HUEEEEESAAAAA ACÁ ACTUALIZANDO DESPUÉS DE MIL AÑOS.
LO SÉ, ME ODIAN.
PERO AMAN EL CAPITULO.
PERO ME ODIARÁN AL FINAL.
PERO ME AMARÁN POR ACTUALIZAR.
Alv.
Los amo.
Capitulo ocho.
— Hum… Sabía que olía a café.
Shu se alejó de la encimera, en la que estaba apoyado, y sonrió al oír la voz de Yui.
— Eres muy previsible, Yui-chan —bromeó—. Lo único que se necesita para que aparezcas corriendo es la promesa de un poco de cafeína.
— Me temo que has descubierto mi debilidad…
Yui rió y él se movió para servirle una taza.
Cuando se despertó, sola en la cama, Yui descubrió que en una de las esquinas del dormitorio habían dejado una maleta y cuatro cajas llenas de pertenencias suyas. Contenta con la rapidez con que habían llegado, se puso unos calcetines, unos vaqueros desgastados y un jersey de color azul oscuro. Ya presentable, se decidió por aventurarse fuera de la habitación.
El olor del café había hecho todo lo demás.
— ¿Lo quieres con leche y azúcar? —preguntó Shu.
Yui sintió un poco de frío y arrugó los dedos de los pies contra los baldosines del suelo de la cocina, que estaban calientes.
— Las dos cosas, gracias.
— Estaba pensando que no le mencionaré a Yuma lo de tu adicción a la cafeína —dijo él, mientras guardaba la leche en el frigorífico—. Lo quiero como si fuera mi hermano, pero me gustaría ver cómo se esfuerza por llegar a tu corazón y averiguar las cosas que te gustan. Será muy divertido.
Yui se estremeció al oír el nombre de su amante, y se alegró de que Shu estuviera ese momento de espaldas y no la pudiera ver.
— ¿Está por aquí? —preguntó, con el tono más neutral que le fue posible.
— Sí, en su despacho, comprobando si hay algo nuevo por los alrededores. Tenemos toda una red de informantes que están buscando a Richter.
Yui preguntó por el hombre lobo que estaba en el sótano. Shu la informó mientras terminaba con el café.
— Ya ha vuelto en sí, así que lo tenemos sometido a vigilancia permanente. Yuma ha intentado sacarle algo útil, algo que nos pueda servir.
Shu se sentó frente a ella, con la mesa de madera de pino entre los dos, y la miró con una sonrisa dormilona.
— No quiero meter la nariz donde no me llaman, cariño, pero he notado que la cara te cambia cada vez que menciono a Yuma. ¿Por qué tengo la sensación de que las cosas no fueron bien entre ustedes anoche?
— ¡No! Te equivocas, fueron perfectamente… No se trata de eso. Es que le pregunté por lo de ser su compañera, y él me lo explicó.
— Sí, claro, seguro que te lo explicó —dijo Shu, sacudiendo la cabeza—. Yuma es un desastre con las palabras. Seguro que ni él mismo querría escuchar lo que dijo.
— Bueno, no dijo demasiado. Supongo que quiso explicarme que esto es una atracción física y que no debo hacerme ilusiones con la posibilidad de que se enamore de mí. Afirmó, literalmente, que no está hecho para eso.
— Vaya, lo siento. Adoro a Yuma, pero puede llegar a ser un verdadero idiota.
— ¿Por qué tiene tanto miedo de querer a alguien?
Shu, el hombre que siempre estaba de buen humor, dejó de sonreír y frunció el ceño de repente.
— Parte de su miedo se debe a la infancia que tuvo. Nuestra naturaleza nos afecta a todos, claro, pero de forma diferente. Siempre estamos en guardia, atentos a cualquier peligro… no es una vida muy normal. Pero en su caso, creo que tiene miedo de quererte por lo que le pasó a Azusa, a su hermano.
Yui sintió un escalofrío.
