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Siempre tendremos París
Maye Malfter
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Capítulo 2 - Non je n'ai rien oublié
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—¿Yuuri?
Tan sólo una palabra había bastado para poner su mundo de cabeza. O mejor descrito, para poner su mundo aún más de cabeza.
No supo cómo pasó, qué se dijeron o qué sucedió. Pero en un instante Yuuri se encontró con su ex en el mirador, y al siguiente ambos ocupaban una mesa del muy exclusivo (y costoso) restaurant Jules Verne.
Yuuri se sentía como atrapado en un sueño, en uno donde sabes que estás soñando pero por más que intentas no logras despertar. Escuchar su voz llamándole en lo más alto de París, encontrarse con su mirada, con su expresión de desconcierto, con sus ojos…
Viktor estaba tan guapo como Yuuri le recordaba, o quizá más. Su cabello, antes hasta media mejilla, ahora le caía en capas casi hasta los hombros. Su rostro estaba algo más anguloso, probablemente por el adelgazamiento propio de un campeón mundial en plena temporada de patinaje. Y sus ojos, esos ojos que le habían perseguido a lo largo de tantas pesadillas, le miraban con cierto aire de tristeza que a Yuuri le hacía sentir punzadas de culpabilidad dentro del estómago.
Tenerlo tan cerca era irreal, era ilógico. No había manera en el universo de que su encuentro fuera casual. París era tan grande… ¡Diablos! El mundo era tan grande que venir a encontrarse frente a frente con Viktor Nikiforov en lo más alto de la torre Eiffel parecía tan improbable como sacarse una lotería de la cual ni siquiera había comprado el tiquete.
—Te pedí la carbonara. Espero que todavía te guste, porque si no tendré que comerla yo.
La voz de Viktor le sacó de su ensueño. El hombre le miraba desde el otro lado de la mesa, con una sonrisilla indescifrable en el perfecto rostro. ¡Rayos! Yuuri había olvidado lo mucho que le costaba no quedarse mirando.
—¿P-perdón? —logró articular Yuuri, enderezándose en su asiento. Viktor siguió sonriendo.
—Pasta carbonara —explicó—. Vino el mesero y como ni siquiera has abierto la carta, pedí por los dos, y planeo pagar también. Espero no te moleste —terminó, con una expresión de disculpa.
—S-sí, la pasta, el mesero… gracias —dijo Yuuri, medio preguntándose cuánto tiempo llevaba embobado para no haber notado al mesero traerle la carta y preguntar su pedido—. No te hubieras molestado.
—Oh, pero sí de todas maneras planeaba comer aquí —desestimó Viktor con un ademán—. Fue una suerte encontrarte en el mirador. Me acabas de salvar de una velada muy solitaria.
A continuación, Viktor se lo quedó mirando, y Yuuri sintió como si la temperatura de la estancia subiera de repente unos cuantos grados. Se aclaró la garganta y desvió la mirada hacia la primera cosa que vio, que resultó ser su carta abandonada.
La tomó entre las manos, la abrió y examinó su contenido, notando al instante que no entendía absolutamente nada de nada. Todos los platillos estaban en francés, incluso aquellos que obviamente eran de gastronomía extranjera. No era de extrañar que Viktor, con su francés casi nativo, decidiera ahórrale al pobre la vergüenza de pedir la cena.
—Quería pedir vino, para acompañar —comentó Viktor, oculto detrás de la carta en manos de Yuuri—, pero imaginé que un par de Perrier sería mejor idea. No queremos armar una batalla de baile en medio del Jules Verne.
Yuuri casi podía escuchar la sonrisa sabionda de Viktor a través de su voz, y no pudo evitar esbozar él también una sonrisa. Se arriesgó a quitar la carta de en medio y descubrió que tenía razón. Viktor le miraba con picardía, el codo sobre la mesa y la barbilla descansando casualmente sobre su mano.
—Nunca dejarán que lo olvide, ¿verdad? —dejó escapar Yuuri, sintiendo las mejillas calentarse por la vergüenza.
—No mientras viva, no —confirmó Viktor, y después se echó a reír.
Su risa. Esa risa que Yuuri tanto había extrañado durante ese año sin escucharla. Era como cascabeles tintineando alegremente en sus oídos, que le animaban y destruían en la misma medida.
