Capitulo siete.
Tras esconder los cadáveres en el bosque, Yuma explicó a Yui que sus compañeros vendrían a recogerlos más tarde. A continuación, usó las pesadas cadenas del todoterreno para retirar los troncos que los hombres lobo habían atravesado en el camino.
Por último, metió al hombre lobo inconsciente en el asiento de atrás, con Shu. Él se puso al volante y Yui en el asiento del copiloto.
No tardaron en llegar a un lugar que Yuma llamó "el callejón de los Cazadores", el sitio donde vivía su clan. Era un claro oculto en los bosques y con una pendiente ligera donde, según explicó, sólo vivían Cazadores porque los Vitraex no los querían cerca.
Yui alcanzó a distinguir diez cabañas, aunque tuvo la impresión de que algunas no se habían usado en mucho tiempo. Y a pesar de que la distancia los obligaba a viajar muy lejos para comprar suministros, que se negaban a adquirir a los Vitraex, las casas tenían todas las comodidades posibles, desde agua caliente y luz eléctrica hasta conexión a Internet. En ese sentido, no se diferenciaba mucho de la localidad de Kyoto, que se encontraba más arriba y donde vivían los Vitraex.
Mason también le explicó que ningún humano habría notado nada extraño en Kyoto. Los únicos que conocían la verdad eran los propios habitantes, que en muy pocas veces permitían visitas. De todas formas, y como precaución, mantenían guardias en los alrededores por si algún humano se acercaba por los senderos de la montaña. Cuando Yui preguntó si ellos también ponían guardias, Yuma respondió que el territorio de los Cazadores estaba tan bien escondido que no era necesario.
Por lo visto, tanto su territorio como la localidad misma se encontraban en una propiedad que los vampiros habían adquirido siglos antes. Cuando tenían que abandonarla, se mezclaban con los humanos con toda naturalidad y llevaban una vida tan normal como el resto, con sus carnés de conducir y sus tarjetas de la Seguridad Social. Además, un tratamiento de ingeniería genética les permitía ocultar los rasgos extraños de su ADN e impedir que algún médico los descubriera. La única amenaza a la que se enfrentaban eran los hombres lobo descontrolados, que ponían en peligro las leyes de la colectividad.
Yui sentía tanta curiosidad que lamentó no poder ver el lugar con más claridad. El sol ya se estaba ocultando cuando llegaron y sólo distinguió las siluetas de los rústicos edificios.
Aparcaron delante de la cabaña más cercana. Yuma llevó al hombre lobo joven al sótano y ella se dedicó a admirar el espacioso salón, de techo alto.
Tenía un ambiente muy masculino, con dos grandes sofás de cuero, situados frente a la chimenea, y alfombras de tonos borgoña y gris sobre un entarimado de color tan oscuro que parecía negro. Resultaba tan acogedor que deseó tumbarse en uno de los sofás y disfrutar del calor del fuego. Olía a cedro, a madera encerada y a bosque.
Pero Yui también se fijó en otro detalle: todo era elegante y caro, lo cual indicaba que los Cazadores no tenían problemas con el dinero. Eso le inquietó bastante. Ahora sabía que Yuma no era solamente un hombre muy atractivo, sino también un hombre rico o en posición desahogada. Mantenerlo a su lado iba a ser tan difícil como intentar atrapar la luna o alcanzar una estrella con la mano.
Los hombres entraron en el salón al cabo de unos segundos. Yui oyó el sonido de sus botas antes de verlos.
— Es precioso... —murmuró.
— ¿Quieres algo de comer o de beber? —preguntó Yuma—. Mañana por la mañana, cuando hayas descansado, te enseñaré la casa y los alrededores.
— Dios mío, Yuma, me dejas pasmado...—dijo Shu con humor—. ¿Le ofreces comida y bebida? Increíble. Nunca habría imaginado que llegaría a verte en clave de caballero encantador.
— ¿Encantador? —preguntó ella—. ¿Solo por ofrecerme algo de beber?
Shu le guiñó un ojo.
