Capitulo 3
"Los monstruos no existen. Los monstruos no existen. Los monstruos no existen."
Yui se lo repetía una y otra vez mientras el peso tremendo del hombre lobo la aplastaba contra el suelo de la habitación. Sabía que debía luchar, forcejear, gritar, pero no pudo hacer otra cosa que seguir allí, paralizada.
El pánico se había extendido por sus extremidades como una droga, entumeciéndole el cuerpo y acelerando tanto su corazón que amenazaba con salirse de la caja torácica.
Toda una vida de pesadillas espantosas, llenas de colmillos y garras afiladas, dominó su mente. Como si estuviera atrapada en la tela de una araña.
- Cuanto más te lamo aquí - dijo la bestia, refiriéndose a su cuello - , más delicioso y más intenso es el aroma de tu miedo.
"No, no, no. Esto no puede ser real. Esto no puede ser real. No puede".
Su enorme cabeza se alzó y sus gigantescos y peludos hombros se movieron cuando la criatura descendió hacia su pecho, arañándola levemente con la punta de sus colmillos. Yui sentía el calor intenso de sus garras, que le aferraban las muñecas.
- Te diré una cosa... ¿Qué te parece si nos divertimos un poco y descubrimos hasta dónde soy capaz de aterrorizarte?
Yui se preguntó cómo podría aterrorizarla más si ya estaba muerta de miedo. Había descubierto que era una cobarde y la sensación le quemaba en el estómago como el ácido, pero por mucho que intentaba rebelarse, no era capaz de superar su miedo.
Y él lo sabía.
El hombre lobo sonrió, ladeó la cabeza y la observó detenidamente, olfateando su aroma.
- Eres tan tímida, pequeña... Eso no me sirve. Disfruto mucho más de mis comidas cuando tienen cierto carácter.
La bestia se rió de su propia broma. Ella cerró los ojos con fuerza y derramó unas lágrimas.
Se había equivocado terriblemente. Los monstruos existían; no eran un producto de su imaginación, sino seres reales.
Más de una vez se había preguntado por las cosas extrañas que había visto y oído en la tienda de Haruka, pero en el fondo, nunca había pensado que fueran verdad. Las leyendas estaban por todas partes; en las películas, en los libros, hasta en los periódicos. Su propia madre había creído siempre en las cosas sobrenaturales, en cosas que estaban más allá de la existencia normal. Cuando Yui era una niña, la llevaba a todos los estrenos de películas de vampiros, hombres lobo y brujas.
Más tarde, con el paso de los años, llegó a la conclusión de que la obsesión de su madre con esas cuestiones no era más que una forma de huir de los disgustos de la vida. Sin embargo, Yui había sido una niña tan miedosa que empezó a tener pesadillas. Haru la había ayudado a superarlo, pero había miedos que seguían en el fondo de su mente.
Ahora, mucho tiempo después, resultaba que su madre había estado en lo cierto al advertirle que sus pesadillas tenían un fondo de verdad.
Su madre no era una loca, pero Yui no le había creído nunca. Y cuando por fin le creía, ya era demasiado tarde. Estaba a punto de morir.
Yuma volvió a mirar el papel y a leer el nombre escrito.
Yui Komori
Pasó el pulgar por encima de las letras, se lo guardó en el bolsillo de la camisa de franela y pronunció sus sílabas una por una.
Yui. Un nombre poco habitual para una mujer poco habitual. Una mujer que podía volver loco a un hombre. Una mujer que podía destruirlo.
Pensó que lo más inteligente que podía hacer era marcharse de allí y olvidarla. Pero no debía de ser muy inteligente, porque no tenía intención de marcharse. O tal vez, no estaba pensando con la cabeza sino con otra cosa.
Se recostó en el asiento del todoterreno, con un cigarrillo entre el pulgar y el índice del brazo que tenía apoyado en la ventanilla. Cuando Yui salió del restaurante, le pidió a Shu que fuera a buscar el vehículo. Entretanto, él siguió a Yui a pie; primero hasta la tienda donde trabajaba y, poco después, hasta su domicilio. Una vez allí, llamó a su amigo por teléfono y le dijo donde estaba.
En ese momento, Shu y él estaban vigilando un edificio de estilo victoriano, una mansión que sus dueños habían dividido en pisos.