Cuando Viktor dejó de reír y se volvió para verle, Yuuri notó que otra vez se le había quedado mirando. Sus ojos se encontraron por un par de segundos y Yuuri sintió algo eléctrico recorrerle de pies a cabeza. Una sensación inexplicable, avasallante, y honestamente abrumadora.
Un mesero llegó justo en ese momento, interponiéndose entre ellos para colocar una larga y estilizada botella de vino tinto sobre la mesa, junto con dos copas de cristal.
—Perdón, pero nosotros no ordenamos vino —dijo Viktor al mesero, enderezándose en su asiento.
—El vino es cortesía de la casa, monsieur —aclaró el hombre, en un inglés bastante afrancesado—. Para celebrar el último triunfo de monsieur Nikiforov sobre las pistas de hielo.
—Son realmente muy amables, pero nosotros no…
—…podemos esperar para probar su vino, señor, muchas gracias —se apresuró a decir Yuuri, al notar que Viktor estaba a punto de desairar a la gente del Jules Verne por evitar que él hiciera el ridículo en público.
Viktor le dedicó una mirada llena de significado, en una silente pregunta de qué mosca le había picado para decir aquello. Yuuri no le hizo caso.
—El monsieur Nikiforov está encantado de recibir su obsequio —siguió—. Si pudiera, por favor, descorcharlo sería genial. Y dele las gracias a su superior de nuestra parte.
Después de descorchar la botella con movimientos diestros y cero desastres, el mesero sirvió un poco de vino en cada copa. Miró a Yuuri sin expresión, inclinó la cabeza de modo respetuoso, luego hizo lo mismo hacia Viktor y se marchó.
—¿Así que estoy encantado de recibir el vino gratis? —preguntó Viktor, con una ceja levantada. Tomó su copa, olió el vino y le dio un pequeño trago—. No me había dado cuenta.
Yuuri se sintió un poco apenado, pero no se retractó. Tomó su copa también, aunque con mucha menos elegancia que su contraparte.
—Estabas a punto de rechazar un regalo de uno de los más famosos restaurantes del mundo —explicó—. ¿Y todo para que yo no haga el tonto como en el banquete del Grand Prix? No podía permitirlo, arruinaría tu reputación.
—Las reputaciones no lo son todo —fue la respuesta de Viktor, acompañada de una mirada fría que le dejó sin respiración.
Yuuri se sentía demasiado vulnerable frente a aquella mirada, y su frialdad era algo que apenas podía soportar sin desmoronarse. Se aclaró la garganta y tomó un gran trago de su vino sin siquiera saborearlo, ansioso por tener algo que hacer aparte de ser escrutado por aquellos ojos azules. Desvió la mirada hacia la ventana, desde donde se veía gran parte de la ciudad iluminada.
No supo cuánto tiempo se quedó mirando las luces de París (ni cuantos tragos de vino bebió en el proceso). Pero al final, Yuuri consiguió el suficiente valor para, al menos, romper el incómodo silencio.
—Y… ejem… —se aclaró la garganta y apartó la mirada de la ventana. Viktor le miraba directamente, tal como Yuuri temía—. ¿Qué estás haciendo en París?
Yuuri intentó ocultar su incomodidad detrás de su copa de vino, y se dio cuenta de que ya la había vaciado. La puso de nuevo en la mesa.
—Nada especial —dijo Viktor, desviando la mirada mientras daba vueltas al vino en su copa—. Después de la locura del Grand Prix, Yakov quería tenerme practicando para el Europeo... —Bebió lo que quedaba en su copa y se volvió para llenarla. También llenó la de Yuuri, sin quitarle la mirada de encima—. Pero gané la bendita competición, así que me auto-adjudiqué unas vacaciones.
—¿Y Makkachin? —la pregunta le salió a Yuuri con naturalidad, como si hubiera querido hacerla desde que vio a Viktor solo en el mirador.
—Makka se quedó en San Petersburgo —explicó Viktor, sin dejar de mirarle—. Yurio y su abuelo me hacen el favor de cuidarlo. No le gusta mucho cambiar de aires, así que si no me quedaré mucho tiempo, no lo llevo. Cuando Minako me lo llevó a San Petersburgo el año pasado, pasaron varias semanas para que dejara de estar enojado conmigo.
Yuuri se aclaró de nuevo la garganta, sintiéndose más culpable que nunca, y tomó otro gran trago de vino.