— Me temo que si, preciosa. Yuma no suele ser tan educado; normalmente, se limita a soltar un gruñido y la dama en cuestión lo sigue hasta la cama como un perrito faldero —explicó.
— Justo lo que quería saber —dijo ella, con sarcasmo.
Shu rió.
— Antes de conocerte, Yuma no era precisamente un príncipe azul. Debo admitir que su nuevo papel es de lo más refrescante... aunque supongo que su sentido del honor sigue siendo tan escaso como de costumbre.
— ¿Y qué me dices del tuyo? —contraatacó Yuma.
— El mío goza de buena salud —dijo Shu, sonriendo a Yui—. Soy un verdadero ángel... reparto placer y no muerdo. A menos, claro está, que alguna dama me lo pida.
Yuma se acercó a ella, le pasó un brazo alrededor de la cintura y la apretó contra su cuerpo. Yui se puso tensa, pero él no la sintió.
— ¿Por qué no dejas de coquetear con ella, cretino? —ordenó.
Shu soltó un silbido irónico.
— Había olvidado lo posesivo que puede llegar a ser.
Yuma miró a su mejor amigo con cierta preocupación.
— Será mejor que llamemos a Jillian, Sakamaki. Tu cuello tiene mal aspecto.
— ¿Quién es Jillian? —preguntó ella.
— Nuestra curandera. Es una mezcla de demonio, bruja y medico —contestó Yuma.
Yui miró al rubio y supo que Jillian era bastante más que eso. La cara de Shu se había iluminado en cuanto Yuma había pronunciado su nombre.
— No la necesito. Estoy bien —afirmó.
— ¿Estás seguro?
Shu hizo caso omiso y se alejó.
— Voy al sótano a hablar con nuestro jovencito —anunció—. Los dejaré solos para que se diviertan un rato.
Shu salió del salón y cerró la puerta, silbando una canción que se parecía sospechosamente a la banda sonora de la serie Vacaciones en el mar.
— Vaya, es tun tipo bastante sutil, ¿eh? —bromeó Yui.
— Si, es tan sutil como un tren de mercancías —sonrió.
Ahora que estaban a solas, Yui se puso tan nerviosa que no supo qué decir. Y, finalmente, preguntó lo primero que se le pasó por la cabeza.
— ¿Es grande la cabaña?
Yuma le dio un apretón y la soltó.
— Cuando nos mudamos aquí, convertí el sótano en un dormitorio de invitados, para que lo usen nuestros compañeros cuando están en la zona.
Se acercó a la pared y activó la alarma de la cabaña. Después, se giró hacia ella, se apoyó en la pared y la miró.
— Shu lleva algunas cadenas en su bolsa, así que podrá inmovilizar a nuestro prisionero —explicó.
— Espero que esté bien...
Yuma hizo un gesto hacia uno de los arcos del salón, indicándole que lo siguiera. Yui supuso que iría a la cocina, y mientras intentaba decidir si debía seguirlo, él reapareció con un par de cervezas.
Le dio una y le dijo:
— Ven conmigo. Si no tienes ganas de comer, te llevaré a la habitación.
Yui dudó.
— Quiero disculparme por mi comportamiento de antes, Yuma-kun. Y darte las gracias por haberme salvado...
— No tienes que darme las gracias.
Yuma le dedicó una sonrisa leve. A continuación, se apoyó nuevamente en una pared y echó un trago de su cerveza, con la mano libre metida en uno de los bolsillos del pantalón vaquero. Tenía un aspecto maravillosamente masculino y rebelde. Su cuerpo era tan perfecto que habría vuelto loca a cualquier mujer; y sus ojos estaban llenos de peligro, humor y sensualidad.
Ella sacudió la cabeza.
— Lo digo muy en serio. La mayoría de las personas no habrían arriesgado su vida por un desconocido, Yuma-kun.
Yuma la miró en silencio durante un momento. Luego, sonrió con malicia y declaró:
— ¿Por qué no te acercas y me demuestras tu agradecimiento?
— N-no te estoy tan agradecida —replicó.
