, diferente, profundo, terrenal; algo cada vez más intenso, un sabor que se había instalado en la punta de su lengua como si fuera una gota de miel.

Su mente se llenó de imágenes crudas, resplandecientes, de rojos abrasadores, que le dieron nuevas fuerzas y lo dominaron por completo. Como tantos mestizos, mitad humanos, mitad vampiros, había malgastado su juventud intentando encontrar su espacio y cierta paz, pero tardó poco en aprender que la vida era un caos incluso sin su colaboración. La inocencia murió en él mucho antes de que llegara a la edad adulta. Conocía el sabor del pecado y sabía lo que era; una sensación terrible y dulce como el paraíso al mismo tiempo, el placer más peligroso de todos.

Sus ojos escudriñaron la zona más cercana y se clavaron en una rubia exuberante, de mallas muy ajustadas, que se detuvo un momento para besar a un individuo atildado antes de seguir con su camino.

No era ella. La mujer que buscaba era diferente en todos los sentidos. Tan diferente que Yuma se sentía incómodo, nervioso, sin saber a qué atenerse.

Con sangre y una batalla, se sentía como en casa; con espacio suficiente y libertad, podía conseguir que cualquier mujer gritara de placer incluso sin pretenderlo. Pero las mujeres complicadas lo dejaban seco; exigían un tiempo, un esfuerzo y una paciencia que él no tenía. Además, el sexo femenino se le daba tan bien que dedicar sus energías a una sola carecía de sentido.

Y aquélla olía a complicaciones.

- Lo digo muy en serio. - intervino Shu - Si no quieres que me transforme y pase al lado oscuro, pongámonos a la cola y pidamos algo de comer. Tengo tanta hambre que podría hacer algo de lo que nos arrepentiríamos después.

- Estás enfermo...

Shu soltó un suspiro exagerado y se llevó una mano al corazón.

- Si sigues diciendo esas cosas, creeré que ya no me quieres. - se burló.

Yuma abrió la boca con intención de decir algo adecuadamente mordaz e irónico, pero el aroma volvió a su nariz con una intensidad que lo detuvo.

Se giró hacia una de las colas de los clientes, que esperaban su turno, y la reconoció en cuanto puso sus ojos en ella. Era una joven de aspecto inocente, de cabello suelto medianamente largo rubio y unas gafas de carey, apoyadas en la punta de la nariz; llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta blanca deliciosamente ajustada, con una chaqueta roja anudada a la cintura, un reloj de plata en una muñeca y varios brazaletes en la otra, su vestimenta era sencilla, nada provocadora; pero en esa mujer y con esas curvas, resultaba directamente pecaminosa.

Sintió un calor feroz y tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para no jadear como un perro. Se habría sentido mejor tras un buen grito, pero las circunstancias no eran las más adecuadas. A duras penas, su parte humana logró sobreponerse al deseo animal de agarrarla y salir corriendo a toda prisa, hasta algún lugar alejado donde pudiera tenerla sólo para él. No era mala idea, salvo por el hecho de que probablemente la mataría del susto.

No tenía más remedio que esperar.

La joven tomó una bandeja y se metió un libro debajo del brazo derecho. A continuación, se apartó de la cola y caminó en la dirección de Yuma, pero sin dedicarle una sola mirada. Aquello le desesperó tanto que hizo algo que no había hecho nunca en sus diesisiete años de vida: ponerle la zancadilla a alguien.

Un segundo después, los elegantes zapatos de la joven tropezaron con la bota marrón de Yuma, estratégicamente situada. Cuando ella se quiso dar cuenta, estaba de rodillas en el suelo e intentando limpiarse las gafas, que se habían manchado de sopa de tomate.

Él se agachó y la miró a los ojos. Eran del color rosado más brillante que jamás había visto.

- ¿Te encuentras bien?

- Sí, creo que sí. - respondió ella, sorprendida.

Entonces, sus ojos rosados brillaron con humor y su boca sonrió y emitió un ronroneo profundo que desesperó completamente a Yuma.

- Nunca he sabido de nadie que se haya ahogado en una sopa de tomate. - continuó ella - . Luego supongo que estoy bien...