Sabía que no era prudente beber tanto, menos para él y mucho menos en esas circunstancias, pero ¿qué más podía hacer? La mente se le quedaba en blanco cuando Viktor lo miraba, erradicando cualquier esperanza de conversación ligera y casual. No que alguna vez se le hubiera dado bien a Yuuri eso de conversar de forma casual.
—¿Y tú que haces en la ville de lumières? —preguntó Viktor, rompiendo el silencio—. Te hacía en Hasetsu con tu familia, ayudando por la temporada alta.
Quizás eran imaginaciones suyas, pero Yuuri percibió una nota de tristeza en la manera en la que Viktor dijo el nombre de su pueblo natal.
—Esto es cosa de mi mamá —respondió, algo aliviado por tener un tema de conversación otra vez—. Bueno, de todos, en realidad.
—¿Cómo que "cosa de ellos"? No me digas que te engañaron para subir a un avión a París. ¿Dijeron que había katsudon al otro lado?
Yuuri no pudo evitar reír ante el comentario. Oh, ¡cuanto extrañaba comer katsudon! Pero tal como su madre se lo había hecho ver, ya ni siquiera lo hacía. Y es que ¿cómo hacerlo? Si sólo con verlo recordaba a Viktor, su mirada, su sonrisa… cosas que prefería no recordar. Irónico que ahora fuera el mismo Viktor quien le recordara lo mucho que extrañaba el platillo.
—No… —respondió, sin ocultar su sonrisa—. No me engañaron. Pero sí complotaron en mi contra. Entre todos me pagaron el tour y me amenazaron con tirarme desde lo alto del Castillo Ninja si me negaba —mintió.
—Oh, Yuuri… ¿Te has vuelto tan insoportable desde que no estamos juntos?
Al instante en el que Viktor hizo la pregunta, se notó a leguas que era algo que hubiera preferido no mencionar.
Estaba claro que ninguno de los dos había perdido la memoria, pero si algo tenía de implícito aquella cena era la omisión voluntaria de ciertos eventos ocurridos un año atrás, y todo lo relacionado con ellos. Al menos así había sido. Ahora que la liebre había saltado, poco se podía hacer más que intentar atraparla.
—La verdad, no tengo idea de por qué lo hicieron —mintió Yuuri—. Sólo sé que un minuto estaba enseñando a mis niños del Ice Castle y al siguiente mi madre me empujó todo el camino hasta el aeropuerto internacional.
—Oh… Pues la verdad, yo no me quejo —dijo Viktor, sonriente. Yuuri sintió que se le paraba el corazón—. De no ser por ti, hubiera tenido que cenar a solas y en silencio. ¡Y ya sabes cómo me gusta hablar!
—Nada de eso —desestimó Yuuri, sonriendo él también—. Seguro que cualquier fan hubiera aparecido para hacerte compañía y escuchar tus historias…
Viktor le dirigió una mirada cargada de cosas que a Yuuri le removían recuerdos innombrables.
—Te prefiero a ti que a cualquier otro fan —aseguró, guiñándole un ojo de esa forma que derretía a las masas (y a cualquier japonés veinteañero).
Yuuri dejó escapar una risita nerviosa, miró de nuevo hacia la ventana y bebió más vino de su copa.
...
La velada transcurrió de forma muy agradable, para sorpresa de Yuuri. Después de ese guiño tan sugestivo, Viktor paró por completo las insinuaciones (aunque algunas veces Yuuri lo cachaba mirándolo más de la cuenta por encima de su plato de bullabesa).
La botella de merlot se acabó antes de que la comida terminara. Así que el gerente del Jules Verne decidió regalarles otra de igual cosecha, precio y grado alcohólico.
Mientras más bebía, más relajado se sentía Yuuri en presencia de su ex entrenador. Viktor hablaba sin parar: de la comida, del vino, de los amigos que ambos tenían en común en el mundo del patinaje. Yuuri solo escuchaba, asintiendo, sonriendo, sintiendo las orejas calientes y las manos frías.
Viktor tenía ese don de hacer que Yuuri se sintiera como un patinador en su primer día de competición. Nervioso, ansioso, pero a la vez emocionado y con ganas de sonreír hasta vomitarse. Algo extraño de sentir pero no por ello menos real.
