Capitulo seis
Shu pisó el acelerador a fondo, pero no conseguían alejarse de los gritos guturales, demoníacos. Los salvajes sonidos mantenían la distancia con el todoterreno, siguiéndolo entre los bosques que flanqueaban el camino privado que ascendía por la montaña entre curvas y más curvas.
Yui cayó hacia un lado y se golpeó contra la portezuela cuando Shu tomó una curva a gran velocidad. Yuma maldijo en voz alta, extendió un brazo y la ayudó a incorporarse. Aún intentaba recobrar el equilibrio cuando Shu frenó en seco, de un modo tan brusco que el cinturón de seguridad se le clavó a Yui en el hombro y la dejó sin aliento.
— ¡Hay un tronco en el camino! —murmuró.
Shu dio un golpe al volante, miró hacia atrás y anadió:
— Y han puesto otro por detrás, a varios metros de aquí. Me temo que tendremos que luchar si queremos salir con vida.
— Sí, eso parece —dijo Yuma.
En el bosque sonó otro aullido. Demasiado cerca para que Yui se tranquilizara.
De repente, Yuma la atrajo hacia sí y le dio un beso en la boca.
— Quiero que te tumbes en el suelo, Yui. Y por favor, oigas lo que oigas, no salgas del todoterreno.
El contacto en sus labios la había dejado anonada, pero sacó fuerzas de flaqueza y consiguió preguntar:
— ¿Qué...? ¿Qué son esas cosas de fuera?
Yui ni siquiera supo por qué lo preguntó. Conocía la respuesta.
Sin embargo, la parte menos racional de su mente tenía la remota esperanza de que los aullidos no fueran de hombres lobo, sino de bestias relativamente débiles y pequeñas, de monstruos de los que se pudieran librar con cierta facilidad.
Incluso en ese momento, después de todo lo que había pasado, se negaba a aceptar que estuvieran rodeados por una manada de hombres lobo asesinos, sacados de la peor de sus pesadillas.
Yuma le apartó un mechón de la cara y suspiró lentamente.
— Descuida, no es nada que Shu y yo no podamos solventar. Te lo prometo, Yui. Te acabo de encontrar y no voy a permitir que te hagan daño.
Ella intentó sonreír, pero no lo consiguió.
— ¿Qué puedo hacer?
Los ojos oscuros de Yuma escudriñaron los alrededores.
— Exactamente lo que te he dicho. Túmbate y no hagas ruido.
— ¿No puedes llamar a nadie para que nos venga a ayudar?
— No hay tiempo para eso.
— ¿Podrías darme una pistola?
— Nunca llevo pistola cuando voy a una ciudad. Además, no te serviría de nada —respondió mirándola con detenimiento—. Las balas nos pueden retrasar un poco, pero no nos matan. Sangramos, desde luego, y ellos también, pero nuestras heridas y las de ellos se curan solas. La única forma de acabar con un hombre lobo es romperle la columna vertebral o arrancarle la cabeza... igual en el caso de los vampiros. Si alguna vez te quieres librar de mí... ya sabes lo que tienes que hacer.
Ella soltó una carcajada.
— Lo recordaré...
— No lo dudo.
— ¿Yuma-kun?
— ¿Sí?
— ¿Es tarde para volver?
— ¿A casa? —preguntó él, frunciendo el ceño.
Yui sacudió la cabeza e intentó mantener la calma. Estaba muerta de miedo, dominada por el pánico; pero curiosamente, no tenía miedo por ella sino por él, por el hombre que estaba a punto de abandonar la seguridad del todoterreno para arriesgar su vida en el combate con unos monstruos.
Seguía sin entender la relación que se había establecido entre ellos y la mezcla de terror y deseo que Yuma le provocaba, pero sabía, sin la menor sombra de duda, que no quería perderlo.
— No, de vuelta al principio —dijo con voz trémula—. Antes de todo esto.
Él gruñó.