— ¿Qué le pasó a su hermano?
— Se suicidó hace ocho años.
— ¿Por qué?
Shu suspiró, echó la silla hacia atrás y cruzó las manos por encima del estómago.
— Azusa llevaba casi tres años casado cuando su esposa murió en un incendio. El nexo que se establece en nuestras parejas es tan fuerte que su ruptura es un verdadero infierno. A veces, el superviviente se muere por dentro poco a poco; pero otras veces se deja llevar por una furia destructiva que lo consume. Cuando Azusa perdió a Hana, se descubrió en el segundo caso y tuvo miedo de lo que podía llegar a ser. Por eso, para evitarlo, se mató.
— Creo que lo entiendo… Le preocupaba perder el control y convertirse en un monstruo como Richter, ¿verdad?
— Sí.
— Y como no quería hacer daño a nadie ni condenar a su propio hermano a darle caza, decidió suicidarse…
— En efecto —dijo Shu, que sacudió la cabeza—. Yuma fue quien encontró su cadáver. Aquel mismo día, se prometió que él no sufriría el destino de Azusa.
— Ahora entiendo que se empeñe en ocultar sus emociones. Sólo quiere protegerse…
— Lo puede intentar, pero no lo va a conseguir —afirmó Shu entre risas—. Tengo la sensación de que tú eres la persona adecuada para sacarlo de su ensimismamiento, Yui-chan. No te puede quitar los ojos de encima. Tendrás que confiar en él y darle un poco de tiempo.
— Eso es más fácil de decir que de hacer.
Shu sonrió, bostezó y ladeó la cabeza. Yui vio divertida toda la secuencia.
— Pero es verdad, por desgracia. Sé paciente con él.
— Bueno, ya veremos.
Yui echó un trago de café y preguntó:
— ¿Cuántos Cazadores viven por aquí?
— Ahora mismo, seis: incluidos Yuma y yo. Somos un grupo pequeño, de modo que tendrás ocasión de conocernos a fondo.
— Cualquiera diría que son una especie de familia…
— Supongo que lo somos. Por lo menos, luchamos como una —dijo, riendo—. Sé que te caerán bien, pero ten cuidado con Laito. Ese perverso es todo un mujeriego. Se ha ganado una buena reputación.
Yui sonrió y miró a Shu con ironía. Tenía la sospecha de que, en cuestión de mujeres, todos ellos tenían buena reputación.
— ¿No hay mujeres cazadoras?
— Sí, tenemos una, pero ahora está en Kyoto. De hecho… se dirigía a vigilar a tus amigos con su compañero.
— ¿Te refieres a Ayato? —preguntó ella, recordando el nombre que Yuma había mencionado alguna vez. ¿No era un nombre un poco masculino para una chica?
Shu negó con la cabeza.
— No, ella es Lika —contestó—. Teníamos más mujeres, pero todas se han casado y han sentado cabeza.
Yui tomó un poco más del café. Sin embargo, seguía tan somnolienta que bostezó.
— Discúlpame. No sé lo que me pasa. Normalmente, el café me despierta enseguida…
— Es que todavía estás agotada —la excusó—. Ayer tuvimos un día bastante complicado… ¿Por qué no te vas a echar una siesta mientras yo preparo un almuerzo rápido?
Yui volvió a bostezar, de modo que asintió.
— Sí, creo que es buena idea. Y gracias por la conversación. Todo esto es difícil para mí, pero me estás ayudando mucho, Shu-san.
— Estoy a tu entera disposición.
Shu le guiñó un ojo. Ella sonrió y salió de la cocina, perfectamente consciente de que el amigo de Yuma no intentaba coquetear en serio con ella.
Poco después, pasó por delante de una habitación cerrada y oyó la voz de Yuma, que debía de estar al teléfono. Consideró la posibilidad de llamar a la puerta y darle los buenos días, pero prefirió no hacerlo y se dirigió al cuarto de baño. Necesitaba tiempo para pensar.