Yuma todavía no entendía por qué se había comportado de una forma tan extraña en el restaurante. La emoción, el deseo y la necesidad de poner a salvo a Yui lo habían cegado por completo. Sabía que Ritcher iría tras ella si tenía ocasión, y estaba tan inquieto que se había comportado como un idiota. Lógicamente, Yui se había asustado y se había ido.
Pero eso no explicaba que siguieran allí. Si el bienestar de Yui era lo único que le preocupaba, podría haber llamado a Ayato y Subaru, dos de sus compañeros, para que la protegieran. Y al final los había llamado, pero para que vigilaran la tienda.
Golpeó el volante, nervioso, y se preguntó qué diablos le estaba pasando. La vida le había gastado una broma pesada. Cualquiera que lo conociera bien sabía que lo último que deseaba era una compañera. Y mucho menos, una compañera pequeña, frágil y humana.
Una vez más, se dijo que sería mejor que arrancara y se marchara de allí. Pero no podía. Todo lo sucedido durante los siete años anteriores, todas las lecciones que había aprendido e incluso todas las promesas que se había hecho a sí mismo de no acabar como Azusa. se habían esfumado en unos pocos minutos.
Se maldijo de nuevo, echó una calada larga al cigarrillo y contempló el rayo que en ese momento iluminó el cielo.
A su lado, Shu se cruzó de brazos y bostezó.
- ¿Qué tal si comemos algo? - preguntó - No hemos comido nada y me estoy muriendo de hambre.
Yuma miró el edificio de apartamentos. Por culpa de los truenos, no alcanzaba a oír nada del interior. Y si empezaba a llover con más fuerza, tampoco podría seguir el olor de Yui.
- Ve a buscar algo de comer. - murmuró - Seguro hay algún bar a poca distancia.
- No pretenderás que coma una hamburguesa o algo por el estilo. ¿Sabes cuánta grasa tienen esas cosas?
- Quemamos tantas calorías que la grasa no te debería preocupar - observó.
- ¿Y mis arterias, qué? - dijo el vampiro de ojos azules - Pero ahora que lo pienso, ¿qué pasa con Ritcher? Se supone que deberíamos estar siguiendo a ese sádico.
Yuma no necesitaba que se lo recordaran. Seguían a Antonhy Ritcher desde cuatro semanas antes, cuando encontraron el cadáver descuartizado de una joven prostituta. Se suponía que debían encontrarlo y darle muerte.
Era una carrera contrarreloj. Debían eliminar la amenaza antes de que tuviera ocasión de elegir otra víctima. Además, Yuma sabía que Ritcher aprovecharía cualquier punto débil y lo usaría contra sus perseguidores. Los de su clase eran así. Si los había estado observando y había visto su reacción al encontrarse con Yui, actuaría contra ella.
Yuma no lo podía permitir. Por eso había llamado a Ayato y Subaru. Ellos vigilarían el establecimiento de la amiga de Yui mientras Shu y él vigilaban la casa.
- Eres consiente de que la has puesto en un grave peligro, ¿Verdad? - dijo Shu.
- Si la toca, morirá - gruñó Yuma. - Lo sabe de sobra.
- No tiene nada que perder, Yuma-kun. Ya está condenado a muerte. Puede morir esta noche o dentro de unas semanas. Pero Ritcher sabe que al final lo encontraremos y lo mataremos. - comentó. - Además, te odia tanto que es capaz de atacarte donde más te duele sólo para hacerte sufrir.
- Si quiere llegar a ella, tendrá que pasar por encima de nosotros.
Shu soltó una carcajada.
- ¿Ahora somos héroes medievales, dispuestos a enfrentarnos a dragones y a arriesgar nuestras vidas por ayudar a una dama en peligro? Por todos los diablos, Yuma... si es así, espero que nos santifiquen, nos nombren caballeros o nos premien con lo que sea de rigor en estos casos. - ironizó el joven de ojos azules.
Yuma pensó que él no era un héroe, ni mucho menos un santo.
Suspiró con pesadez, hundió los hombros y lanzó una mirada cauta al cielo, esperando el rayo siguiente.
El ambiente estaba cargado de electricidad. Otro trueno sonó en la distancia, rompiendo el silencio opresivo de la tarde y anunciando la llegada inminente de la tormenta.
Las sombras del dormitorio de Yui se volvieron más oscuras, llenando cada rincón, cubriendo sus cuerpos con un color gris desolado mientras el hombre lobo hacía todo lo posible por asustarla más.
