Draco paseaba tomado de la mano de Astoria disfrutando de los primeros rayos de sol de aquella primavera. La última primavera en la que estarían ellos dos solos antes de la llegada del pequeño Scorpius.

La maldición que Astoria portaba en su sangre y su avanzado estado de embarazo hoy les habían dado un descanso, pudiendo salir a pasear como la joven pareja que eran.

Draco sentía como la débil mano de Astoria, huesuda debido al hecho de apenas poder comer, se agarraba a la suya como si fuera su propio chaleco salvavidas.

Su historia de amor no había sido fácil y cuando Draco ya creía que lo tenían todo, la vida les dio ese revés, poniendo todo de patas para arriba de la noche a la mañana.

Miró a la chica que iba a su lado, que respiraba de manera agitada con cada paso que daban juntos.

Astoria le miró como si hubiera notado el escrutinio de su mirada gris sobre ella, posando sus ojos verdes en los suyos, sonriendo como si ese corto paseo le estuviera devolviendo las ganas de vivir.

—A Scorpius también le está gustando este paseo. Estoy segura de que si fuéramos una familia muggle, sería un gran futbolista. ¡No deja de pegarme patadas desde ahí dentro!

Draco sonrió, colocándose delante de su mujer y agachándose a la altura de la abultada tripa de Astoria.

—Tú, pequeñajo, portate bien ahí dentro que cuando salgas te las tendrás que ver conmigo. ¡Y yo no voy a ser tan bueno como tu madre!

Astoria rió, golpeando suavemente el hombro de Draco.

—¡No seas así con nuestro hijo! ¿Qué quieres que piense de ti?

Draco sonrió, aún agachado en el suelo mientras seguía acariciando la barriga cubierta por un vestido verde claro. Su color favorito desde que la había conocido a ella.

—Tori, preciosa, no creo que Scorpius recuerde nada hasta que no tenga por lo menos tres años. Lo leí en tus libros.

Draco quiso morderse la lengua antes de revelar que había estado leyendo los libros que Astoria le había recomendado. Se levantó, sin mirarla pero siendo plenamente consciente de que la castaña le estaba mirando con una sonrisa en la cara.

Draco se apartó el cabello para atrás, en un gesto nervioso más propio de un niño al que han pillado comiendo galletas antes de la cena. Sintió como Astoria se acercó hacia él, besándole tiernamente en la mejilla.

—Estoy más que segura de que Scorpius recordará todo esto. Y también como le cantas aunque desafines y el modo en el que me cuidas cuando apenas puedo levantarme de la cama o abrir los ojos…

—Tori...no empieces…

—Shhhh.

Astoria colocó su dedo índice sobre sus labios. Draco sintió un breve escalofrío. Sonrió, aún no entendía como podía seguir sintiéndose así a pesar de llevar casi cinco años juntos.

Draco buscó sus ojos verdes como la hierba fresca. Ese brillo que tanto le había encandilado aún seguía allí, acompañando a la gran luchadora que era Astoria.

Había sido ella quien había conseguido romper esa coraza de acero que se había colocado él mismo y quien había conseguido que el verde floreciera de entre las rendijas que habían quedado en su corazón.

—Me encantaría saber en qué piensas cuando te quedas mirándome así, como si fuera el eje de tu universo.

Draco se fija en la cara de Astoria, ahora teñida por un leve rubor y siente que vuelven a estar por los Jardines de Hogwarts, que no existen maldiciones ni enfermedades y que se acaba de declarar delante de la mitad del alumnado.

—Siempre pienso en la suerte que tuve aquella noche, en la Torre de Astronomía. Y en cómo aunque no te gustasen las estrellas, dejaste que te las mostrara una a una.

—¡Draco, no te pongas así de cursi! ¿Y si te llega a ver alguien? ¡Estamos en mitad del callejón Diagon!

—Que miren, que vean lo que has hecho de mí, que te vean a ti y que vean la familia que estamos formando.

—Odio cuando te pones así, pierdo el hilo de lo que te estaba queriendo decir.

—Eso también he leído que es bastante común en una embarazada. ¿Quieres un helado? A mí se me ha antojado uno.

—Cariño, creo que se te ha olvidado que durante el embarazo, la de los antojos tendría que ser yo.

Draco sonrió, tomando de nuevo la mano de Astoria antes de besarla brevemente.

—¿Y me quieres decir que no se te apetece un helado de cereza de Florean Fortescue? Sé que se lo has pedido a Winky.

Draco notó como Astoria entrecerró sus bellos ojos verdes que le tenían cautivado a pesar de las bolsas y ojeras que los rodeaban. Ella siempre estaría bella a sus ojos.

—La verdad es que últimamente lo único que quiero es helado de mandarina. Creo que a tu pequeñajo le encantan los cítricos, sobretodo las naranjas.

—Pensaba que me ibas a decir algo peor. Las naranjas no son mucho peor que las cerezas.

—Nunca entenderé qué problema tienes con las cerezas. Pero…¿podemos ir ya a por el helado? Sé que a Scorpius le gustaría merendar.

—¿Estás segura de que sólo le apetece a Scorpius, Tori?

Astoria volvió a sonreír y Draco sintió que todo estaba bien de nuevo durante un segundo.