Por eso bebía, para mantenerse sereno frente a tal despliegue de magnificencia. ¿Era ésta su décima copa? ¿O la decimoprimera? ¡Bah! Qué más daba. El vino era gratis, la noche era joven y Viktor estaba frente a él, describiendo algo que Yuuri no entendía, con gestos de las manos y su espectacular sonrisa en forma de corazón. Demasiado hermoso para el mundo. Demasiado hermoso… Demasiado… Un momento, ¿qué?
—…te hospedas?
—Umm… ¿cómo dices? —preguntó Yuuri, notando el cerebro adormecido y la lengua más pesada de lo usual—. ¿Quién es hortera?
—Pregunté que dónde te hospedas —repitió Viktor hacia él, mientras el mesero le devolvía su tarjeta dorada. ¿En qué momento le habían traído la cuenta?—. Va siendo hora de dar por terminada la velada. No quisiera que perdieras tu tour de mañana por mi culpa y de mi vino.
El cerebro de Yuuri procesaba las cosas de manera ralentizada. ¿Viktor quería irse? Pero si se estaba tan bien allí, escuchándole hablar de todo con gracia y elegancia. Y el vino estaba tan bueno…
—¿Tour? ¿Qué tour? —respondió Yuuri irreflexivamente. Su boca trabajaba por su cuenta, desligada de su cerebro—. Yo no quería venir a este tonto tour. Mejor sigue hablando y yo te sigo viendo.
Viktor se tapó la boca con la mano, ¿estaba riendo? Yuuri esperaba que se estuviera riendo. Aunque ¿para qué taparse? Si era tan atractivo cuando reía.
—Entonces, señorito "mi mamá me obligó a venir a París", ¿hotel?
—El Eiffel Seine —dijo Yuuri, un poco de mala gana. No se quería ir realmente, quería seguir en compañía de ese hombre hermoso—. Pero queda cerca, simplemente debo… Ay…
Yuuri intentó ponerse de pie, pero el restaurant comenzó a dar vueltas a su alrededor, y tuvo que sentarse de nuevo. Viktor se materializó a su lado en un santiamén, ¿qué no estaba del otro lado de la mesa instantes atrás?
—Cuidado, Yuuri. Sabía que el vino era mala idea…
—¿Qué? —preguntó Yuuri, buscándole con la mirada. En realidad sí le había escuchado, pero en ese momento, las palabras no tenían demasiado sentido dentro de su cabeza.
—Nada, nada —desestimó Viktor—. Que me dejes ayudarte a llegar a tu hotel —dijo, mientras se inclinaba a su lado. Pasó el brazo de Yuuri sobre sus hombros y lo ayudó a incorporarse.
Apoyado en Viktor, el mundo todavía giraba como una peonza. Pero al menos ese mundo olía a eau de cologne y yerbabuena.
—Hueles muy bien, pero no puedes dormir conmigo… estoy muy ebrio —terminó Yuuri en un susurro, como si fuera un secreto entre ellos.
Ahora sentía el mundo moverse en vertical; probablemente estaban en el ascensor de la Torre Eiffel. Escuchó a Viktor reír por lo bajo.
—Llamé un uber para que te lleve. Yo caminaré hasta mi hotel.
Yuuri sintió los ojos abrírsele como platos.
—P-pero el mundo sigue girando… y tú hueles muy bien. No me dejes solo en el uber —pidió. Esta vez no escuchó a Viktor reírse, pero tampoco escuchó otra palabra dejar sus labios.
Llegaron a la plazoleta bajo la torre y tras caminar un poco, Viktor le ayudó a subirse en el taxi que había contratado. Por un segundo, Yuuri temió que lo hubieran dejado tirado y a su suerte. Pero al momento siguiente, Viktor entro al auto por la puerta opuesta.
—Al Eiffel Seine, s'il vous plait —dijo al conductor, que se puso en marcha de inmediato.
Yuuri sonrió, sin saber por qué. Aprovechó la estrechez del auto para arrimarse más hacia Viktor, hacia su calor, hacia la colonia cara y la yerbabuena.
Puso su cabeza en el hombro del otro sin pensar en lo que hacía, en busca de una posición que hiciera al mundo dejar de girar. Sonrió más y cerró los ojos, y al cabo de un minuto o dos ya estaba irremediablemente dormido.
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