Yui se sorprendió de su propia valentía y de la total incongruencia de la situación. Yuma era un vampiro, un monstruo sacado de la peor de las pesadillas; y sin embargo, se sentía segura con él.
— Bueno, tenía ue intentarlo —se justificó.
Yuma se acercó, la tomó de la mano y la llevó hacia un pasillo oscuro.
— Yuma...
Él habló sin mirarla.
— Piensas tan fuerte que casi oigo tus pensamientos, Yui.
— Espero que la cabaña tenga más de un dormitorio, porque no pienso dormir contigo —le advirtió—. Bueno, ni contigo ni con Shu-san.
Yuma se detuvo tan en seco que ella chocó contra su espalda y derramó un poco de cerveza.
— ¿Por qué? —preguntó él con cierto enfado— ¿Porque soy lo que soy?
Yui tuvo que tragar saliva. De repente, tenía la boca seca.
— Bueno, sí... en parte.
— Tonterías.
Ella parpadeó.
— ¿Cómo?
— Ya me has oído —dijo él.
Yui lo miró a los ojos sin saber qué contestar.
— Yo...
— ¿Sabes lo que creo, Yui Komori? —dijo, con voz muy suave—. Creo que me deseas y que eso te asusta mucho más que mi naturaleza. De hecho, empiezo a pensar que no me tienes miedo. Y aunque no estés preparada para tener una relación sexual conmigo, también creo que deberías compartir mi cama y dejar que te demuestre hasta qué punto confías en mí, Yui.
Ella se estremeció por dentro. Yuma tenía razón, pero intentó no demostrarlo.
— De verdad te parece que dormir en la misma cama es una buena idea? —acertó a preguntar.
Yuma asintió con arrogancia y una mirada intensa.
— Creo que es la mejor idea que he tenido nunca.
Yui respiró hondo. Su aroma la rodeó por completo; era un aroma cálido, como un rayo de sol en las profundidades del bosque; un olor limpio, aunque tenía el fondo de sudor que había derramado durante el combate contra los hombres lobo.
Sacó fuerzas de flaqueza y dijo:
— Lo siento, Yuma. No puedo.
Yuma gruñó.
— Es curioso... No recuerdo que estuvieras tan nerviosa conmigo en el todoterreno —observó.
— ¡P-porque sólo es un coche! —argumentó ella—. Íbamos de viaje, no a tu habitación.
Él rió con suavidad.
— Cariño, odio destrozar tus ilusiones, pero no hay nada en esa cama que no pueda hacer en un coche —afirmó.
Ella abrió la boca para decir algo. No lo hizo.
— ¿Te has quedado sin habla? —preguntó él, entre risas—. Mira, Yui, lo creas o no, me gusta que mis amantes lo sean por voluntad propia... ¿No quieres mantener una relación sexual conmigo? me parece muy bien y respeto tu decisión. Pero vamos a dormir juntos, en mi cama. De lo contrario, no te podría proteger.
Yui dudó que alguna de las amantes de Yuma hubiera sufrido alguna vez un problema de falta de voluntad.
— Yo... es que... es que no puedo pensar con claridad —intentó explicarse—. Han pasado muchas cosas desde ayer, Yuma. Ni siquiera sé lo que quieres de mí.
— Lo único que quiero es que estés a salvo, Yui. Vamos...
Yuma suspiró y la llevó por el pasillo, hasta una habitación grande que indiscutiblemente era de él. Tenía una cama enorme, preciosa, y unos cuantos muebles.
Yuma encendió la luz y se giró hacia ella.
— Confía un poco en mí, Yui —dijo en voz muy baja, como para no asustarla—. ¿Crees que podrás?
En cuanto Yui asintió, Yuma dio un paso hacia ella y sintió una aguda punzada en el pecho. Deseaba atraparla contra la pared, apretarse contra su cuerpo y sentir todas sus curvas cálidas y suaves.
Notó la duda en sus ojos y supo que ella sentía lo mismo. Supo que estaba dominada por el mismo deseo que a él le encogía el corazón.