— Nos habríamos conocido más tarde o más temprano, Yui. La naturaleza nos habría unido de todas formas, por mucho que intentáramos evitarlo.
Ella apretó los dedos sobre los músculos duros de su brazo.
— No es nuestro encuentro lo que me preocupa. Es la idea de que te pase algo... de que salgas de aquí y no regreses —le confesó.
— No me vas a perder. Pero si quieres que sigamos con vida, tengo que salir —dijo él—. Más tarde, te demostraré que en todo este asunto hay cosas buenas, que mi presencia en tu vida no va a ser únicamente una fuente de sangre y dolor.
Ella asintió.
Él le puso una mano debajo de la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos.
— Recuérdalo. Quédate en el suelo del todoterreno, fuera de la vista. ¿Lo has comprendido?
— Sí, sí, es que...
— ¿Lo has comprendido? —insistió.
— Sí, pero no tardes demasiado.
Él sonrió, salió del vehículo y cerró la puerta con fuerza. Yui sintió un escalofrío, y el escalofrío se convirtió poco a poco en un frío intenso, interior, que le hizo rechinar los dientes.
El bosque se había quedado en un silencio sepulcral, pero Yui sabía que los monstruos seguían allí, agazapados como víboras en la espesura, esperando su oportunidad.
Al otro lado de las oscuras ventanillas, distinguía los tonos rojos, morados y naranjas del cielo. Le pareció asombroso que en un momento tan terrible pudiera haber tanta belleza, que una semana que había empezado de forma tan rutinaria y normal terminara por ofrecerle las horas más increíbles de su vida.
No entendía nada. No tenía las respuestas. Pero ardía en deseos de descubrir la verdad y de comprender su significado.
Si salían con vida de aquella situación, intentaría superar sus temores y averiguaría qué esperaba Yuma Mukami, realmente, de ella.
Yuma se obligó a mantener la calma y miró al interior del todoterreno para asegurarse de que Yui seguía sus instrucciones. Después, Shu y él repitieron la rutina de siempre: estiraron los brazos, colocándolos a los lados del cuerpo, para permitir que sus manos se transformaran en garras. Los huesos crujieron y adoptaron su nueva posición al alargarse. La piel se estiró y adeptó la forma de la estructura nueva.
Unas uñas largas y afiladas surgieron por la punta de sus dedos con un sonido rápido y sibilante.
Estaba preparado. Preparado para matar. Preparado para proteger lo que era suyo.
Sabía que debía mantener la sangre fría, pero tenía miedo por Yui y estaba más alterado de lo normal. Hasta entonces, siempre había actuado según las normas, aplicando la formación recibida y dejándose llevar por el instinto. Las emociones no formaban parte del juego. Las emociones, de hecho, no formaban parte de su vida. Pero ahora estaba furioso.
Si no se calmaba, las cosas podían terminar mal.
Pero un segundo después, al oír que unas ramas se movían a su izquierda, supo que le estaban ofreciendo la vía de escape perfecta para su ira.
— Vamos, cerdos —murmuró—. Acabemos con esto de una vez.
Su boca se curvó con una sonrisa de anticipación cuando el primer enemigo surgió entre los árboles y se abalanzó sobre él. El cuerpo de Yuma se relajó un poco y su instinto se agudizó. Sólo tuvo que soltar el primer zarpazo para saber que los licántropos de Richter no habían recibido la formación adecuada. Además, eran muy jóvenes.
Aquella falta de experiencia y de formación los convertía en presas fáciles. Hasta con su forma humana, los Cazadores poseían una fuerza sobrenatural y estaban bien entrenados en las artes del combate. En esas circunstancias, ni un hombre lobo completamente transformado, con toda su altura y su masa muscular, tenía la menor oportunidad contra ellos.
Se libró del primer hombre lobo con suma facilidad. Le dio una patada en la entrepierna y, cuando cayó de rodillas al suelo, le agarró la cabeza, la giró con un movimiento sexo y se la arrancó del cuajo.