En cuanto entró en el dormitorio y vio la cama enorme, recordó todas las imágenes de la noche anterior. Como ya lo había hecho, se tumbó sobre la manta y apoyó la cabeza en el almohadón mientras se dejaba dominar por las imágenes de su encuentro amoroso con Yuma.
Yui nunca había sentido una necesidad física tan arrebatadora. Había sido la experiencia erótica más intensa de su vida. De hecho, sólo tenía que pensar en él para que el pulso se le acelerara inmediatamente.
Si para acostarse con Yuma tenía que perder el corazón, lo perdería con gusto.
Cerró los ojos y hundió la cabeza en el almohadón. Era muy consciente de que la única forma de evitarse un desengaño amoroso era dar un paso atrás y mantener las distancias, pero no iba a ser fácil; nada era fácil en lo relativo a Yuma Mukami: ni su naturaleza de híbrido ni sus opiniones sobre el amor ni el caos que había causado en su vida.
A pesar de ello, y de todas las razones perfectamente lógicas que la inducían a protegerse de él, no podía negar que lo deseaba.
Yuma pensó que no debería haberla tocado.
Estaba sentado tras la mesa de su despacho, mirando por la ventana, contemplando las hojas de los árboles bajo el azote del viento. Era una escena llena de color, que normalmente bastaba para tranquilizarlo; pero aquel día no podía dejar de pensar en Yui.
La noche anterior había hecho algo nuevo para él: mirar a una mujer mientras dormía; mirar los ascensos y descensos leves de su pecho, sus rasgos cada vez más suaves e inocentes. Y fue una suertes que se quedara dormida después de alcanzar el orgasmo, porque la bestia que habitaba en él había estado a punto de despertarse y de tomar el control.
Pero Yuma sabía que no deseaba sólo sexo. Incluso en ese momento, sus colmillos y sus garras se afanaban por salir a la luz; ardía en deseos de establecer el pacto de sangre que los uniría para siempre.
Tocarla y sentir su placer, intenso como una tormenta de verano, había sido el momento más satisfactorio de su existencia. Si quería mantener las cosas dentro de un orden, tendría que imponerse algunas normas antes de repetir la experiencia. Estaba dispuesto a ser su compañero, pero no a ser un idiota incapaz de vivir sin una mujer a su lado. Por mucho que la deseara, no iba a permitir que aquella conexión destrozara su independencia.
Sin embargo, Yuma también sabía que lo que más le preocupaba no era eso. En el fondo, tenía miedo de que Yui lo rechazara, de que saliera corriendo si llegara a saber lo que verdaderamente quería de ella. Tenía miedo de perderla para siempre y terminar como su hermano.
Harto de dar vueltas al asunto, intentó tranquilizarse. A fin de cuentas, su problema más urgente no era Yui, sino Richter. Debía encontrar y eliminar a aquel canalla. Y para entonces, con un poco de suerte, ya no se sentiría tan completamente dominado por el deseo.
Al pensar en Richter, sus manos se cerraron sobre los brazos del sillón y las uñas de sus garras quisieron romper la barrera de la piel. El hombre lobo y sus seguidores habían aprendido a transformarse a plena luz del día. Yuma no hacía otra cosa que preguntarse cómo lo hacían y cuál era su propósito.
Daba por sentado que el extraño aroma ácido que habían encontrado en las mujeres muertas, cuyo asesinato estaban investigando Kou y Laito, tenía algo que ver. Pero por algún motivo, eran incapaces de seguir el rastro de ese olor.
Algo iba mal, muy mal. Lo sentía en sus entrañas, se lo gritaba su instinto. Y Yuma había aprendido a confiar en su instinto.
Apoyó la cabeza en el cuero del sillón y miró la extensión vacía, de color pastel, del techo. La cabeza le daba vueltas.
Un momento después, llamaron a la puerta del despacho. Cuando se giró hacia ella, vio a Shu.