- Llevaba mucho tiempo esperando este día, Caperucita.
La bestia acercó la cabeza y le acarició la nariz con la punta de su hocico brillante de humedad. Sus ojos rojos y vacíos la miraron a sólo unos milímetros de distancia, tan cerca que Yui pudo ver todos y cada uno de los pelos de sus pestañas.
Su visión era terrorífica. Una mezcla de cuerpo de hombre y de lobo, cubierto de pelo oscuro y con unos músculos enormes. Su pecho era tremendamente grande y sus miembros, largos, poderosos y terminados en garras. En cuanto a su cabeza, no tenía ni asomo de humanidad: era la cabeza de un lobo, con las fauces y los colmillos de un lobo.
La bestia frotó las caderas contra el vientre de Yui.
- Ahora que estamos aquí, no sé por dónde empezar - continuó, sarcástico. - ¿Te degüello? ¿O me doy un festín con este cuerpo tan delicado que tienes? Podría penetrarte y destrozarte por dentro, de tal manera que sigas viva y sangrando hasta que acabe contigo.
Dejó de hablar durante unos segundos y la miró como si estuviera imaginando la escena. Después, añadió:
- Supongo que sería muy divertido; tendría una buena historia que contar... - sonrió, dejando caer un reguero de saliva de sus fauces. - Y no creo que a Yuma le guste compartir sus juguetes.
Yui no pudo creer lo que oía. Yuma. El joven del restaurante.
Sin embargo, Yui tardó poco en atar cabos. El amigo de Yuma había insinuado que ella estaba en peligro.
Su suerte con los hombres no podía ser peor de lo que era.
De repente, sintió una furia incontenible. La bestia le lamió asquerosamente la cara y apretó el hocico contra su oreja.
- Si, creo que disfrutaré contándoselo al Mukami. Casi tanto como voy a disfrutar contigo, torturándote hasta que pidas clemencia.
Yui se sorprendió a si misma con un comentario irónico.
- ¿Tu madre no te dijo que con la comida no se juega?
El hombre lobo la miró a los ojos y sonrió.
- Vaya, vaya... así que al final resulta que tienes carácter. Me alegro.
Yui se preguntó qué podía hacer. Pero antes de que tuviera ocasión de encontrar una respuesta, él le echó el aliento en la cara.
- Para satisfacer tu curiosidad, te diré que mi querida madre era una bruja que traicionó a mi padre y murió en la cama de un vampiro. Los muy idiotas ni siquiera lo vieron llegar... - declaró la bestia, sonriendo. - Mi padre me dijo que ella todavía estaba gritando, en medio del clímax, cuando él le rebanó la garganta.
- Dios mío...
Yui supo que jamas olvidaría aquella escena. Si lograba sobrevivir al hombre lobo, formaría parte de sus pesadillas hasta el fin de sus días.
- Se llevó un recuerdo de ella. - continuó el lobo. - Y estoy pensando que yo debería hacer lo mismo. Matar a la mujer de Yuma es un placer que querré recordar. Pero, ¿Qué debería elegir? - murmuró, mirándola con intensidad. - ¿Un mechón de tu cabello? ¿Un dedo, quizá? Eso sería divertido... se lo podría restregar a nuestro amigo Mukami por la cara. Y le dolería mucho, porque te desea con toda su alma. Moriría sabiendo que donde él fracasó, yo tuve éxito.
La bestia bajó la cabeza hasta su pecho y sacó una lengua larga y rosada con la que le lamió un pezón, por encima de la ropa.
Yui se estremeció, hizo un gesto de asco y sintió una furia muy extraña que crecía en lo más profundo de su ser. Después, oyó un aullido terrible, ensordecedor, y cayó en la cuenta de que el sonido no procedía de la gargante del hombre lobo, sino de la suya.
- ¡Suéltame! - rugió.
Notó que sus músculos se tensaban. Estaba a punto de estallar.
La bestia le enseñó los colmillos y entrecerró sus ojos rojos, crueles y vacíos.
- Creo que nos lo deberíamos tomar con calma... - murmuró, satisfecho.
Le acarició la cara con una garra, observó detenidamente sus rasgos y dijo:
- Pensemos un momento. Hasta es posible que el Mukami esté fuera, esperándonos; se cree muy listo, pero yo he llegado antes que él y ni siquiera lo sabe. Podría poseerte... y dejar tus restos para que los encuentre más tarde. Una idea magnífica, ¿No crees?