Yuma le devolvió la sonrisa. Sus miradas se encontraron y quedaron enganchadas al instante. Fue como si el ambiente se hubiera cargado de electricidad a su alrededor y estuvieran a punto de soltar chispas.

Él contempló su rostro y sus detalles se empezaron a quedar grabados en su mente como las olas del mar en una roca, borrando el recuerdo de todas las mujeres que había conocido hasta entonces. Ya no existía nada salvo la delicada curva de su mandíbula; la marca tan imperceptible como provocativa que tenía en la mejilla derecha: el borde de sus ojos, más oscuro que el resto, y unos labios sensuales y dulcemente tímidos con un color rojizo que ningún carmín habría podido imitar.

Su boca era tan tentadora, tan carnal, que Yuma pensó que debería estar prohibida. Y por si tanta belleza fuera insuficiente, su aroma se imponía y lo volvía loco de deseo y de una extraña, pero inusitada, ternura.

Ella se estremeció y apartó la mirada. Después, contempló la sopa que había caído al suelo y sonrió con ironía.

- Bueno, tengo entendido que ser patosa no es un delito en Kyoto... dudo que me vayan a echar a patadas del local.

Él rió.

- Si alguien te intentara sacar a patadas, le daría una buena lección y tú sólo tendrías que darle un puntapié en... donde más le duele.

Mientras reían, los dos intentaron alcanzar la bandeja al mismo tiempo y estuvieron a punto de pegarse un cabezazo.

Se apartaron, sin dejar de reír. Fue un momento dulce y agradable, pero marcado por la conexión que se había establecido entre ellos, por un deseo extremadamente peligroso que exigía satisfacción.

Ella se lamió el labio inferior. Yuma supo que era un gesto de nerviosismo, aunque le resultó tan sexy como si lo hubiera hecho con intención de seducirlo.

Justo entonces, se oyó la voz profunda de Shu:

- ¡Le has puesto la zancadilla!

Silencio.

Yuma cerró sus ojos y contó hasta tres, recordándose que no podía descuartizar a un hermano del clan que además era su mejor amigo, y mucho menos en mitad de un restaurante. Sin embargo, el deseo de hacerlo fue tan poderoso que sus uñas estuvieron a punto de salir por las puntas de los dedos, aceradas como navajas.

Miró a Shu, se contuvo y mintió:

- Creo que a estas alturas me conoces lo suficientemente bien como para saber que el infierno se congelará antes de que yo le ponga la zancadilla a nadie.

Diez minutos antes, la declaración de Yuma habría sido absolutamente sincera. Pero las cosas habían cambiado muy deprisa. Y todo, por culpa de la deliciosa criatura de camiseta blanca y pantalones vaqueros que estaba a su lado.

- Pues el infiero se habrá congelado - dijo Shu, sonriendo como si lo encontrara inmensamente divertido - , porque le has puesto la zancadilla.

- Basta de tonterías, Shu - protestó, apretando los colmillos.

Estaba tan nervioso que ni siquiera se atrevió a mirar a la joven para comprobar si creía en su amigo o le creía a él.

- No salgo de mi asombro, Yuma-kun. Normalmente las mujeres caen a tus pies como moscas aunque no hagas nada en absoluto... Nunca imaginé que llegaría el día en que derribarías a una para conseguirlo.

Yuma notó que ella lo miraba con desconfianza.

- Ha sido un accidente - murmuró.

- Si, claro - dijo ella.

La joven se inclinó para recoger el libro, que también se había caído. Yuma quiso ayudarla y su brazo rozó inadvertidamente uno de sus senos.

Ella le dedicó una mirada de indignación, llena de pasión y de energía, que tuvo un efecto insospechado en él. Anes de que se diera cuenta, Yuma abrió la boca y pronunció una frase que la dejó helada:

- Hueles tan bien que te comería.

Shu miró a su amigo con asombro, echó la cabeza hacia atrás y rompió a reír.

- Esto es genial, absolutamente genial... - dijo entre risas - . Dios mío, Yuma-kun, deberías ver la cara que tienes.

- ¡Cállate, Sakamaki!

- En todos estos años, jamás te había visto hacer el ridículo frente de una niña.

- No es una niña. - protestó él.

De repente, Shu comprendió lo que pasaba y dejó de reír. La miró a ella, luego a Yuma y volvió a clavar los ojos en la joven, a quien observó atentamente.