Antes de que el cadáver se derrumbara, le atacó un segundo por la derecha. La criatura se lanzó a su garganta y Yuma le dio una patada que le destrozó los genitales. Tal vez fuera juego sucio, pero también lo era que los licántropos atacaran con plena forma de lobo cuando aún no se había puesto el sol. Por lo visto, Richter no era el único que se podía transformar enteramente de día. Un hecho de lo más preocupante.
— Estos idiotas me están empezando a molestar —gruñó Shu desde el otro lado del todoterreno.
Sus atacantes los superaban claramente en número. En otro momento, Yuma lo habría encontrado excitante porque le encantaban los desafíos; pero aquel día no podía correr riesgos innecesarios: en el interior del todoterreno había una humana.
Se giró hacia los árboles, esperando el ataque siguiente, cuando distinguió una cara familiar. Era Alan Curry, uno de los más viejos amigos norteamericanos y compañeros en el crimen de Richter.
— Vaya por Dios...
Curry era duro. Librarse de él no iba a resultar fácil.
El hombre lobo se arrojó sobre Yuma y lo aplastó contra la portezuela delantera del vehículo. Yuma tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para quitárselo de encima. Después, Curry lo golpeó en el pecho y él le dio una patada que lo derribó, aunque enseguida se puso de pie.
Yuma pasó a la ofensiva, lanzando zarpazos. Curry retrocedió hasta la parte trasera del vehículo, respondiendo del mismo modo. Una de sus garras arañó la portezuela trasera con un chirrido terrible.
— ¡Acabemos con esto, Sakamaki! —rugió Yuma.
La situación no le gustaba nada en absoluto. Con Shu delante, ocupado con sus propios hombres lobo, y él detrás, las puertas del todoterreno habían quedado sin protección.
Curry intentó golpearlo y él contestó con otra patada.
— ¿Qué demonios estás haciendo? ¿Jugando al parchís?
Shu apareció a su lado.
— Acabo de terminar con el último de los míos, aunque dos de ellos se han dado a la fuga —explicó—. Pero qué veo aquí... si es el recadero de Ritcher... carambia, Alan, debería haber imaginado que ese hedor era tuyo. ¿Qué haces? ¿Te bañas en vinagre para disimular la peste?
El hombre lobo, de color rojizo, gruñó en repuesta. Yuma avanzó lentamente hacia él; sabían que Alan Curry se pasaría al lado oscuro más tarde o más temprano, y por fin lo había hecho.
— ¿Has acabado con Ritcher? —preguntó a Shu.
— ¿Con Ritcher? Ni siquiera lo he visto —contestó.
En ese momento, otro hombre lobo saltó desde el bosque y estampó a Shu contra el vehículo. Al mismo tiempo, Curry cargó contra Yuma y lo tiró al suelo. Yuma miró a su compañero y vio que ya no tenía un enemigo, sino dos; otro hombre lobo, de pelo dorado, se había sumado al ataque.
Lleno de furia, empujó a Curry con todas sus fuerzas y el hombre lobo salió volando. Al cabo de un par de segundos, se oyó un ruido procedente del interior del todoterreno. Curry, que ya se había levantado, olfateó el aire y dijo, con una sonrisa sádica:
— ¿Escondes a esa zorra en el coche, Mukami? Ritcher me ha dicho que, si le encuentro, es toda mía... y lo voy a disfrutar con ella. Hasta el último bocado.
— Vamos, Curry, déjate de estupideces y ataca de una vez. Hace años que deseo arrancarte la cabeza.
El hombre lobo lo atacó con tanta energía que volvió a derribarlo. Yuma se maldijo a sí mismo por haberle permitido un golpe tan fácil. Pero ya no tenía tiempo. Si quería echar una mano a Shu, tenía que eliminar inmediatamente a Alan Curry.
