Draco Malfoy sentía que iba a perder el control de nuevo. Era un extraño compartiendo mesa en el Gran Comedor. A pesar de estar rodeado por otros compañeros de casa, él sabía que no era bienvenido allí, no después de lo que había pasado.
Comprendía a sus compañeros, él tampoco se sentía orgulloso de lo que había hecho durante la guerra ni del bando en el que había decidido luchar. Sin embargo, ellos eran los que parecían no entender que todo lo había hecho por su familia. La sangre que corriera por las venas de un mago había dejado de importar para él cuando escuchó los gritos de Hermione Granger en el salón de su mansión. Incluso mucho antes, cuando había visto como su padrino tenía que completar la misión que el Lord le había asignado a él.
Siente como un escalofrío le recorre la espalda. Deja los cubiertos con los que está cenando a un lado. Su corazón ha comenzado a latir fuertemente como casi siempre pasa que la terrorifíca visión de Lord Voldemort pasa por su mente. Cierra sus manos en un puño hasta que sus nudillos se vuelven blancos.
Levanta su mirada del color de la tormenta para fijarse en Hermione Granger. La bruja no le quita el ojo de encima desde el inicio de curso, como si quisiera decirle algo. Son pocos los alumnos de su generación que han decidido volver y entre ellos han formado un grupo bastante unido.
Para ellos ya no importa el color de la casa en la que estén, ya no hay ningún tipo de fronteras. Todos ellos eran niños que tuvieron que crecer rápidamente en un mundo de guerra. Daphne Greengrass y Theodore Nott, los únicos que parecían seguir queriendo ser sus amigos, le habían invitado varias veces a las reuniones que hacían. A pesar de que querían que Draco fuera, él sabía que nadie le quería ver allí.
Draco saluda brevemente a la castaña con un asentimiento de cabeza y se levanta del lugar que ocupa en el banco. Ya no tiene ganas de cenar, su estómago se ha cerrado. Nadie se percata de que el rubio abandona la sala, nadie salvo Astoria Greengrass.
La chica sabe adonde se dirige el heredero de los Malfoy pero aún no puede abandonar su puesto en la mesa. A su lado está su hermana, que aunque no se lo haya dicho, Astoria sabe que sospecha algo. Lo único es que Daphne no sospecha que su adorada hermanita se ha enamorado de no otro que de Draco Malfoy.
Astoria sabe que ella es prácticamente invisible para él. Draco nunca posaría sus atormentados ojos en ella, la hermana pequeña de una de sus amigas, pero el amor es así de caprichoso. De entre todas las chicas en las que Draco podría fijarse, Astoria estaba segura de que ella ni siquiera había pasado por su mente. Quien sí parecía haber llamado la atención del rubio era Hermione Granger.
En cierta manera, eso entristecía a Astoria. Ella tenía confianza de sobra en ella misma pero nunca llegaría a ser tan inteligente como la leona. Astoria suspiró, lo que no pasó desapercibido para su hermana.
—Tori, ¿te encuentras bien? Apenas has cenado nada, deberías comer más o sino cuando llegue el frío, te pondrás mala. Y a la que reñirá mamá será a mí por no cuidarte.
—Sí, me encuentro bien, Daph. No tengo mucho hambre, creo que me voy a ir a descansar ya—la castaña se levantó y besó la frente de su hermana mayor—si me pongo mala y mamá te riñe, te prometo que tienes acceso libre a todo mi armario.
La castaña se levantó resuelta saliendo por la puerta del Gran Comedor. Había mentido a su hermana, no iría directamente a su cuarto en las mazmorras, antes iría a ver que estaba haciendo Draco Malfoy. Astoria dirigió sus pasos escaleras arriba, hacia la Torre de Astronomía.
La castaña se movía de manera silenciosa por los pasillos de Hogwarts. La primera vez que había encontrado el escondite donde el rubio estaba llorando desconsoladamente, no había podido salir de la seguridad que le daban las sombras a pesar de que lo único que quería haber hecho era abrazarle.
Astoria fue caminando cada vez más despacio según llegaba a donde suponía que el rubio estaba. Y no estaba equivocada, allí, con su cabello platinado iluminado por la luna menguante, se encontraba Draco Malfoy.
Desde donde ella estaba se le veía pensativo pero no estaba llorando. Astoria se movió hacia la izquierda, tropezando sin darse cuenta con uno de los tantos cachivaches que allí había para contemplar el cielo. El ruido alertó a Draco, que volvió su cuerpo hacia el interior de la torre.
—¿Quién está ahí? Sé que hay alguien ahí, sal a la luz.
Astoria se mordió el labio nerviosa. No quería quedar en rídiculo delante de Draco pero la había pillado y no había marcha atrás. Además, ella no era una cobarde, o al menos, no la mayor parte del tiempo. Armándose de valor, Astoria dio un paso mostrándose como la intrusa de ese momento de tranquilidad del que el chico estaba disfrutando.
—¿Astoria?
La castaña levantó su mirada, sus ojos verdes como esmeraldas encontrándose con los ojos grises que la miraban curiosos, casi sorprendidos de ver la a ella ahí. Ninguno de los dos dice nada, solo se miran como si se estuvieran viendo por primera vez.