- Oh, no puede ser... no es posible.

- Olvídalo, Shu.

Shu se acercó a su amigó y susurró:

- Ella no lo merece. Parece una chica encantadora. No puedes ponerla en peligro sólo porque tengas ganas de poseerla.

Yuma gruñó y dijo:

- Te lo advierto por última vez, Shu. Cierra la boca.

Shu se acercó un poco más.

- Déjala en paz, Yuma.

- Tengo nombre - intervino ella de repente.

Yuma y Shu la miraron. Ella se inclinó, recogió la bandeja y se volvió a incorporar.

Yuma se sintió completamente estúpido.

- Genial. Estoy llena de sopa de tomate. Mis compañeros de clase pensarán que me ha asaltado un vampiro sediento de sangre...

- ¿Crees en vampiros? - preguntó Shu, mirándola con desconfianza.

- Ni mucho menos, pero Haru se va a reír mucho a mi costa.

- ¿Quién diablos es Haru? - preguntó Yuma.

Obviamente, Yuma no podía saber si Haru era un novio, un vecino que se acostaba con ella los viernes por la noche o un mecánico fornido que se ganaba su deseo con una simple sonrisa. Pero fuera quien fuera, lo odió con todas sus fuerzas.

- ¿Que quién es Haru? - preguntó ella, frunciendo el ceño - . Haru es mi mejor amiga y senpai. Aunque eso no es asunto tuyo.

- Ahora ya es asunto mío - se defendió.

Yuma se acercó. Ella retrocedió y lo miró fijamente con un brillo asustado en sus ojos.

- Si das un paso más, empezaré a gritar.

Yuma se maldijo para sus adentros. Sabía que se estaba comportando como un adolescente dominado por las hormonas. Pero a pesar de ello, sentía la necesidad errefrenable de conocerla a fondo, de saber cuál era su comida preferida, su color favorito, sus gustos literarios y cinematográficos, las cosas que le divertían, las cosas que le emocionaban.

Aquello no era una simple atracción física. Tenía todas las características de algo más íntimo, más profundo y más significativo.

Yuma no sabía qué hacer. Era un Cazador. No tenía tiempo para conversaciones, para llegar a conocer a la gente. Sabía que aquélla era la mujer de su vida y lo estaba estropeando con todas las palabras que salían de su boca. Si Raito hubiera estado cerca, le habría pedido consejo; el pervertido sabía cómo tratar a las mujeres. Pero sólo tenía a Shu, cuyas habilidades sociales no eran menos patéticas que las suyas.

Tendría que arreglarlo por su cuenta, sin ayuda de nadie.

Respiró a fondo, se calmó e intentó hablar sosegadamente con voz de no haber roto un plato en toda su vida.

- Discúlpame, por favor. Ha sido un día muy complicado. ¿Por qué no te sientas? Iré a buscarte más comida y así tendremos ocasión de charlar.

Lo había conseguido. Había pronunciado unas cuantas frases sin quedar otra vez como un idiota y sin traicionar el deseo que sentía.

Sin embargo, la joven lo miró con desconfianza.

- ¿Qué está pasando aquí? - preguntó ella - ¿Es algún tipo de trampa?

Yuma volvió a tomar aire y volvió a hacer un esfuerzo por controlar sus impulsos.

- ¿Trampa? ¿Para qué?

- Cualquiera sabe... tal vez para un programa de radio - contestó - ¿Son locutores?

Yuma se cruzó de brazos y la miró como si se sintiera profundamente indignado por la acusación.

- ¿Tengo pinta de ser un maldito locutor?

Ella encogió sus delicados hombros y se apartó un mechón de la cara.

- No tengo idea, será mejor que me vaya.

Yuma abrió la boca con intención de pedirle que se quedara, aunque se estaba quedando si argumentos. Lamentablemente, Shu se inclinó otra vez sobre él y murmuró:

- Déjala en paz, hombre. No se lo merece. No el compliques la vida.

- No tenco elección - respondió, sin apartar la vista de ella.

Shu entrecerró los ojos y Yuma supo que lo había comprendido y que era muy consciente de sus repercusiones.