— El chico se ha despertado. Se llama Yuuki, va a cumplir dieciocho el mes que viene y es un Cresta Plateada. Es todo lo que ha dicho. Está bastante tranquilo, pero me gustaría presionarlo un poco y ver si le podemos sacar algo más.
— Sí, estoy de acuerdo —dijo Yuma.
— ¿Has hablado con Shin?
Yuma negó con la cabeza.
— Lo he intentado, pero no ha habido suerte.
Shin Tsukinami era el miembro más joven de la liga de los Anciones, uno de los pocos Vitraex a quien Yuma consideraba un amigo. Con su mirada cálida y sonrisa amable, muchos habían creído que el vampiro era demasiado bueno para ocupar el cargo que le correspondía tras el fallecimiento de su padre, pero él les había demostrado que se equivocaban. Tras su aspecto inocente, se ocultaba todo un guerrero y estratega, igual que su hermano Carla.
Desde el principio, Shin había sido un amigo y aliado de los Cazadores. Siempre había defendido su causa frente a los que pretendían limitar el papel de los mestizos al de simples esclavos (perros guardianes, en caso de los Crestas Plateadas) de los vampiros de pura raza.
Por desgracia, se había marchado a América y no estaba localizable. Había ido a visitar a su hermano, que formaba parte de un movimiento opuesto a la tecnología y no tenía ni un simple teléfono móvil. Naturalmente, Yuma lo había intentado con el de Shin, pero debía de estar fuera de cobertura y no lo localizaba.
Cruzó los dedos para que apareciera pronto. Necesitaban su consejo. Que Richter tuviera la habilidad de transformarse de día era todo un problema; que, además, la tuvieras sus seguidores, era una catástrofe.
Se levantó y salió al pasillo.
— Vamos, Shu. Veamos lo que sabe ese Yuuki.
Minutos después, Yuma estaba sentado en el sofá del sótano, con las manos cruzadas entre las piernas, mientras que Shu se apoyaba en la pared y miraba al chico, que yacía en una de las camas, con una muñeca esposada al cabecero de madera. Como era un hombre lobo, se habría podido soltar con facilidad; pero no sin organizar un buen estruendo.
— Tú eres el Mukami —afirmó el chico—. Te conozco. Los conozco a los dos… son toda una leyenda. Se dice que se quedaron con los Cazadores porque les gusta matar.
— Si alguien merece morir, no tenemos ningún problema en quitarlo de en medio —alegó Yuma, oliendo el temor del joven—. Pero no estamos aquí para matarte, Yuuki. Tenemos que hablar contigo. Necesitamos respuestas.
Yuuki entrecerró los ojos, desconfiado.
— ¿Qué quieren saber?
— Todo lo que sepas sobre Richter. Cualquier cosa que nos sirva.
— Pensaba que ya lo sabían todo.
Shu intervino en ese momento. Y habló con tanta dureza y frialdad que el chico se encogió en la cama. La preocupación y el miedo le hicieron parecer mayor.
— La transformación, chico.
— ¿Qué pasa con ella?
— ¿Cómo es posible que se transformen de día? —exigió saber—. ¿Cómo aprendió Richter? ¿Y cómo consigue que no le podamos seguir el rastro?
El adolescente sacudió la cabeza. Parecía que se sintiera culpable, algo completamente ajeno a un hombre lobo fuera de la ley.
— No lo sé —murmuró.
— Yuuki, si no nos ayudas, tendremos que…
— ¡No recuerdo nada! —exclamó el joven—. ¡No quiero recordar! Ha sido una pesadilla tan horrible que ni siquiera me atrevo a recordarla.
Yuma y Shu pensaron que en aquel asunto había más de lo que parecía. Algo más allá del mal y de las ansias de poder.
— Pareces un chico decente, Yuuki. ¿Por qué te has mezclado con esos idiotas? —preguntó Yuma.
— Porque no tuve opción — respondió, desesperado.
— Siempre tenemos opción —afirmó Shu.