Draco no encuentra un motivo por el que Astoria Greengrass esté ahí. Ella no es del tipo de personas que le miren con superioridad o miedo, es más, incluso más de una vez Draco cree que ella le ha sonreído. Aunque fuera una sonrisa condescendiente para agradecerle que le recogiera la pluma caída al suelo ¿Qué estaría haciendo ella ahí? Draco decide rompe el silencio que se ha apoderado de la escena, un silencio para nada incómodo.
—No creo que a tu hermana le haga mucha gracia verte aquí conmigo, Astoria. No deberías estar aquí.
—¿Por qué tendría que importarle a mi hermana que esté aquí contigo? Además, yo también estudio aquí y puedo pasearme por donde sea.
Astoria cruzó sus brazos altanera. A Draco le gustó ese comportamiento de niña caprichosa, como si Astoria no tuviera miedo o sintiera vergüenza de estar junto a él. No pudo evitar sonreír de lado. A Astoria no se le pasó por alto ese gesto que hacía tanto tiempo que no veía.
—Claro que puedes pasearte por donde quieras, pero es extraño que decidas venir aquí antes de estar con tus amigos. Es raro que prefieras espiarme cuando podrías estar jugando al ajedrez con Theo.
Astoria se quedó ligeramente boquiabierta, no se había esperado que Draco fuera atacarla de esa manera tan suave pero eficiente. Sin embargo, ella también era una Slytherin y sabía como devolverle el golpe.
—Quizás prefiera pasar mi tiempo libre haciendo nuevos amigos. No sé, quizás un chico rubio solitario con ojos del mismo color que su alma atormentada porque no deja que nadie le ayude, ¿has visto a alguien así por aquí?
Ambos se sonríen casi midiendo cuál de los dos puede llegar a ser más irónico. ¿Quién le hubiera dicho a Draco que la pequeña de los Greengrass podría llegar a ser tan ingeniosa? Draco se sentía extrañamente atraído, quería conocer más a la chica que tanto le intrigaba con su comportamiento. Sin embargo, no podía permitir que nadie se acercara a él. No quería que la chica sufriera por su culpa.
—Puede que conozca a alguien así, pero no se merece tener amigos. Ni siquiera que muestren simpatía por él. Lo lamento mucho, Astoria, pero ese chico no puede ser tu amigo.
—Todos merecemos tener amigos, Draco. Sí, no tomaste la mejor decisión pero mira donde estás ahora. Aquí, repitiendo curso. ¿Crees que los demás no nos hemos dado cuenta? Has decidido volver, podrías haber huído como ha hecho Goyle y su familia pero no, aquí estás. Tu problema es que no eres capaz de ver toda la gente que quiere ayudarte.
Draco bufó, no quería creerse las palabras de la castaña. No quería llenar su corazón de esperanza que sabía que no le serviría para nada más que sufrir. Aún más de lo que lo hacía ya.
—Las cosas no son tan sencillas, Astoria. Tú, a saber porque motivo puede que si quieres ayudarme pero el resto...el resto no confían en mí. Y no les culpo.
—Si tú no confías en ellos, si ni siquiera eres capaz de confiar en ti mismo, es normal que les cueste abrir sus brazos. Sé que Daphne, Theo y esa chica rubia que siempre va con Ginny Weasley te han invitado a las reuniones que hacemos. Eres tú el que nunca ha aparecido por esa puerta.
—¿Tú también vas a esas reuniones? ¿Pero, cómo? Si tú no participaste en la guerra...
—No que tú me vieras. Fui de los pocos Slytherin que se quedaron a combatir y a proteger el castillo. Estábamos en bandos contrarios.
Draco hizo una mueca. Astoria se acercó al chico posando su mano en el hombro de Draco.
—Pero ya no hay bandos, Draco. Deja que te ayude, deja que confíe en ti. Tienes mi confianza, para lo que sea. Incluso si quieres llorar, siempre es mejor hacerlo acompañado para encontrar confort. Tienes mi amistad, para que veas que todos, por muy terribles que hayan sido nuestras decisiones, tenemos derecho a una segunda oportunidad.
Draco mirá a Astoria. Están más cerca de lo que nunca han estado, y no únicamente de manera física. Sus ojos grises como la tormenta son capaces de ver todo lo que los ojos verdes de la castaña le prometen. Es capaz de ver la calma que tanto necesita en esos ojos verdes como la esperanza. Esperanza de volver a formar parte del mundo.
Draco toma la mano que la chica tiene sobre su hombro apretándola con la suya. El silencio vuelve a reinar la escena, pero una vez más, no es para nada incómodo. Draco acaricia suavemente un mechón rebelde de la chica antes de hablar.
—¿Me acompañarás a la próxima reunión, Astoria? Como amigos.
Astoria sonríe, le gustaría ser mucho más en la vida del rubio, pero lo que Draco necesita ahora es una amiga y ella estará ahí para él. Incluso en los momento en los que Draco sienta que se va a romper. Aprieta la mano del chico mostrándole su apoyo.
—A la próxima y a todas las que vengan después, Draco.