- Eres... ¡Repugnante!
Yui le escupió en la cara.
El hombre lobo solo rió.
- Y tú estás muertas de miedo. - afirmó - No sé si lo has entendido antes, pero el miedo me alimenta, cariño. Cuanto más asustada estés, más satisfactoria será mi recompensa.
- ¿Tu... recompensa?
- Yuma me quitó algo hace mucho tiempo y he estado esperando el momento de devolverle el favor - respondió. - Como ahora está aquí, tengo intención de disfrutar cada segundo.
La bestia le soltó las manos y se echó hacia atrás bruscamente, quedando a horcajadas sobre ella. Ya acercaba las garras a sus vaqueros cuando Yui reaccionó por fin y se dejó llevar por el instinto se supervivencia.
Con más rapidez de la que se habría creído capaz, dobló las rodillas, plantó los pies en el suelo y arqueó las caderas hacia arriba. El hombre lobo pesaba tanto que apenas logró moverlo, pero logró que se inclinara hacia la izquierda. Acto seguido, sin perder el tiempo, repitió el movimiento otra vez y liberó la pierna derecha. Cuando su enemigo perdió el equilibrio, Yui extendió un brazo y palpó el suelo en busca del abrecartas que se le había caído.
En cuanto sus dedos tocaron el instrumento de plata, lo agarró firmemente por la empuñadura, se giró y hundió la hoja en el duro cuello de la bestia. Él soltó un rugido inhumano y ella retorció en abrecartas para ahondar la herida.
El hombre lobo cayó sobre Yui, aplastándola contra el suelo. Uno de sus poderosos brazos la golpeó en la cara y sus gafas salieron volando. Él intentó morderla con sus letales mandíbulas; Yui logró apartarse a tiempo, pero no pudo evitar que le estampara la cabeza con la base del tocador.
- ¡Aaaarg! - gritó Yui, apretando sus dientes.
Con la palma de la mano, empujó el abrecartas más adentro y se resistió a la tentación de soltarlo cuando la sangre empezó a brotar a borbotones y le manchó la mano.
El hombre lobo empezó a emitir sonidos guturales, monstruosos y grotescos, como salidos de las profundidades del infierno.
- ¡MUERE DE UNA VEZ! - exclamó ella, aterrada incluso de si misma.
De repente, Yui oyó un estruendo y gritos procedentes del exterior. La bestia también debió de oírlos, porque giró la cabeza y soltó un aullido tan fuerte que la puerta y las ventanas temblaron.
Unos segundos después, apareció un ser alto y extrañamente familiar que agarró al hombre lobo y se lo quitó de encima. Yui aprovechó la ocasión para tomar aire; los pulmones le dolían por falta de oxígeno.
Intentó ver lo que sucedía, pero la cabeza le dolía tanto y todo pasó tan deprisa que le costó mucho. Se apartó, se colocó en posición fetal y miró a su alrededor. Habían dos nuevos seres parecidos a ráfagas negras que luchaban contra el lobo. Gruñían, aullaban y soltaban dentelladas y maldiciones mientras luchaban y destrozaban los muebles. Yui se quedó perpleja cuando vio lo que parecía ser un brazo de hombre normal y corriente, pero sus uñas afiladas como garras. Luego se oyó un chasquido intenso, como de un hueso al romperse. Fue tan estremecedor que se le revolvió el estómago.
Entonces, la ventana saltó por los aires.
- ¡Huye! ¡Corre tanto como puedas! - gritó de nuevo esa voz conocida. - ¡Pero te encontraré y te mataré!
Yui parpadeó, intentando apartar las gotas de sudor que le caían sobre los ojos. Por primera vez, pudo ver el rostro del ser que le había salvado la vida, el ser que ahora estaba arrodillado junto a ella y que le tomaba el pulso, para asegurarse de que se encontraba bien.
- Eres tú... - dijo, asombrada.
- Tranquila. Descansa un poco.
Él la miró. En su expresión quedaban restos de ferocidad, de ira, de un instinto depredador y salvaje que estaba en todas las líneas de su cuerpo y hasta en sus ojos, que a Yui le parecieron diferentes. Ahora parecían más rojos que marrones. Y tenían una intensidad primitiva que la hizo sentirse incómodamente sensible.
Cuando se quiso dar cuanta, Yui estaba abrazada al pecho más grande que había sentido nunca.
