Regulus miraba aquella pared sin mirar a un punto en concreto. La nada parecía haber invadido su mirada gris perla.

Se sentía vacío, como si con ese último portazo Sirius se hubiera llevado parte de su corazón. Y el menor de los Black, ahora el único heredero de esa fortuna infinita, sentía que eso era lo que había ocurrido. Sirius no solo se había llevado sus fotografías y posters, también se había llevado parte de él mismo.

Todo había pasado demasiado rápido. Los gritos de su madre aún resonaban en su cabeza.

Regulus aún no asimilaba como una madre podría albergar tanto odio y rencor a su hijo, a su primogénito.

A su único hermano, quien se había ido la noche anterior para jamás volver.

A su único hermano, que para él era un héroe, aunque nunca se lo hubiera dicho en voz alta.

Sus ojos se dirigieron hacía esa mancha negruzca que aún humeaba ligeramente. El nombre de su hermano había dejado de existir, borrado del árbol familiar como años antes había sido borrado el nombre de Andrómeda.

Regulus cerró los ojos, intentando calmarse. No quería que su madre le viera así, no quería parecer débil. No sabía cómo podría reaccionar si le viera así. Tenía miedo de la mujer que le había dado la vida.

Escuchó la puerta abrirse, pero mantuvo sus ojos cerrados. La persona que había decidido acompañarle en su desasosiego caminaba lentamente sobre el suelo tapizado, con una delicadeza tan envidiable que lo único que podía oír Regulus era el roce del bajo del vestido contra la alfombra.

Sintió un ligero olor a rosas blancas flotando a su alrededor y supo que ella estaba allí. Narcissa Black, quien dentro de poco cambiaría su apellido por el de Malfoy. Su prima favorita, la única que siempre le había entendido y cuidado casi como una madre. Narcissa Black, quien también había perdido a su hermana por culpa de la intransigencia de una madre.

Los largos dedos de Narcissa se entrelazaron con los suyos, aportándole de manera muda ese apoyo que tantas veces había necesitado en las últimas horas. Regulus notó el frío de la alianza que su prima portaba de manera orgullosa allá donde iba desde hacía un año.

—Sé cómo te sientes. Y he venido para decirte que ese sentimiento nunca se irá de tu pecho, por mucho que luches contra él.

Regulus apretó la mano de su prima. No había nadie más en el mundo que le entendiera mejor que ella en ese momento. La voz de Narcissa continuó llenando la sala.

—Siempre le vas a echar de menos. Siempre va a estar ahí esa sombra. Ese reflejo en la ventana que te hace verle de nuevo en casa, aunque no haya nadie.

Regulus abrió finalmente los ojos, fijando su mirada en la azul de su prima. Un azul que se mostraba frío pero que se transformaba en el lago más calmado si sabías cómo llegar a su corazón.

—Soy consciente de ello, Cissy. Aunque te lo parezca, no soy ningún niño.

Narcissa sonrió levemente. Sabía que Regulus ya no era ningún niño. También sabía que su primo estaba en la lista de los que próximamente llevarían en su antebrazo izquierdo esa marca que tantos dolores de cabeza le daba a Lucius. Ella le había pedido a su prometido que estuviera allí el día que Regulus pasase a formar parte de las filas de Voldemort.

—Para mí siempre serás un niño, Regulus. Deja que te ayude, ambos sabemos que tu madre no puede verte así.

Regulus frunció el ceño. ¿Qué quería decir su prima?

—¿A qué te refieres exactamente?

—Tienes los ojos enrojecidos, apenas se puede apreciar ese gris tan bonito que adorna tus ojos.

Debido a la diferencia de altura, Narcissa se tuvo que poner de puntillas para despejar la frente de Regulus de ese maldito flequillo que los hombres Black parecían haberse empeñado en llevar. Sintió su corazón encogerse al pensar en Sirius.

—¿Por qué Sirius no podía haberse mordido la lengua? Él sabe de sobra cómo es madre.

Narcissa sonrió, acariciando la mejilla de Regulus con una ternura que el chico hacía años que no sentía. Le gustaba la sensación de calor que le otorgaba la presencia de su prima en esa habitación.

—Porque Sirius es una fiera indómita, como lo era Andrómeda. Ellos no han nacido para acatar normas.

—¿Y si nos rebelamos nosotros también, Cissy? No quiero que él se olvide de mí.

Los ojos azules de Narcissa se encontraron con los grises de Regulus. Un gris claro, casi transparente. Como la luna cuando se muestra completamente llena iluminando la más oscura de las noches. Narcissa no puede evitar ver un brillo de lucha que ha visto antes en otros grises bastante más oscuros. Unos ojos grises a los que desde la noche anterior ha tenido que decir adiós. La rubia sonrió de manera triste, recordando una conversación que había mantenido varias lunas atrás cuando aún podía llamar a Andrómeda hermana.

—Nosotros no hemos nacido para la revolución pero recuerda, siempre se puede luchar manteniendo la clase. Como decía Andrómeda, no hay que ser bueno, tan solo hay que parecerlo.

—No te has olvidado de ella.

—Nunca. No me lo podría perdonar jamás si eso ocurriera. Y te prometo que Sirius jamás se podrá olvidar de ti. Sé que, por muy tensa que haya sido vuestra relación, te quiere como únicamente un hermano puede hacerlo.

—Me encanta que estés tan segura de ello.

Regulus bufó. Narcissa notó como la duda se dibujaba en la cara de Regulus. Sabía en qué estaba pensando exactamente.

—Regulus, mírame. No quiero que pienses que Sirius te ha sustituido por James Potter. Hay veces que entre hermanos surgen roces irreconciliables pero nunca, y escúchame lo que te digo, nunca pienses que Sirius te ha sustituído por James Potter. ¿De acuerdo, mi pequeño rey?

Regulus cerró los ojos sonriendo. No recordaba la última vez que Narcissa le había llamado por el mote cariñoso que usaba de pequeños. Sabía que lo hacía para intentar conseguir que se sintiera mejor y tenía que reconocer que lo estaba consiguiendo. Era reconfortante saber que en esa casa locos aún tenía alguien que le comprendía.

Miró a Narcissa, esta vez con una mirada llena de luz que consiguió que el corazón de Narcissa se calmara ligeramente.

—Muchas gracias Narcissa, por haber venido hoy. ¿Ha sido mi madre quién te ha avisado?

Regulus vio como las mejillas de Narcissa se coloreaban tímidamente.

—La verdad, es que ha sido una cadena. James Potter se lo ha dicho a Lily Evans, no sé si la conoces. Y ella se lo ha dicho a Severus, el amigo de Lucius…

—Sí, le conozco. Es bastante raro, nunca habla con nadie. Aunque me cae bien.

—Bueno, quizás este año puedas aprovechar para hacerte su amigo. Creo que andará bastante solo teniendo en cuenta que ni Lucius ni yo estaremos en Hogwarts.

—Podría hablar con él, la verdad es que, sin ti, creo que me aburriré bastante en el castillo.

—No corras tanto, Regulus. Disfruta de ese tiempo allí, el mundo es un lugar oscuro. Más en esta época.

—Tranquila Cissy, nada ni nadie podrá quitarme las ganas de vivir. Ni siquiera mi madre con sus ideales trasnochados.

Narcissa vuelve a mirar a Regulus y ve ese brillo de rebelde escondido, de quien no se conformará con lo que digan que tiene que hacer. Y aunque prefiere no decirselo, siente miedo por lo que pueda pasarle a pesar de que Lucius le ha prometido que nada malo le pasará porque siempre estará cerca de él. Regulus es su pequeño rey de ojos grises.