Lucius sentía como sus sienes palpitaban después de aquella pelea en el ministerio. Sabía que sangraba pero aún desconocía que parte de su cuerpo había resultado herida. No sería nada que no se pudiera solucionar con un par de gotas de esencia de díctamo.
En ese momento, de lo único que tenía ganas era de volver a casa, de dejarse abrazar por los delicados brazos de Narcissa y de ver a su hijo dormir plácidamente, ignorante de la guerra que se estaba llevando a cabo y en la que su padre era una pieza clave.
Deseaba dejarse acunar por la mujer que era su gran apoyo, su compañera de viaje, la persona que sabía comprenderlo tanto en sus buenos como en los malos momentos. Quería acariciar los pequeños mechones de cabello rubio de aquel hijo que tanto les había costado concebir.
Quería que su familia fuera feliz, que esa casa se llenase de risas infantiles. Pero no era el momento apropiado. Quizás cuando la guerra acabase y el Lord se alzara con el poder, quizás en ese momento podrían ponerse en la búsqueda de ese hermano para Draco que tanto Narcissa como él anhelan.
Se dirigió hacia el cuarto de baño, subiendo pesadamente la gran escalinata que presidía el hall de la mansión. A veces Lucius sentía que tanta ostentación era inútil, pero después recordaba quién era él y que apellido portaba y esas ideas de una vida más sencilla se esfumaban.
Entró en el lujoso cuarto de baño despojándose de toda su ropa, los elfos domésticos tenían orden de recoger la ropa antes del amanecer, por lo que por el momento no le importaba.
Lucius se miró en el espejo, su mirada gris resaltando en la ligera luz de la noche al estar cubierta de hollín de aquella bomba que la Orden había lanzado.
Sabía que la metralla había alcanzado a alguno de sus compañeros, pero no estaba seguro de quién se trataba, ya se enteraría mañana en el cuartel. Lucius se metió en la ducha dejando que el agua caliente se llevara los restos de la batalla de aquella noche. Sabía lo aprensiva que se ponía Narcissa y no la quería entristecer. Quería que esos ojos azules brillaran al ver como su hijo crecía y aprendía cada día más y más.
Quería un futuro libre de sangre sucia, el Lord tenía razón. O de eso intentaba convencerse con cada nuevo amanecer cuando tenía que ver como la tristeza se apoderaba de la mirada azul de la que era la mujer de su vida.
Lucius era consciente de que la situación tampoco era fácil para Narcissa. Para él no era fácil no poder sentir el cuerpo de su mujer cerca, por lo que no quería hacerse una idea de lo que sería acostarse todas las noches en aquella cama adoselada que habían comprado juntos sin saber si él volvería aquella noche o a la mañana siguiente.
Dejó que el agua cayera por su larga melena llevándose todos esos pensamientos. Ya se preocuparía de esos problemas mañana cuando tuviera que volverse a poner entre las filas de Voldemort.
Cerró el grifo y envolvió su cintura en una toalla azul cielo. Volvió a mirarse en el espejo antes de dirigirse al cuarto donde esperaba que la calidez del cuerpo de Narcissa calentara poco a poco sus huesos. Sus ojos parecían estar cansados, pero no podía permitirse que el cansancio ganara al deseo de un mundo nuevo, de un mundo mejor. Tenía que luchar y no dejar que nada le quitara esas ganas. Por su familia,por Narcissa, por Draco. Por no fallar al Lord.
Se desliza por los pasillos de esa casa que a veces se le antoja tan fría casi como Voldemort, aunque sabe que no debería pensar esas cosas. Narcissa se lo dice siempre, él sabe que la rubia tiene miedo que el Lord pueda leerle la mente.
Entra en el cuarto y ve la silueta de Narcissa recortada por la luz de la luna que entra por la ventana. Lucius sabe que en noches como esta su mujer echa de menos a Regulus, del que aún no se sabe su paradero.
Se sienta en su lado de la cama y suspira, dejando que las finas sábanas color gris perla cubran su cuerpo poco a poco. Lucius siente que finalmente está en su hogar, lejos de estallidos de bombas, de sangre de aliados mezclada con la de enemigos y de hechizos que se llevan todo rastro de vida.
En menos de dos minutos siente el cuerpo de Narcissa pegándose al suyo. Besa la frente de esa mujer fuerte que le acompaña, sabiendo que esta noche quien le necesita es ella a él.
Deja que sus dedos paseen por esa melena que recientemente ha decidido teñir de un tono más oscuro. Lucius sabe que lo ha hecho por Andrómeda, sabe que lo ha hecho por la carta que recibieron apenas hace unos días y que Narcissa no supo esconder bien.
Mira hacia abajo, para encontrarse con los ojos azules de Narcissa. Están enrojecidos, por lo que Lucius supone que ha estado llorando. Ella parece mirarle como si viera más allá de su alma, como si quisiera borrar cada uno de esos pensamientos que vuelven cada vez a su mente.
—Lucius, prometeme que no me fallarás nunca. No podría soportar perder a nadie más. Todas las personas a las que amo acaban desapareciendo de mi vida.
Lucius siente como su corazón se encoge al escuchar tanta angustia saliendo de los labios de quien le ha sabido aguantar con sus ínfulas y devaneos, de quien le ha dado las mayores lecciones de su vida, de quien le ha hecho el hombre más feliz de la tierra al darle ese hijo que ambos quieren con locura.
Lucius toma la mano que Narcissa ha colocado sobre su pecho acercándola a sus labios depositando un breve beso sobre sus nudillos.
—Te prometo que jamás te abandonaré, Cissy. Antes tendrían que meterme en Azkaban que alejarme de tu lado.
Ambas miradas se cruzan y Lucius ve como el calor enciende poco a poco la mirada entristecida de Narcissa. Sabe que ella no se merece eso, pero también sabe que esta situación es temporal.
—Te prometo que todo esto pasará pronto. Todo pasa. Y podremos ver crecer a nuestro hijo sin desvelos nocturnos.
Narcissa cierra sus hermosos ojos azules. Y Lucius se siente dichoso de poder ser quien calme el espíritu agitado de la chica de ojos azules que se ha transformado en mujer bajo su mirada.