— ¿Seguro que solo quieres protegerme? —preguntó Yui, nerviosa—. ¿No tienes miedo de que intente escapar otra vez?
— Puedes intentarlo, pero no lo conseguirás.
La expresión de Yui era tan graciosa que tuvo que contenerse para no soltar una carcajada.
— ¿Y que harías si me escapo? ¿Darme un puntapié?
Yuma sonrió.
— Si es necesario...
— Ni se te ocurra.
Yuma le dedicó una risa sarcástica, se puso repentinamente serio y le lanzó una mirada salvajemente posesiva.
— Lo siento, pero si intentas escapar...
Ella apretó los labios con exasperación.
— ¿De verdad me crees tan estúpida? ¿Crees que, ahora que sé lo que está sucediendo, voy a intentar huir?
— Yui, hay muchas cosas que no sabes todavía. Podrías sentir la tentación de marcharte, y no quiero que me la juegues cuando las cosas se pongan...
— ¿Difíciles?
— Complicadas —puntualizó.
Ella rió.
— Oh, que gran diferencia.
Incapaz de contenerse, Yuma le acarició la mejilla y deseó poder tranquilizarla. Al ver que ella no se apartaba, siguió adelante con sus caricias y admiró la belleza de sus pómulos y la provocativa marca de la mejilla derecha, que tanto deseaba besar.
Respiró profundamente y su olor le llenó los pulmones. Después, alzó la otra mano y le pasó los pulgares por los arcos de las cejas, la frágil piel debajo de sus ojos, las comisuras de sus labios y, finalmente, el cuello.
Muy despacio, pero sin concederle la oportunidad de rechazarlo, se inclinó y la besó dulcemente en la boca.
Yui no necesitó nada más. Gimió, alzó las manos para agarrarle las muñecas y Yuma se supo completamente perdido. Sabía que un beso no iba a ser suficiente. Necesitaba más. La necesitaba toda, entera.
La situación no podía ser más peligrosa.
— Yui...
Lo que estaba creciendo en su interior se transformó en algo más salvaje y explosivo. El sabor de Yui inundó su boca como una droga potente, haciéndolo temblar de placer.
Yuma la saboreó poco a poco. Ella le mordió el labio con insistencia.
El beso se volvió más apasionado, más profundo. Cuando sintió la lengua de Yui, gimió de forma casi animal. Se sentía como si el mar lo arrastrara hacia la suave orilla de una playa, convirtiéndolo al mismo tiempo en un ser distinto, irreconocible.
Era la primera vez que sentía una emoción tan adictiva, tan vibrante, tan intensa y tan dulce. Tenía la sensación de que nunca se podría cansar de Yui.
— Maldita sea... —llegó a decir—. Esto es demasiado bueno, Yui. Sabes demasiado bien...
Ella gimió en respuesta y él le pegó un último y delicado mordisco en el labio inferior. Acto seguido, haciendo un esfuerzo supremo, le puso las manos en los hombros y dio un paso atrás.
Yui le soltó las muñecas.
Él bajó la cabeza e intentó controlar su respiración, que se había acelerado.
— ¿Por qué no te duchas? —le ofreció.
— Sí, bueno...
— Espera un momento.
Yuma se acercó a la cómoda y sacó una camiseta vieja, desgastada tras muchos lavados.
— Toma. La puedes usar para dormir.
— Gracias. No había pensado en eso... ¿Seguro que no te importa?
Yui lo preguntó con cautela, como si en lugar de una camiseta le estuviera ofreciendo un anillo de bodas.
Yuma sacudió la cabeza y rió.
— Póntela tranquilamente, Yui. Te aseguro que no forma parte de un ritual extraño de seres magicos... no te condenará a mí hasta el fin de tus días, seguro.
Yui sonrió, alcanzó la camiseta y se giró para dirigirse al cuarto de baño, pero cambió de opinión y lo miró de nuevo.
— ¿Qué significa lo de compañera para toda la vida?
Yuma la miró con sorpresa.
— ¿Dónde has oído eso?
Ella arqueó una ceja.