En ese preciso instante, el motor del todoterreno rugió y el vehículo dio marcha atrás. Las ruedas giraron con violencia sobre la arena del camino. El impacto fue tan violento que Curry salió disparado y cayó con un golpe sexo a varios metros de distancia.
— ¿Qué demonios...?
Yuma no podía creer que Yui lo hubiera desobedecido. De haber podido, le habría sacado del vehículo y le habría dicho unas cuantas cosas. Pero antes, tenía que acabar con Curry. Aunque los enemigos de Shu eran lo primero: lo habían acorralado y su camisa ya estaba empapada en sangre.
Se puso en pie y se lanzó sobre uno de ellos, al que destrozó la columna vertebral. Yuma aprovechó la ocasión para librarse del hombre lobo de color dorado, al que arrojó contra un árbol. Entonces, oyeron un ruido de metal. Cuando giraron hacia el todoterreno, vieron que un hombre lobo de color gris se había encaramado al techo y estaba destrozando el parabrisas.
— Yui...
El parabrisas saltó en pedazos en el mismo instante en que Yui abría la portezuela y salía al exterior, tropezando con uno de los cadáveres. Yuma corrió hacia ella, pero Shu estaba más cerca.
Ya estabas a pocos metros de alcanzarla cuando Curry apareció por detrás y atacó a Yuma. Entre tanto, el hombre lobo gris saltó sobre Shu.
— ¡Yui! —bramó Yuma—. ¡Vuelve al maldito todoterreno!
Yui no hizo caso alguno. Miró al hombre lobo que estaba sobre Shu, alcanzó una rama gruesa, se acercó a él y lo golpeó en la cabeza con la fuerza de un bateador. Yuma no podía creer lo que estaba viendo.
Se quitó de encima a Curry y soltó un aullido de furia al ver que el hombre lobo gris dejaba a Shu, al que había herido, y avanzaba hacia Yui, que gritó de terror.
— ¡No!
Sin perder tiempo, Yuma soltó un zarpazo al cuello de Curry, cuya cabeza cayó hacia un lado, Ya corría hacia Yui cuando el hombre lobo dorado se acercó al gris e hizo algo completamente inesperado para todos: lo agarró de un brazo y se arrojó con él por un terraplén. La pendiente era tan grande que el salvador de Yui se dio un golpe y quedó inconsciente.
— ¿Qué diablos estabas haciendo? — preguntó Yuma.
— Intentaba ayudar — dijo Yui, aterrorizada.
Yuma estaba furioso, pero se contuvo. Se suponía que debía protegerla, no asustarla. Aunque por otra parte, Yui tenía que aprender a obedecer si quería sobrevivir en aquel mundo de garras y colmillos.
La abrazó un momento, con fuerza, y la puso a un lado al ver que el hombre lobo gris huía.
— ¡Vuelve al todoterreno y no salgas! —ordenó.
Moviéndose con toda la fuerza y la velocidad obtenidas durante sus años de entrenamiento, Yuma pegó un salto enorme y se plantó a un par de metros del hombre lobo gris.
— Te voy a destrozar, Mukami...
El hombre lobo lo atacó; pero esta vez, Yuma no se anduvo con contemplaciones: lanzó un golpe directo a sus fauces y oyó el chasquido de los huesos que se rompían. El hombre lobo soltó un aullido de terror. Acto seguido, Yuma se acercó y le arrancó la cabeza.
Después caminó hacia Shu, que estaba en el suelo, y se acuclilló a su lado.
— ¿Te encuentras bien?
— Sí, estoy más enfadado que otra cosa —murmuró Shu—. He permitido que ese canalla me mordiera.
— Te debo una, Shu...
— ¿Una? Me dees bastante más que una.
Yuma alzó la cabeza, olfateó el aire y dijo:
— Parece que nuestros amigos se han marchado. Pero será mejor que nos vayamos de aquí enseguida.