- Diablos, Yuma... si estás diciendo lo que creo que estás diciendo, deberías saber que eres tú quien se tiene que alejar de inmediato. Ritcher está muy cerca y nos podría estar vigilando en este mismo momento. La estás poniendo en peligro.

- Y tú deberías saber que no puedo marcharme... - replicó.

- Todo eso me parece fascinante - dijo ella - . pero me voy. Supongo que no debería darte las gracias por ayudarme, puesto que tú has sido el culpable de mi accidente... pero gracias de todos formas.

Yuma la agarró del brazo, suavemente, sintiendo la enorme fragilidad de los huesos de la joven bajo su fuerza sobrehumana.

- Por favor, permíteme que te lo explique. No te pediré nada más. Nos quedaremos aquí, en una de las mesas...

- Tengo que volver al trabajo - murmuró ella, intentando liberarse - Suéltame de una vez o tendré que sacar el teléfono móvil, llamar a la policía y gritar que me persigue un delincuente...

- Lo siento, pero no permitiré que hagas eso - dijo él.

Yuma sabía que la estaba asustando. Por muy tranquilas y razonables que sonaran sus palabras, la situación era altamente irregular.

- Te prometo que no te haré ningún daño - continuó - . Necesito hablar contigo. Y después, necesito sacarte de aquí.

Ella lo miró de tal forma que Yuma supo que tenía intención de dejarlo en la cuneta. Pero era perfectamente lógico; de haberse encontrado en su lugar, él también lo habría tomado por un loco.

- ¿Y adónde me quieres llevar? - preguntó ella con sarcasmo.

Yuma odió su miedo y se odió a sí mismo por no poder tranquilizarla y hacerle comprender. No se podía cercar a una humana y decirle que, por su olor, sabía que estaban hechos el uno para el otro; que quería hacerle el amor una y otra vez, casi constantemente y que, además, era medio vampiro y estaba persiguiendo a un canalla al que debía matar y que seguramente lo estaría observando.

Intentó sonar tan tranquilizador como le fue posible y contestó.

- A cualquier sitio que no sea éste. Shu tiene razón; si nos están vigilando, esto podría ser muy peligroso.

Ella lo miró como si lo tomara por un desequilibrado.

- Yo tengo una idea mejor - dijo - ¿Qué te parece si te marchas de aquí y me dejas en paz antes de que te busques un buen problema?

- No me voy a marchar, cariño.

Ella sacudió la cabeza, frustrada.

- ¿Te has escapado de un psiquiátrico?

- Un comentario de lo más clásico - intervino Shu, con humor - . Estoy deseando contárselo a tu padre, Yuma-kun... sé que se morirá de risa.

- Por última vez, márchate de aquí - insistió ella - .Me estoy empezando a poner bastante nerviosa.

Yuma le acarició el brazo, sorprendido por la suavidad de su piel, y cerró su mano sobre su muñeca. El pulso de la joven se aceleró de inmediato. Estaba a punto de gritar. Hasta entonces, se había sentido medianamente segura porque se encontraban en un local lleno de gente, pero su seguridad desaparecía a pasos agigantados.

- Sé que esto suena muy extraño, pero necesito que me concedas una oportunidad - dijo Yuma - Es lo único que te pido. Si quieres permanecer aquí, deja al menos que me siente contigo y te lo explique.

- Eso no es posible.

Los ojos de la joven brillaron cuando intentó liberarse. El movimiento provocó que el libro que llevaba bajo el brazo se moviera hacia delante. Un papel, que estaba entre las hojas, cayó suavemente al suelo.

Yuma lo pisó de forma instintiva mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas. Tenía muchas cosas que explicarle; cosas que debía entender. Pero lo único que pudo decir, al final, fue esto:

- No huyas.

- ¡Suéltame ahora mismo! - gruñó ella, alzando un poco la voz.

Varios clientes se giraron y los miraron con curiosidad. Yuma sintió una punzada de furia y de dolor, pero se obligó a soltarla.

Ella retrocedió lentamente, hasta sentir la puerta del local contra la espalda. Yuma la siguió con la mirada.

Un momento después, la joven abrió la puerta, salió del restaurante y echó a correr a toda prisa, bajo al lluvia de otoño, sin mirar atrás.

Continuará...