— ¿Me van a matar?
— No sé por qué lo hiciste, pero le salvaste la vida a la compañera de mi amigo —dijo Shu—. No, él no te va a matar.
El chico los miró con desconfianza.
— ¿Y tú?
— Shu tampoco te va a hacer daño —respondió Yuma—. Aquí estás a salvo. Pero necesitamos que nos ayudes.
— Ah, ahora lo entiendo… me van a torturar hasta que les diga todo, ¿verdad?
La animosidad del chico era evidente, pero Yuma lo comprendió. Él también había tenido dieciocho años y sabía lo que se sentía al creerse solo y al estar lleno de ira y completamente confundido. Además, Yuuki era un pura raza, con todos los derechos y privilegios de los suyos. Y eso implicaba que debía aprender las normas y aprender a afrontar la parte animal de su naturaleza, especialmente difícil.
Por lo que sabían hasta entonces, Yuuki parecía un buen chico que se había descarriado un poco. Sin embargo, no se podían arriesgar. Hasta que aclararan las cosas, seguiría esposado a aquella cama.
— ¿Ya has cambiado, Yuuki?
— ¿Qué quieres decir con eso?
— Lo sabes de sobra. Te estoy preguntando si ya te has alimentado de carne humana — dijo Yuma.
El chico se cerró en banda.
— No voy a decir nada más. Si quieren torturarme, adelante. De lo contrario, déjenme en paz.
Yuma se levantó del sofá y miró a Shu, que asintió. Los dos sabían que de momento no podían sacarle nada más. Lo mejor que podían hacer era dejarlo solo, con sus pensamientos. Indudablemente, podrían haberse puesto desagradables con él, pero Yuma prefería evitarlo.
— Si nos das tu palabra de que no causarás más problemas, te quitaremos las esposas —afirmó Shu.
— No pienso irme a ninguna parte.
Shu seacercó a la cama, sacó la llave de las esposas y se las quitó. Después, salió de la habitación.
Yuma siguió a su compañero, pero se detuvo en la puerta y se quitó.
— Una pregunta más…
— ¿Sí?
— ¿Por qué le salvaste la vida?
Yuuki tragó saliva y cerró los ojos.
— No sabía que estaban buscando a una chica. Cuando vi que la atacaban… tuve que hacer algo.
— Tomaste la decisión correcta, chico. Podrías haber permitido que la matara y no lo hiciste. Y eso te ha salvado la vida.
Yuma dejó al chico a solas y siguió a Shu por la escalera.
— Voy a tomarme una siesta en el sofá —dijo Shu—. Necesito relajarme un poco. Creo que después de lo de ayer, me lo merezco.
— Todavía no te he dado las gracias por quedarte despierto y vigilarlo…
Shu sonrió.
— No hay de qué, tonto. Sé que tú harías lo mismo por mí. No podíamos permitir que el chico anduviera por ahí cuando tú tienes a toda una mujer de carne y hueso en tu dormitorio.
Yuma rió.
— ¿Seguro que no quieres que llame a tú sabes quien para que te mire esa herida?
— ¡Ni de broma, idiota! Esa maldita mujer me torturaría para divertirse. Prefiero ahorrarme el dolor de ponerme en sus manos.
Yuma quiso discutírselo, pero sabía que no iba a escucharlo.
— Voy a ver si Yui se ha despertado. Después, comprobaré el correo electrónico por si hay noticias nuevas. He enviado mensajes a unos cazadores del resto del país para ver si alguno de ellos ha oído hablar de licántropos o vampiros capaces de enmascarar su olor. Puede que sepan algo que nosotros desconocemos.
Shu asintió, pensativo.
— Cuando lleguen Kou y Laito… deberíamos trazar un plan.
Yuma suspiró.
— Quién sabe. Puede que, para entonces, le hayamos sacado algo al chico.
— Eso espero, porque ahora mismo estamos en un punto muerto… —declaró—. Y sospecho que Yuuki nos oculta algo.