Shu se quitó la camisa y la apretó contra su herida, para contener la hemorragia. En el lado derecho tenía un zarpazo profundo.
— Sí, vámonos a casa —dijo—. Me parece que necesito un trago de brebaje secreto de Lagavulin. Creo que me lo he ganado.
Yuma lo miró con detenimiento.
— No debes de estar tan mal como pareces si estás pensando en beberte mi mejor whisky —coménto.
— Oh, vamos, sólo es una herida superficial...
Yuma soltó una carcajada. Shu había pronunciado la frase con un acento típicamente británico, imitando una conocida escena de una de las peliculas de los Monthy Python.
Si su humor era una buena medida de su estado físico, su mejor amigo se recuperaría pronto. Pero con Yui no estaba tan seguro.
Caminó hacia el todoterreno y se preguntó qué podía hacer para animar a su frágil compañera humana.
Yuma sólo había dado un par de pasos cuando ella abrió la portezuela y salió a su encuentro. Yui miró los cadáveres desnudos de los hombres lobo con horror, porque recobraban su forma humana después de muertos.
Corrió hacia ellos y gritó. Yuma abrió los brazos para recibirla, pero se llevó un buen golpe en su orgullo cuando Yui pasó de largo y se arrodilló junto a Shu.
— Oh, Dios mío... ¿Estás bien?
— Estoy perfectamente, preciosa —contestó el rubio, sonriendo.
Yuma alzó los ojos al cielo.
— ¿Seguro?
— Si tiene fuerzas para coquetear contigo, me juego cualquier cosa que se recuperará, Yui —murmuró Yuma.
— ¿Siempre está de mal humor después de una pelea?
Shu la miró con ironía y respondió.
— Creo que está un poco celoso, Yui. Ten paciencia con el titán.
Yui miró a Yuma y se sintió muy aliviada al ver que sus garras habían desaparecido y volvía a tener manos humanas.
— Sí, puede que tengas razón —murmuró—. Y por cierto... gracias por lo que habéis hecho.
Yuma se secó el sudor de la cara y carraspeó.
— ¿Ese canalla te ha hecho algo?
— No, ni un arañazo —respondió Yui—. Ya puedes dejar de preocuparte... no creo que me salgan pelos por todo el cuerpo.
Yuma sonrió a su pesar.
— Eso sólo pasa cuando te muerden, Yui.
— ¿En serio? —preguntó, sorprendida.
— En serio. No todo lo que sale en las películas es cierto, cariño.
— Pues aunque no lo sea, me ha dado un susto de muerte —confesó ella—. Y ahora que lo pienso, es increíble... no pareces tener ni una simple magalladura.
Yuma suspiró.
— Pero mañana me dolerá todo el cuerpo, créeme —dijo.
Shu y ella se levantaron.
— Parece que Ritcher ha reunido un pequeño ejército —afirmó Shu, sin dejar de apretarse la camisa contra la herida—. Supongo que los que nos han atacado sólo eran una partida de reconocimiento.
— ¿Seguro que estás bien? —preguntó Yuma, contemplando la sangre que empapaba a su amigo—. ¿Quieres que llame a los médicos de mi padre?
Yuma sabía perfectamente que la pérdida de sangre no los podía matar; pero podía enfermarlos y dejarlos sin fuerzas.
— No, no... sobreviriré. Venga, subamos al todoterreno y vayámonos de aquí.
En cuando mencionó el todoterreno, Yuma tuvo consciencia plena de lo que había sucedido y se giró para mirar a la mujer que había dado un vuelco a su vida y había estado a punto de causarle un infarto en menos de veinticuatro horas. Si había logrado tanto en tan poco tiempo, cualquiera sabría lo que lograría en una semana o a lo largo de los años que vivieran juntos.
— Si no recuerdo mal, te había dicho que te quedaras dentro.
— Pero no me prohibiste conducir, Yuma —observó ella, mirándolo con aquellos ojos rosados y grandes.