El calor de aquellos músculos, sólidos y bien definidos bajo una camiseta empapada de sudor, le resultó tan placentero que estuvo a punto de gemir: pero se contuvo y permaneció en silencio.
Enseguida, oyó la voz del compañero de su salvador.
- He echado un vistazo a la manzana, pero no hay un alma. Parece que nadie se ha enterado, de modo que la policía no nos molestará... - Dijo. - He vuelto a poner la puerta en su sitio. Se caería con una simple ráfaga de viento, pero engañará a cualquiera que pase por la calle hasta que la saquemos de aquí.
Unos dedos fuertes e increíblemente capaces apartaron el pelo de la cara de Yui.
- Tendrá que servir de momento. - Dijo Yuma.
- ¿Cómo se encuentra? - preguntó su amigo de ojos azules.
Yuma le acarició la frente y las mejillas.
- Bastante asustada, pero Ritcher no la ha mordido. Supongo que el muy canalla estuvo aquí todo el tiempo, esperando a que volviera de la tienda. ¿Cómo es posible que la haya encontrado tan deprisa?
- Oh, vamos, ya sabes que tiene muchos contactos. Además, si ella frecuenta el restaurante donde la conocimos, sólo ha tenido que entrar y sacarle el nombre y su apellido a cualquiera. - declaró Shu. - Seguro que ha encontrado su dirección en Internet. Apenas habrá tardado unos minutos.
Yuma gruñó mientras pasaba las manos por el cuerpo de Yui. No parecía muy convencido de que se encontrara realmente bien.
Yui intentó no estremecerse, pero fracasó. Yuma olía maravillosamente. Era un aroma intenso, perverso, exquisito, un aroma pecaminoso que llenaba sus sentidos y que casi podría sentir en la punta de la lengua.
Sabía que todo aquello era muy extraño, pero borró la preocupación de su mente porque le encantaba estar entre sus brazos. Si pensaba demasiado, tendría que apartarse. Y no quería.
- De todas formas, da igual cómo la haya conseguido. - Continuó Shu, que puso los brazos en jarras - Ahora tenemos un problema mucho mayor, Yuma... Afuera es de día. Ritcher ha cambiado de forma sin necesidad de la noche. ¿Sabes lo que eso significa?
- Significa que esto no va a ser pan comido. - gruñó bajo el castaño.
Yuma seguía comprobando el estado físico de Yui. Le pasó una mano dura y caliente por el costado y le palpó las costillas, acercándose maravillosamente a uno de sus senos. Si no hubiera estado tan aturdida, se habría movido un poco, le habría agarrado la mano y la habría puesto justo donde lo deseaba.
- Si, entre otras cosas. - comentó el rubio. - Pero sobre todo, significa que aquí está pasando algo más grave de lo que habíamos imaginado. Aunque Ritcher sea un hombre lobo de pura raza, es imposible que un tipo de su edad haya aprendido a transformarse a la luz del sol. Además, ¿Cómo es posible que no detectáramos su olor en la calle? Estaba delante de nuestras narices, pero si ella no hubiera gritado, no nos habríamos dado cuenta. Demonios, Yuma, todos los vampiros podrían darse cuenta de que estaría aquí. Pero su olor...
- No sé lo que pasa con su olor. Puedo notarlo aquí dentro, en la casa, pero es mucho más leve de lo que debería y está mezclado con algo más intenso que me quema la nariz. - dijo Yuma. - Pero no me preocupa lo poderoso que sea ni que pueda transformarse en cualquier momento. Cuando le ponga las manos encima, pagará el precio de haberla tocado.
Shu permaneció un momento en silencio. Después, miró a Yui y preguntó:
- ¿No le vas a explicar lo que somos?
En cuanto oyó la frase, Yui tuvo una revelación. De repente todas las cosas tenían sentido. Acababa de encontrar la pieza del rompecabezas que siempre le había faltado.
Antes de que Yuma pudiera contestar la pregunta, Yui se apartó de él con movimientos lentos y carentes de coordinación. Volvía a estar dominada por el miedo.
- Ya sé lo que son. - dijo.
Sus palabras sonaron lejanas, extremadamente débiles, en poco más de un susurro.
Yuma la miró con calma. Ella retrocedió, apoyándose en las manos y en las rodillas, hasta que chocó contra la pared.
- ¿Lo sabes? - preguntó él.