— Adivínalo...
Él suspiró.
— Dios mío... ese idiota se va a llevar un buen puñetazo.
— ¿No te parece que deberías habérmelo dicho?
Mientras hablaban, Yuma se había quitado la camiseta que llevaba puesta para ponerse una limpia. Yui contempló su pecho desnudo y pensó que era lo más bello y arrebatador que había visto nunca. Era el pecho de un guerrero, bronceado y lleno de cicatrices, formidable por su fuerza y por su tamaño.
Era tan bello que la dejó sin aire.
— Pensaba decírtelo —se justificó—. Pero francamente, todavía no he encontrado las palabras adecuadas.
Yui notó que estaba muy nervioso y sonrió.
— Al menos, podrías intentarlo. ¿Qué se supone que debemos hacer? ¿Qué nos va a pasar? ¿Sólo es una cuestión de atracción física? ¿O acaso hay algo más? —preguntó ella—. ¿Nos enamoraremos?
— Estaremos siempre juntos, y fundaremos una familia —contestó—. Es algo químico, pero también metafísico... no sé, llámalo como quieras. El amor no tiene nada que ver. Y me alegro, porque no estoy hecho para eso.
Al oír sus palabras, Yui se sintió profundamente decepcionada.
— Claro —murmuró—. Debería haberlo imaginado de un tipo como tú.
— ¿Qué quieres decir con eso?
— Nada. Sólo somos dos desconocidos cuyos cuerpos se desean —respondió, deseando no haber empezado la conversación—. Pero no sé, esperaba que hubiera algo más... algo más profundo. Olvida lo que he dicho.
— Dudo que pueda olvidarlo —confesó.
— Entonces, ¿es algo que nos afecta a los dos?
— ¿Estás insinuando que tú no lo sientes?
— Claro que lo siento. Pero si es algo de las criatura mágicas, ¿por qué me afecta a mí también? Yo no soy un...
— ¿Monstruo? —la interrumpió.
— No iba a decir eso.
— Que seas humana, no significa que puedas escapar de nuestra conexión. Tú y yo somos distintos en algunos aspectos, es evidente, pero somos iguales en lo esencial. Lo mismo que me afecta a mí te afecta a ti. La única diferencia es que tú no lo notas tanto como yo... tu sentido del olor no es tan fino ni está tan desarrollado —dijo Yuma—. Sin embargo, vas a sentir los efectos. Y cuanto más te resistas, más difícil te resultará.
Yui supo que estaba diciendo la verdad porque ya sentía los efectos. Lo deseaba con todo su cuerpo. Cada vez que lo miraba, se sentía como un glotón en un banquete romano.
Su mirada se posó en las múltiples cicatrices que cruzaban la perfección de su piel. Imaginó el dolor y las heridas que había sufrido y se sintió orgullosa de aquellas marcas, de aquel recordatorio de su valor. Yuma era un guerrero, pero también podía ser un hombre inmensamente cariñoso. Y esa combinación era absolutamente irresistible para ella.
— Entonces... cuando tú... nosotros... cuando hagamos el amor... —intentó decir, a duras penas.
Él rió con suavidad.
— ¿Qué quieres saber? ¿Si haremos el amor como dos personas normales?
Ella frunció el ceño, frustrada.
— No me refería a eso. Deja de poner palabras en mi boca.
Él la miró durante unos momentos, como si se debatiera en su interior.
— El sexo puede ser peligroso —dijo—. Los vampiros y licántropos tenemos que aprender a controlarnos; sobre todo, los de pura raza... Nuestros impulsos son mucho más animales, por así decirlo. No es un problema cuando nos acostamos con un ser de nuestra especia, pero puede llegar a serlo con un humano. Además, si se produce alguna herida y alguien sangra...
— ¿Qué puede pasar?
— Que se despierten nuestros instintos animales —explicó Yuma—. Sería un desastre, claro. Por eso tenemos que aprender a controlarnos.
— ¿Y tú? ¿Has aprendido a controlarte? — preguntó en voz baja.