Yui todavía estaba durmiendo en la cama cuando Yuma apareció y le tocó un brazo. Ella despertó, sobresaltada, y se apartó inmediatamente de él; pero no se apartó porque Yuma le diera miedo, sino porque sintió un deseo inmediato de retomar lo que habían estado haciendo por la noche.
Por lo visto, su fuerza de voluntad era francamente frágil.
Ella se apartó el pelo de los ojos y Yuma se alejó de la cama, mirándola con extrañeza.
— No pretendía asustarte. Después de lo de anoche, pensé que nosotros… en fin, da igual, no importa —dijo él.
— Discúlpame, Yuma. Es que…
Yui no terminó la frase.
— Puedo oler tu miedo, Yui.
Ella sacudió la cabeza.
— Sé que aún crees que me das miedo, pero te equivocas, Yuma. Esta mañana, cuando me he despertado, me he dado cuenta de que no habría permitido que me tocaras si no confiara en ti —dijo Yui, con una seguridad que le sorprendió a ella misma—. Pero después de lo de anoche… creo que será mejor que nos lo tomemos con calma, que sólo seamos amigos.
Yuma la miró con intensidad.
— No lo entiendo. Si no me tienes miedo, ¿cuál es el problema?
Ella se mordió el labio.
— Que no quiero que me hagan daño.
— ¿Crees que te voy a hacer daño? —preguntó, frunciendo el ceño.
— No, no. sé que no me harías daño físico, Yuma. Eres un protector. Pero la conexión que se ha establecido entre nosotros es muy potente y… bueno, creo que no deberíamos llegar más lejos. No eres precisamente una apuesta segura para alguien como yo.
Yuma asintió.
— Claro. Me rechazas por lo que soy.
— ¡Que no es por eso! —exclamó, frustrada—. Y por favor, deja de malinterpretar mis palabras a tu antojo. Lo único que pretendo decir es que… Por Dios, Yuma, ¿cómo es posible que no lo entiendas? Cada vez que me miras, yo…
Yuma soltó una carcajada que sonó más áspera de lo normal, como si no practicara la risa muy a menudo.
— Si eso es un halago, Yui, no estoy seguro de que quiera saberlo…
— Sólo intento decirte que no se trata de ti, sino de mí. Busco algo más que una buena experiencia sexual. Y sí, lo admito… me vuelvo loca de deseo cuando siento tu contacto. Pero eso no basta para establecer una relación duradera. No es suficiente para mí. Tú y yo somos muy diferentes.
— O en otras palabras, tú eres humana y yo un monstruo.
— No. Digo que buscamos cosas distintas. Tú no quieres amor; yo si.
Yuma se metió las manos en los bolsillos.
— Carajo, Yui, si acabamos de conocernos… ¿Cómo es posible que ya estés pensando en el amor?
— Pienso en él porque lo que hay entre nosotros ha cambiado las normas. Ya no intento resistirme a ti. Sólo intento ser sincera, de la misma forma que fuiste sincero conmigo cuando te pregunté por las relaciones amorosas de su especie —afirmó.
— Ahora lo entiendo —dijo él—. No quieres arriesgarte. Eres de las que golpean primero por miedo a que te golpeen antes. ¿Verdad?
— Aunque así fuera, eso sólo significaría que he aprendido la lección por las malas. Crecer con una mujer como mi madre me hizo pensar mucho. Tomé la decisión de que sólo me dejaría llevar cuando encontrara mi sueño.
— ¿Tu sueño? ¿A qué te refieres? —preguntó.
Yuma se acercó hasta la cama. Llevaba vaqueros y una camiseta blanca que remarcaba los músculos de su pecho. Parecía más descansado que el día anterior y tenía mucho mejor aspecto.
Ahora, cuando Yui lo miraba, ya no sentía miedo; ya no quería esconderse ni huir de él. Sólo quería sentir el contacto de sus manos, de su boca, de su cuerpo entero.
