Scorpius sentía como le ardían los ojos después de haber estado casi todo el día llorando. Ahora, casi cuando el sol estaba poniéndose, ya no le quedaban más lágrimas que derramar. No tenía sentido alguno lamentarse ahora que él se había ido. Le habían quedado a Scorpius tantas cosas por decir que se arrepentía de haber sido un nieto tan despegado.
Scorpius sintió como sus ojos volvían a llenarse de lágrimas. Él solamente quería dejar de llorar, si su abuelo le viera así, le deheredaría. Pero su abuelo ya no estaba para lanzarle falsas amenazas o para presumir de nieto entre sus compañeros.
Sobre la mesa del salón de su apartamento hay un par de cápsulas de colirio vacías y una ingente cantidad de pañuelos usados. Le duele la cabeza de haber estado llorando durante tanto tiempo que de lo único que tiene ganas es de irse a la cama. Meterse entre sus suaves sábanas y hacer como si este fatídico día no hubiera existido.
El timbre de la puerta suena y se hace una idea de quien puede estar detrás de ella. Scorpius se levanta del sofá derrengado. Ahora mismo no tiene ganas de ver a nadie más que su abuela para darle un abrazo.
Abre la puerta y allí está ella, tiene también los ojos llorosos y sin que él pueda llegar a decir nada le abraza como solamente la pelirroja sabe hacerlo. Scorpius deja que el reconfortante calor del abrazo de Rose le caliente los huesos que desde esa mañana parecen querer reunirse con los de su abuelo.
Siente como Rose aprieta su abrazo y Scorpius le responde abrazándola por los hombros. Allí, en el descasillo de la puerta, sin decirse nada, Scorpius deja que las lágrimas salgan. Su mejor amiga está a su lado y sabe que no le va a dejar solo.
Rose se contiene las ganas de llorar. No porque no sienta la muerte de Lucius Malfoy, que lo hace, sino porque sabe que lo que ahora su amigo necesita es alguien con quien desahogarse. La pelirroja ha visto el dolor en la mirada grisácea de Scorpius. Una mirada siempre tan llena de alegría que Rose no ha podido evitar asustarse al verla completamente vacía de cualquier cosa que no fuera dolor.
Están sentados en el sofá, Scorpius está tumbado y tiene la cabeza apoyada en el regazo de Rose. La chica le acaricia tiernamente el cabello con una mano y el rubio se lo agradece tomándole de la otra.
—Ha sido mi padre quien te lo ha dicho.
—¿Es una pregunta o una afirmación?
—Afirmación. Él sabe lo importante que eres para mí así que supongo que quería asegurarse de que estaba bien.
Scorpius miró a Rose desde abajo. Su cara quedaba enmarcada por esa rebelde melena rizosa que tantas veces él había llenado de pequeñas bolas de papel cuando en Hogwarts habían sido enemigos. Scorpius sonríe brevemente y Rose se percata de ello.
—¿Te acuerdas cómo nos hicimos amigos, Rosie? Quien lo diría, una Weasley y un Malfoy siendo amigos.
—Claro que me acuerdo, Pius. Incluso Albus se acuerda. Creo que jamás volvió a acercarse al lago desde aquel día que por culpa de nuestras varitas gemelas acabó haciéndose amigo del calamar gigante.
—Gracias por haber venido, Rosie. Llevaba tanto tiempo pensando que estaba a punto de comunicar una locura.
Scorpius sintió como las uñas de Rose se clavaban en su cuero cabelludo y la mirada de la chica pasaba a ser una de terror.
—Scorpius...
—No, no...no ese tipo de locura. ¡Por Merlín, Rosie! Ambos sabemos que estoy loco pero no tanto como para suicidarme el día que ha muerto mi abuelo.
—¿Entonces qué es lo que habías pensado? No creo que sea una locura tan grave después de esto.
Scorpius sonríe tristemente. Rose por un momento ve como sus ojos grises recuperan ese brillo tan característico que tienen, como si Scorpius volviera a ser un niño y estuviera preparando una travesura.
—¿Te acuerdas de lo que quise hacer cuando murió mi madre?
—Scorpius, no creo que sea lo más inteligente. Tu padre te matará. ¡Imagínate lo que dirá la gente de ti!
—La gente me da igual, Rosie. Y bien lo sabes, ¿vendrías conmigo?