— Mi hermano mayor y mi padre me hincharon la cabeza con lecciones y consejos hasta que pensé que me iba a estallar —ironizó, sonriendo—. Pero presté la atención necesaria.
Yuma se sentó, se quitó las botas y empezó a bajarse los calcetines. Ella deseó acercarse y acariciarlo.
— ¿Alguna vez has estado a punto de perder el control?
— No, en absoluto. Sólo soy un mestizo, ¿Recuerdas? Me controlo mejor que la mayoría de los otros.
Yui pensó en la palabra "control" y se dijo que a ella tampoco le iría mal, porque la boca se le estaba haciendo agua. Se mordió el labio inferior, incapaz de dejar de mirarlo. Si en ese momento hubieran bombardeado la zona, no se habría movido del sitio.
— Yui...
— ¿Sí?
— ¿Te ocurre algo?
Yui intentó reaccionar.
— No, no...
— Pienso respetar tu política contra el sexo, pero si quieres que me mantenga alejado de ti, tendrás que dejar de mirarme de esa manera.
— Lo intento. Te aseguro que lo intento —susurró—. En fin, será mejor que me duche...
— Sí. Será mejor.
Cuando Yui se alejó hacia el cuarto de baño, habría jurado que Yuma estaba riendo. A mandíbula batiente.
Yui abrió los ojos en la oscuridad, sólo rota por la luz de la luna, y estuvo a punto de gritar. Pero se encontró ante la mirada de unos ojos marrones, tan llenos de energía y tan posesivos que gimió.
— ¿Por qué me estás abrazando?
— Maldita sea, no me mires así —protestó Yuma—. No voy a hacerte daño. Tenías una pesadilla... y cuando te he querido despertar, te has aferrado a mí. Descuida, no pretendía violarte.
— Lo siento...
Yui bajó la mirada y vio que, efectivamente, se había agarrado a sus bíceps.
— ¿Estás bien? —preguntó él con preocupación.
— No lo sé...
Ella quiso apartarse, pero Yuma se lo impidió.
— Tranquila... no te alejes de mí, Yui. No te haré daño.
— Lo sé, discúlpame —dijo—. Es una respuesta automática, no lo puedo evitar. Mis pesadillas son tan...
Los ojos de Yui se llenaron de lágrimas.
— No llores, cariño —dijo él, con voz increíblemente tierna—. ¿Tienes pesadillas a menudo? ¿Con qué sueñas?
— ¿Por qué quieres saberlo?
Él le puso una mano debajo de la barbilla y le alzó la cabeza para mirarla a los ojos.
— Porque quiero conocerte. Porque quiero comprenderte.
— No son sobre nada en concreto, sino una mezcla de muchas cosas —declaró, tras un momento de silencio—. Cuando mi madre no estaba saliendo con ningún hombre, me llevaba al cine a ver películas de terror porque le gustaban mucho y no quería ir sola. Luego, sus amantes se dieron cuenta de que yo era muy miedosa y se dedicaban a asustarme siempre que podían.
— ¿Qué has dicho? —preguntó él.
— Lo que has oído, me temo. Una noche, uno de ellos se pasó de la raya y se dedicó a aullar y gruñir delante de la puerta de mi dormitorio. Por lo visto, le pareció muy divertido. Y mi madre no le dijo nada.
— Los novios de tu madre... supongo que no te harían... que ninguno de ellos...
Ella sacudió la cabeza.
— No, no. Sólo era una diversión inocente. Y yo era tan increíblemente miedosa, que era un blanco fácil. Cuando llegué a la adolescencia, estaba convencida de que sufrir tantas pesadillas era completamente normal.
— Como me los encuentre alguna vez, se llevarán una dosis de su propia medicina —declaró Yuma.
— Ojalá, me encantaría verlo...
Yui rompió a reír. Yuma sonrió y ella sintió la ola de deseo más intensa de toda su vida.
Quiso controlarse. Se dijo que aquello era un error. Pero no pudo.
Al final, cerró la puerta a la voz de su conciencia y se entregó a las ansias que la dominaban.