— Me refiero al sueño de mi vida, al hombre que estoy buscando, a un hombre capaz de darme algo más que placer y una cara bonita. Haruka dice que son estupideces mías y que no debería leer tantas novelas románticas, pero… no es verdad, no es sólo eso, es algo que siento aquí, Yuma, en el corazón. Algo que necesito. Y no me voy a contentar con menos. Quiero…
— ¿Qué quieres, Yui? ¿Un cuento de hadas? —ironizó él.
— No, no busco un príncipe azul. Sólo quiero el hombre de mis sueños.
— Por supuesto. Y un vampiro no puede ser el hombre de tus sueños —dijo Yuma, con amargura.
— Esto no tiene nada que ver con el aspecto físico o lo que seas. Es algo emocional. Quiero un hombre que me ame, Yuma, un hombre que me quiera más que a nada en el mundo, que quiera abrazarme mientras admiramos una puesta de sol, que quiera tomar un café conmigo mientras miramos el amanecer y que me tome entre sus brazos, a la luz de la luna, por el simple placer de estar conmigo.
Yuma no dijo nada. Todavía tenía las manos en los bolsillos, y la miraba con una mezcla de frustración, rabia y un sentimiento que Yui no supo reconocer.
— Busco un hombre capaz de reír y de compartir su vida conmigo, voluntariamente —continuó—. Y busco un hombre que quiere todo eso porque… me ame. ¿Lo entiendes ahora?
Yuma suspiró.
— Sí. Entiendo que estás buscando un imposible, algo completamente irreal. Cuando busques a un hombre de verdad, dímelo.
Ella apretó los puños, molesta.
— ¿Un hombre de verdad? Pues supongo que eso te excluye a ti, porque un hombre de verdad no tendría miedo de lo que siente. No tendría miedo de compartir sus sentimientos con los demás.
— ¡Por Dios! —dijo él, mirando el techo con desesperación—. Lo sabía. En cuanto te vi en ese restaurante, supe que lo ibas a complicar todo.
— Esto se ha complicado sin mi ayuda —le recordó—. ¿Sabes qué me asusta a mí? lo que siento cuando me acerco a ti, la fuerza de esta atracción. Yo no soy capaz de separar el amor y el sexo, Yuma. No puedo, es imposible… lo he intentado antes y nunca he podido. Lo que ha ocurrido esta noche lo demuestra; de tener miedo de ti, he pasado a desearte con toda mi alma. Pero…
— Pero no es suficiente —la interrumpió—. Maldita sea, Yui, yo tampoco me había sentido así en toda mi vida. Los vampiros sólo tenemos un amor. Y aunque no te puedo prometer el amor que buscas, puedo prometer que te seré fiel hasta el final. Ahora que te he encontrado, no volveré a desear a otra persona.
— Ojalá pudiera contentarme con eso —murmuró ella—, pero no puedo. Por muchas promesas que me hagas, Yuma, nuestra relación no duraría sin amor. Sólo quiero ahorrarme un desengaño inevitable.
Yui habló con seguridad, pero ya no estaba tan convencida de tener razón.
— ¿Sabes una cosa, Yui? La vida no hace siempre lo que queremos. Y digas lo que digas, sé que confías en mí. Como tú misma has dicho, no te habrías dejado llevar si no confiaras en mí.
— Mi cuerpo confía en ti, Yuma, mi cuerpo, no mi corazón —afirmó—. No pretendo llevarte la contraria; sólo quiero ser sincera contigo… tu no crees en el amor y yo busco el amor. ¿Por qué meteros en algo que va a terminar mal?
Yuma maldijo en voz alta y se alejó hacia la puerta. Cuando ya giraba el pomo, añadió:
— Yui… entre tus malditos sueños y tus malditas pesadillas, no me das ninguna oportunidad. Eres tú la que aleja a la gente.
Yuma salió de la habitación y cerró la puerta.
Continuará.