Scorpius mira como Rose se muerde el labio dubitativa. Si ella, su mejor amiga, no está de su lado en esto, quizás sí que sea una locura. Scorpius tendría que mañana ir a San Mungo e ingresar voluntariamente.
Sin embargo, Rose asiente y Scorpius no puede evitar sonreír. La alegría vuelve a sus ojos y Rose sabe que, aunque lo que el rubio planea hacer puede que sea el punto final para el restaurado prestigio de los Malfoy, tiene que apoyarlo puesto que es su decisión. Y una decisión que había tomado ya hacía muchos años cuando Astoria se había ido.
Casi una hora más tarde, Scorpius está sentado en una silla reclinable en una tienda de tatuajes del barrio muggle más cercano. Tiene la manga izquierda de su traje subida hasta el codo y está decidido a tatuarse aquello que más quería, su familia.
Rose estaba sentada cerca de él mientras le comentaba el diseño al tatuador que se veía bastante interesado en el especial diseño que Scorpius había pedido.
—Sí, quiero que el tatuaje represente a mi familia. Hoy he perdido a mi abuelo y se merece un homenaje. Quiero que la constelación de Draco ocupe casi todo el antebrazo. Este punto de aquí, la estrella más brillante, quiero que esté en blanco. Bueno, quiero que resalte más que el resto.
—Podría rellenarla de blanco y hacer que pequeños rayos salgan de ella, como si fuera la estrella Polar. Eso sí, quiero que sepas que la tinta blanca, con tu tono de piel, te va a doler bastante.
—Más me duele el corazón ahora mismo, tranquilo, sé aguantar bien el dolor. El resto de estrellas quieron que sean pequeños narcisos y claveles amarillos.
—Supongo que esas flores serán tu madre y tu chica, ¿verdad? ¿Ella no quiere tatuarse?
Scorpius miró divertido a Rose. La mirada azul cielo de la chica mirándole pícaramente. Les habían confundido ya tantas veces como pareja que se lo tomaban como un juego. Un juego que ambos les encantaba.
—Oh, no...se me olvidaba. Rosie, cariño, ¿cuál es tu flor favorita?
Rose puso los ojos en blanco. Si ya estaba siendo cómplice del tatuaje, que menos que formar parte de él.
—Las margaritas azules, lo sabes bien. Odias que me gusten las flores teñidas.
Rose le guiña un ojo y Scorpius sonríe de lado. Le ha venido bien salir de casa y despejarse un rato. Una idea, aún más loca tratándose de ella, se le pasa por la cabeza.
—¿Podría hacerme yo otro tatuaje? Sólo si estás libres, sino, lo dejamos para otro día.
—Toma un papel de allí pelirroja y busca un diseño que quieras, mi compañero se pondrá ahora contigo.
Rose se aparta a una mesa alta y comienza a dibujar. Scorpius la mira orgulloso, sabiendo lo importante que esto era para él Rose no ha dudado en acompañarle. La chica aparta su melena para enseñarle al otro tatuador donde quiere su tatuaje. A Scorpius se le crispa el puño, no sólo porque la aguja se ha puesto en contacto con su piel, sino porque, por mucho que vea a Rose como su mejor amiga, su cuello y espalda llenos de pecas siempre han sido su punto débil.
Rose se gira mirándole únicamente a él. El más puro de los cielos mezclándose con el plomo que se niega a dar un paso más por miedo a perder su estatus de amigo.
—Pius, ¿cuál es tu flor favorita?
Rose sonríe porque sabe la respuesta. Scorpius sabe que lo hace para despejar su mente de pensamientos negativos.
—Lo sabes bien cariño, las rosas naranjas.
Los tatuadores han acabado y ellos salen por la puerta tomados de la mano. Él, con toda su familia representada en el lugar que más daño ha hecho a sus antecesores. Ella, con una corona de cuatro puntas sobre la que se posa un canario con una rosa naranja en el pico adornando su espalda.
Porque los amigos son la familia que se escoge y ellos son la mejor que podían haber escogido. Se aparecen en la verja de Malfoy Manor. Rose aprieta su mano dándole valor. De nuevo sus miradas se cruzan y el rubio, con Rose a su lado, se siente invencible. Solo espera que su padre no se lo tome a mal lo del tatuaje y que lo vea como lo que verdaderamente es, un homenaje a lo más importante para él. Su familia.