Apretó las manos contra la superficie dura y cálida de su pecho y notó los latidos de su corazón, fuertes y regulares. Él se quedó completamente inmóvil, saboreando el efecto de su contacto, y ella lo acarició con manos temblorosas.
Por fin, Yuma le apartó el pelo de la cara, puso las manos en sus mejillas y la miró a los ojos. Yui absorbió la belleza masculina y contundente de sus rasgos bajo la luz de la luna, que entraba por la ventana: desde la forma evocadora y sensual de su boca y de sus pómulos, hasta las arrugas enormemente atractivas que se le formaban en los ojos.
— Si no quieres que te vuelva a besar —dijo él, con voz ronca—, será mejor que me lo digas ahora, pequeña.
Yui le acarició el cuello a modo de respuesta. Él soltó un profundo gemido y la besó.
Fue como echar una cerilla a un tanque de combustible. La atracción que sentían estalló en una nube de hambre y necesidad.
Yuma la echó a la cama y la cubrió con el calor de su cuerpo, acercando la boca a pocos milímetros del pecho de Yui. Estaba tan cerca, tan deliciosamente cerca, que ella se estremeció. Y lo deseaba tanto que dolía.
— Más, más... —gimió, sorprendida de su propio ruego.
Él bajó la cabeza y su risa ronca y profunda resonó contra uno de los pezones de Yui.
— No me metas prisa, Yui. Quiero tomármelo con calma. Saborearte.
Le acarició las costillas y le subió la camiseta para explorarla mejor.
— Mmm... —gimió ella.
Yui le acarició el pecho. Le encantaba su olor, el contraste de sus texturas, la combinación de dureza y suavidad.
Yuma le acarició la parte inferior de uno de sus senos e introdujo una mano por debajo de su ropa interior.
Fue tan emocionante que Yui dejó de respirar durante unos segundos. Entonces, introdujo los dedos entre sus muslos, localizó su sexo húmedo y caliente y emitió un sonido gutural.
— Eso... eso no es un beso... —dijo ella, estremecida.
— Sí, lo sé —susurró Yuma, con una sombra de sonrisa—. Relájate, cariño. No te haré daño. Te lo prometo.
— Y-Yuma...
Yuma cerró una mano sobre el sexo de Yui, apartó la tela que aún se interponía y le succionó un pezón, haciéndola gritar.
— No me canso de ti, Yui...
— ¡Yuma...!
Se arqueó contra él, apretando el pecho contra su boca, concentrándose en las caricias de sus labios y de su lengua.
— Relájate —ordenó él.
Yuma ascendió un poco y la besó apasionadamente en la boca, sin contenerse. Yui lo deseaba de un modo tan feroz que casi no podía soportarlo. Era como si el mundo entero estallara en su interior, desgarrándola con una violencia y una fuerza incontenibles.
Lo miró a los ojos y él le devolvió la mirada. Todo en él era anhelo, ansias, una necesidad primitiva.
Yui se estremeció de placer y a continuación, al sentir que Yuma le introducía un dedo en su sexo, se quedó completamente inmóvil.
— Eres tan pequeña y estás tan caliente, tan húmeda...
Ella se apretó contra él. Yuma la besó otra vez en la boca y dijo:
— Déjate llevar.
Introdujo el dedo un poco más y la frotó con dulzura.
El miedo y las pesadillas de Yui se esfumaron bajo la intensidad de aquel placer que la consumía por completo. Yuma siguió besándola mientras entraba y salía de ella y le acariciaba el clítoris con el pulgar, como un maestro consumado.
Yui tardó muy poco en alcanzar el clímax. Gritó, se estremeció de la cabeza a los pies y se dejó caer en un torbellino tan largo y tan intenso que, cuando por fin terminó, la dejó jadeando y sin fuerzas.
Oyó que Yuma le susurraba algo urgente y ronco contra el cabello; pero antes de que pudiera responder, se quedó dormida entre sus brazos, con la mejilla apretada contra el pecho de Yuma y sus latidos pesados y violentos.
Continuará...