Él tomó aire, súbitamente irritado por la posibilidad de que Yui hubiera resultado herida durante la pelea.
— Ya. Y dime una cosa, Yui, ¿ahora estás dentro o estás fuera del todoterreno?
A pesar de su miedo, que todavía era evidente, Yui se cruzó de brazos y lo miró con cara de pocos amigos.
— Oh, vamos... sólo he salido cuando uno de ellos estaba a punto de entrar. ¿Habrías preferido que me quedara dentro y que dejara que me comiera?
Yuma dio un paso adelante, invadiendo el espacio de Yui, para ponerla en su sitio. Ella se mantuvo en su sitio, orgullosa. Él admitió su valentía, pero seguía enfadado.
— Si te hubieras quedado en el suelo, como te dije, habría llegado a ti antes de que te alcanzaran —afirmó.
Yui soltó un sispiro profundamente femenino y enojado a la vez.
— Podrías dejar de comportarte como un tonto y darme las gracias por haber ayudado. Incluso podrías decir que, de no haber sido por mí, ese monstruo te habría arrancado la cabeza.
Shu tuvo que hacer esfuerzo para no estallar en carcajadas.
— No habría sido yo quien terminara sin cabeza —declaró Yuma, molesto.
— Eso no es lo que me ha parecido a mí. Cuando he mirado hacia atrás, he visto que...
— Bueno, bueno, niños, dejad vuestras diferencias para más tarde —los interrumpió el rubio—. Ahora tenemos que marcharnos, llamar por teléfono para que recojan todos estos cadáveres y llegar a casa.
— Llamaré a Karla —dijo Yuma.
Unos minutos después, cuando terminó de hablar por teléfono, Yuma vio que Yui caminaba en círculos, despacio, mientras contemplaba el panorama con una tranquilidad digna de admiración.
Cuando llegó ante el cuerpo del joven hombre lobo dorado que le había salvado la vida al hur con el gris, se detuvo y lo miró.
— Dios mío, sigue vivo... ¡Todavía respira! —exclamó.
— ¿Qué hacemos con él, Yuma? —preguntó Shu.
— No lo sé, podemos...
— me ha salvado la vida —intervino Yui—. Tenemos que llevárnoslo y asegurarnos de que se recupere.
— Aléjate ahora mismo de él, Yui —bramó Yuma.
Yui lo miró con mal humor.
— Sólo es un niño, Yuma, ha de tener unos quince años.
— Y tambié es un asesino y un monstruo, ¿recuerdas? Dos cosas que odias.
— Yo no odio a nadie. Tener miedo no es lo mismo que odiar —argumentó—. Además, no es un asesino... me ha salvado. Tienes que ayudarlo.
Yuma soltó un gruñido de disgusto.
— ¿Por qué?
— Porque lo digo yo — respondió la rubia de ojos como rosas.
Él arqueó las cejas y la miró con interés, preguntándose cómo era posible que fuera tan contradictoria y fascinante.
— ¿Y si no quiero?
— Entonces, lo ayudaré yo misma.
Yuma entrecerró los ojos y puso los brazos en jarras.
— Lo sabía. Sabía que serías una fuente interminable de problemas. En cuanto te vi en el restaurante, supe que lo complicarías todo.
— ¿Quién? ¿Yo? — preguntó indignada— ¡ERES UN IDIOTA INTEGRAL! Desde que nos conocemos, me han atacado dos veces, han destrozado mi piso y la tienda donde trabajo, han aterrorizado a mis amigos y me he visto sometida a tus espantosos cambios de humor.
Shu rió. Yuma la miró más enfadado que nunca.
— ¡Yo no tengo cambios de humor!
Yui hizo un ruido de desdén.
— ¡Pregúntaselo a cualquiera que te conozca!
— Tiene algo de razón, Yuma-kun —dijo Shu, entre risas.