Yuma se levantó con la elegancia y la rapidez de un depredador.
- ¿Cómo me encontraron? - preguntó ella, con la voz ronca y hueca por el pánico. - ¿Qué están haciendo aquí?
Al notar el miedo en su voz, la expresión de Yuma cambió y se volvió menos intensa, como si una cortina se hubiera cerrado sobre él.
- Dudo que me creas. - contestó. - Pero te he seguido para mantenerte fuera de peligro. Estaba fuera, vigilando el edificio, cuando oímos que gritabas.
- He visto... unas afiladas... como garras... - murmuró ella.
Yui apartó la vista a Yuma y echó un vistazo a su dormitorio, completamente destrozado. Ya no era el lugar agradable y cómodo que había sido, sino una especie de matadero lleno de sangre. La ventana por donde había escapado la bestia estaba rota. Incluso la puerta se había salido de sus goznes.
- ¡Son hombres lobo! ¡Como él! - los acusó.
Shu hizo un ruido extraño, como la alarma de un programa de televisión cuando te equivocas de respuesta. Yui lo miró, con el ceño fruncido y a la defensiva.
- No somos hombres lobo, somos vampiros. - dijo el rubio de ojos azules, mirándola impasible. - Pero si hablas de que somos monstruos... si, si lo somos.
Yuma inclinó la cabeza un poco y la observó.
- Somos vampiros... pero no somos monstruos como él.
- Entonces, es verdad que he visto esas garras... tus garras... - dijo ella. - Cuando estabas luchando con ese monstruo, se llame como se llame.
- Ritcher. Se llama Anthony Ritcher. Y en cuanto a las garras que has visto, podrían ser las mías o las de Shu.
Yuma se encogió de hombros con toda naturalidad, como si estuvieran hablando de algo tan trivial como el tiempo.
- De día, los vampiros y hombres lobo no se pueden transformar por completo. - Continuó él. - De hecho, a Ritcher le debería pasar lo mismo que a nosotros.
- Comprendo. De modo que de día sólo se pueden transformar a medias... Cuánto me alegro. - ironizó ella. - Ya me siento mucho más tranquila.
Yuma entrecerró los ojos y la miró fijamente para ponerla en su sitio.
- No pretendo que te sientas mejor. - afirmó. - Sólo intento que sigas con vida.
Yui soltó un gemido de incredulidad.
- ¿Y esperas que te crea?
- Me creerías si te tranquilizaras un momento y prestaras atención a lo que te dice tu instinto. Yo no soy el malo de esta historia. Soy el único que te puede mantener a salvo.
- ¿Mantenerme a salvo? ¿Cómo? ¿Dándome un susto de muerte? - preguntó, con voz temblorosa. - No, no te creo.
Yuma suspiró.
- Ni quería asustarte antes, cuando nos conocimos, ni quiero asustarte ahora. Sólo quiero que estés bien, Yui.
Ella se sobresaltó.
- ¿Cómo es posible que conozcas mi nombre?
Él se metió una mano en el bolsillo de la camisa y sacó un papel, sosteniéndolo con el pulgar y el corazón. Era un resguardo de Yui, el que llevaba en el libro como marca páginas.
Yui lo miró y clavó sus ojos en Yuma.
- Se te cayó en el restaurante. - explicó él.
- Se me cayó... - repitió ella.
Yuma observó en silencio durante unos segundos y dijo:
- Tú también lo sentiste, ¿verdad?
Yui sacudió la cabeza, pero no pudo engañarse hasta el punto de creer que entre elos no había una especie de conexión. Su instinto se lo estaba diciendo a gritos. Y ella se negaba a escuchar.
- Maldita sea, Yui, no nos hagas esto. - declaró Yuma con furia súbita. - Sé lo que sientes. No mientas.
- Te equivocas... - murmuró ella débilmente, incapaz de pensar con claridad. - Mira... lo siento mucho, en serio. Lo lamento de verdad, pero... no puedo seguir con esto. Sencillamente, no puedo.
Él bajó la cabeza y clavó la vista en el suelo, pensativo. Segundos después, cuando su voz volvió a sonar, lo hizo con dulzura.
- Todo el mundo tiene miedo de los vampiros y licántropos, cariño. Al principio.
- No, tú no lo entiendes - se defendió ella, insegura. - No es que tenga miedo, es que estoy aterrorizada. Tengo pesadillas desde niña... todo el tiempo. Yo... no, no puedo...