— Tú cierra la bocaza. ¿O quieres que te deje aquí hasta que te desangres?
— No le hagas caso, Shu-san —dijo Yui— Está de los nervios.
Shu rompió a reír otra vez, pero su risa se transformó en un gemido de dolor.
— Maldita sea, mujer, no me hagas reír tanto...
— ¿Quieren callarse? — rugió Yuma —. Eres condenadamente insolente para tener tanto miedo de mi, Yui.
— Porque estoy tan enfadada contigo que ya no tengo miedo.
Yuma ya iba a replicar cuando sonó su teléfono móvil.
— ¿Diga?
— Hola, Yuma...
La conexión telefonica era bastante mala, pero reconoció su voz al instante. Era Ritcher.
— ¿Tú novia se está divirtiendo con el paseo por las montañas? —preguntó.
— Sí, se está divirtiendo mucho.
Yuma murmuró a Yui y a Shu el nombre de quien llamaba.
— Sólo quería asegurarme de que sepa que se ha metido en un buen lío al acompañarte, Yuma. Además, me encanta ponerte en mi lugar... ¿Cómo te sientes ahora que eres la presa y no el cazador?
— Las presas huyen, Ritcher, y yo no huyo. Si quieres encontrarme, sabes donde estoy. A diferencia de ti, no me escondo como un cobarde.
Ritcher rió.
— Si me enfadas, Yuma, haré algo más que matar a esa rubita la próxima vez que le ponga las manos encima. Le daré ocasión de gozar de los placeres de un hombre de verdad... y luego, cuando todavía sienta el calor del orgasmo, la devoraré.
Yuma apretó el movil con tanta fuerza que estuvo a punro de romperlo.
— Me tem que tu pequeña banda de cretinos se ha visto algo menguada tras nuestro encuentro —le informó—. Veo que últimamente has estado ocultado, Ritcher... ¿Qué pasa? ¿Por qué te ha dado ahora por jugar a ser un líder? ¿Acaso no encuentras a ninguna mujer que te quiera lamer esa cosa minúscula que tienes entre las piernas?
Ritcher lo maldijo en voz alta y añadió:
— Mis seguidores luchan por la verdad, Mukami.
— ¿Por la verdad? ¿Y que verdad es esa? ¿La de un canalla patético que sólo se siente un hombre cuando aterroriza a los débiles? Sí, claro, eres todo un héroe, Ritcher —se burló.
— No sé trata de mí, Mukami. Los míos creen que deben asumir lo que son.
— ¿Monstruos?
— ¡No! ¡Dioses! —puntualizó Ritcher con voz de loco—. Los mensajeros de la muerte, amigo mío.
— ¿Dioses? Sólo somos hombres, pedazo de ignorante. Pero te crees tan listo que la arrogancia se te ha subido a la cabeza.
— Somos bestias —dijo Ritcher, intentando recobrar la calma—. Somos los reyes de la creación y tenemos todo el mundo lleno de comida. Los humanos son débiles, Mukami. ¿Cuanto tiempo crees que podrás detenernos? Al final triunfaremos y no podrás hacer nada por impedirlo.
— Al final, acabarás como el perro que eres —declaró Yuma con tranquilidad absoluta—. Y por si no has entendido bien lo que eso significa, te lo diré bien clarito: Voy a por ti, Ritcher. Ya estás muerto.
— Puede que te hayas librado de mis soldados, Mukami, pero ni el Sakamaki ni tú, juntos, lograsteis acabar conmigo. No tengo miedo de ti.
Yuma sonrió de un modo casi cruel. El odio que sentía por Ritcher era tan intenso que podía sentirlo en lo más profundo de su ser. Era la case de odio que podía envenenar su alma.
— Ése es tu segundo error —afirmó.
Ritcher volvió a reír.
— ¿Y cual ha sido el primero?
— Tocar a mi mujer.
Dicho esto, Yuma cortó la comunicación.
Continuará...