Yuma dio un paso hacia ella, pero se detuvo al ver que se ponía tensa.
- Es demasiado tarde, Yui. No puedo dejarte sola. Ritcher no se detendrá hasta atraparte.
- Esto es una locura...
- Escúchame, por favor. Aquí hay más de lo que parece... entre nosotros se ha establecido una conexión profunda y demasiado complicada para explicártela ahora. - dijo. - Pero si Ritcher lo sabe, o si simplemente lo sospecha, no cederá hasta acabar contigo.
Yui tuvo que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas.
- ¿Conmigo? ¿Por qué? ¿Por qué yo?
Yuma la volvió a mirar a los ojos. Yui se sintió como si pudiera adivinar sus pensamientos, como si se hubiera introducido en su mente y fuera testigo directo de su caos.
- Porque eres perfecta para llegar a mí. - respondió.
Yui se abrazó a sus rodillas y miró a Yuma y a Shu.
- ¿Y qué quiere de ti? ¿Por qué te busca?
Yuma se acuclilló delante de ella.
- Porque soy lo que soy y tengo el trabajo que tengo. - explicó. - Me dedico a cazar y a matar licántropos como Ritcher, hombres lobo descontrolados. Eso es lo que hacemos. Somos Cazadores. Shu es mi compañero.
- ¿Qué quieres decir con eso de hombres lobo descontrolados?
Como Yuma tardó en responder, Yui se giró hacia Shu. Pero el rubio la miró con dureza. Era evidente que no tenía intención de entrar en detalles.
- ¡Maldita sea! ¡Ustedes me metieron en este lío! - protestó. - Merezco una explicación. Quiero saber lo que está pasando.
- Los descontrolados son licántropos que se han dejado llevar. - dijo Yuma, al fin.
- ¿Licántropos que se han dejado llevar? No lo entiendo...
- Hombres lobo que se dejan dominar por sus instintos depredadores y cazan humanos para alimentarse. Cuando empiezan, ya no se pueden detener... la sensación de matar y devorar es muy adictiva, los vampiros también la sufren. No tienen miedo ni conciencia. Y como Ritcher se ha fijado en ti, te seguirá a cualquier parte.
- Dios mío...
- Por eso tenemos que sacarte de aquí, Yui. Debemos llevarte a un lugar seguro y asegurarnos de que no te encuentre sola la próxima vez que ataque. - Sentenció.
Yui sacudió la cabeza.
- ¿A un lugar seguro? ¡Será una broma...!
Yuma se levantó, se pasó una mano por el pelo y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
- ¿Te parece que estoy bromeando?
Yui se fijó en él. Parecía tan humano, no aparentaba ser un vampiro... o lo que sea que sea en ese momento.
- No, pero tampoco pareces un...
- ¿Un monstruo? - preguntó, arqueando una ceja.
Yui notó un brillo de dolor en su mirada. Shu se apoyó en el marcó de la puerta y murmuró algo poco halagador. Ella se sintió tan avergonzada que se ruborizó al instante.
- No, eso no es lo que iba a decir. - mintió. - No pongas palabras que no he dicho en mi boca.
- ¿Por qué no? - preguntó Yuma, dedicándole una mirada intensa. - Tch, tus pensamientos son tan obvios que los llevas escritos en la cara, Yui. Nunca había conocido a nadie tan fácil de interpretar.
- ¿Y tú que sabes? - lo desafió. - No sabes nada de mí.
Yuma resopló.
- Ni tú de mí, querida. Pero eso no impide que estés llena de prejuicios.
Yui estaba demasiado asustada para pensar con claridad. Y sin embargo, había algo muy reconfortante en aquel gigante altanero.
Una vez más, tuvo la extraña sensación de que estaban hechos el uno para el otro, pero se resistió a ella.
Aquello era completamente ridículo.
- Yo... creo que voy a vomitar...
Se levantó a duras penas, se llevó las manos al estómago y corrió hacia el cuarto de baño. Por el rabillo del ojo, vio que Yuma hacía ademán de seguirla. Shu lo agarró del brazo y lo detuvo.
- Dale tiempo, Yuma. - dijo el rubio de ojos azules. - Ha tenido una experiencia... difícil.
- Sí, bueno... - gruñó Yuma.
Yui entró en el cuarto de baño, cerró la puerta y echó el cerrojo. Sabía lo que tenía que hacer.
Continuará...
